Quebec

Escrito por: Bill Pennington el 31 de Diciembre de 2007 | 6:08 am
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Foto de Christinne Muschi

Una joya para los esquiadores bajo las primeras nieves de Quebec

Pasado el día de Acción de Gracias se acabó el tiempo para recalentados. Había nieve fresca: virginales residuos de una nevada de 40 centímetros y coníferas cargadas de blanco polvo. Deslizarse entre ellas a toda velocidad ofrecía todo un reto a los reflejos y a la planificación –el más ligero roce contra una rama desprendería una cascada de nieve sobre chaqueta, gorro, guantes y gafas. ¡Profundo deleite!

Pero, ¿dónde estaba aquel paraíso invernal hace apenas dos semanas? ¿En Colorado? ¿Utah? ¿Idaho? No; mucho más al oriente. A 30 minutos en auto de la ciudad de Quebec, dominando el río St. Lawrence: Mont Ste.-Anne. Con un clima mucho más frío que el noreste de Estados Unidos, las montañas de los suburbios de Quebec son insospechadas joyas al inicio de la temporada invernal. A menudo pasadas por alto por los aficionados al esquí y el snowboard, la región se encuentra casi despoblada en esta época del año, no obstante sus rápidos escaladores y gran variedad de terrenos. Sin embargo, es una buena noticia para quienes buscan hospedaje en una de las grandes ciudades de América del Norte. Con Quebec como base, la visita se vuelve más que un simple viaje para esquiar.

Sucede que, cada temporada, la generalidad favorece los grandes centros de la industria del esquí dejándose llevar por la mercadotecnia masiva, el ego y la errónea idea de que un resort no vale la pena a menos que sus amistades lo conozcan. Pero en esta ocasión teníamos la opción de alguno de los 20 senderos abiertos en Ste.-Anne durante el fin de semana de marras (a la fecha hay cerca de 60). La zona, con una caída vertical de 625 metros y una base de nieve de más de 75 centímetros, fue inaugurada el 17 de noviembre.

Cualquiera tiene oportunidad de hospedarse en un condominio de montaña o realizar el sencillo viaje en autopista hasta Quebec donde, en el interior de las murallas de piedra de la antigua ciudad, abundan la nieve y una alegría de vivir que no necesita explicación. “Excepto por las montañas Rocosas, es el lugar ideal para iniciar la temporada porque tenemos nieve de arriba abajo, así que las piernas se fortalecen y podemos mantener un ritmo normal –explicó Jean-François Beaulieu, administrador de la escuela de deportes invernales de Mont Ste.-Anne, durante mi visita más reciente, el mes pasado–. En estas fechas, las cumbres de casi todas las regiones del este están nevadas, pero es difícil encontrar una cuesta sin una sección en la que haya que detenerse y patinar o deslizarse por una estrecha franja de la pista. Aquí, sólo hay que bajar de la góndola y emprender el descenso sin parar. A menos que esté cansado”.

Y luego de navegar por algunos de los senderos más difíciles de Ste.-Anne o incluso los segmentos arbolados de la sección Bosque Encantado, es posible que se quede sin aliento como un corredor con sobrepeso durante el entrenamiento de primavera. La montaña tiene tres lados, y la cara norte es la primera en iniciar actividades, ya que es 14 grados centígrados más fría que las pistas de los flancos sur y oeste. De los 66 senderos que componen el resort, la tercera parte está clasificada para expertos, incluida la incitante combinación de La Belle et la Bête: La bella y la bestia.

La Bella es un difícil claro sinuoso de unos 275 metros de largo que conduce hasta la Bestia, trayecto de doble diamante negro con pendiente de 33 grados –una de las pistas más empinadas de la región oriental. Si padece de vértigo (o tiene más sentido común que los demás), encontrará muchas otras rutas abiertas (una de ellas mide casi 6 kilómetros) y pistas para principiantes, sobre todo cuando la temporada cobra impulso en los días de Navidad. Mont Ste.-Anne cuenta con un centro de atención infantil, un ejército de 250 instructores que operan con el lema Es Posible Aprender a Divertirse, y casi 210 kilómetros de pistas a campo traviesa que discurren entre prístinos campos.

No obstante, Mont Ste.-Anne tiene alma de aventurero y a media temporada ofrece actividades adicionales que incluyen catonismo en hielo (práctica de descender a rapel por cascadas congeladas) y parapentismo invernal, con impresionantes vistas del río St. Lawrence y la cordillera Laurentiana. Mont Ste.-Anne dista mucho de ser la única opción para deportes invernales en la región. Stoneham Mountain, a 20 minutos al norte de la Ciudad de Quebec, es un destino muy popular para esquiadores de “nueva escuela”, con un medio túnel de casi 7 metros de altura y 260 de largo. También incluye pistas tipo ladera y cruce fronterizo, y rampas para salto de estilo libre. Las familias de los suburbios lejanos se arremolinan en los 32 senderos de Stoneham y su caída vertical de 427 metros, y el ambiente “après-ski” es famoso en toda la provincia de Quebec.

Le Relais, con 25 pistas, es la más pequeña de las zonas de esquí próximas a la Ciudad de Quebec, pero también es la más inmediata al centro de la entidad (como a 15 minutos en auto). Le Relais tiene gran actividad de esquí nocturno y también ofrece un ambiente familiar. Más al norte, como a una hora de Québec, se encuentra Le Massif, que recién inició su temporada. Con 45 pistas y una caída vertical de 770 metros, es una imponente cumbre con pendientes bastante difíciles, pero la distancia con respecto de la Ciudad de Quebec vuelve impráctico el viaje de ida y vuelta en el mismo día, sobre todo si nieva (y créame, nieva). Con todo, vale la pena visitar Le Massif un par de días y lo mismo puede decirse de Mont Tremblant, como a 290 kilómetros al oeste, pasando Montreal, aunque prefiero zonas más próximas a Quebec para sesiones de calentamiento previas a la temporada.

Confieso que no soy imparcial, pero el tiempo que he pasado dentro de las murallas de la antigua y romántica Quebec ha sido embriagador, y la experiencia se vuelve casi intoxicante luego de examinar sus variedades vinícolas. La tarde que llegué a Quebec con mi esposa y nuestro pequeño hijo, hace unas dos semanas, una ligera nevisca caía sobre la pista pública de patinaje en Place d’Youville, frente a nuestro hotel. Luego de alquilar tres pares de patines, no quedó la menor duda de que nuestras vacaciones québécois habían comenzado. En el corazón mismo de la ciudad, a la sombra de edificios de oficinas de 35 pisos y a pocos pasos de la majestuosa puerta de St.-Jean, guardiana de la ciudad vieja, una docena de aficionados nos deslizábamos alegremente sobre el hielo. Nada de música estruendosa ni apretujones, sólo el sonido de nuestras cuchillas raspando suavemente la superficie helada. Jóvenes y viejos –algunos de ellos turistas como nosotros– mantenían un apacible aunque ensayado ritmo. Sin paredes que cercaran el hielo y montones de nieve en las orillas, parecía que patináramos en un estanque congelado como hacían los canadienses en el siglo XIX.

La cena de ésa y otras noches fue no menos característica de la distintiva ciudad norteamericana que este invierno celebra su cuarto centenario de fundación. Los alrededores industriales de Quebec carecen de encanto, pero el centro y la ciudad vieja son completamente distintos de cualquier otra región urbana de este lado del Atlántico. A no dudar, Quebec es menos cosmopolita que Montreal, con edificios de los siglos XVII y XVIII que forman un serpenteante e irregular laberinto de calles con decidido sabor francés. Aunque los residentes agradecen cualquier esfuerzo de los turistas para hablar su idioma, el inglés es la segunda lengua oficial en restaurantes, hoteles y otros lugares. Sin embargo, es agradable sentarse a escuchar la cacofonía de un bullicioso bistro y dejarse envolver por la combinación de idiomas en una ciudad que, durante siglos, ha debido ser bilingüe y multicultural.

En Les Frères de la Côte, restaurante de la calle St.-Jean, québécois y visitantes ocupaban todas las mesas de madera observando a los chefs que trabajaban en la cocina abierta. El especial para la cena (casi de rigor) era un espectacular platón de mejillones frescos acompañados de cinco salsas distintas, cada cual con un toque muy regional. La conversación, acicateada por interminables bandejas repletas de mejillones y lubricada con una generosa variedad de vinos, prosiguió hasta bien entrada la noche en todos los rincones del cálido y ruidoso comedor

Al regresar al hotel tuvimos tiempo para mirar los escaparates y observar a otra media docena de patinadores que se deslizaba en la pista de hielo. Aquella caminata, o quizás el apetito saciado con dos bandejas de mejillones, propició un profundo descanso. Con todo lo que aún quedaba por hacer en Quebec, aquella fue una bienvenida oportunidad para tomar un respiro, pues se esperaba otra ventisca al día siguiente.

Información turística

Hay muchos hoteles exclusivos en la Ciudad de Quebec, pero pocos combinan los beneficios de una estupenda ubicación y amplias habitaciones a precios razonables como Courtyard by Marriott (850, Place d’Youville; 418-694-4004). El hotel ocupa el edificio remodelado de un antiguo banco de la era de la Gran Depresión y el amable personal está siempre dispuesto a brindar ayuda para realizar compras y hacer reservaciones en restaurantes de la antigua Quebec, a unos pasos del establecimiento. La propiedad se encuentra justo en el camino que lleva del centro de la ciudad a las laderas de Mont Ste.-Anne.

El impresionante Fairmont Chateau Frontenac (1, rue des Carrières; 418-692-3861) ha dominado el perfil de la antigua Quebec desde hace más de un siglo. Es un hotel muy elegante que ofrece fácil acceso a lo mejor de la ciudad y servicios que no encontrará en los pequeños hoteles-boutique de las cercanías, como servicio en la habitación, gimnasio y piscina interior.

Entre las mejores opciones para cenar se encuentra Aux Anciens Canadiens (34, rue St.-Louis; 418-692-1627), establecido en uno de los edificios más antiguos de Québec (1677) y especializado en recetas de la cocina decimonónica canadiense, con un toque moderno. El almuerzo, que consiste de varios platillos con una copa de vino o cerveza, es una ganga. No puede perderse la tarta de azúcar de arce con crema fresca.

Au Petit Coin Breton (1029, rue St.-Jean; 418-694-0758) es una buena crepería si desea desayunar algo más tarde o almorzar. Los platillos más populares incluyen crepas de jamón, queso, espárragos o camarones y unas cacerolas llamadas gratins. No obstante, el establecimiento ofrece cerca de 80 combinaciones de ingredientes.

Para esquiar
Mont Ste.-Anne

Stoneham Mountain

Le Relais

(Fuente: Way to Go, The New York Times)

Un comentario

  1. Escrito por Rosalba:

    La verdad estoy muy anciosa por que canada es nuestro pais de destino y es logico que quiere saber todo al respecto; bueno sobre las temperaturas es manifico para rodo deportista; sabes que viva canada…!

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