Francia

Escrito por: Richard Conniff el 14 de Enero de 2008 | 6:04 am
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Foto de Ed Alcock

Olvidado, sí; pero feliz cumpleaños de todos modos

Confieso que fue morbo lo que me llevó a buscar a uno de los grandes perdedores de la historia, pues incluso los franceses le consideran peculiar. ¿George-Louis Leclerc? ¿El Conde de Buffon? Me comuniqué por correo electrónico con el Museo Nacional de Historia Natural de París cuya fundación, en gran medida, se debió al conde. Sin embargo, la oficina de prensa de la institución apenas había oído hablar de él y como todos en el mundo biológico, estaban muy ocupados celebrando el tricentenario del gran botanista sueco Carolus Linnaeus, archienemigo del noble francés.

Y no obstante, también era el tricentenario de Buffon. Nacido en septiembre de 1707 y afamado como uno de los grandes autores del siglo XVIII –su colección de 44 volúmenes de Historia Natural, 36 tomos escritos por él, es un relato enciclopédico del mundo natural que permaneció como uno de los pilares de la literatura francesa hasta bien entrado el siglo XX–, fue uno de los personajes más poderosos de la corte de Luis XV y en su calidad de autor y administrador fue, en muchos sentidos, tan influyente como Linnaeus en la conformación de nuestro conocimiento del mundo natural.

Buffon me intrigaba lo suficiente para seguirle los pasos y conocer más de aquella mente científica sorprendentemente moderna. Linnaeus y la mayoría de sus contemporáneos basaron su comprensión de la naturaleza en la Biblia, afirmando que las especies supervivientes habían permanecido sin cambios desde que Dios creó el Jardín del Edén. En contraste, Buffon consideraba absurdo imaginar que Dios se mantenía “ocupado con la forma como debía plegarse el ala de un escarabajo”, y opinaba que las especies no eran más que grupos de animales que se reproducían y cambiaban con el tiempo.

Por fortuna para mí (aunque a nadie más le importara), Buffon dejó un amplio legado físico con el que el viajero curioso puede avizorar sus ideas y estilo de vida. El primer lugar de visita es el Jardin des Plantes, jardín botánico al sur del Sena, en la capital francesa, el cual incluye los edificios del Museo National de Historia Natural. Durante gran parte de su vida, Buffon fue el “gran jactancioso” del lugar cuando éste recibía el nombre de Jardin du Roi y fue responsable de ampliar la propiedad hasta su actual dimensión de 30 hectáreas. Debido al increíble atractivo de sus escritos y su talento como administrador, también hizo del jardín uno de los principales centros para recoger nuevas especies de regiones lejanas.

La casa donde Buffon vivió y murió aún se levanta en un rincón del parque, aunque ha sido transformada en oficinas. Así que mejor visite la Grande Galerie de l’Evolution, edificio del siglo XIX con techo de vidrio traslúcido y galerías sostenidas por hermosas columnas de hierro. Los ejemplares en exhibición comunican algo de la emoción y el interés de los primeros tiempos de la historia natural. En el año 2000, poco después de una reconstrucción significativa, el paleontólogo estadounidense Stephen Jay Gould describió el sitio como “la exhibición moderna más magnífica sobre la evolución”.

Pero no espere encontrar muchas menciones del nombre de Buffon. Aunque después Charles Darwin lo ensalzaría como el primer autor moderno en abordar las ideas evolutivas con “espíritu científico”, la principal contribución de Buffon fue que prestó minuciosa atención a la importancia del hábitat en la conformación de las especies. De hecho, el conde no tenía una clara idea de la evolución, de modo que su obra simplemente abrió la puerta al pensamiento evolutivo de científicos posteriores. Y de pronto, la puerta se cerró dejándolo en el lado del olvido. O casi: justo en el exterior del recinto se encuentra una estatua de bronce de Buffon, dominando sus jardines, con un león a sus pies y un ave posada en un brazo.

El lugar más indicado para tener una percepción más adecuada de la vida de Buffon es su casa de campo, en el pueblo de Montbard, a poco más de una hora de París en el TGV, línea de trenes de alta velocidad. Como era habitual, Buffon pasaba la mitad del año en la ciudad (“París es el infierno”, declaró) y la otra parte en Montbard, donde escribió la Historia Natural que le lanzó a la fama. En principio, la obra pretendía ser un simple catálogo de las colecciones del rey, pero Buffon emprendió la tarea con tal entusiasmo (en determinado momento, empleó 80 personas para colorear a mano sus ilustraciones) que se transformó en un relato de la vida en la Tierra.

La mansión que construyó se encuentra en el centro de la parte antigua de la ciudad, cerca del río Brenne. Montbard no es particularmente pintoresca y forma parte de la región de vino borgoñés, así que los visitantes a menudo se hospedan en uno de los châteaux de las afueras de la población. Sin embargo, el Hôtel de l’Ecu está a unos pasos al otro lado del río y el establecimiento me pareció confortable y hogareño, con el setter inglés del propietario recorriendo la recepción.

Buffon se dedicaba por completo a su obra cuando estaba en Montbard, aunque también se complacía en contar una anécdota sobre su inclinación para dormir hasta muy tarde. Había ordenado a un anciano sirviente llamado Joseph que lo despertara al amanecer, con la promesa de una gratificación monetaria si lograba sacarlo de la cama. Una mañana, luego de agotar todas las posibilidades, Joseph vació un cuenco de agua fría en la cara del conde y cobró su recompensa. “Debo entre 10 y 12 volúmenes de mis obras al pobre Joseph”, escribió Buffon.

El noble francés creó un parque privado en una colina detrás de su casa, para lo cual derribó un antiguo castillo de los duques de Borgoña (días felices para los nuevos ricos, cuando una remodelación permitía destruir algo realmente significativo). Dos veces al día, aun cuando contaba más de setenta años, Buffon subía por los 118 escalones de la colina y cruzaba los 418 pasos de terreno empinado para ir de su casa al cabinet de travail o estudio. La sencilla edificación de una habitación, situada en el extremo más apartado de la colina, todavía domina las colinas y valles de Borgoña. Está abierto a los visitantes, al igual que los restos del vetusto castillo.

Linnaeus y Buffon fueron los colosos del mundo científico de su era. El botanista sueco inventó del actual sistema de clasificación, que identifica todas las plantas y animales según su género y especie, como Homo sapiens, y los encaja en una jerarquía muy precisa basada en especie, género, familia, orden, clase, filo y reino. En cambio, su rival francés estaba más interesado en las peculiaridades de hábitat y conducta, anticipándose a ciencias como la ecología y la etología que cristalizarían 200 años más tarde. Sus respectivas reputaciones como el “Newton y Galileo” de Suecia y el “Plinio y Aristóteles de Francia”, combinadas con descomunales egos, hicieron inevitables los conflictos.

Buffon atacaba a Linnaeus porque imponía un orden artificial al desordenado mundo natural. Se complacía en destacar los absurdos que proponía Linnaeus, como poner a humanos y perezosos de dos dedos en el mismo orden, Anthropomorpha. Linnaeus replicaba que su antagonista era un maestro del “hermoso y ornamentado francés”, pero nada más. Incluso bautizó un género de hierba mala como Buffonia.

Sin duda, Buffon tenía razón al señalar los defectos del sistema de Linnaeus, pero muy pronto este método de clasificación se volvió esencial para otros biólogos que debían dar sentido a la increíble abundancia de especies descubiertas repentinamente por los exploradores del siglo XVIII. Entre los científicos ingleses, sobre todo, el culto de Linnaeus se volvió una especie de religión, de suerte que la rivalidad perjudicaba principalmente a Buffon (hasta hace poco, todas las traducciones inglesas de la Historia Natural del conde omitían la sección introductoria que incluye el ataque contra Linnaeus).

A poca distancia de Montbard se encuentra la aldea de donde Buffon tomó su nombre. Con buen clima, es posible caminar los 90 minutos de ida y vuelta por un apacible sendero que bordea el canal. La fragua que construyera Buffon aún existe y sus ruedas hidráulicas, fuelles y demás maquinaria aún chirrían y crujen para la diversión de los visitantes. En este lugar, hacia el final de su vida, Buffon emprendió una serie de inverosímiles experimentos que consistían en fundir bolas de hierro de distintos tamaños, minuciosamente medidas, con objeto de determinar cuánto tiempo tardaban en enfriarse. Su hipótesis era que la Tierra surgió como una bola de fuego que se solidificó gradualmente al enfriarse, de modo que si lograba incrementar el tamaño de sus bolas de hierro a las dimensiones el planeta, lograría calcular la edad de la Tierra.

Las cifras que obtuvo oscilaban de 10 millones de años a escasos 75 mil, cálculo que publicó finalmente en 1778. El experimento abrió los ojos a los lectores educados sobre el enorme alcance del tiempo geológico y fue el principio del fin de la creencia de que toda la creación se remontaba sólo seis mil años en el pasado, al Jardín del Edén. En los primeros años de su carrera, las enfurecidas autoridades religiosas entregaron a Buffon una lista de 14 “declaraciones reprensibles” y el conde, astutamente, firmó una declaración de su fe en las Sagradas Escrituras (“Es mejor ser humilde que ser colgado”, comentó). No obstante, jamás modificó dichas “declaraciones reprensibles” ni dejó de hacer otras más cuando la ciencia así lo exigía.

Es de notar que las exhibiciones de la fragua no hacen mención alguna a los experimentos que Buffon llevara a cabo allí, pero tal parece ser el destino histórico de Buffon: aunque sus ideas fueron esenciales en su tiempo para el avance de las ciencias, fueron relegadas al olvido tras su muerte, en 1788, un año antes de la Revolución Francesa –que, previsiblemente, poca consideración tendría para un personaje tan próximo al rey. Es más, el hijo de Buffon, conocido con el infortunado diminutivo de Buffonet, terminó en la guillotina (una anécdota cuenta que fue enviado al patíbulo por antiguos vecinos que su padre desplazara mientras ampliaba el Jardin du Roi. Otra afirma que las últimas y poco atinadas palabras de Buffonet fueron: “Me apellido Buffon”).

Los revolucionarios establecieron el Museo Nacional de Historia Natural con la colección que Buffon padre había creado, pero en el trance de convertir la historia natural en una disciplina científica, la emergente clase de profesionales desdeñó al conde y al tipo de naturalistas aficionados que había inspirado.

Incluso la Iglesia pareció derivar particular satisfacción minimizando el legado de Buffon. Fue enterrado, según sus deseos, junto al altar de la Eglise St. Urse, en lo alto de la colina ubicada detrás de su mansión de Montbard, mas en la inscripción sobre el altar algún mordaz sacerdote se llevó la última palabra y deliberadamente eligió un epitafio tomado de la visión bíblica de la Creación: “Y Dios vio todo lo que había hecho y vio que era bueno”.

‘París es el infierno’
Durante su estancia en París, asegúrese de visitar la Grande Galerie de l’Evolution en el Museo Nacional de Historia Natural (Jardin des Plantes; 36, rue Geoffroy-St.-Hilaire; 33-1-4079-5479). Abierto de todos los días de 10 a. m. a 6 p. m. Cerrado los martes.

Buffon en el país
Haga la excursión a la casa de campo de Buffon en Montbard, como a una hora de París (con estancia de una noche; Musee-Site-Buffon, Rue du Parc Buffon, Montbard; 33-3-8092-5042). Abierta todo el año, de miércoles a domingo, con horario de 10 a. m. a 2 p. m. y de 2 a 5 p. m.

Mientras visita Montbard, haga el tour de la Grande Forge de Buffon (33-3-8092-1035). Abierta del primero de abril al 30 de septiembre, de 10 a. m. al mediodía y de 2 a 6 p. m.; con reservación el resto del año.

Si busca hospedaje cómodo y agradable cerca del hogar de Buffon, pruebe el Hôtel de l’Ecu; 7, rue Auguste Carre, Montbard; 33-3-8092-1166. El hotel cuenta con un buen bistro de precios razonables.

(Fuente: Way to Go, The New York Times)

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