Adelaide

Escrito por: Finn-Olaf Jones el 16 de Enero de 2008 | 6:03 am
Etiquetas: Ninguna

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Foto de Tony Sernack

La “Ciudad de iglesias” emerge como centro culinario

“Recorrimos el mundo entero buscando el lugar ideal para poner el tipo de restaurante al que siempre quise ir”, recuerda Jim Carreker, quien renunció a su empleo como chef ejecutivo en el Valle de Silicona para fundar, el año pasado, un muy encomiado hotel gastronómico, el Louise, en el valle australiano de Barossa. “Cuando llegamos a Adelaide, nos asombró descubrir que el área tenía lo mejor de todo: excelentes cosechas vinícolas, buen ganado, fantásticas frutas y verduras. Es la versión australiana de la Toscana, sólo que también tenemos mariscos extraordinarios”.

Hace dos décadas, Adelaide, capital del estado de Australia del Sur, era considerada una ciudad aburrida comparada con sus vecinas costeras, Melbourne y Sydney. Incluso el mote, “Ciudad de iglesias” sugería un tradicionalismo innato. De hecho, el conservador más famoso de Australia, Rupert Murdoch, fundó su imperio global de medios en esta ciudad.

Pero hoy, acunada en la costa del Océano Índico y tendida en la franja de verdor del apacible río Torrens, la capital de Australia del Sur se ha convertido en un colorido centro cosmopolita para la revolución culinaria del país: 51 % de los vinos nacionales se producen en la región, en tanto que las colinas de Adelaide ofrecen una abundancia de frutas y verduras. Si a esto sumamos la población multiétnica asentada en esta ciudad de acelerado crecimiento y 1.1 millones de habitantes, resulta inevitable que haya surgido un pujante ambiente de cafés y restaurantes. Más aun, Adelaide tiene la mayor cantidad de restaurantes por persona en todo el país, incluidos el Grange y Petaluma’s Bridgewater Mill, a menudo citados entre los mejores establecimientos australianos.

Algunos afirman que la región era un paraíso culinario desde antes que el primer barco holandés avistara su costa en 1627. “¿Ve esa corteza mojada? Solíamos arrancarla y chuparla, por su sabor dulce –informa el guía aborigen Haydn Bromley, mostrándome un enorme árbol gomero en el centenario Jardín Botánico de la ciudad–. Los aborígenes comían muy bien mucho antes que aparecieran los europeos”.

Las llanuras de Adelaide son hogar de los kaurna, dinámico pueblo aborigen que posee una lengua propia y reverencia a los canguros rojos (que todavía pueden verse en las colinas que dominan la ciudad), considerándolos parientes cuyas aventuras son la esencia de sus historias creacionistas o “sueños”. El amplio Museo de Australia del Sur posee la colección de artefactos aborígenes más grande del mundo, que incluye bumeranes, mapas de “sueños” pintados y una exhibición de plantas medicinales que usaban los antiguos pobladores, como hojas de grevillea para las madres que deseaban producir más leche.

Sin embargo, Bromley llevaba en la mochila alimentos más relevantes a mis necesidades actuales. Entre un coro de cucaburras que nos deleitaban con su ronco canto desde los altos árboles, sirvió el “té del bosque”: jaleas de naranja, melocotón, tomates silvestres y grosellas fabricadas por artesanos aborígenes que han creado una floreciente industria de condimentos en el Outback (como se conoce la región agreste de Australia). Los condimentos son una mezcla vigorizante, como lo que podría encontrarse en un restaurante hindú, pero con el ahumado regusto del desierto.

Las especias aborígenes se encuentran en todos los supermercados y las tiendas gourmet de Adelaide, pero si no le gusta cocinar, la ciudad ofrece un sinfín de posibilidades. Un lugar muy concurrido para probar las especialidades aborígenes es Red Ochre Grill, que domina el centro de la ciudad desde la ribera del río. Dependiendo de la carta del día, puede ordenar filete de canguro con glaseado de chiles locales, platones de vieiras agridulces, confitura de remolacha y budín de carne con condimentos del Outback.

Adelaide ofrece muchas opciones para la digestión. Alrededor de Square Mile, el barrio original del centro de la ciudad construido según un sistema de cuadrícula diseñado en 1837, con precisión militar, por el coronel William Light, se encuentra una gigantesca zona de verdor compuesta de parques, pista de caballos y kilómetros de sinuosos senderos, algunos de los cuales siguen el trayecto del río. Light, hombre adelantado a su época, construyó la ciudad alejada del mar para dar cabida a amplias avenidas y aprovechar el terreno sólido para un hermoso calidoscopio de edificios coloniales de piedra, cuyas ornamentadas verjas de hierro evocan Nueva Orleans.

No obstante la seriedad del trato dedicado a la comida, la informalidad y la alegría australianas imperan sobre el preciosismo esperable de un destino gastronómico. Ni siquiera los vinos locales, a pesar de su amplio reconocimiento internacional, están exentos. “Haga vino, no el amor”, anuncia el cartel de una vinatería local. Para asegurar que la consumación no tenga complicaciones, los corchos han sido sustituidos por tapas con rosca, aun en las botellas más virtuosas de Australia del Sur. “¿Por qué tanto lío con los corchos si 20 % sale mal?”, pregunta un vinatero local, Stuart Blackwell, mientras decanta una excelente cosecha de St. Hallett Poacher’s Blend –nombre que honra una apetitosa camionada de uvas que cosechó en secreto en la propiedad de otro vinicultor para cobrarse una deuda vencida.

No obstante las bromas, todos –desde el encargado de las frituras de pescadilla y patatas en Paul’s Seafood, en el número 79 de la calle Gouger (“seguro que estaban nadando ayer”) hasta el famoso chef del Grange, Cheong Liew, con quien topé en el Mercado Central de Adelaide estudiando un embutido de canguro como si fuera una bomba– parecen imbuidos de la evidente pasión por la cornucopia de alimentos frescos que es Australia del Sur.

Un recorrido por los extensos quiscos victorianos del interior del Mercado Central da una idea aproximada de la riqueza de dicha cornucopia. El tentador mega centro comercial especializado en los cuatro grupos de alimentos y salpicado de artesanos –chocolateros, panaderos, productores de aceite de oliva y demás– que los transforman, el Mercado Central es un paraíso para curiosos y glotones. Creerá que se encuentra en uno de los famosos mercados de comida de Bolonia, pero poblado de personas que hablan inglés con un acento peculiar. De hecho, una de las escalas más populares del mercado es Lucias, isla de cultura italiana que, desde hace más de medio siglo, ha servido pastelillos y café dignos del Viejo Mundo.

Si lo que busca es diversidad, nada mejor que el Mercado Central: puestos de carniceros con carne de canguro y emú compiten por el espacio con tiendas que ofrecen comestibles rusos, asiáticos y de muchas otras regiones –el inicio de una enorme línea de armado que se extiende a las cocinas de Gouger Street, frente al Mercado, donde aguarda una imponente variedad de restaurantes étnicos.

“Soy un refugiado político curdo –comentó el taxista que me recogió en el aeropuerto–. Pero me casé con una china, me convertí al budismo y ahora hablo mandarín en casa”. Parece la historia típica del Cuisinart internacional que es Adelaide. Caminar por Gouger Street y la cercana Hindley Street es como recorrer el plató de “Blade Runner” con su abigarrada mezcla de anuncios neón en la fachada de vetustos edificios coloniales británicos donde, al caer la noche, los ricos aromas de la cocina mundial se acompañan de canciones populares árabes, música techno alemana y melodías de otros rincones del planeta.

Con tantas culturas, era imposible que Adelaide no tuviera una fascinante y ecléctica vida nocturna. Lugares como Moskva Vodka Bar, que conjunta distintos bares en un edificio de tres pisos; Escobar, con su jazz en vivo; o la música heavy metal y garage de Enigma Bar… Todos ellos, vibrantes establecimientos donde codearse con las joviales glamazonas, goths y preppies de Adelaide.

¿Y por qué no habrían de ser amistosos? Lo más seguro es que la mayoría esté bien alimentada.

Información turística

Cómo llegar
Si prefiere no tomar taxi, puede utilizar el sistema de transporte público de Adelaide, que ofrece servicio JetBus regular de y hacia el aeropuerto.

Hospedaje
Si desea algo nunca visto, North Adelaide Heritage Group (61-8-8272-1355) ofrece 20 propiedades restauradas distribuidas por toda la ciudad, incluyendo una confortable estación de bomberos del siglo XIX que alberga un carro-bomba de 1942 y el famoso poste de bomberos.

Hyatt Regency Adelaide (North Terrace, 61-8-8231-1234) es un elegante rascacielos de céntrica ubicación junto al río.

Louise, en Seppeltsfield Road, Barossa Valley (61-8-8562-2722) es un incomparable hotel gastronómico en el corazón de un viñedo, como a una hora en auto de Adelaide.

Comida
Red Ochre Grill (War Memorial Drive, North Adelaide, (61-8-8211-8555) tiene vista del centro de la ciudad y ofrece una carta de “comida aborigen de primera” con un toque del Outback.

En The Grange (Hilton Hotel, 233 Victoria Square, 61-8-8237-0737), la carta de degustación presenta platillos de fusión asiático-australiana.

Acunado en las colinas de Adelaide se encuentra Petaluma’s Bridgewater Mill Restaurant (Mount Barker Road, 61-8-8339-9200). Su ecléctica carta incluye especialidades asiáticas, australianas y francesas.

Si quiere algo de vida nocturna, visite Moskva Vodka Bar (192 Hindley St., 61-8-8211-9007) popular centro del glamour con tres niveles; Escobar (91 Gouger St. 61-8 8231-6023), elegante club que suele ofrecer jazz en vivo; y Enigma Bar (173 Hindley St., 61-8 8212-2313), con música alternativa en vivo.

(Fuente: Way to Go, The New York Times)

Un comentario

  1. Escrito por Jorge Díaz:

    Un artículo excelente acerca de una de las ciudadades más hermosas de Australia, y por qué no, del mundo.
    Gracias

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