Panamá
Un refugio cercano de antiguas tradiciones
En las soleadas mañanas de Playón Chico, Panamá, el cementerio es el lugar más animado del pueblo. Los habitantes de Playón Chico, los indios kuna, todavía piensan, según sus antiguas creencias, que cada persona tiene un espíritu bueno y uno malo, y que después de morir, el espíritu bueno necesita ayuda para alcanzar el paraíso. Es por eso que, cada mañana, las mujeres kuna suben la ladera de la selva para llegar al cementerio y acompañar a sus parientes fallecidos y proveerlos con un poco de estímulo celestial.
Una mañana de septiembre, un viejo hombre llamado Carlos Owens acababa de morir, y las mujeres de su familia descansaban en hamacas colgadas de dos palos que soportaban el techo de paja de su tumba. Los refugios se llenaron del humo de incienso que las mujeres pusieron en la tumba. Las más jóvenes conversaban y trabajaban en molas –adornos de tela de diversos colores. A sus talones los envolvían lazos de cuentas, amarillos y rojos vivos contra su piel bronceada, pero es el torso el que más llamaba la atención, cubierto en molas que forman parte de sus blusas. La fortuna de la familia adornaba las narices y orejas de las mujeres de más edad, con formas de gruesos aros de oro.
Poca gente como los kuna existen hoy en día: grupos que mantienen muchas de sus antiguas tradiciones a pesar de las presiones del mundo moderno. Ver a la mayoría de estos grupos significa viajar a rincones remotos del mundo, y a veces peligrosos, como las montañas de Myanmar o la selva congolesa. Sin embargo, el hogar de los kuna es bellísimo, tranquilo y accesible: ocupan las Islas de San Blas en la costa caribeña de Panamá. Para regresar a mi cómodo hotel en una isla privada, parte del archipiélago, tan sólo tenía que bajar la colina desde el cementerio, subirme a un bote y recorrer 15 minutos.
Las Islas de San Blas, o Comarca Kuna Yala, como también se les conoce, son una rara confluencia de dos tipos de paraíso: tropical y cultural. Son uno de los pocos sitios de vacaciones que atraerían tanto al antropólogo como al amante de playa. Pero San Blas ha estado bajo el radar turístico por muchos años y puede que no permanezca de esa forma por mucho más tiempo.
La primera vez que visité el lugar fue en 1984 con mis padres y hermana mayor. En ese entonces, San Blas no contaba con ningún tipo de infraestructura turística. El acceso era por medio de aviones de 6 personas desde la ciudad de Panamá. En aquel viaje nos hospedamos en una aldea de una pequeña isla donde nadie hablaba español. La gente vestía tradicionalmente de forma casi exclusiva y se mantenía a través de la pesca y la cosecha de frutas. Pensábamos permanecer sólo una noche, pero terminamos quedándonos cuatro días. Hicimos esnórquel, comimos mariscos y pollo y observamos a las langostas caminar a lo largo de la isla todas las tardes. Las islas no contaban con electricidad y, la mayor parte del tiempo, nosotros éramos la diversión: los locales habían visto tan pocos turistas que nos miraban con curiosidad. Mis padres se enamoraron de las molas y, por casi nada de dinero, compraron más de las que jamás podrían usar. Mi padre describió nuestra estancia ahí como “un suspiro de alivio”.
El año pasado, nuestra familia decidió regresar. Cuando una búsqueda de internet reveló una gran variedad de opciones de hotel en la región y no una sino dos aerolíneas que ofrecían vuelos diarios desde la ciudad de Panamá, pensamos que los días de un San Blas virgen se habían acabado. Pero esa conjetura resultó falsa. Una pequeña avioneta nos llevó a Playón Chico, aldea costera, y ninguno de los otros pasajeros eran turistas. Ahí, nos recibió nuestro guía, Alicio Istocel, un hombre bajo y grueso con cara honesta y una camiseta con el logotipo de nuestro hotel. Él es kuna, pero habla español.
Istocel nos informó que seríamos los únicos huéspedes de nuestro hotel, Sapibenega the Kuna Lodge. El hotel se encuentra en una pequeña isla que se dedica por completo a él. Sus cuatro cabañas descansan sobre zancos en el agua, con lujosos cuartos de paredes de bambú y camas grandes, redes para mosquitos y hamacas en el porche para descansar y admirar el paisaje oceánico.
Las islas de Kuna Yala están rodeadas de arrecifes corales, y ellas mismas están hechas de coral, con una capa de tierra poco profunda y baja en nutrientes. Cuando estábamos listos para la diversión, Istocel nos llevó en canoa de motor a una isla cercana y nos dejó ahí para pasar la tarde. Ahí hicimos esnórquel en los arrecifes cercanos, nadando a través de un jardín submarino que parecía especializarse en lo puntiagudo: corales astas de ciervo, erizos de mar y las más amigables estrellas de mar. Los únicos otros ahí eran un pescador local que llevaba a sus sobrinos a la playa a nadar. El pescador no hablaba español, pero como gesto amistoso nos ofreció un coco maduro que encontró en el suelo. Le abrió un agujero con su machete y bebí la dulce leche. Luego se lo ofrecí a sus tres sobrinos, todos con menos de 6 años de edad y que se perseguían unos a otros alrededor de la playa completamente desnudos.
Cuando regresó el bote por nosotros, mi padre se rehusaba a subir: “¿Por qué querría irme de aquí?”, dijo con puchero. Eso fijó el patrón de nuestra visita. Entre los desayunos de piña y huevos, almuerzos de pescado fresco y cenas de suave pulpo y langostino, Istocel nos depositaba en una de las múltiples islas inhabitadas del área, junto con nuestro equipo de esnórquel.
En cuanto a los kuna, ellos todavía viajan de una isla a otra en sus canoas hechas a mano y con motor fuera de borda, cosechan fruta y tejen molas. Aunque algunas construcciones están hechas de concreto, la mayoría todavía son de bambú y paja. Después de caminar alrededor de Playón Chico por una hora, teníamos a 10 niños pequeños siguiéndonos, tomándonos la mano e, impresionantemente, no pidiendo ni bolígrafos ni dinero.
El paraíso, por supuesto, puede perderse rápidamente. Un ejemplo con moraleja es El Porvenir, la capital de Kuna Yala que ha atraído turistas por más de 20 años –dice Istocel–, con paradas ocasionales de los grandes cruceros. La población se ha vuelto completamente dependiente de los turistas para sobrevivir. “La gente no trabaja más en la selva –explicó Juan Alfaro, un artesano de Playón Chico–. No cultivan plátanos, yuca, maíz. Sólo esperan a que lleguen los turistas”.
Las comunidades de Kuna Yala –región semi-autónoma de Panamá– son gobernadas por los sahilas, jefes regionales quienes sirven periodos de cuatro años y ponen las reglas. Albertino Ileta es el jefe de Playón Chico. En cuanto al turismo, Illeta y otros sahilas tratan de encontrar un balance entre el beneficio y la dependencia. Los turistas en el archipiélago deben pagar un dólar por cada interacción con los Kuna, incluyendo fotos y conversaciones. “La comunidad quiere más turistas –me dijo Illeta, con traducción al español de Istocel–. Para la economía. Y talvez la cultura no se pierda”. Pero la meta no es ser como El Porvenir, le pregunté. “Más como El Porvenir, sí”, me respondió. Luego me pidió un dólar.
Playón Chico comienza a despertar alrededor de la media tarde. Los niños juegan y corren en la calle, algunos practican los bailes tradicionales, saltando de un pie al otro al ritmo de la música, mientras que otros vuelan cometas construidos con bolsas de basura, ramas y casetes sin rebobinar.
En la calle principal, Alfaro cuidaba una tienda donde cientos de molas fabricadas por su esposa y cuñada fueron tejidas unas con otras y colgaban como colchas iridiscentes. Mientras que la luz se atenuaba lentamente, se recargó contra su casa, mirando el cielo rosa. Él es kuna, pero nació en la ciudad de Panamá. Se mudó a Playón Chico apenas hace dos años. “Hay mucha paz, es amigable y el aire es puro –comentó. Luego suspiró y agregó–: El turismo crecerá. ¿Cómo decirles que no? ¿Cómo se hace eso? Es dinero”.
(Fuente: Way to Go, The New York Times)





La manera en que el autor describe “Playón Chico”, me hace pensar que era un paraíso. Lamentablemente el turismo afectó mucho la producción de la población, haciendo que los habitantes sólo quieran sobrevivir a costa de éste. Me compadece mucho ver que una población tan llena de rasgos culturales muy interesantes se limite o (en un futuro no muy lejano) se limitará a hacer sólo lo que el turista quiere ver.
realmente el avance tecnologico, hace cambiar los pensamientos de las personas los kunas no escapan a esto soy de panama. pienso que se debe mantener sus valores pero no se puede olvidar el constante contacto que ellos tienen con un mundo externo, saber reconocer sus necesidades, de manera tal que no pierdan sus raices-
Hola, Soy de México y estoy planeando un viaje por carretera hasta hasta Argentina y de regreso, solo que me topé con que no se puede Cruzar via terrestre de Panamá a Colombia… Me podrían por favor recomendar la manera de cruzar por barco ?..con quien se puede hablar que sea Honesto y serio, y cuanto nos costaría ? y de regreso por Colombia tambien necesitaríamos el servicio para regresar a Panamá… Mil Gracias
Hola Ernesto, soy de Panamá, la única manera en este momento de cruzar de Panamá a Colombia es por aire. Antes había un crucero que se tomaba en la Provincia de Colón donde está ubicada la Zona Libre de Colón pero dejó de funcionar. A finales de este año va a volver a reabrir un HOMEPORT de cruceros y probablemente vayan hasta Colombia.
Hola soy Kuna y solo navegaba en internet
creo q el autor tine razon pero en mi opinion mi cultura aun se puede salvar el lugar a donde llegan los turistas es apenas el comienzo der la comarca de 5 a 10 pueblos estan en eso del turismo
pero en la comarca hay 49 comunidades sin contar las que estan en las montañas la verdad yo he crecido toda mi vida en la ciudad solo he ido una vez ami isla natal cuandi tenia 17 y siempre lo ecordare por que es como dice al principio el autor sin luz electrica y eso pero muy hermoso me diverti mucho en el mes q estube de visita y eso q como creci en la ciudad estaba acostumbrado a la television y todo eso y estar alla con solo un radio que ni la señal estaba buena
creo q el gobierno deberia apoyar el turismo ecologico en kuna yala pero por lo q pude ver nos tienen abandonado por alla han pasado 4 años de eso ahora tengo 21 y mi sueño es ayudar ami comunidad mas adelante cuando culmine mi universidad y por cierto para cruzar de panama a colombia puedes subir a un barco de comerciantes colombianos que en ves de los panameños son los q nos venden los productos para q vean omo abandona el gobierno a los mas pobres pero bueno eso lo se por q cuando estube alla conoci a unos canadiences y japoneses q hacian lo mismo en bicicleta e iban con los comerciantes colombianos y los dejan en un punto de colombia para proseguir su viaje segun me contaron