Faraones negros
Un capítulo ignorado por la historia relata la época en que los reyes, desde lo más profundo de África, conquistaron el antiguo Egipto
En el año 730 a. C. un hombre llamado Piankhi decidió que la única manera de salvar de sí mismo a Egipto era invadiéndolo. La situación se tornaría sangrienta antes de que llegara la salvación.
“Aparejen los mejores corceles de sus cuadras”, ordenó a sus caudillos. Destrozada por la mezquindad de los jefes militares, la civilización que había construido las colosales pirámides perdió su grandeza. Durante dos decenios Piankhi gobernó su reino desde Nubia, un estrecho en África cuya mayor parte se ubicaba en lo que ahora es Sudán. Piankhi se concebía como el auténtico gobernante de Egipto, así como el legítimo heredero de las tradiciones religiosas practicadas por faraones como Ramsés II y Tutmosis III. Hubo quienes no tomaron en serio los alardes de Piankhi, quien probablemente en realidad nunca visitó el Bajo Egipto. Pero él presenció directamente el avasallamiento del decadente Egipto: “Dejaré que el Bajo Egipto pruebe el sabor de mis dedos”, escribió más tarde.
Sus soldados bogaron al norte del río Nilo. Desembarcaron en Tebas, capital del Alto Egipto. Puesto que se creía que las guerras religiosas debían librarse de una manera apropiada, Pankhi ordenó a sus soldados que, antes de cualquier combate, se purificaran mediante una inmersión en el Nilo, vistieran lino de la mejor calidad y salpicaran sus cuerpos con el agua proveniente del templo en Karnak, lugar sagrado del dios solar Amón, a quien consideraba su deidad personal. Piankhi lo honró con ofrendas y sacrificios. Luego de consagrarse, el caudillo y sus hombres hicieron la guerra a cualquier legión que encontraron a su paso.
Al término de un largo año en campaña, todos los líderes en Egipto habían capitulado, incluyendo al poderoso tirano del delta, Tefnakht, quien envió a Piankhi un emisario para decirle: “¡Sé misericordioso!, que soy incapaz de ver tu rostro en los días de deshonra; no puedo erguirme ante tu fulgor, porque temo tu grandeza”. A cambio de sus vidas, los vencidos pidieron con vehemencia a Piankhi que utilizara sus templos, se quedara con sus más finas joyas y reclamara sus mejores caballos. Piankhi aceptó los ofrecimientos. En aquel momento, cuando sus siervos se estremecían ante él, el recién impuesto Señor de dos Reinos hizo algo extraordinario: embarcó a su ejército y su botín de guerra, zarpó rumbo al sur, hacia su tierra, Nubia, para nunca regresar a Egipto.
Tras un reinado de 35 años, Piankhi murió en 715 a. C.; sus súbditos honraron sus deseos al enterrarlo, con cuatro de sus caballos, en una pirámide similar a las egipcias. Fue el primer faraón que, después de 500 años, recibó un entierro de tal magnitud. Es una lástima que el gran nubio que consumó estas proezas no haya dejado, literalmente, un rostro para la historia. Las imágenes de Piankhi sobre las elaboradas estelas o losas de granito, que conmemoran su conquista en Egipto, ya hace tiempo que fueron destrozadas. Sobre un relieve en el templo de Napata, en la capital nubia, únicamente permanecen sus piernas. Sólo queda un particular detalle del hombre: su piel era negra.
Piankhi fue el primero de los llamados faraones negros, una sucesión de reyes nubios que reinaron en Egipto por tres cuartos de siglo, durante la dinastía 25. Los faraones negros reunificaron a un Egipto desgarrado, colmaron su paisaje de gloriosos monumentos, construyeron un extendido imperio desde la frontera sur hasta lo que hoy es Jartum, en la ruta septentrional hacia el Mediterráneo. Se mantuvieron firmes ante los sanguinarios asirios, y probablemente esto contribuyó a mantener a salvo Jerusalén.
Aquellos episodios históricos permanecieron inéditos durante largo tiempo. No fue sino hasta estos cuatro decenios recientes cuando algunos arqueólogos los han revivido, concediendo que los faraones negros no surgieron de la nada: proceden de una vigorosa civilización africana que, a lo largo de 2 500 años, medró en las riberas meridionales del Nilo y se remonta incluso hasta la primera dinastía egipcia.
Hoy en día las pirámides de Sudán son espectáculos inquietantes sobre el Desierto de Nubia. Se puede deambular a su alrededor sin verse asediado por los vendedores. Mientras que, cerca de 1 000 kilómetros al norte, hacia El Cairo o Luxor, los visitantes llegan en grandes cantidades para observar las maravillas egipcias, en Sudán raramente visitan las pirámides en El Kurru, Nuri y Meroe, serenas entre el paisaje árido que difícilmente indica que ahí hubo una próspera cultura de la antigua Nubia.
En la actualidad, la falta de claridad amenaza nuestro conocimiento sobre esta civilización. El gobierno de Sudán está construyendo un dique hidroeléctrico a lo largo del Nilo, 1 000 kilómetros río arriba, que parte de la gran presa de Asuán, edificada por Egipto en la década de los sesenta, lo que hace que gran parte de la baja Nubia se haya enviado hasta el fondo del lago Nasser. Para 2009 concluirá la construcción de la enorme presa Merowe, y un lago de 170 kilómetros de largo anegará el terreno que bordea la Cuarta Catarata del Nilo, o los rápidos, que incluyen miles de sitios sin explorar. A lo largo de los nueve años previos, los arqueólogos se han agolpado en esta región cavando frenéticamente, antes de que los monumentos históricos de Nubia se hundan.
el mundo antiguo era ajeno al racismo. Durante la conquista histórica de Piankhi, el hecho de que su piel fuese negra careció de importancia. Los trabajos artísticos provenientes de Egipto, Grecia y Roma muestran, en las tonalidades de piel, un inequívoco conocimiento de las peculiaridades raciales, pero hay poca evidencia de que una piel oscura fuera considerada como un signo de inferioridad. No fue sino hasta el siglo xix, en la época en que las potencias europeas colonizaron África, cuando los eruditos de Occidente pusieron atención –con sus poco piadosas consecuencias– al color de piel de los nubios.
Los exploradores que llegaron al estrecho central del río Nilo reportaron el hallazgo de templos y pirámides: las ruinas de la antigua civilización llamada kush. Tal fue el caso del doctor italiano Giuseppe Ferlini, quien removió la parte superior de al menos una pirámide, lo que inspiró a otros a hacer lo mismo. El objetivo del arqueólogo prusiano Richard Lepsius era el estudio, pero al concluir que los kushitas seguramente “pertenecían a una raza blanca”, sólo causó más daño.
Incluso, George Reisner, el afamado egiptólogo de la Universidad de Harvard cuyos descubrimientos entre 1916 y 1919 presentaron la primera evidencia arqueológica de los reyes nubios que gobernaron Egipto, contaminó sus propias investigaciones, al insistir en que los negros africanos no pudieron haber edificado aquellos monumentos excavados por él. Aseguraba que los líderes nubios, incluido Piankhi, eran egipto-libios de piel blanca que se impusieron a los africanos primitivos.
Por decenios muchos historiadores han vacilado respecto a los nubios: ya sea que en realidad los faraones kushitas hayan sido “blancos” o negros, su civilización desciende de una auténtica cultura egipcia. En su historia de 1942, Cuando Egipto gobernaba el oriente, los muy respetados egiptólogos Keith Seele y George Steindorff resumieron la dinastía nubia faraónica y los triunfos de Piankhi en apenas tres enunciados, el último de los cuales sentenciaba: “Mas su dominio no duró por tanto tiempo”.
La incuria que padeció la historia de Nubia no sólo reflejó la intolerante visión del mundo de esa época, sino también dio origen a una seudofascinación por las proezas egipcias y a un total desconocimiento del pasado de África. “La primera vez que fui a Sudán –recuerda el arqueólogo suizo Charles Bonnet– la gente me decía: ¡Estás loco!, allá no hay historia, todo está en Egipto”.
Eso sucedió hace apenas 44 años. En 1960, cuando subieron las aguas en Asuán, los objetos hallados durante las campañas de rescate empezaron a cambiar esa visión. En 2003, después de decenios de haber excavado cerca de la Tercera Catarata del Nilo, en el poblado abandonado de Kerma, Charles Bonnet obtuvo reconocimiento internacional por el descubrimiento de siete grandes estatuas de piedra de los faraones nubios. No obstante, tiempo antes de este hallazgo, las investigaciones de Bonnet habían revelado un antiguo y pequeño centro urbano, que dominaba vastos campos y extensos ganados, y que se beneficiaba del intercambio de oro, ébano y marfil. “Era un reino totalmente emancipado de Egipto, y original en cuanto a su edificación y ritos funerarios”, menciona Bonnet. Esta poderosa dinastía surgió justamente durante la caída del Imperio Medio de Egipto, en 1785 a. C. Para el año 1500 a. C., el imperio nubio se extendió entre la Segunda y la Quinta cataratas.
Al estudiar de nuevo la época de oro en el desierto africano no se aporta mucho a la posición de los egiptólogos afrocentristas, quienes sostienen que todos los antiguos egipcios, del rey Tut hasta Cleopatra, eran negros africanos. Sin embargo, las epopeyas de los nubios confirman que, en tiempos pasados, una civilización de la remota África no sólo prosperó, sino que dominó, aunque brevemente, entremezclándose o casándose con sus vecinos del norte, los egipcios. A los gobernantes egipcios no les gustaba tener un vecino poderoso al sur, especialmente porque dependían de las minas de oro de Nubia para financiar su predominio en Asia occidental. De tal manera que los faraones de la dinastía 18 (1539-1292 a. C.) enviaron legiones para conquistar Nubia y erigir fuertes a lo largo del Nilo. Impusieron a los jefes nubios como administradores, y a los niños de los nubios privilegiados los educaron en Tebas.
Subyugada, la elite nubia comenzó a adoptar la cultura y las costumbres religiosas de Egipto, venerando a sus dioses, valiéndose de su idioma, adoptando sus ritos funerarios, para, después, construir pirámides. Podría decirse que los nubios fueron los primeros en caer en la “egiptomanía”.
Los egiptólogos de finales del siglo xix y principios del xx interpretaron esto como un signo de debilidad, pero se equivocaron: los nubios tuvieron un don, el de discernir la situación geopolítica del momento. Para el siglo viii a. C., Egipto fue dividido por bandos: el norte, liderado por los jefes libios, quienes se revistieron de tradiciones faraónicas para ganar legitimidad. Una vez en el poder, moderaron la devoción teocrática hacia Amón, y los sacerdotes en Karnak temían que, como resultado, la población fuese atea. ¿Quién podría devolver a Egipto a su antigua condición de poderío y santidad?
Los sacerdotes egipcios dirigieron sus miradas hacia el sur, y encontraron la respuesta: una población que, sin siquiera poner un pie en Egipto, preservó sus tradiciones espirituales. Como expresa Timothy Kendall, arqueólogo de la Universidad de Northeastern, los nubios “fueron más católicos que el papa”.
BAJO EL DOMINIO NUBIO Egipto llegó a ser, nuevamente, Egipto. Cuando Piankhi murió, en 715 a. C., su hermano, Shabaka, consolidó la dinastía 25 al establecer su residencia en la capital egipcia de Menfis. De la misma manera que su hermano, Shabaka contrajo matrimonio como en las antiguas tradiciones faraónicas, asumiendo el trono con el nombre del soberano de la dinastía 6, Pepi II, tal y como Piankhi reclamó el trono con el antiguo nombre de Tutmosis III.
Con obras arquitectónicas, Shabaka colmó de lujos a Tebas y el templo de Luxor. En Karnak levantó una estatua de granito rosa retratándose con la doble corona kushite uraeus: las dos cobras denotan su legitimidad como Señor de los Dos Reinos. Mediante la arquitectura y el poderío militar, Shabaka le manifestó a Egipto que los nubios estaban ahí para quedarse.
Hacia el este, los asirios construían aceleradamente su propio imperio. En 701 a. C., cuando avanzaban hacia Judea –hoy en día Israel–, los nubios decidieron atacar. Los dos ejércitos se encontraron en la ciudad de Eltekeh. A pesar de que el emperador asirio Sennacherib se jactó de que “les infligió la destrucción a los nubios”, un joven príncipe nubio, quizá de 20 años, hijo del gran faraón Piankhi, logró sobrevivir. El que los asirios fallaran en su intento por ejecutar al príncipe, sugiere que su victoria fue todo menos total.
En todo caso, cuando los asirios partían de sus tierras y se congregaban a las puertas de Jerusalén, el líder sitiado, Ezequías, confiaba en que los aliados de los egipcios llegarían a salvarlo. Burlonamente, los asirios dieron una respuesta inmortalizada en el Antiguo Testamento (Reyes II): “Tú cuentas con la ayuda de esa caña rota que es Egipto, que rompe y traspasa la mano de todo el que se apoya en ella. Así se porta el Faraón con los que confían en él”.
Entonces, según las Escrituras y otras crónicas, ocurrió un milagro: los asirios se replegaron. ¿Acaso una plaga los azotó? O, como plantea el provocador libro de Henry Aubin, El rescate de Jerusalén, ¿quizá fueron las alarmantes noticias de que el príncipe nubio avanzaba sobre Jerusalén? Lo que se sabe con certeza es que Sennacherib abandonó el lugar y, a galope, deshonrado, volvió a su reino, donde, al parecer a manos de sus hijos, fue asesinado 18 años después.
Ha sido fácil pasar por alto entre estos cruciales acontecimientos históricos, al margen de este panorama, al personaje de piel negra, el sobreviviente de Eltekeh, el implacable príncipe que para los asirios sería “aquel que fue condenado por los dioses”: Taharqa, hijo de Piankhi.
TAN ARROLLADORA fue la influencia de Taharqa sobre Egipto, que incluso sus enemigos fueron incapaces de borrar su huella; levantó monumentos por todo Egipto: estatuas, cartelas o bustos, que ostentan su nombre o su imagen, muchos de los cuales, en la actualidad, están en los museos alrededor del mundo. Se le representa como un suplicante de los dioses o ante la presencia protectora de Amón, la deidad carnero; él mismo como esfinge, o bien como guerrero. Muchas de las estatuas fueron mutiladas por sus adversarios. En varias, su nariz está desprendida, lo cual impide que regrese de la muerte. En otras, el uraeus de su frente también está destrozado, en repudio de su título como Señor de los Dos Reinos.
Su padre, Piankhi, devolvió a Egipto las auténticas costumbres faraónicas. Su tío, Shabaka, estableció la presencia nubia en Menfis y Tebas. Sin embargo, sus ambiciones palidecieron ante aquel jefe de 31 años de edad que fue coronado en Menfis en el año 690 a. C., y que condujo los imperios unidos de Egipto y Nubia por los siguientes 26 años.
Taharqa ascendió en un buen momento para la dinastía 25. Los jefes del delta fueron abatidos. Los asirios, al fallar en su intento para derrotarlo en Jerusalén, no querían compartir autoridad ni tierras con el gobernante nubio. Egipto era sólo de él y para él. Los dioses le aseguraron prosperidad, sin conflictos militares. En su sexto año en el trono, las aguas en el Nilo crecieron a causa de las lluvias, provocaron inundaciones en los valles y produjeron asombrosas cosechas de grano sin afectar ninguna aldea. Como Taharqa dejaría inscrito en sus cuatro estelas conmemorativas, las inundaciones incluso exterminaron a todas las ratas y serpientes. Era evidente que el venerado Amón sonreía a su elegido.
Taharqa no se propuso ahorrar recursos, sino, más bien, gastarlos en su capital político. Así, emprendió la más audaz campaña para el fomento de cualquier faraón desde el Nuevo Imperio (hacia 1500 a. C.), cuando Egipto estaba en un periodo de expansión. Inevitablemente, las dos capitales sagradas de Tebas y Napata atrajeron la mayor parte de los fondos de Taharqa. Hoy en día, se yergue, entre el conjunto sagrado de templos en Karnak, cerca de Tebas, una solitaria columna de 19 m de altura. Ese pilar era uno de los 10 que conformaban un enorme quiosco que el (Viene de la p. 41) faraón nubio agregó al templo de Amón. Construyó asimismo un sinnúmero de capillas, que circundaban el templo, y erigió una gran cantidad de estatuas de sí mismo y de su madre, Abar. Sin siquiera dañar un solo monumento anterior a su época, Taharqa hizo suya a Tebas.
Realizó lo mismo a cientos de kilómetros río arriba, en la ciudad nubia de Napata. Su montaña sagrada, Jebel Barkal, cautivó incluso a los faraones egipcios del Nuevo Imperio, quienes creían que era el lugar donde nació Amón. En busca de representarse a sí mismo como heredero del Nuevo Imperio egipcio, Taharqa levantó, en honor de las diosas consortes de Amón, dos templos en la base de la montaña. Sobre la cumbre de Jebel Bakal, parcialmente cubierta con una hoja de oro para impresionar a los creyentes, el faraón negro mandó inscribir su nombre.
Aproximadamente a los 15 años de su mandato, entre la grandiosidad de su imperio constructivo, tal vez una pizca de arrogancia sobrecogía al gobernante nubio. “Taharqa tenía una sólida armada y representaba uno de los mayores poderes internacionales de su época –comenta Charles Bonnet–. Se concebía como el rey del mundo. Se hizo un tanto megalómano”.
A lo largo de la costa del Líbano, los mercaderes madereros nutrían las necesidades arquitectónicas de Taharqa con un continuo abastecimiento de enebro y cedro. Cuando el rey asirio Esarhaddon controló la ruta comercial, Taharqa envió tropas al sur del Levante para respaldar una revuelta contra el asirio. En el año 674 a. C., Esarhaddon anuló la jugada, internándose en Egipto; no obstante, las legiones de Taharqa repelieron a sus adversarios.
Claramente la victoria ensalzó al líder nubio. Los grupos rebeldes a lo largo del Mediterráneo compartieron sus veleidades y, en calidad de aliados, se unieron contra Esarhaddon. En 671 a. C., los asirios partieron con sus camellos, adentrándose en el desierto del Sinaí, para sofocar la rebelión. El éxito fue inmediato, entonces Esarhaddon era quien rebosaba con ansias de sangre. Enfiló sus legiones hacia el delta del Nilo.
Taharqa y sus legiones se alistaron para el combate contra los asirios; lucharon durante 15 días. Pero los nubios fueron replegados hasta Menfis, de donde, herido en cinco ocasiones, Taharqa logró escapar. Siguiendo la costumbre característica de los asirios, Esarhaddon mandó sacrificar a los lugareños y “hacer pilas con sus cabezas”. Más tarde los asirios escribieron: “Su reina, su harén, Ushankhuru su heredero, y el resto de sus hijos e hijas, sus fincas, sus dioses, sus caballos, sus ganados, sus carneros, una y otra vez, los llevaremos a Asiria. Arranqué de tajo la raíz kush en Egipto”. Para conmemorar la humillación de Taharqa, Esarhaddon encargó una estela, exponiendo a Ushankhuru, hijo de aquel, arrodillado ante los asirios con una cuerda alrededor del cuello.
Casualmente, Taharqa sobrevivió al conquistador. En el 669 Esarhaddon murió camino a Egipto, después de enterarse de que Taharqa se las arregló para volver a tomar Menfis. Bajo las órdenes de un nuevo rey, los asirios atacaron nuevamente la ciudad, esta vez con una legión engrosada por tropas de rebeldes capturados. Taharqa, sin posibilidades de éxito, partió hacia el sur, a Napata, para nunca regresar a Egipto.
Lo que define la importancia de Taharqa en Nubia es su permanencia en el poder luego de haber sido expulsado de Menfis en dos ocasiones. Cómo vivió sus últimos años es un misterio, con la gran excepción de un decisivo e innovador hecho. Como su padre, Piankhi, Taharqa eligió ser enterrado en una pirámide. Escogió un lugar en Nuri, en la ribera opuesta del Nilo. Timothy Kendall ha especulado al respecto: probablemente, Taharqa eligió esta ubicación porque, desde Jebel Barkal, su pirámide se alinea precisamente con el alba del antiguo Año Nuevo de Egipto, vinculándolo eternamente con el concepto egipcio de la reencarnación.
Pero la razón por la cual Taharqa escogiera este lugar quedará, como la historia de su población, en la oscuridad.





bueno
Parece ser que la decadencia del Antiguo Egipto no fue más que una lucha más por sobrevivir, adaptándose a los invasores que sucumbieron a sus encantos, como en caso de Piankhi, que se convirtio en un faraón. Saludos; el reportaje es muy ilustrativo y conmovedor.
LA VERDAD ANTE TODO
¿El busto de una reina egipcia alterado en una publicación tan seria como la National Geographic?
Más allá del interés que provoca en el lector el artículo presentado en la página 23 del número correspondiente a enero de 2008, titulado “faraones negros” (de Robert Draper), es preciso hacer honor a la verdad y aclarar algunas cuestiones presentadas que quedan a primera vista muy poco claras. En primer lugar, es preciso plantear quiénes eran los egipcios y cómo se veían a ellos mismos y, eventualmente, cómo los veían otros pueblos. En segundo lugar, el manipuleo digital poco frecuente de las imágenes que ilustran la nota dejan abiertos aún más interrogantes.
CUESTIÓN 1:
Aparentemente las naciones de la antigüedad no pensaban en “colores” para discriminar o sojuzgar al vecino, sino en contenidos culturales heredados de sus ancestros. Conectaban las características de una determinada raza con un hecho concreto, con una habilidad o con las propiedades del suelo que habitaban. Sería importante aquí, entoces, trazar un panorama del concepto que los antiguos tenían de ellos mismos. Por más que las culturas blanca o negra (de raigambre africana, estadounidense o europea) consideren en la actualidad a un egipcio del sur, a un “sinaítico”, un “yemenita” o un “palestino” como un “hombre de color” –comparándolos siempre con los blancos de origen sajón–, los faraones y los antiguos habitantes de esas regiones no se consideraban a ellos mismos “negros” y veían características diferenciadoras muy pregnantes que los separaban de los pueblos de Kush. En las pinturas de los templos egipcios, los nubios se distinguían muy bien de los faraones por su piel oscura y las formas de sus rostros, así como por el peinado y los vestidos.
La composición racial de los egipcios, entonces, según la Historia del Arte, así como para la medicina –recordando a Lichtenberg, Balout, Roubet y Noblecourt –, está fuera de discusión y coincide con la antropología tradicional ampliamente. La iconografía nos muestra a los habitantes del Nilo, de clase alta o no, de color rojo (símbolo de virilidad y fuerza). A los asiáticos los muestra amarillos, del color de las mujeres, mientras que los nubios son intensamente marrones o negros. Sin embargo, a veces existían diferencias marcadas entre nubios y etíopes, que se representaban con gran fidelidad. Aquí cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿eran entonces los egipcios parecidos a sus estatuas y pinturas? Aparentemente, esto dependió de los diversos períodos históricos. De todos modos interpretaron en su arte un tipo físico que los propios egipcios modernos reconocieron como el de sus ancestros cuando se pusieron de moda las excavaciones en el valle del Nilo a partir del S. XIX. Cuando Mariette, pionero de la arqueología, encontró la escultura de madera denominada “el alcalde del pueblo” (IV dinastía), los obreros que trabajaban en la excavación que él lideraba pensaron que la estatua hallada en el recinto era una aparición del jefe de su aldea. La similitud de los hombres de hoy con los que se puede ver en las estatuas hace pensar que los antiguos egipcios no debieron ser muy distintos de los actuales –ver Dunand y Lichtenberg y sus investigaciones sobre la raza de los antiguos egipcios–. Debemos suponer entonces que, a pesar de las características simbólicas de su arte, los egipcios antiguos se representaron fielmente o, al menos, como se veían a ellos mismos.
CUESTIÓN 2:
Los métodos de Cheikh Anta Diop -el célebre panafricanista que afirmaba la negritud de los egipcios- fueron puestos en duda desde hace mucho tiempo por estudiosos serios como Bernard Lugan de la Universidad de Lyon o la doctora Mary Lefkowitz, que, apoyándose en una sólida formación que incluye un posgrado en lingüística cursado en Harvard, ha convertido su lucha contra el panafricanismo en algo personal. Entiende que Diop y sus compañeros de ruta en esta aventura de adueñarse del imperio de los faraones, son poco menos que vendedores de mitos.. Uno de los cuestionamientos se dirigía a la distorisión exagerada de las imágenes presentadas en las publicaciones panafricanistas. La propia Lefkowitz aseguraría que contar la historia según Diop, resultaría vender mitos en lugar de ciencia. En su discurso siguió defendiendo los postulados tradicionales de la arqueología y vio que, pronto, habría sido tildada de racista. ¡Nada más lejano a la verdad!
Fotografías, relieves y esculturas alteradas formaban y forman parte de la evidencia afrocentrista. Volver a esos días en la National Geographic es, diría desde mi humilde postura de lector, muy triste. Los faraones negros existieron. Claro que sí, pero un pequeño busto alterado implica una seria falta a la verdad. Me extraña la parcialidad de las fotografías publicadas por en el número que nos ocupa, donde la imagen de la reina Tiye está recortada con un sencillo sistema digital que favorece sus características negroides. La fisonomía original de la madre de Akhenatón pueden verse en http://www.viaggiaresempre.it/Berlino_Egizio9.JPG.
Si bien se aclara en la publicación que el color de la madera está muy renegrido por el paso del tiempo, los rasgos alterados nos permiten ver una necesidad tendenciosa de favorecer el contenido de la nota, que por sí mis mo es convincente, interesante y logrado. Debemos aclarar además que la obra original responde a un estilo muy especial, describiendo un tipo afromediterráneo grácil que suele verse en Egipto con bastante frecuencia, incluso, en nuestros días.
ACLARACIÓN SOBRE EL COMENTARIO ANTERIOR:
Para todo aquel que quiera acceder a la imagen de la reina Tiye tal como se ve en su estado actual, podrán pedirla a espaciodellibro@hotmail.com, así como las referencias bibliográficas (MITOS A MEDIAS, ed. Belgrano, 2007 y EGIPTO EN BLANCO Y NEGRO, Belgrano 2008)
MARAVILLOSO ARTÍCULO. GRACIAS
Las aclaraciones de Sergio son tan emocionantes como el artículo antes citado. A partir de ahora lo seguiré en sus comentarios. ¡Impresionante fuente!
Muy ineteresante, no lo sabía.
¡Gracias por las aclaraciones, Sergio Prudencstein! ¡Un lujo! Seguiré sus intervenciones igual que GEL. Leí además el libro de Mary Lefkowitz que Sergio cita y creo que es una investigación excelente. El artículo es muy bueno.
A mí me pareció un excelente artículo. Me encantó poder saber acerca de los faraones negros, a pesar de que en la historia esta parte casi ha sido omitida.
“…los faraones y los antiguos habitantes de esas regiones no se consideraban a ellos mismos “negros” y veían características diferenciadoras muy pregnantes que los separaban de los pueblos de Kush.(…)”
¿Qué es lo que –en términos conocidos– se quiere expresar con el adjetivo (?) “pregnante”?
Gracias por el artículo central –interesantísimo– y los oportunos y pertinentes comentarios de don Sergio.
Interesante el artículo central y muy iluminadores los comentarios de Sergio. Yo tambien le seguiré.
Qué esplendido participar de este tipo de conversatorios, aun cuando sea en calidad de observador y neófita en la materia.
Saludos
Es bastante bueno el reportaje, pero el aura de romantisismo que dejan en la frase de que en el mundo antiguo no existía el racismo no es verdadera y debe dejarse en claro que en la época de los faraones el racismo corría de parte de Esparta a los ilotas, y después de romanos a eslavos, incluso se consideraba que estos pueblos eran sólo buenos para ser esclavos (es increíble que venga de un pueblo de tez morena a otro de tez más clara). El racismo nace de la consideración de un pueblo que ve sus diferencias y las usa como respuesta a la humillación de su conciencia al subyugar otro pueblo.
En otro articulo hablar de la expansión de los faraones negros a otros lugares como Europa por España, y los nombres de los miembros de las dinastías.
Este artículo me pareció muy interesante y hasta curioso, en especial por la forma en que algunos historiadores de prestigio menospreciaron la habilidad de otras culturas africanas de tener el suficiente empuje para llegar a conquistar una nación tan desarrollada y bien preparada como lo fue la egipcia. Sin lugar a dudas, es uno de los mejores que he leído.
el articulo es muy bueno es uno de mis temas preferidos faraones egipcios y todo lo relacionado con ellos gracias por ampliar mas mi conocimiento acia ellos
Es interesante saber la importancia que tuvieron las personas de color en el desarrollo de Egipto, pues tradicionalmente es borrado o minimizado de la historia la participación de los no blancos en el desarrollo de la cultura universal.
Por artículos como este muchas personas consideramos a su revista como la mejor del mundo, muchas gracias.
Después de muchos años de leer la revista, puedo decir que varios artículos me han cautivado, sin embargo, a mi parecer, este artículo tan elaborado y revelador es uno de los mejores que he leído
Agradezco a Sergio sus comentarios; créeme, me invitas a investigar por mi cuenta.
Gracias a todos por la altura de sus aportes, me siento a gusto en este foro, ¡saludos!
¡Gracias, Sergio Prudencstein! ¡Gracias de verdad! Lleno de sentido, amplio, con fuerza, ilustrativo. El artículo central es muy importante. Pero cuando Sergio Prudencstein dice que “las naciones de la antigüedad no pensaban en colores para discriminar o sojuzgar al vecino, sino en contenidos culturales heredados de sus ancestros”, entiendo verdaderamente el significado de la esclavitud de pueblos vecinos en la antigüedad que, en definitiva, podían ser de composición similar. Tengo entendido que la palabra ESLAVO viene de SLAVE y los eslavos no son precisamente más oscuros que sus dominadores, los romanos.
MUY INSTRUCTIVO
Qué mal que en nuestros tiempos todavía veamos discriminación. La muestra esta allí. Es increíble que en civilizacines miles años antes que nosotros no les importara el color piel… ¡¡¡Qué triste!!!
EL RACISMO EN EL MEDITERRÁNEO ANTIGUO
“Llenos de pensamientos criminales y de pérfidos designios, con impuros corazones, ellos, como cuervos, no se preocupan por los altares”, asegura Esquilo en relación a los egipcios. “Como tienen instinto de fieras lujuriosas y salvajes, hay que guardarse de caer en su poder”, continúa en “Las Suplicantes”, mientras no repara en descalificaciones que llegan al punto de hablar de la inferioridad de la estirpe del Nilo frente a la griega: “el fruto del papiro nunca gobernará a la espiga”. De este modo veían los intelectuales helénicos a los faraones. Admitían su gran antigüedad, la sabiduría que los había precedido y la historia que detentaban (recuérdese a Herodoto), pero no se permitían admitir que los egipcios podían ser una nación equiparable a la de los griegos.
Es imprescindible tomar en cuenta que los pensadores de tradición dórica fueron quizás los creadores del concepto de superioridad étnica, aunque (para hacer honor a la verdad) no con las bases que mueven al racismo moderno. La evidencia histórica muestra claramente que los antiguos no tenían obsesión por el color de la piel en el grado que se encontrará en tiempos más recientes. La blancura no era en absoluto signo de superioridad: el término “leukos” (oscuro) se usaba para describir (por ejemplo) la madurez de algunos personajes míticos… En La Odisea, Ulises recupera su juventud oscureciéndose… Dice el poeta:
“Atenea lo tocó con su varita de oro. Una capa limpia y una túnica le echó sobre el pecho, aumentando su estatura y juventud. Una vez más se oscureció el color de su piel y de sus mejillas.” (Odisea, Homero, 16,172-176)
Como se ve, la palabra griega “oscurecer” (“melanchroiës”) tiene un sustrato más profundo. La piel de un anciano es sencillamente pálida y débil, mientras la de un hombre joven, es indudablemente más oscura.
No podemos entonces arriesgar nuestras concepciones modernas para aventurarlas a los dichos expuestos a lo largo de la Historia de la Humanidad. Por terrible que nos parezca, los intelectuales alejandrinos llegaron a encontrar características animales en los judíos de Alejandría sin que esto esté directamente asociado al tono oscuro o claro de su piel. Este tipo de metáforas eran bastante comunes entre los pueblos que habitaban el territorio griego. No olvidemos que para los clásicos -sin más- todos los que no hablaban su idioma eran “bárbaros”. Blancos, negros o amarillos entraban en el mismo costal. Por lo tanto, conclusivamente, estos viejos “padres de la cultura europea”, a pesar de su despótica terminología, no hablaban de la raza de las personas según nuestro actual concepto.
Muy buen artículo el de FARAONES NEGROS. Interesante y pertinente políticamente, debido a que en EE. UU. por primera vez un afroamericano podría ser presidente. A pesar de esto, creo que las dos intervenciones de Sergio Prudencstein son lo mejor del sitio. Claro, informado, preciso. Rastrear el racismo hasta las bases de la cultura occidental es genial. Gracias, Sr. Prudencstein, me ha enseñado a ver la antigüedad con una nueva mirada. No deje de participar con sus opiniones
Es un artículo muy interesante, aunque ya había oído hablar de ello, pero muy poco.
Es triste comprobar que todavía existe quien se mete en líos y vericuetos inverosímiles para demostrar que los egipcios de las épocas dinásticas no eran negros. Incluso negar que la propia Tiye lo fuera es un despropósito tan grande como negar que la Esfinge o que Narmer tienen evidentes rasgos negros, incluso medidos con los cánones de la antropología más racista, ambos modelos son inequívocamente negros índice por índice.
El Coloquio de El Cairo auspiciado por la UNESCO en 1974 ya dejó sentado que las tesis de Diop y Obenga estaban mucho mejor argumentadas y eran mucho más plausibles que la de sus contrapartes. El hecho de que los Kemíticos se representaran a sí mismos en rojo oscuro no implica nada más que existe una gran diversidad de colores y tonos en la raza negra, por ejemplo en un país como Nigeria los colores varían desde el ocre oscuro hasta el ébano sin que haya aportes significativos de otras razas incluso admitiendo cierto grado de mezcla no puede haber dudas sobre el resultado; si Barack Obama es llamado negro lo egipcios lo fueron mucho más aún. Esto no quiere decir que un porcentaje de la población de Egipto no fuese semita o incluso blanca mediterránea o que hubiese pueblos africanos más negros. Los “blancos” de Egipto estaban localizados principalmente en el Delta, y su número nunca fué superior a un 10-20% de la problación total hasta las sucesivas invasiones que se dan a partir del siglo V AC. Por desgracia, debido al racismo imperante en las ciencias históricas conviene recordar que no sólo historiadores negros han aportado esta visión del Egipto negro, sino también historiadores blancos como Martin Bernal o Ferrán Iniesta.
Finalmente decir que, por supuesto las Cleopatras y los Tolomeos no fueron negros, Diop, un hombre Doctorado en Historia por la Sorbona y Físico nuclear, jamás dijo que lo fueran, porque son reinas y reyes helenísticos y esta es una época muy tardía y decadente, no es desde luego el momento cumbre de las pirámides o de las conquistas de Tutmosis III, sino el de la fantasía de Hollywood.
Siempre vamos a conseguir relatos en la historia que nos asombran o entran en polémica, ya que nunca sabemos en realidad cuál es la historia, y más cuando se trata de una historia tan rica como la de EGIPTO.
Para mí, este artículo es muy interesante, ya que no sabía esa parte de la historia de Egipto. Lástima que las pruebas no son tan contundentes como para asegurar lo que dicen, pero es interesante sembrar la duda.
Los felicito por este grandioso reportaje.
¿Alguien puede escribir un resumen del artículo, por favor?
Muchas gracias.
Lamento la falta de información y la parcialización de las ideas de Antumi Toasije. Caballero, usted habla en su respetuosa opinión de un problema ideológico y político, no de un anatema científico. Los datos expuestos oportunamente por Bernard Lugan de la Universidad de Lyon o la doctora Mary Lefkowitz (ambos posteriores al 2000) superan en confiabilidad el famoso coloquio al que usted se refiere, que sólo dejó interrogantes y fue muy informativo, pero no definitivo. Sólo se comprobaría la filiación lingüística de los pueblos norafricanos, dejando por sentado que Africa es sinónimo de CONTINENTE, pero no de unidad racial. Por entonces (estamos hablando de los años setenta) las investigaciones en el campo de la arqueogenética eran prácticamente nulas. Esta rama de la ciencia ha avanzado enormemente en nuestros tiempos y, definitivamente, se ha logrado entender que raza, pueblo, nación e idioma no son sinónimos entre sí (ver Luca Cavalli-Sforza respecto a los pueblos Tuareg y Beréberes del Norte de Africa).
POLÍTICA E HISTORIA
El movimiento llamado “afrocentrismo” tiene connotaciones ideológicas levemente fanáticas y no comprende la Historia como una consecuencia de situaciones que no sucedieron de manera aislada en el mundo. Africa no estuvo excenta de la relación con Asia y, si entendemos grupos lingüísticos como bloques culturales y no como claustros raciales, encontraremos en el bloque AFROASIATICO el verdadero origen de los primitivos egipcios. Estas lenguas que ocupan el Norte de Africa Oriental y parte Asia Occidental, reestructuran suficientemente la Historia para ir más allá de la comodidad de nuestro esquema político e ideológico actual. Sin embargo el afrocentrismo insiste con hipótesis seductoras, pero no concretas…
La colosal obra lograda por los movimientos de integración racial en Estados Unidos, la reivindicación justa y oportuna, adecuada, necesaria, válida y ejemplar de los afroamericanos, termina a estas alturas viéndose empañada por ciertos intelectuales que ven en el difusionismo de Diop, Bernal y sus seguidores, la respuesta a la aparición temprana de la cultura mediterránea oriental. La palabra “difusionismo” hace referencia a la expansión de una cultura civilizadora generada en un espacio geográfico reducido, que termina haciendo de pueblos primitivos los continentes de su herencia. Este sistema ya fue utilizado por el eurocentrismo que propuso antaño la teoría de los indoeuropeos y arios como entes civilizadores. ¡Nada más lejos de la verdad!
La batalla épica contra el racismo fue principio fundamental en la historia de los afroamericanos y para algunos investigadores, verlos mezcados con el difusionismo (en este caso negro) resulta incómodo. Los derechos humanos y la lucha por la igualdad civil y política entre los hombres se nutrieron de las enseñanzas de hombres como Martín Luther King Jr., pero no es desde su ejemplaridad de donde sale el extraño discurso del “afrocentrismo”. Este movimiento político que creó su propia Historia, tiene su origen en grupos de una ideología mucho más radicalizada. Muy probablemente las teorías panafricanistas o “afrocéntricas” provienen de la filosofía del político y periodista jamaiquino Marcus Garvey, que organizó en su país un movimiento que Burns -autor afroamericano- define como “una especie de Sionismo Negro” el cual declaró a Africa “patria de los afroamericanos” durante las primeras décadas del S. XX. Habla el propio Burns en su obra “Voces de protesta de los negros de Estados Unidos” (publicada por Eudeba), de lo que él –desde su perspectiva— ve como una grave preocupación: el creciente avance de una visión fantasiosa de la Historia en la comunidad negra, a la que pertenece, y critica –antecediendo a los dichos de Mary Lefkowitz— la invención de una “historia racial glorificada”. Asegura que sus compañeros de lucha por los derechos negros en Estados Unidos “creen literalmente que los ‘llamados negros norteamericanos’ son descendientes del ‘hombre original’ y que son parte de la antigua tribu perdida de Shabazz”. En su crítica a esta aparente moda, confirma “su tendencia a identificarse con las civilizaciones del Nilo que florecieron en el pasado”. Claro que hay una frase que resulta crucial para este tema y figura en la página 101 de la edición en castellano: “la historia de la raza, tal como ellos la enseñan, está distorisionada”.
Tomando a su vez a Lefkowitz como pie fundamental de una visión menos parcializada del tema, debemos recordar que algunos métodos de Diop presentan dificultades y por momentos los argumentos de los que hace gala tienen ese cierto ascendente difusionista del que antes hablábamos y que recuerda al de los académicos blancos del S. XIX. Claro está que se trata de otro contexto histórico y el discurso del que hace gala sería para los años cincuenta, sesenta y setenta indudablemente más polémico, de carácter combativo, científico o político según el ámbito y, por supuesto, siempre cautivante. Estas concepciones se desprenden de los comentarios de Mary Lefkowitz vertidos en sus obras críticas “Not aut of Africa” y “Black Atenea revisted” (Basic Books, 1996-97), donde se refiere a dos pilares del afrocentrismo: George M. James y Martin Bernard. Este último autor, creador de la obra etnocéntrica titulada “Atenea Negra” (Crítica Grupo, Grijalbo-Mondadori, 1993, Barcelona), resulta uno de los elementos claves de los intelectuales afroamericanos. Sus argumentos tienen razones sociales e históricas para acreditarse, considerando –como Diop afirmaría siempre con crudeza– a la cultura de los faraones parte de los imperios negros. Este entripado con Egipto no sería casual. El propio Diop aseguró con una visión admirable, pero de poco sustento científico, que Egipto era imprescindible en la lucha de la liberación continental:
“La idea de cultura (debe asociarse) con la de un Estado Multinacional que abarque la totalidad de un continente. Es decir que los problemas culturales surgirán en la totalidad de su fuerza el día que logremos la independencia a escala continental por una lucha victoriosa contra el colonialismo. Por cierto, en el curso de esta lucha, las armas culturales son desde ahora necesarias; nadie puede prescindir de ellas. Por ello hay que forjarlas simultáneamente dentro de la estructura de nuestra lucha por la independencia nacional. Cuando hayamos creado, como dije, un estado soberano continental, deberemos dotarlo, dígase lo que se diga, de una superestructura ideológica y cultural, que será uno de los pilares esenciales de la seguridad. Esto significa que el Estado, como un todo, debe ser consciente de su pasado, lo que implica la preparación de una Historia General del Continente -Africa-, que abarque las historias individuales de las distintas nacionalidades. El papel de la historia en la vida de un pueblo es lo suficientemente conocido como para que yo lo subraye aquí. Una de nuestras preocupaciones fue delinear, en rasgos generales, la historia de nuestro continente. Si reflexionamos unos instantes en el plano de la creación artística, veremos que éste no es válido, que no refleja el alma nacional de un pueblo si el artista no se inspira realmente de su pasado, aun en el caso de que cree como reacción contra él.” “Es suficiente para nosotros demostrar entonces, de un modo que no admite réplica, el origen negro de la civilización egipcia para determinar solo por este hecho la contribución negra al progreso humano…”
(Fragmentos de la conferencia que Cheikh Anta Diop pronunció en la Primer Congreso Internacional de Escritores y Artistas Negros, París, 1956.)
Volvemos a asegurar entonces -después de entender la vehemencia de Diop- que su discurso tiene mayor contenido político que sustento histórico. No adherir a sus palabras tampoco significa creer que los egipcios fueran rubios. Una teoría en sentido contrario al afrocentrismo sería tan combatible como el afrocentrismo mismo.
Ahora bien, en un tema tan delicado como este debemos sin embargo remitirnos a los estudios de ciertos períodos históricos en relación a los intercambios que hubo entre las poblaciones que constituyeron a los primeros hombres del noreste de África y a los procesos evolutivos que la antropología filológica nos marca, comprendiendo que detrás de la lengua no siempre está el secreto de la estirpe que la habla. Las estructuras lingüísticas que tanto le agradan a Diop y que según él demuestran la relación directa que existe entre los antiguos egipcios y los africanos occidentales, debe ser comparada en relación a los períodos de mestizaje que estos hombres atravesaron hasta llegar a los códigos que simbolizaron el fonema en las diversas morfologías de la palabra escrita. Por otro lado, los estudios sobre las lingüísticas wolof y sérère junto a Henri Lhote, el descubridor de las pinturas del Tassili sahariano, serían demasiado recientes (1949) y controvertidos, si no “manipulados”. Según Lefkowitz, resultaría inútil para explicar el proceso que llevó a Egipto a relacionarse con el resto del continente basándose en conceptos y leyendas, en suposiciones y dichos de tal o cual época, así como en idiomas de los que se supone que son muy antiguos pero en verdad están siendo codificados recién en pleno S. XX. La contestataria doctora acusada de racismo dice además que si siguiéramos el “sistema cóctel” filológico-antropológico-mítico-lingüístico de los panafricanistas en nuestras escuelas y universidades, –en el ámbito académico o en el discurso libre— el rigor científico se haría presa inmediata del fanatismo y la “pureza intelectual” (no fácil de obtener e ideal, pero a veces ausente) se vería traicionada por las ideologías.
Colecciono la revista desde el 2002. Me encanta todo lo que tiene que ver con el antiguo Egipto. Me encantó este artículo; también me gustó mucho el artículo de “Los faraones del sol”. Me encanta saber más y más sobre esta cultura, y sobre todas las demás, y yo sé que junto a National Geographic, podré cumplir mi sueño, de ser arqueóloga, pues, todo lo que sé de Egipto y más, me lo regaló esta maravillosa revista.
Mariangel Rodríguez
Edo. Lara, Venezuela
Esto es espectacular quisiera verlo en persona y sobre lo demás, estoy de acuerdo con Mariangel Rodríguez.
Sergio Prudencstein: muchas gracias por sus artículos. Son de una objetividad, de una pasión y de un amor a la “historia como ciencia” como pocas veces he visto. Un Maestro.
Gracias también a Sergio Prudencstein. Todos aprendemos de usted. Es un gran comentarista. Su bibliografía es muy exacta. He conseguido todos los libros que usted recomienda y compruebo que nada de lo que usted dice sale de la imaginación: se nota que es alguien que conoce del tema con profundidad. Lo seguiré siempre que intervenga. Muy agradecida.
Muy lindo el artículo. Excelentes las opiniones de Sergio. La última opinion me parece de lujo.
Opino lo mismo que Juan: la última intervención de Sergio Prudencstein es de lujo.
Me encanta esta revista, por tener cosas antiguas, historia, lenguas, y mucho mas….
Aunque en este artículo se reivindica la historia , como se comenta en su editorial, esta ha sido reescrita en diferentes oportunidades para repara los errores cometidos por aquellas personas que la escribieron desde su óptica y con sus prejuicios. El hecho de que se reconozca a lo faraones negros de Nubia en este artículo tiene cierto toque racista, ya que todos descendemos de los africanos negros pigmeos que se originaron en África Central. Partiendo de este punto de vista, estos deben haber evolucionado intelectual y tecnológicamente antes que cualquier otra Raza. Quizá mas adelante se descubra que los primeros faraones fueron también africanos negros que bajaron del alto Nilo, que Jesús de Nazaret era negro y que los africanos fueron lo primeros en conquistar América, y entonces la historia vuelva a escribirse.
Qué interesante es ver cómo, con el transcurrir de las décadas, la historia del Antiguo Egipto se enrriquece de develadores acontecimientos históricos que aumentan proporcionalmente nuestra fascinación por su cultura.
Hola me encantan sus reportajes, tengo 26 años y me encanta todo lo que es la investigación de campo. Estuve viviendo en las Islas Galápagos por unos meses hace 8 años y trabaje con empresas de turismo a raíz de ello. Ahora tengo otra actividad, de exportación de flores, pero siempre me he preguntado si es posible trabajar con ustedes haciendo investigaciones de Ecuador, su cultura, comidas, aspectos sociales, económicos, turísticos, etc. Me gustaría mucho poder aportar algo con el mundo, como preservarlo y poder mostrar las verdades de nuestros países latinos.
¡¡¡Por favor respóndanme. Muchas gracias!!!
Aprender de tan rica cultura, como lo es la egipcia, es enriquecer nuestro conocimiento. Muy interesante el artículo, y bastante atinados los comentarios que son eso, comentarios, no nos confundamos, los estudios de por sí arrojan la realidad. Me gustaría un reportaje sobre la gran pirámide, ¿sabe usted algo?, Sergio.
Sergio Prudencstein tiene información que hacen de sus comentarios algo más que comentarios. He encontrado algo sobre sus actividades en internet y realmente es un orgullo poder estar de igual a igual con usted, opinando, debido a que su trayectoria incluye la enseñanza universitaria de la Historia de Medio Oriente. Por eso quiero aprovechar para preguntar a usted si puede comentar algo sobre los estudios realizados a la momia de Ramsés II que según entiendo, el Dr. Diop aseguraba que se trataba de un africano occidental. Los estudios posteriores llevados a cabo en Paris revelaron que era en verdad caucasoide. ¿Qué sabe usted de eso? además -y perdone mi atrevimiento- me gustaría saber a que periodo pertenecen los reyes negros que, como dice usted en su primera intervención, los hubo.
Muchas gracias.
Los comentarios de todos además enriquecen porque para eso se abre este espacio, no para leer el artículo y maravillarnos, sino para intercambiar datos, información y opiniones que nacen de la inspiración de una revista irrepetible como N. G.
GRACIAS
Robert Graves, el autor de “Yo, Claudio”, describe brevemente cómo un integrante de la nobleza romana visita Egipto y se siente atemorizado antes los guardas nubios que custodian a la faraona. Tal vez sea esa una pista de lo que sucedía (y sucede incluso en esta discusión) en la mente europea que apenas empezaba a entender lo que era Africa. El temor es la base del racismo. Temor al extranjero (bárbaro), temor al de otra raza (racismo), temor a la mujer (machismo)… Así sucesivamente. El problema, largo y viejo, de si se debe escribir para la verdad o “para la gloria” no es nuevo. Empezó con la historia misma. La leyenda es justamente tomar lo real para crear un mito y, claro, ese mito sirve para algo. Los europeos crearon uno: “los esclavos de los europeos son esclavos porque son inferiores”. Diop puede estar terriblemente equivocado, pero la pregunta ¿cómo superar el mito racista colonizador europeo? sigue vigente. En los países profundamente racistas, si alguien descubre un vestigio que enarbole la grandeza del negro, encontrará una inmediata oposición de quienes defienden la institución racista. NG es una revista excelente, sobre todo en lo visual. Ojalá dedicara algo de espacio a la _trata_de_indios_. No sólo se traficó con los esclavos africanos, de hecho, es muy conocido el dato de que Colón llevó indígenas caribeños al regresar de su primer viaje. ¿Se les trató como monarcas, como vecinos? El daño profundo que se le hizo a las naciones colonizadas no está reparado y no es fácil hacerlo. ¿Cómo inculpar a alguien que ya está muerto? Las prácticas racistas no tienen sólo relación con el color de la piel, son todo un sistema que estaba previo a nuestro nacimiento y que nos corresponde desmontar. “La historia la escriben los vencedores”, eso no es ningún misterio. El problema de descubrir los hechos reales no sólo pasa por la realidad histórica (que suele tener muy pocas fuentes), sino que pasa por las relaciones internas de las academias de los países y las culturas en pugna desde hace rato… La relación con la evidencia (fósiles, yacimientos, ruinas, etc.) es una relación sujeto-objeto. La relación entre los académicos es (por si se les olvida) una relación SUJETO-SUJETO, y también está llena de pretensiones de superioridad (”mi academia es más sabia que la tuya”) y de claras relaciones de poder (los países desarrollados gastan más en investigación que los países en vías de desarrollo). Sin embargo, el saber humano está en todas partes y querámoslo o no, las evidencias se disuelven mientras se discute. La guerra en Irak permitió darle mucha publicidad a cómo se saqueó el museo de antigüedades de Bagdad. En Sudán la guerra no se ha acabado. Esa es una terrible omisión del artículo: Los turistas van más a Egipto porque todo el mundo lo sabe, Sudán vive una de las guerras más cruentas que haya visto el hombre moderno. ¡Larga vida al pueblo de Sudán (el presente)! ¡Larga vida a sus académicos! Trabajar en un país en guerra no es fácil para nadie, sea blanco, negro, mulato, abisinio, asiático, etc., etc., etc.
Muy interesante, nos da otra perspectiva de lo que fue el gran imperio egipcio, sobre todo se reinvinbdica a la raza negra , pues mucha gente decia q
Es interesante observar como aquellas personas que sienten veradera pasion por la busqueda de la verdad sobre aquellos hechos interesantes en la hsitoria de la humanidad. Los acertados comentarios de Segio Prudencstein coadyuvan al entendimiento de esta maravillosa y fascinante disciplina denominada Historia.
Ahora, cabe una interrogante que igual la dejo planteada Yessen Bruce, si la informacion de los faraones negros es completa y verdadera, entonces ¿podemos plantear una interrogante un poco polemica? Jesus fue descendiente de alguna raza negra? La interrogante queda planteada para usted, Sergio…
Muchas gracias a NatGeo por un tema tan interesante desde muchos puntos de vista… histórico, antropológico socio-cultural, arqueológico, político, religioso, etc.
Pero, principalmente, gracias a personas como don Sergio Prudencstein, por animarnos al análisis crítico y debate científico.
Me gustaría que NatGeo desarrollara un artículo (desconozco si ya existe) sobre un tema igualmente polémico y poco profundizado de mi país: ¿por qué no hay presencia de comunidades de negros en El Salvador, Centroamérica? Nuestros libros de historia son muy parcos al respecto. Inclusive se nos ha enseñado que durante el gobierno militar de Hernández Martínez -en la primera mitad del siglo XX- quedaron “constitucionalmente” prohibidas. Se dice que también han sido disfriminadas las personas de ascendencia china o palestina, entre otras. ¿Es que cargamos sobre nuestros hombros un problema de racismo?
…Don Sergio, ¿conoce usted algo al respecto?
En verdad sorprendente conocer que Egipto haya sido gobernado por faraones negros.
Un articulo interesante,me encanto,es poco lo que se conoce de esta parte de Egipto,la verdad me inquieto buscar mas informacion,excelente los comentarios,la historia de esta cultura tiene mucho misterio…pero nos han dejado evidencia de su existencia..a traves de los siglos…
Es un artículo interesante. Ignoraba la existencia de estos faraones… pero la verdad, sí es un excelente trabajo.
El artículo es magnífico. Los comentarios están al nivel del artículo. Gracias a todos.
Hola a todos:
Contesto preguntas que hicieron en el foro de opiniones.
a- ¿a qué dinastía pertenecieron los faraones negros?
Respuesta: para saber esto sólo hay que remitirse al artículo original de NG, cuando dice “Tras un reinado de 35 años, Piankhi murió en 715 a. C.; sus súbditos honraron sus deseos al enterrarlo, con cuatro de sus caballos, en una pirámide similar a las egipcias. Fue el primer faraón que, después de 500 años, recibó un entierro de tal magnitud. Es una lástima que el gran nubio que consumó estas proezas no haya dejado, literalmente, un rostro para la historia. Las imágenes de Piankhi sobre las elaboradas estelas o losas de granito, que conmemoran su conquista en Egipto, ya hace tiempo que fueron destrozadas. Sobre un relieve en el templo de Napata, en la capital nubia, únicamente permanecen sus piernas. Sólo queda un particular detalle del hombre: su piel era negra. Piankhi fue el primero de los llamados faraones negros, una sucesión de reyes nubios que reinaron en Egipto por tres cuartos de siglo, durante la dinastía 25.”
b- ¿Cómo era Ramsés II?
Respuesta:
Para saber algo sobre este tema hay que remitirse a las investigaciones posteriores a la afirmación de Diop respecto a la negritud del mencionado faraón. Francoise Dunand, de la Universidad de Estrasburgo y del Instituto Francés de Arqueología Oriental de El Cairo; y Roger Lichtenberg, médico y jefe de radiología del instituto Arthur-Vernes de París, especialista en momias egipcias, han sido miembros del equipo que se encargó de estudiar a Ramsés II en Francia. Lichtenberg ha sido jefe de radiología en la expedición de Dush, al sur de Egipto y sobre los habitantes de estas latitudes afirma lo mismo que respecto a Ramsés.
Textualmente asegura que “el estudio del cabello, las uñas y la piel en general, e incluso de los dermatoglifos (huellas digitales), permiten llevar a cabo clasificaciones étnicas y nos dan una idea del aspecto real de los antiguos egipcios” (…)
Dunand, al respecto, asegura que “la radiografía de las momias sobre el terreno ha permitido establecer un método radioesteométrico que hace posible el estudio de tejidos momificados. Los resultados de estas exploraciones confirman los datos clásicos de los historiadores”. Continúa el autor diciendo que “sorprende la gran estabilidad de esta población que apenas ha cambiado hasta nuestros días” (“les momies. Un voyage dans l’eternité”, Dunand-Lichtenberg, Gallimard –Francia–, Claves, 1993, Barcelona). En 1991, Dunand y Lichtenberg hicieron público su informe sobre las momias de Dush, al sur de Jarga, unos pocos kilómetros al oeste de la Isla de Filé, asegurando que la población era “de tipo mediterráneo grácil, de talla mediana, leucoderma, dolicocéfala o mesocéfala, con cabello ondulado”. Comentan también que la cercanía con el Sudán no proporcionó características negroides importantes en la zona durante la antigüedad. En definitiva, los habitantes de Dush tenían “los rasgos que caracterizan a las poblaciones del valle del Nilo actual” (ver obra citada anteriormente, versión castellana de Juan V. Gafaell, pag. 120).
Frente a esta aseveración, existe otra palabra autorizada que por fin se refiere a Ramsés: la de los doctores Balout, Roubet y Noblecourt en su estudio “La Momie de Ramsés II” publicado en 1985 por Recherche Ediciones, después del análisis de la momia del faraón en El Museo del Hombre en París. “Después de nuestro arduo trabajo” explican, “existe una conclusión cientifica importante que debemos describir: el estudio antropológico y el análisis microscópico del pelo, realizado por cuatro laboratorios (Medicina Judicial, Sociedad L’Orèal, la Comisión de Energía Atómica y el Instituto Textil de Francia), demostraron que Ramsés II era un hombre ‘leucodermo’, blanco, cercano al hombre prehistórico de la antigüedad del Mediterráneo, que podríase sintetizar en el Beréber del Norte de Africa”.
A partir de entonces, las “impresiones primarias” de Diop fueron rechazadas por el mundo de la ciencia, no sin admitir que los estudios de la Universidad de Dakar, a pesar de estar contaminados por una reacción al racismo blanco, ampliaron nuestra visión de Egipto contextuándolo por fin en Africa. El profesor Damico-Appia asegura que en “el caldo de cultivo de pueblos y culturas que fue el Sahara, se había creado ya una humanidad bastante mixta; cuando después se reunieron varios grupos en el Nilo (en el transcurso de varios siglos), estos se mezclaron”. Agrega que debemos añadir, por supuesto, las contribuciones de Medio Oriente al Norte y de Nubia al Sur, diciendo que “Egipto no podía estar habitado más que por una población fruto de milenios de mezclas…”, creando un tipo físico bastante uniforme donde, en una misma familia (según la ley de Mendel) podría nacer un hermano con rasgos más negroides junto a otro con rasgos más caucasoides. Appia asegura que esto se ve muy claramente en el Egipto Nubio, al sur, pero debemos decir que lo mismo sucede aún hoy en todo el país, donde la población guarda un substrato común pero con una diversidad que en general se percibe claramente en las urbes más tradicionales y menos prestas a los cruces con extranjeros.
C-La Gran Pirámide:
Respuesta:
Hoy, en el canal televisivo de la N.G., transmitieron un excelente documental sobre los misterios de la construcción de este impresionante monumento. Muy recomendable. Para acceder a los horarios de repetición, se puede consultar la página principal de Nat. Geo.
Un saludo a todos
¿Cuáles fueron algunas de las atribuciones de los faraones mas notables en el imperio egipto?
Gracias Sergio Prudencstein. Es tan interesante e instructivo lo que usted propone! No me cabe duda que usted es un gran conocedor del tema, así que me gustaría preguntarle si sabe algo sobre los sacerdotes en Egipto. Sobre todo apareció en Discovery una reconstrucción de un sacerdote con una peluca africana y una Nefertiti negra. ¿Qué puede decir sobre eso? me pareció como una caricatura´, casi un dibujo animado pero se presentaba como una verdad documentada. ¿Puede ser así?
Le reitero mi agradecimiento por ser tan docente en sus explicaciones
Jorge
Hola a todos, mi primerarespuesta es para Kelly:
los faraones negros tuvieron las mismas atribuciones y derechos que los egipcios. De todos modos les tocó un Egipto mucho menos influyente internacionalmente hablando.
La segunda respuesta es para Jorge:
Aparentemente nada puede contra el poderío mediático del Discovery Channel (en cierta medida National Geographic es notablemente más seria) que nos muestra, cada vez que recurre a Egipto como tema de interés, la reconstrucción digital de un antiguo mundo faraónico de origen subsahariano. La momia de Nefertiti parecería haber sido identificada por una profesora de Historia del Peinado. El Consejo de Antigüedades de Egipto dijo que el cuerpo resultaba ser en verdad la momia de un joven varón de entre 16 y 20 años. Si no, podía ser una muy joven mujer (no era el caso de la reina en cuestión). Pero a nadie le importó el testimonio del CAE. El competidor de N.G. apoya las pesquisas arqueológicas de la profesora de Historia del Peinado. Las reconstrucciones de este cuerpo así como la identificación con la legendaria reina circulan apasionando al público por el mundo virtual y la televisión. Incluso los aditamentos africanos más insignificantes se han tomado en cuenta para darle un aire negro a la reina perdida. Aros etíopes y flores nubias adornan su “infoescultura” presentada al estilo Discovery con gran magnificencia. En la reconstrucción hecha a pedido de la Dra. Joan Fletcher, directora de la expedición que motivó el programa de Discovery de 2003, Nefertiti no presenta las particularidades específicas del busto de Berlín al que, según Fletcher, se parece sorprendentemente… Pero algo le resulta extraño al público. Muchas críticas se presentan incluso en los espacios que el canal despliega en internet. Pero el punto de vista de la directora de la expedición se impone y Nefertiti restaurada es ya, innegablemente, una belleza negra. La peluca del sacerdote Sem también llama enormemente la atención. El contexto es forzadamente bantú, más que etíope y mucho menos egipcio que cualquier representación precedente o posterior sobre el tema.
El Dr. Hawass aclaró que los pendientes importantes o pesados se colgaban en las pelucas femeninas y no de las orejas desnudas, como en la reconstrucción. Los relieves, además, muestran que con la corona de alta prestancia de la reina, nunca se usaron adornos en las orejas más que unas extrañas fíbulas en forma de serpiente, con líneas rectas muy claras.
No existen en realidad pruebas de que Nefertiti combinara la corona azul con aros circulares a la usanza nubia (que en verdad se llevaban con tocados muy elaborados) y tampoco existe una referencia para creer que las mujeres de entonces se vieran como las actuales damas sudafricanas.
Sin embargo, el busto de Berlín muestra una belleza más bien de tipo caucásico, por lo cual durante mucho tiempo se presumió que la soberana egipcia podía provenir en verdad de un reino de Asia. Generalmente, los signos de belleza en los pueblos de la antigüedad exaltan ciertas características étnicas y nacionales. Los egipcios no fueron la excepción. Entonces, ¿por qué en el caso de Nefertiti se suprimirían todas sus características negroides para suplantarlas por las de una mujer asiática? ¿Es que la belleza negra no les resultaba a los artistas de aquellos días apropiada para una reina? ¿La idealización era sinónimo de la negación racial, a fin de ser suplantada por un biotipo vecino, proveniente de una tierra enemiga? Estas insolentes preguntas no tienen una plausible respuesta, porque sencillamente son inauditas: los egipcios representaban, mediante esquemas repetitivos e idealizados de juventud y fuerza, una realidad nacional concreta, resumiendo con maestría ciertos tipos étnicos, con una precisión cercana a la observación antropológica. Resulta muy difícil pensar que idealizar a un rey fuera para ellos cambiarle la identidad nacional… Los egipcios representaron la belleza negra, caucásica y mezclada de manera soberbia durante toda su historia. Pruebas de esto se pueden ver en los retratos de los faraones etíopes, que fueron representados con características negroides y sin embargo eran soberanos de Egipto con todos sus atributos. Algunos tenían estas formas más acentuadas, otros menos, pero, en general, la diferencia con los egipcios autóctonos es notable. Las características de los retratos de Tarco –rey negro— lo muestran con la nariz especialmente ancha (como todos los cushitas) y los labios prominentes. El prognatismo nubio es reconocible y la curva de la nariz resulta más subsahariana que semítica. El retrato del egipcio autóctono Montuemhé, alcalde de Tebas y cuarto Profeta de Amón, contemporáneo a Tarco y enemigo natural de este, nos muestra sin embargo a un hombre con características muy distintas. La nariz angosta y los labios más ajustados, el cabello lacio y la frente muy amplia… El mentón cuadrado y grueso acompaña a ciertas características particulares, ciertamente individuales, que dan a conocer que los esquemas de representación no serían tan estereotipados como la observación moderna sobre el arte tradicional faraónico nos indica.
En la primera tumba del faraón Horemheb en Saqqara, aparecen prisioneros libios, sirios e hititas junto a soldados egipcios. Sorprendentemente, la piel de los egipcios, en los restos de pintura que aún se pueden divisar en los rostros y los brazos de los diversos personajes, es del mismo color que la piel de los libios y sirios. Las características fisonómicas también resultan similares. En cambio los nubios son representados con las mismas características que, siglos más tarde, se representaría al etíope Tarco. Incluso esta fisonomía se exagera en algunos personajes hasta la caricaturización con el objeto de marcar la gran diferencia existente entre las etnias representadas.
Los egipcios, en definitiva, fueron grandes artistas. No hay razón para pensar que, a la hora de representar, resultaban torpes o poco observadores.
Muchisimas gracias a todos, a NG por mantenernos estimulados con las informaciones de los diferentes aspectos de la cultura egipcia y en particular a las excelentes aportaciones del Profesor-por lo pedagogico y didactico de sus comentarios- Sergio Prudencstein. Tuve el privilegio de visitar Egipto a finales del año pasado…una experiencia espectacular y magica.
Cumana, Edo Sucre, Venezuela
En la página 46 del ejemplar de febrero de 2008 de la revista National Geographic en español, al terminar el artículo sobre los faraones negros, se dice: “Las razas en Egipto Entérese de lo que los científicos han descubierto acerca de las razas y el tono de piel entre los antiguos egipcios en ngenespanol.com”
Es el caso que no he podido encontrar dicha información. ¿Podrían Uds. ayudarme? Gracias
Suscribo la tesis sumamente fundamentada del autor sobre la indiferencia del color de la piel en la antigua cultura egipcia. La presencia de los faraones nubios, su identidad racial, su absorción cultural y demás datos aportados me resultan claros, en tal sentido. Por otra parte, en la antiguedad, cada civilización (o aún mejor cultura,en un sentido amplio del término) presentó respeto o desprecio por otras, por razones de poderío militar, expansión territorial, costumbres,diferencias religiosas, etc. Desde luego que los más fuertes en la guerra y avanzados en conocimientos, desarrollo de las ciencias y artes, consideran inferiores a los demás, hasta hoy mismo, a pesar de las declaraciones de derechos humanos, convenios internacionales, etc. Hay hechos que, independientemente de las teorías y análisis históricos y antropológicos, parecen confirmar que el color de la piel y otros rasgos no eran suficientes para definir el racismo en la antiguedad, tal como se presenta posteriormente en la historia. Las naciones imperiales consideraron en muchos casos “diferentes” a los pueblos dominados y les esclavizaron. Sin embargo, existen pruebas de que se aprovechaba la sabiduría de un esclavo; y aún más, de la influencia benéfica que tuvieron ciertas culturas de pueblos sojuzgados sobre sus dominadores. Reflexionemos además, que basta observar los evidentes rasgos negroides de Sócrates, para comprender que por ello no se discriminaba y, por el contrario, sus dicipulos, su generación y las posteriores - hasta hoy- lo consideran uno de los pilares de la cultura occidental.
felicito a n.g,por exelente articulo,ya que no tube acceso a la revista pero aqui en esta pagina si lo lo contenple y enriquecido con exelentes comentarios por ejem :sergio,que hicieron trizas las enseñazas de historia oficialistas de organizaciones gobenamentales,por todo esto muchas gracias.
hola!!!!!!!!11tengo 12 anos y me encanta historia!!!!!!!!!!siempre leo muchos libros…soy fanatica de los egipcios…y de abondanzieri..jaja besos.
Gracias por el reportaje me interesa todo lo relacionado con la cultura egipcia espero sigan realizando este tipo de trabajos para asi poder conocer mas sobre ellos. Excelente y adelante NATGEO….
Hola a todos! Soy docente en Argentina y me gustaría contactarme con el profesor Sergio Prudencstein. Sus comentarios son francamente ilustrativos. Me sorprende el niver de información que maneja y según he leido aquí, es profesor en mi país. Muchas gracias
lamento no poder ayudarte María. No sé cómo ubicar al profesor Prudencstein. Igual me quedo con una frase del profesor que resume el pensamiento de los egipcios y es que “los egipcios representaban, mediante esquemas repetitivos e idealizados de juventud y fuerza, una realidad nacional concreta, resumiendo con maestría ciertos tipos étnicos, con una precisión cercana a la observación antropológica”. Esa frase de Prudencstein es muy palpable en las tumbas egipcias de Sakkara. Especialmente la de Horemheb (creo que se escribe asi). Sergio dice tambien que “los egipcios representaron la belleza negra, caucásica y mezclada de manera soberbia durante toda su historia. Pruebas de esto se pueden ver en los retratos de los faraones etíopes, que fueron representados con características negroides y sin embargo eran soberanos de Egipto con todos sus atributos”. Por supuesto. Aveces me parece que se menosprecia el arte egipcio y sergio bien demuestra que era un arte de observacion cuidadosa. ¡Gracias! me parece genial su exposicion
Juan
¡Magnifico!, la verdadera historia de la cultura egipcia nunca deja de sorprendernos. Ya sabiamos que la construcción de las grandes obras como las piramides y templos no fue mediante una mano de obra esclavizada. También que la igualdad de género era total. Enterarme hoy gracias a este artículo que tampoco existía el concepto de diferencia racial es sorprendente. Confirma que la actual sociedad occidental esta muy lejos de alcanzar el título de civilización, como si lo fueron las grandes civilizaciones de la antiguedad.
asombrado con el articulo y lo que el articulo genero. El comentarista Sergio Prudencstein redondea completamente los conceptosgenerales y contribuye a los que apreciamos la diversidad. GRACIAS SEÑOR PRUDENCSTEIN
Me parece muy interesante leer sobre estos temas. Como siempre, la revista se viste de gala al publicar articulos tan estupendos como este. Cada dia conocemos mas de las antiguas culturas y civilizaciones. Lastima que solo pueda acceder pocas veces a internet y que no pueda recibir la revista.
Un saludo
Yuselis (desde Cuba)
GRANDE PRUDENCSTEIN!!!!! NUNCA LEÍ ALGO COMO LO SUYO ME PARECE UN GENIO. ME GUSTÓ MAS QUE EL ARTICULO ORIGINAL. QUE ESTE UNO A UNO CON NOSOTROS LOS LECTORES ME PARECE UNA OPORTUNIDAD PARA LOS QUE NO SABEMOS TANTO COMO QUISIÉRAMOS.
UNA PREGUN TA PROFE PRUDENCSTEIN: ¿PUEDE CONTAR ALGO SOBRE LAS PRUEBAS DE ADN EN LOS EGIPCIOS ANTIGUOS MOMIFICADOS?
GRACIAS DESDE YA
quedé asombrado leyendo la respuesta de Sergio Prudencstein sobre la apariencia de Ramsés II. Sergio: eres una persona que deja una impresión extraordinaria al leerte. Gracias por permitir que tengamos contacto con tu conocimiento.
(Roberto de Santo Domingo)
¡Sergio Prudencstein! estoy muy impresionada por la manera académica, certera y vivaz de defender el postulado contrario al afrocentrismo. ¡No he leido algo igual y tan claro en la red! Me impresionó la respuesta otorgada a Antumi Toasije. Muy interesante, concreta, llena de citas valiosas y absolutamente comprobables. Gracias a gente como el profesor Prudencstein se revalidan los foros.
Noelia
Un placer leer al profesor Prudencstein
Pregunto a Prudencstein:
¿De dónde saca usted tanta información? ME SORPRENDE SEÑOR. Me quito el sombrero ante su magnífica forma de escribir.