Forasteros en Afganistán
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Foto de Steve McCurry
Los de afuera
Separados por la geografía y sus creencias, oprimidos por los talibanes, los hazaras podrían ser la mayor esperanza de Afganistán.
En el corazón de Afganistán se siente una ausencia impresionante, un gran vacío donde antes se erigían los colosales Budas de Bamiyán. En marzo de 2001, las estatuas fueron bombardeadas por días a manos de los talibanes, quienes después les colocaron explosivos dentro y los detonaron. La mirada de los budas llevaba unos 1 500 años custodiando Bamiyán; fueron testigos de los comerciantes de la Ruta de la Seda y del paso de misioneros de diversas religiones.
Cruzaron por ahí emisarios de imperios: mongoles, safávidas, mogoles, británicos, soviéticos. Y casi siempre dejaron huellas sangrientas a su paso. Se formó un país llamado Afganistán. Surgieron y se colapsaron varios regímenes. Las estatuas lo observaron todo. Pero el Talibán consideraba que los budas eran simplemente ídolos no islámicos, herejías talladas en piedra. No les importó que se les considerara salvajes. No se detuvieron ante el aislamiento que esta acción implicaría. Destruir las estatuas era una afirmación piadosa de su fe por encima de toda historia y cultura.
También fue una proyección de poder sobre quienes vivían bajo la mirada de los budas: los hazaras, residentes de una región aislada del altiplano de Afganistán conocida como Hazarajat, su terruño, aunque no fuese completamente por elección. Este grupo representa una quinta parte de la población de Afganistán, y por mucho tiempo se les ha considerado como extranjeros. En su mayoría son musulmanes chiitas que viven en un país mayoritariamente suní. Tienen la reputación de ser muy trabajadores y de realizar las labores menos deseables. Sus facciones asiáticas –ojos rasgados, nariz chata y pómulos amplios– los han colocado, de facto, en una casta menor. Es tan frecuente que se les recuerde su inferioridad que algunos la aceptan como verdadera.
Los talibanes en el poder –en su mayoría suníes fundamentalistas y de la etnia pashtún– veían a los hazaras como paganos o animales. No tenían el aspecto que deben tener los afganos y no practicaban la fe musulmana como se debía. Un talibán, al referirse a los grupos étnicos no pashtunes, dijo: “Los tayikos a Tayikistán, los uzbecos a Uzbekistán y los hazaras a goristán”, el cementerio. De hecho, cuando se destruyeron los budas, los talibanes sitiaban Hazarajat, quemaban sus poblados y buscaban dejar la región inhabitable. Con la llegada del otoño, los hazaras se preguntaban si sobrevivirían ese invierno. Entonces llegó el 11 de septiembre, una tragedia en otra parte que en apariencia salvó a los hazaras.
Seis años después de que cayeron los talibanes, la tierra de los hazaras aún tiene cicatrices pero ha surgido una sensación de oportunidad que era impensable hace una década. Hoy en día, la región es una de las más seguras en Afganistán, prácticamente sin campos de amapola, los cuales dominan otras regiones. Hay un nuevo orden político en Kabul, donde está el gobierno central del presidente Hamid Karzai. Los hazaras tienen ahora acceso a las universidades, trabajos en el servicio civil y otros medios de superación que antes se les negaban. Uno de los vicepresidentes del país es hazara así como el miembro del parlamento que obtuvo más votos; una mujer hazara es la primera y única gobernadora del país.
Mientras Afganistán sigue luchando por reconstruirse tras décadas de guerra civil, muchos creen que Hazarajat podría representar un modelo de lo posible, no sólo para los hazaras, sino para todos los afganos. Pero este optimismo se ve mitigado por las memorias del pasado y las frustraciones del presente: carreteras que no se han construido, el resurgimiento del régimen talibán y la creciente marea de extremismo suní.
Existe un proyecto que propone recoger miles de fragmentos de roca y reconstruir los budas. Algo similar ocurre entre los hazaras que buscan reparar su pasado fracturado, pero con una diferencia: se sabe cómo eran los budas porque hay fotografías. Sin embargo, los hazaras no tienen un modelo, no tienen una noción de lo que puede ser un futuro libre de persecución.
Musa Shafaq quiere vivir en ese futuro. Tiene 28 años, cabello largo y las facciones típicas hazaras, un tanto parecidas a las de los budas. Está ante las puertas de la Universidad de Kabul y viste un suéter rojo, jeans negros y lentes oscuros. Ya terminaron las clases del día. En dos meses se graduará, un logro notable para cualquier afgano dada la inestabilidad de la nación. Por ser hazara, su éxito es indicativo de una nueva era. Shafaq terminará entre los mejores de su generación, lo cual le debería garantizar el trabajo que desea, un puesto como maestro en la Universidad de Kabul.
“Los hazaras están produciendo a los jóvenes más entusiastas, educados y con mayor visión. Están aprovechando las oportunidades que les da la nueva situación”, comenta Michael Semple, un irlandés de barba rojiza, asistente del representante especial de la Unión Europea en Afganistán. Shafaq ayudó a fundar el Centro para el Diálogo, una organización de estudiantes hazaras que cuenta con 150 miembros. El grupo publica su propia revista, organiza actividades que promueven el “humanismo y la pluralidad” y trabaja con organizaciones de derechos humanos para vigilar las elecciones.
“Tenemos una ventana de oportunidad –dice Shafaq–, pero no estamos seguros de cuánto tiempo permanecerá abierta”. Este hijo de Hazarajat es el típico muchacho campesino que llegó a la ciudad y tuvo éxito. Su papá era labrador en el pueblo Haft Gody, en Waras, un distrito al sur de Bamiyán, y estaba a cargo de un restaurante en el distrito central. Los niños en Waras normalmente se casan jóvenes, se quedan cerca del hogar paterno y atienden los sembradíos de papas. Pero Shafaq quería algo más. Cuando no ayudaba a su padre, se dedicaba a leer con voracidad: novelas, historia, filosofía, traducciones de Abraham Lincoln, John Locke y Albert Camus.
Durante su infancia, escuchaba las historias de dónde venía su gente, por qué se veían diferentes a los pashtunes y a los tayiks. Cuenta la historia que los hazaras son los descendientes de los soldados mongoles de Gengis Khan que entraron en el centro de Afganistán en el siglo xiii, construyeron una guarnición y conquistaron a los habitantes –una mezcla de razas frecuente en la Ruta de la Seda–. Cuando los locales se sublevaron y mataron al hijo de Gengis, el conquistador se vengó destruyendo Bamiyán y acabando con la mayoría de sus residentes. Los que sobrevivieron se casaron con los invasores mongoles y se convirtieron en los hazaras, una colaboración genética evidente en la diversidad de rasgos faciales entre las personas que habitan la región hoy en día.
En tiempos recientes, una minoría entre los hazaras ha aceptado su conexión con Gengis como fuente de orgullo, pero por lo regular este linaje extranjero ha sido utilizado en su contra. Para muchos, la historia moderna se remonta a los noventa del siglo xix, cuando el rey Abdur Rahman, un pashtún, implementó un pogromo sangriento contra los hazaras en Hazarajat y sus alrededores. Alentados por el chovinismo, armados con fetuas de los mulás suníes que declararon paganos a los hazaras, las fuerzas de Rahman mataron a varios miles y esclavizaron a los sobrevivientes. Muchos hazaras fueron expulsados hacia el altiplano central. Los gobernantes posteriores utilizaron la fuerza, la ley y la manipulación para mantenerlos confinados, física y psicológicamente, en esas tierras del altiplano.
Los recuentos de esta historia oscura se han transmitido a través de las generaciones, como una especie de herencia cultural. “Era una vergüenza que un hazara mostrara su etnicidad”, recuerda Habiba Sarobi, la gobernadora de Bamiyán. Mohammed Mohaqeq, el comandante hazara que recibió la mayoría de los votos en las elecciones parlamentarias de 2005, dice: “Éramos como burros, buenos para cargar cosas de un lugar a otro”.
Shafaq estaba en décimo grado cuando los talibanes subieron al poder en 1996 y prometieron seguridad a la población cansada de los amargos conflictos entre caudillos étnicos, incluyendo las facciones hazaras. Un año antes, el Talibán había asesinado brutalmente a Abdul Ali Mazari, un líder carismático a veces llamado el padre de los hazara, quien había ayudado a fundar el “partido de la unidad” o Hezb i Wahdat, en un esfuerzo por detener los pleitos internos entre hazaras. Tras su muerte, el partido se fragmentó y las fuerzas talibanas se dispersaron en Hazarajat.
“Estaba trabajando con mi papá en el campo cuando mi hermana llegó corriendo para decirnos que los talibanes estaban en todas partes”, recuerda Shafaq. Los pobladores hicieron banderas blancas con costales de fertilizante. Los líderes del lugar buscaron negociar para tranquilizar a los talibanes. Shafaq escondió sus libros.
Fue una guerra terrible. En la provincia de Bamiyán, los luchadores wahdat esperaban poder evitar que los talibanes se apropiaran de las pocas partes que quedaban del país. Las escuelas cerraron. Los sembrados estaban sin atenderse. Las familias huyeron a Irán o hacia las montañas. Los talibanes impusieron un bloqueo en Hazarajat que ocasionó escasez de alimentos en una región que de por sí ya sufría por la sequía. En Bamiyán, el bazar fue incendiado y docenas de familias buscaron refugio en las cuevas cercanas a los budas.
A principios de 2001, durante los días más fríos del crudo invierno en Hazarajat, el horror llegó al distrito de Yakawlang. El 8 de enero, los talibanes reunieron a los jóvenes hazaras en Nayak, el distrito central. “La gente pensaba que los llevarían a la corte –recuerda Sayed Jawhar Amal, maestro del poblado cercano de Kata Khona–. Pero a las ocho de la mañana fueron asesinados. Todos”. Formaron una fila con los hombres y los mataron en público. Cuando los ancianos de Kata Khona preguntaron por los jóvenes de su comunidad, también los mataron. En total, según Human Rights Watch, fueron ejecutados más de 170 personas en cuatro días. “Porque éramos chiitas. Fue la única razón”, dice Mohsin Moisafid, de 55 años, de Kata Khona, quien perdió a dos hermanos ese día.
Los líderes locales obtuvieron permiso para enterrar los cuerpos. Se tuvo que echar agua hirviendo sobre los cadáveres congelados para separarlos. Dos semanas después, la pelea empezó de nuevo. Según Human Rights Watch, las fuerzas talibanas quemaron más de 4 000 hogares, tiendas y edificios públicos. Destruyeron poblados completos en la parte occidental de la provincia de Bamiyán.
Muchos se refugiaron en Waras, donde la familia de Shafaq –su mamá, su papá y sus siete hermanos– luchaba por conseguir alimento. Shafaq dejó de estudiar y empezó a enseñar –las escuelas de Hazarajat actualmente están llenas de maestros que no terminaron la educación básica–. Pero sus sueños se escapaban. “No tenía muchas esperanzas porque pensé que los talibanes permanecerían otros 10 o 20 años”, cuenta.
El ataque de los talibanes estaba en su apogeo cuando los aviones chocaron contra el World Trade Center y el Pentágono. Fue un deus ex machina, dice Michael Semple, quien documentó, con todo el riesgo personal que esto conlleva, la masacre de 2001 en Yakawlang. Después de que las fuerzas estadounidenses derribaron a los talibanes del poder, las expectativas crecieron. Los hazaras, en particular, pensaban que había llegado la hora de su liberación.
Pero confiar en estos momentos es difícil para los hazaras como Shafaq. “Me gustaría ver un lugar donde los sueños de los jóvenes se pudieran alcanzar –dice–, donde hubiera una iglesia y un templo hindú, donde pudieran existir otras religiones. Esta es la meta del pluralismo”. Sueña con tener un puesto como maestro en la Universidad de Kabul y casarse con una mujer de su pueblo, hija de unos amigos de la familia, una chiita sayed cuyo linaje se remonta hasta el profeta Mahoma. Las familias sayed no suelen permitir que sus hijas se casen con hombres hazaras. Pero en estos tiempos, quizá sea posible.
Desde el aire, Hazarajat es un paisaje impresionante. Los cañones con tintes púrpuras alrededor de Bamiyán, las aguas azules del lago Band-e Amir, los picos de las montañas que surgen entre las nubes cerca de Waras. Ya en tierra, la situación es muy diferente. Para quienes viven aquí, la tierra es áspera, con una historia difícil, y a partir de ahí tienen que exprimirle la vida.
El invierno en Hazarajat, cuando llega, se queda por seis meses. La nieve bloquea las carreteras, incluso para vehículos de doble tracción y con cadenas para neumáticos, y cierra los pasajes montañosos que separan los distritos. A pesar de las promesas, hechas hace años por los gobiernos y donadores internacionales, de pavimentar las carreteras de Kabul a Bamiyán y de Bamiyán a Yakawlang, la mayoría siguen siendo senderos para mulas. En el invierno hay una mayor defunción de mujeres durante el parto porque no logran llegar a tiempo para conseguir ayuda. Inclusive con el mejor de los climas, los granjeros no pueden llevar sus productos al mercado.
Mohammed Akbar es un campesino hazara de ojos grisáceos como su turbante y una cara rodeada por una barba blanca. Vive en Lorcha, un pequeñísimo lugar en el oeste de Yakawlang. Sobre un risco junto a un pequeño arroyo, las casas de paredes de lodo están apiñadas en grupos. Estas fueron algunas de las que los talibanes quemaron en 2001. Hoy, la mayoría de las casas dañadas ha sido reconstruida. Los pobladores donaron fondos para levantar una nueva mezquita también. El dinero escasea, pero el sabio del pueblo ha convencido a los campesinos para que no se dejen vencer por la tentación de sembrar amapolas. “Es haram”, dice Akbar, está prohibido por el Islam.
Cuando la nieve empezó a derretirse la primavera pasada, algunas de las zonas tuvieron graves inundaciones. Pero Akbar –y todo Hazarajat, en realidad– tuvo la esperanza de que estas aguas significaran el fin de una sequía que había limitado las cosechas y obligado a muchas familias a vender sus animales en años recientes. En un día templado de la primavera, Akbar irrigó su pequeño plantío de trigo justo fuera del poblado. El valle alrededor estaba lleno de campos similares sembrados con papas, heno y trigo que empezaban a crecer. La carretera más cercana se encuentra al otro lado del arroyo. Un puente que cruzaba hacia la carretera desapareció con la crecida del río. Ahora, tres troncos sobre el agua hacían las veces de puente y los padres llevaban a sus hijos sobre la espalda para cruzar y llegar a la escuela.
En esta pequeña aldea, y en todo Hazarajat, la educación es una prioridad. Aun si la escuela es sólo una carpa o un edificio sin puertas o ventanas. Incluso si el maestro tiene sólo unos cuantos años de educación, los padres quieren que sus hijos estudien, mucho más que en otros lugares del país. Hussain Ali vive en una cueva en Bamiyán, donde su familia duerme en colchonetas entre paredes cubiertas de hollín. Sus hijos podrían trabajar y aportar algo más de ingresos, pero él quiere que estudien. “Yo ya estoy viejo, mi tiempo ya pasó –dice–, pero mis hijos deben aprender algo”.
En Hazarajat se han construido docenas de escuelas en los últimos tiempos, muchas con el apoyo de agencias de ayuda y el Equipo de Reconstrucción Provincial con sede en Bamiyán, operado por Nueva Zelanda. Hazarajat es un lugar muy conservador pero dista mucho de ser fundamentalista. Las mujeres “van a la escuela, tienen sus propias metas y su libertad”, dice Ryhana Azad, miembro del consejo distrital en Daykundi.
Con el paso del tiempo, quizá, estas semillas darán frutos y toda la sociedad podrá disfrutarlos, pero por ahora las familias deben atender asuntos más inmediatos. Con frecuencia eso significa que hay que ir donde está el trabajo. En muchos pueblos se puede ver a las mujeres paleando nieve para despejar sus techos o cosechando en los campos solas, porque los hombres están trabajando como jornaleros en Pakistán, Irán, Herat o Kabul. Es difícil para los que se van y también para los que se quedan. Pero a veces adaptarse al entorno significa encontrar uno nuevo.
Para muchos, ese nuevo lugar es Kabul, donde aproximadamente 40 % de la población ahora es hazara. En las calles de la parte occidental, se puede ver a los niños hazaras de uniforme que van a la escuela, los vendedores hazaras de verduras que están instalando sus puestos y los dueños de tiendas y sastres hazaras que abren sus negocios. Hossein Yasa, el editor del diario Daily Outlook, señala que hay estaciones televisivas cuyos dueños son hazaras, periódicos y un complejo descomunal con una madrasa chiita y una mezquita en construcción. “La clase media de hazaras crece muy rápido”, dice Yasa.
Sin embargo, también hay una gran cantidad de habitantes hazara de una clase inferior subempleada compuesta por los obreros que viven en los barrios del oeste de Kabul –Dasht-e Barchi, Kart-e She y Chindawul– que no tienen ni electricidad ni agua potable.
Todos los días, los hazaras que se dedican a ti-rar carretas salen a la calle principal de Dasht-e Barchi preguntándose si conseguirán trabajo. Al amanecer, al anochecer, en invierno, primavera, verano u otoño, aguardan con la ilusión de que los contraten para transportar madera, material de construcción, costales de trigo, latas de aceite, vidrio, marcos de ventanas, algo, lo que sea, de un lugar a otro.
Pahlawan, Baba y Assadullah son tres de muchos hombres que se dedican a esto porque es lo único que saben hacer. Se consideran invisibles pero, de muchas formas, son el rostro público de los hazaras en Kabul y realizan los trabajos que nadie más quiere. En un buen día ganan 250 afganis, el equivalente a unos cinco dólares. Pahlawan, “el luchador”, es el más fuerte, de treinta y tantos años, y trabaja desde que tiene siete. “Nos sentamos con nuestras carretas del amanecer al anochecer. Diario.”, dice. Zulfiqar Azimi es “Baba”. Tiene 67 años, un ojo de vidrio y le faltan algunos dedos. “Nunca he tenido un momento de comodidad en esta vida”, dice. Assadullah es el más joven, callado, atractivo pese al polvo. Volvió de Irán hace poco. Es delgado pero se mueve con dificultad. A los 20 años era experto en artes marciales. “Ahora –dice–, tengo esta carreta”.
El primer trabajo del día es de un hombre que necesita que se transporten 20 costales de yeso a una construcción. Pahlawan se ha ido, así que Baba y Assadullah se los llevan. Ambos toman la barra de la carreta y jalan unos 680 kilos mientras a su alrededor los vehículos hacen sonar sus bocinas y escupen humo. Siete minutos y varios cientos de metros después, desaparecen entre los muros de adobe de las laberínticas callejuelas de Kabul. Respirando con dificultad y sudando mucho, llegan a su destino. En los últimos 10 metros tienen que cargar los costales. Baba se lanza un costal al hombro y camina inclinado, con una mano sobre el costal, mientras el polvo blanco cae sobre su ropa. Después de otros 10 minutos han terminado. Les dan 1.2 dólares, para los dos.
“Esta es mi situación, a mi edad”, dice Baba mientras voltea para darme su ojo bueno. Saca una lata de tabaco para mascar, se echa un puñado a la boca y regresa a ver si llega otro trabajo.
Algunos observadores creen que la discriminación que enfrentan los hazaras en Kabul podría estar impulsando un sentido de unidad que no han logrado tener en mucho tiempo, y un deseo por la democracia. “Creo que hay un mayor nacionalismo hazara en Kabul comparado con el Hazarajat rural porque las personas experimentan esta disparidad entre los hazaras y los demás en su vida diaria”, dice Ibrahimi. El director de la Comisión de Derechos Humanos Afgana Independiente, Sima Samar, está de acuerdo: “Los hazaras se adaptan más a la democracia porque sienten más el dolor que otros. Perciben la discriminación. Quieren igualdad y justicia social”.
Si los Budas hubieran seguido de pie en mayo pasado, habrían contemplado a un joven que transitaba por la calle principal de Bamiyán, un camino de terracería con tiendas que venden aceite, medicinas y material de construcción.
Musa Shafaq está de vuelta en la tierra hazara. No obtuvo el puesto en la Universidad de la capital. “Si voy a vivir en Afganistán, debe ser en Kabul”, afirma. “Shafaq era uno de los estudiantes más brillantes. Tendría que haber sido contratado”, dice Issa Rezai, consejero del Ministerio de Educación Superior. Pero el prejuicio contra los hazaras aún prevalece en la universidad. Predominan los profesores fundamentalistas pashtunes, incluyendo a algunos líderes extremos de facciones acusadas de atrocidades en contra de civiles hazaras. Sayed Askar Mousavi, autor de The Hazaras of Afganistán, dice que la discriminación subraya lo poco que ha cambiado fundamentalmente. En Bamiyán, comenta, “hay dos cambios. Solía haber dos budas, y ahora no hay ninguno”.
Shafaq también recibió malas noticias. No podrá casarse con su novia en Waras. “La amo y ella me amaba –dice Shafaq–, “pero cuando envié a mi madre para pedir su mano, su padre se negó. Porque soy hazara”.
Y así, Shafaq está solo, de regreso en Hazarajat y enseñando en la Universidad de Bamiyán, donde los maestros son hazaras. Al igual que sus estudiantes, son serios, inteligentes y están motivados, aunque un poco temerosos. Tras reabrir sus puertas en 2004, la universidad ha crecido. El letrero frente a la escuela está escrito en tres idiomas, en inglés y en dari, la lengua más común en Afganistán, y después en pashto, el idioma de los pashtunes, con la letra más grande.
Shafaq enseña historia de Afganistán durante la Ilustración y la Revolución Industrial, disertando sobre John Locke y Abraham Lincoln, sobre la libertad y la democracia. Su salario es de 2 000 afganis al mes, alrededor de 40 dólares.
Después de tantas esperanzas, tantas promesas, hoy los hazaras se sienten ignorados por el nuevo gobierno, dirigido por un presidente pashtún. En Hazarajat la gente se pregunta: ¿por qué no ha habido más desarrollo y más interés en un área que es segura, donde la población apoya al gobierno, donde no está difundida la corrupción, donde las mujeres desempeñan un papel en la vida púbica, donde no han proliferado las amapolas? Ya entre los campesinos empieza a surgir la inquietud de sembrar amapolas para vender en el mercado de la heroína, incluso generar algo de violencia, porque consideran que lograrían captar la atención del gobierno.
Actualmente, con el resurgimiento del régimen talibán, que recientemente ha puesto la mira en los líderes hazaras de varios distritos y rodea sus fortalezas al sur, reviven recuerdos difíciles. “Cada vez que oímos noticias de los talibanes en la radio, nos morimos de miedo”, dice Mohsin Moisafid en Kata Khona.
Quizá una nueva generación de líderes afganos podrá emerger para llevar por fin a su gente más allá de la mentalidad bélica, los caudillos y la yihad. Mucho depende del crecimiento de los talibanes, si la comunidad internacional pierde interés, si las tensiones entre EUA e Irán, donde también son chiitas, afectarán adversamente a los hazaras. Sin importar lo que suceda, hay mucho más en juego que el destino de los hazaras. Como lo explica Dan Terry, un trabajador humanitario estadounidense que lleva viviendo 30 años en Afganistán: Lo que pase con los hazaras “no es sólo la historia de esta gente. Es la historia de todo el país. Es la historia de todos”.
Vea más retratos de Steve McCurry de la etnia hazara en este momento crucial de su historia



La verdad, se me hacen muy injustas las naciones con mayor poder para conseguir algo que no es suyo. Por su culpa muchos niños y jóvenes ya no sigen sus estudios por la gerra y el racismo la verdad. Tenemos que hacer conciencia de todo lo que pasa en el mundo…
Los hazaras son un pueblo que ha tenido muchas carencias y dificultades, pero han sabido superarlas y adaptarse; y eso me recuerda algo “lo que no te mata te hace más fuerte”, y eso me parece que se aplica a la etnia de los hazaras; eso lo veremos con el tiempo.
Son pueblos con una cultura muy diferente a la nuestra ,con muchos años de sabiduría que les ha permitido sobrevivir a eventos más desafortunados que los que están viviendo actualmente. Seria lindo que ellos reinventaran su historia sin la intervención de ningún país, mucho menos cuando estos lo hacen por un interés económico.
Saludos desde Venezuela.
Gracias, por darnos a conocer un pueblo tan valiente y estoico. Lo que sabemos de Afganistán, son un montón de barbudos, haraposos que se dedican a guerrear, matar y destruir a sus con cuidadanos en nombre de una religión, que no les permite avanzar en pleno siglo 21, y en nombre de esta, someten a pueblos para su propio bienestar y beneficio. A través del artículo obtuve otra visión de las personas que habitan ese país.
Mediante mi fe (católica), oraré por ellos para que tengan finalmente la oportunidad de vivir como todo ser humano y sus derechos y sueños sean cumplidos.
Kika O de Jemio, Chile
Me encanta todo esto de la cultura, las fotografías. Felicidades.
Hola. los felicito todo los archivos y noticias estan muy bien sigan asi,se me pasaba decirles a mi me encantan todos sus videos pasen por favor mas po internet.gracias
Les puedo comentar que con sus acciones ayudan mucho a nuestro mundo, gracias doy por sus esfuerzos para todos.
SOLO QUIERO FELICITARLOS X ESTE ARTICULO TAN HERMOSO PUES NOS ENSEÑAN DE UNA CULTURA QUE NI SIQUIERA CONOCIA, Y ME ENCANTA SABER DE LAS CULTURAS DEL ORIENTE, FELICIDADES DE TODO CORAZON, U ESA FOTO DE LA NIÑA ES BELLISIMA, LA NIÑA ES PRECIOSA. CONTINUEN SU LABOR TAN HERMOSA.
Lo que es el poder de un régimen por oprimir a un pueblo, no basta con someterlo, sino también borrar su cultura y tradiciones.
Hay que respetar las costumbres y tradiciones de todos los pueblos.
Por lo que he podido leer en este artículo y en el de la revista, Hazarajat es un pueblo como todos, que lucha por surgir y no es posible que por unos desalmados pase esto para satisfacer a unos pocos.
Gracias a ustedes, se conoce una linda cultura que sencillamente lo que quiere es vivir.
Hola me encantan sus reportajes, tengo 26 años y me encanta todo lo que es la investigacion de campo. Estuve viviendo en las Islas Galapagos por unos meses hace 8 años y trabaje con empresas de turismo a raiz de ello. Ahora tengo otra actividad, de exportacion de flores pero siempre me he preguntado si es posible trabajar con ustedes haciendo investigaciones de Ecuador, su cultura, comidas, aspectos sociales, economicos, turisticos etc etc. Me gustaia mucho poder aportar algo con el mundo, como preservarlo y poder mostrar las verdades de nuestros paises latinos.
Por favor respondanme.. muchas gracias!!!
Como parte de un proyecto de cultura en el salón de clases, elegí como tema Afganistán. Así que durante enero me dediqué a estudiar y leer todo lo posible acerca del tema. Encontré muchos videos y mucha información interesante que, una semana de exposición del tema en el salón de clase, no me pareció tiempo suficiente para transmitir a mis alumnos toda la historia y cultura sorprendente que abriga ese país.
Ha sido muy agradable para mí encontrar publicado en su edición de febrero un artículo más en relación con los afganos. Ha sido terriblemente valioso y útil cada artículo, cada foto, cada comentario que en National Geographic he encontrado.
Siento una gran satisfacción al ver que la realidad de Afganistán, un país acabado por la guerra, esté cambiando.
En las fotografías se percibe el dolor sufrido por los hazaras durante tanto años; sin embargo, esto no ha sido motivo para que ellos pierdan la esperanza y los deseos de que las cosas sean mejores.
Es interesante ver cómo los jóvenes con mayor entusiasmo y visión pertenecen a esta etnia, que es el producto de la interacción de varios pueblos y por ende, de varias culturas.
Las oportunidades hay que aprovecharlas y creo que esto que está sucediendo en Afganistán es una nueva oportunidad que la vida le ha dado a este pueblo para ser mejores.
Felicidades a Steve McCurry por esa foto tan bonita y a Phil Zabriskie por ese reportaje tan interesante. Aprendí sobre la cultura, los paisajes, sus creencias y costumbres, muchas gracias. He ampliado mis conocimientos y esto ha ayudado en mis estudios. Aprecio más el lugar donde nací y la libertad. Gracias.
Muy interesante la información que editan en sus revistas…. ¿Podrían editar más acerca de tiburones por favor? Gracias y muchas felicidades.
excelente artículo. Cada vez hay mas que aprender. la realidad de los hazaras nos indican que el mundo es global y que si bien eres el resultado de una mezcla racial dada por la evolución historica, eres un ser humano con todos los derechos, que en ningun momento la religión y los gobiernos deberain truncar. Los extremismos son dañinos para la evolución y crecimiento del hombre. Esperemos que su espiritu libre y de progreso les permita desarrollarse como pueblo libre y enprendedor. Mis mas profundos respetos y admiración.
Me pareció fantástico el reportaje, ya que no conozco esos lugares. Soy chileno y me imagino que es muy terrible vivir en esos lugares, o lo que pasaron esas familias. Fue muy difícil para Shakaf toda su situación.
Felicidades,
Osvaldo Rojas P.
Más allá de las religiones, creo que todo lo que se defina como fundamentalista tendría que estar aislado, con su propio gobierno y tierra. Lo más probable es que en unos diez años, estén todos muertos, bajo su propia mano, bajo su propia ley…
Muy buen reportaje. No conocía esa cara de Afganistán. Me gustaría poder ver más imágenes del reportaje.
Gracias.
Conservo con mucho cuidado la edicion en que este articulo aparece y me encuentro realizando un trabajo de investigacion acerca de este articulo.
Esta de mas decir que esta imagen me conmovio, me infundio tristeza, yo no se si podria tener la esperanza que mantiene vivas a estas personas, deben de ser muy valientes y deseo creer que tienen un futuro.
Recuerdo que discuti con mis amigos y familiares sobre la belleza de esos ojos, aun lo hago.
Me gustaria que en el pais donde vivo, Republica Dominicana, llegaran los envios de la revista para poder inscribirme, pero aunque no puedo no me desalienta y espero cada mes a encontrarla en la libreria que frecuento.
Me encanta su travajo.
deseo conseguir el documental sobre afganistan lo he buscado pero se me ha hecho imposible
en meses pasados vi un documental sobre Afganistan que me parecio muy bueno deseo verlo de nuevo lo he buscado pero no lo he conseguido x favor ayudenme
La primera vez que supe de los hazaras fué en una película, creo que tienen mucha fortaleza. Espero que tengan las condiciones para superar las adversidades. Les agradezco que escriban sobre ellos.
acabo de leer el libro “cometas en el cielo” alli escuche de los hazaras, historia que me conmovio y me llevo a investigar mas sobre ellos. ahora solo pido que tengan los mismos derechos que tenemos toods los ciudadanos del mundo
desde luego tambien he leido este libro cometas en el cielo me conmovio mucho saber la denigracion que sufren ests personas considero que todos somos seres humanos y no animales, qu los dejen vivir como personas que son.