La senda de Basho
Tras las huellas de un fantasma
“Todos los días son viaje y la casa misma es viaje”, escribió el poeta Matsuo
Basho hace más de 300 años en la primera anotación de su obra maestra, Sendas de Oku. Pienso en sus palabras al alistarme a caminar tras las huellas de este reverenciado poeta a lo largo de su senda: la ruta de 2 000 kilómetros que siguió a través de Japón en 1689. Confieso que incluso imaginar hacerlo es un tanto desalentador. Mi difunta amiga Helen Tanizaki, lingüista oriunda de Kyoto, me dijo una vez: “Todos mis compañeros de escuela podían recitar al menos uno de los poemas de Basho de memoria. Fue el primer escritor al que leímos con emoción o con seriedad”. Hoy en día, miles de personas peregrinan al lugar de nacimiento de Basho y a su santuario fúnebre, además de recorrer partes de la Senda de Basho. Después de tres siglos, sus Sendas, publicadas en español y en muchas otras lenguas, todavía tienen relevancia para lectores de todo el mundo.
Dado el clamor pernicioso y las incertidumbres de hoy, es fácil identificarse con la vaga inquietud de la que Basho a veces se quejaba. Cualquiera que fuera su origen –Basho llevó una vida turbulenta en un Japón cambiante– su melancolía fue un elemento que se intensificó en la mayoría de su poesía, además de ser parte de lo que, al final, lo lanzó a sus viajes.
Pocos detalles se conocen sobre su infancia, pero se cree que nació en 1644 en la ciudad fortificada de Ueno, al sureste de Kyoto. Su padre, un samurai menor, se ganaba la vida enseñándoles a los niños a escribir. Quizá muchos de los hermanos de Basho se hayan convertido en granjeros.
No obstante, Basho desarrolló un gusto por la literatura, tal vez por el hijo del señor de la localidad, a cuyo servicio se sumó. Aprendió el oficio de la poesía de Kigin, un poeta prominente de Kyoto y, en los primeros años de su vida, estuvo expuesto a dos influencias duraderas: la poesía china y los preceptos del taoísmo. Tras la muerte de su amo, Basho comenzó a pasar temporadas en Kyoto, practicando con una forma llamada haikai, que consiste en versos enlazados.
En tiempos de Basho, la primera estrofa del haikai se convertió en una forma poética particular: el haikú, cuyos tres versos, breves y sin rima, intentan capturar la esencia de la naturaleza. Basho publicó sus primeros haikús con varios nombres; cada uno tenía significación personal. Uno de ellos, Tosei, o “durazno verde”, era un homenaje al poeta chino Li Po (ciruela blanca).
Después de cumplir 25 años, Basho se mudó a Edo (hoy la vieja Tokio), una ciudad recién establecida que vivía un gran cambio social y tenía una población que crecía aceleradamente, un sistema comercial sólido y, para Basho, una oportunidad literaria. En unos años había reunido el círculo de estudiantes y mecenas que formaron lo que llegó a conocerse como la Escuela de Basho.
En 1680, uno de sus alumnos le construyó al poeta una casita cerca del río Sumida y, poco después, cuando otro de ellos le regaló un tallo de árbol de basho (una especie de plátano), el poeta empezó a escribir con el nombre por el que se le conoce: Basho. En crónicas confiables de su vida se sostiene que durante este periodo le invadieron dudas espirituales e inició sus estudios de budismo zen. Sus pesares se recrudecieron cuando, en 1682, su casa ardió totalmente en un incendio que acabó con gran parte de Edo; Basho escribió:
Cansado del cerezo,
cansado del mundo entero,
me siento frente al turbio sake
y al arroz negro.
En 1684, Basho hizo un viaje de varios meses hacia el oeste desde Edo, que dio pie a su primer relato de viajes: Diario de un esqueleto abandonado a la intemperie. Los viajes entonces se hacían a pie y el alojamiento era primitivo. Sin embargo, pese a estas vicisitudes, partió de nuevo en 1678 y por tercera vez en 1678-1688; viajes que relató en la Crónica Kashima y en el Manuscrito en un morral. Basho escribió ambos textos en un género que él mismo refinó profundamente: el haibun, una combinación entre haikú y prosa. Las poéticas narraciones de viajes y las extenuantes jornadas que las inspiraron hicieron la reputación de Basho aún más brillante.
No obstante, en el otoño de 1688, Basho confió a sus amigos que aún sentía que el mundo lo abrumaba. Exhausto por las incesantes exigencias de sus alumnos y por su fama literaria, decía que sentía “brisas del más allá soplar sobre su rostro”. Comenzó a planear su peregrinaje a sitios importantes por su historia literaria, religiosa o militar; lugares que quería ver antes de morir. Planeaba salir ese invierno, pero sus amigos, preocupados por su salud frágil, le rogaron se quedara hasta la primavera.
Finalmente, en mayo de 1689, acompañado por su amigo y discípulo Sora y llevando sólo un morral, materiales de escritura y mudas de ropa, Basho inició su viaje con la firme decisión de volverse hyohakusha, “el que viaja sin dirección”. Caminó cinco meses y recorrió aproximadamente 2 000 kilómetros por las colinas, los valles, las aldeas y las montañas al norte de Edo y a lo largo del mar de Japón. Fue este viaje, lleno de maravillosas anécdotas, lo que dio lugar a su obra maestra, Sendas de Oku.
El libro es un viaje espiritual, equivalente a recorrer el camino del budismo, despojándose de toda posesión mundana y arrojando el destino al viento. Sin embargo, el viaje físico tenía un lado práctico: Basho se ganaba la vida en parte como maestro y, durante su viaje, muchos discípulos de sitios lejanos alojaban con gusto al maestro y recibían clases de poesía.
En 1694, el año en que Basho murió, el afamado calígrafo Soryu escribió: “Una vez tenía mi impermeable puesto, deseoso de emprender semejante viaje, y luego contento de sentarme a imaginar aquellas inusuales vistas. ¡Qué cúmulo de sentimientos, las joyas de Kojin, ha retratado su pincel! ¡Qué viaje! ¡Qué hombre!”.
En los siglos posteriores, Basho se ha convertido en muchas cosas para mucha gente: sabio bohemio, artista marginal, caminante consumado, santo venerado y, sobre todo, poeta inmortal. En sus Sendas, Basho entreteje magistralmente el humor despreciativo de sí mismo, los detalles logísticos, la disciplina budista, la descripción pictórica e incluso la queja irreverente (“Piojos y pulgas;/ mean los caballos/ cerca de mi almohada”). Al mismo tiempo, su libro ofrece una suerte de mapa espiritual y atemporal para el viajero. Helen Tanizaki alguna vez describió a Bash¯o de esta manera: “Es como un estrafalario guía de turistas y filósofo que deja que los lectores experimenten por sí solos los viajes en aquellos lugares remotos. En vez de intentar describir las cosas, sólo siente la obligación de tomar nota de ellas, como en un inmenso esfuerzo de vinculación”.
Mientras me pongo mi propio impermeable y me preparo a caminar tras las huellas de Basho, no albergo ilusiones de estar a punto de recorrer el Japón antiguo de las Sendas. Como afirmó el académico Donald Keene: “Todos los lugares que describe están totalmente transformados. Senju, en la primera etapa del viaje de Basho, es ahora un distrito comercial, y Soka, donde pasó la primera noche de su recorrido, contiene un proyecto habitacional enorme. Pero la verdad de las Sendas sobrevivirá a estos cambios”.
No tengo grandes ni pequeñas esperanzas. Sé que, aun hoy en día, los paisajes eternos y los templos milenarios pueden encontrarse a lo largo de la ruta de Basho; así, el viajero de mente abierta puede vincularse al pasado de maneras que ningún tipo de intervención humana puede coartar. Además, la belleza se encuentra no sólo en lo que se observa con perspicacia compasiva, sino cómo llega uno a conocerse cuando está solo.
Se cuenta que Basho dijo a un alumno que solía “conversar” con poetas chinos y japoneses del pasado; definió tal ocasión como una “conversación con el fantasma y el futuro fantasma”. Desde hace cerca de un año concibo mi viaje como una suerte de conferencia portátil, un diálogo continuo con Basho. Oraré para que haya clima aceptable (viajaré durante la época de tifones), buenas vistas de la luna y horas de silencio para llenar mis cuadernos. Y paso a paso, me definiré alegremente como un futuro fantasma.
Lea una entrevista sobre la experiencia del fotógrafo, Michael Yamashita, sobre la ruta de Basho








Me gustó mucho el reportaje que hicieron de la frontera sur, pero me gustaría que hicieran otro reportaje de la frontera norte que colinda en Puerto Palomas, Chihuahua. Yo una vez pasé por ese sector, y es mucho muy peligroso no nada más para los centroamericanos sino también para los mexicanos. Es un sector al que no se le ha tomado importancia, pero es uno de los puntos con mayor flujo de indocumentados y paso de todo tipo de drogas.
Gracias por tomar en cuenta este correo y sigan publicando todo lo que hasta hoy han venido haciendo.
Se despide de ustedes un lector y buen amigo, gracias.
Bueno, me gustó mucho lo del poeta Basho… lo leí en una revista… tres veces, y lo mejor es que fui como el poeta relató esos paisajes a lo largo de su viaje. Fue algo interesante esa parte de su vida, a pesar de lo mucho que pasó.
Soy de Panamá y ahora busco en internet todo sobre el libro de él.
Fue un buen reportaje.
Algún día espero viajar a Japón y conocer más de esa historia en un futuro, a pesar de que tengo 19 años.
Me despido como un joven lector a quien le agrada NatGeo, bye.
Hola. Es impresionante cómo puede expresarse con sólo pocas palabras la belleza que nos rodea. El maestra Basho supo cómo hacerlo, no se necesitan grandes palabras para describir la belleza del mundo y de la vida.
Es interesante la forma en que describe el mundo que le rodea, y es muy interesante su vida. Excelente reportaje y al igual que Alex, yo también tengo 19 años y me encanta su revista y felicito a National Geographic por ofrecernos este tipo de reportajes que enriquece nuestro conocimiento.
Hola. Me ha cautivado profundamente este artículo de Howard Norman, y de manera similar las fotografías de Michel Yamashita. Soy un admirador de la tradición japonesa y sobre todo la obra de Matsuo Basho, el más grande haijin de la poesía contemplativa japonesa.
Me gustaría ver todas las fotografías que Yamashita realizó mientras transitaba el “Oku no hosomichi”, porque en estos momentos estoy escribiendo un libro sobre el tema.
De verdad estoy muy emocinado.
Un fuerte abrazo desde Perú.
Domo arigato gozaimasu.
Realmente me gustó mucho, la verdad al principio no tanto, sin embargo cuando lo vuelves a leer encuentras mas significado y profundidad en tan pocas palabras y eso si que es un arte, por algo tiene mas de tres siglos de vigencia y seguramente perdudara por siempre.