Perdido en el Sahel
Cruzar algunas fronteras por el difícil confín africano entre el desierto y el bosque puede ser letal.
Darfur—el camino a Furawiya
La carretera no era en realidad una carretera. Sus dos surcos conducían hacia Darfur, hacia la guerra en el oeste de Sudán, desde la línea fronteriza no marcada con Chad. Una gran parte del Sahel era así: sin haber sido trazado en un mapa, invisible, pero, aun así, una frontera. La tierra se extendía por monótonos espacios de grava y pastos secos tan translúcidos, tan quebradizos, que parecían de vidrio soplado. Los horizontes color hierro jamás cambiaban. Sin embargo, atravesábamos fronteras al paso de cada hora, la mayoría de ellas invisibles.
Después de mi arresto y encarcelamiento en Darfur, un soldado estadounidense me dijo, moviendo disgustado la cabeza: “Vuelas sobre este lugar y no ves nada en millas y millas”. Pero esa era la falsa ilusión de una persona de fuera. Cada afloramiento y cada llanura era atravesada por tangentes invisibles, fronteras, demarcaciones fantasmales. Dividían los reclamos de tribus, de personas, de clanes. Se expandían y se contraían de acuerdo con la guerra y con la estación del año. Había zonas vedadas alrededor de ciertos ojos de agua. Algunas fronteras ocultas, masars, dictaban las rutas migratorias de los nómadas. Nada de esto quedaba al azar. Atravesar una frontera o aventurarse demasiado lejos de otra sería una invitación a la venganza, incluso a la muerte. Esa era la última de todas las fronteras en el Sahel: la que divide el conocimiento de la ignorancia.
El propio Sahel es una frontera.
La palabra significa “costa” en árabe, lo cual supone un margen continental, un gran principio y un gran final. El Sahel, extendiéndose a través del norte de África más o menos a lo largo del paralelo 13, divide (o une, según su inclinación filosófica) las arenas del Sahara y los bosques tropicales de África. Es una franja de pastizales semiáridos que separa (o une) a árabes y negros, a musulmanes y cristianos, a nómadas y agricultores, un paisaje verde y un mundo color arena. En este lugar, se aferran con tesón a la vida unos 50 millones de los habitantes más pobres del mundo, de los que carecen de poder, de los más olvidados. Durante 34 días nos unimos a sus filas en Darfur.
Éramos tres. Idriss Anu condujo la camioneta Toyota que después sería robada por unos militantes. Daoud Hari era el traductor, y por ello pagaría a la larga con duras golpizas. Íbamos en camino a la aldea de Furawiya cuando los guerrilleros partidarios del gobierno salieron sigilosamente de entre el pasto.
“Quédense en el auto”, dijo Daoud, pero ya era demasiado tarde. A pesar de que los pistoleros se acercaron lentamente, con el cabello enmarañado en rastas y con pequeños objetos ennegrecidos que parecían orejas secas, que en realidad eran amuletos coránicos colgando de sus pechos, todavía no habíamos caído en la cuenta que habíamos atravesado un umbral donde ya no importaba el pasaporte que llevaras, si eras joven y amado, si tenías la piel de un color supuestamente no “torturable”, o si no eras combatiente. Las palabras habían perdido todo valor y en el momento en el que el adolescente de la sonrisa burlona con el Kalashnikov alcanzó la manija de mi puerta, estábamos condenados a vivir y a morir de acuerdo con decisiones tomadas por otras personas. Nos habíamos convertido en verdaderos sahelianos.
El Sahel es una frontera.
Pero es también una grieta en el corazón, una cuerda floja, un borde, una saliente. Miren cómo caminan sus habitantes: con la espalda recta sobre senderos de polvo rojo, plantando un pie cuidadosamente enfrente del otro, como si se balancearan sobre el filo de un cuchillo. El Sahel es la trayectoria de una bala. Es la huella de lluvias que caen pero nunca tocan la arena. Es un llamado a la oración y un reclamo por tu sangre y, para mí, un camino desierto sin final.
Campamento de refugiados Gaga, Chad
Mi viaje comenzó entre refugiados en la región oriental de Chad. Ahí fue donde conocí al padre de George Bush.
Bush era un tirano en la pequeña parcela de arena de su familia. Lanzaba al suelo los desvencijados platos de su madre, tiraba de las narices de los visitantes y se alejaba corriendo con una risita tonta. Siempre salía impune porque era el único hijo varón. Su hermana mayor, de cuatro años de edad, lo despreciaba. Bush era de mejillas regordetas y tenía dos años. “¡Bush!”, coreaban los refugiados. Esto sucedía en el asentamiento de Gaga, donde vivieron y murieron más de 7 000 darfuris bajo las tiendas de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
“Sólo George Bush puede detener a los árabes en nuestra tierra –dijo el papá de Bush, Ahmed Juma Abakar. Acorraló al niño en sus rodillas–. Cuando crezca, ayudará a matarlos”.
En Abakar se entretejían diversas líneas de identidad. Era un africano del color del café con un toque de cabello blanco en el mentón. Era un masalit, integrante de una de las tribus africanas de agricultores expulsadas de Darfur a punta de pistola por los janjaweed, nómadas árabes armados por el gobierno de Sudán dominado por árabes. Él detestaba a los árabes. No obstante, él mismo hablaba en árabe. También servía un té azucarado en pequeños vasos como un árabe, llevaba una túnica blanca árabe y rezaba cinco veces al día mirando hacia la Meca.
La guerra en Darfur ha matado, por lo menos, a 200 000 personas y desplazado a más de dos millones. Tal vez sea el primer genocidio del nuevo siglo. Pero también es uno de varios conflictos similares, aunque de menor escala, que ocurren por todo el Sahel. Chad, Níger, Malí, Nigeria y Senegal: batallas de baja intensidad ardían en cada país que visité. Níger expulsaba a sus nómadas mahamids. Los tuaregs emboscaban en Malí a los soldados africanos. Estos choques eran provincianos, oscuros, pero formaban parte de un pleito general: la eterna lucha por los pastos, el agua y el suelo librada entre pueblos de pastores nómadas y sedentarios. Visto de esta manera, el Sahel representa el campo de batalla más antiguo de la historia humana. En el Sahel, Caín sigue liándose a golpes con Abel.
En Darfur la violencia es infame, porque el gobierno de Sudán cínicamente armó a uno de los lados (a los beni husseins, a los ereigats y a otros pastores árabes) contra los campesinos africanos rebeldes, por ejemplo los masalits y los furs. Estos dos rivales, ambos musulmanes, habían establecido antes un acuerdo complejo. Cuando un campesino lanceaba el camello de un nómada, los ancianos le descontaban parte de su cosecha. El demandante solía reclamar el grano durante un año de escasez. Se trataba de un antiguo sistema de banco de alimentos. El asesinato entre tribus se arreglaba con una escala móvil de costo por asesinato: cien camellos por un hombre, cincuenta por una mujer.
Una máquina de cuatro y medio kilogramos con once partes móviles ha borrado este legado. El torrente de rifles Kalashnikov de bajo precio que inunda Darfur ha devaluado la responsabilidad personal en la guerra. Ha debilitado a las autoridades tribales. Los hombres jóvenes que otrora entonaban canciones a sus vacas favoritas, ahora dan serenata a sus armas: “El Kalash trae dinero / Sin un Kalash eres basura”.
“Solíamos llevarnos bien en otro tiempo –mencionó Abakar–. Los árabes llevaban a pastar sus camellos en nuestros campos de barbecho. Eran amigos de mi padre.” Le pregunté cuándo volverían a ser hermanos africanos y árabes. Abakar me miró con sincera incredulidad. Luego sintonizó la BBC en su radio de transistores. Los israelíes estaban bombardeando el Líbano. “¡Allah-u akbar!”, prorrumpió en un grito el viejo integrante de la tribu, vitoreando a las fuerzas de defensa israelíes. Levantó los regordetes bracitos de George Bush en señal de triunfo.
Darfur—aldea de Towé
Durante nuestra primera noche en Darfur, los pistoleros obligaron a Idriss y a Daoud a meterse en una camioneta y desaparecieron en la espesura de la noche. Allí los torturaron, los dejaron tres días atados a un árbol espinoso. A mí me cosieron a golpes sin entusiasmo dentro de una choza abandonada en la aldea incendiada de Towé. Entre sesiones, permanecía atado sobre mi barriga, respiraba con dificultad contra el piso de tierra que olía a mantequilla rancia. Con los ojos entrecerrados podía distinguir a dos mujeres a través de la entrada iluminada.
Plantaban sorgo en una arroyada seca. La labor de las mujeres parecía incoherente. Sembraban las semillas en hileras que serpenteaban por el campo, que se desviaban por aquí y por allá según los caprichos de la conversación. La mayor se retorcía bruscamente cuando contaba un chiste, y sus hileras de semillas daban bandazos como líneas de cardiograma. A menudo reía y se cubría la boca con las manos, y pensé que debía de estar chiflada. La más joven era más solemne. Se afanaba con una meta clara, como si participara en una carrera, sus hileras eran mucho más rectas. Una criatura pequeñita gateaba a su lado, intentando comer el grano. Las mujeres trabajaron así todo el día. Luego, a media tarde, riñeron y se apartaron con rencor para sembrar separadas la una de la otra.
Se me ocurrió que las mujeres hacían algo más que cultivar alimentos. Sembraban sus autobiografías.
En Darfur, las mujeres han sido blanco de violencia máxima. Las violaciones en masa perpetradas por la milicia janjaweed son sistemáticas y están bien documentadas. Como parte de la campaña sudanesa de limpieza étnica, han quemado vivas a mujeres, las han ultimado a balazos, matado a bayonetazos y han sido arrojadas dentro de los pozos. Estos relatos también quedarían registrados en sus campos.
En Towé, las mujeres eran zaghawas seminómadas. La risueña se llamaba Fatim Yousif Zaite. No estaba loca. Tenía 40 años, con la mirada abrasadora y clarividente de los famélicos y una sonrisa que transmitía la inocencia del corazón. Me llevaba cuencos de asida, una pasta amarilla de lentejas que ella difícilmente se podía dar el lujo de compartir. En una ocasión, cuando me desataron para comer, tomé sus manos polvorientas y las sostuve entre las mías. Saltó hacia atrás temerosa.
Pero sólo quería agradecerte, Fatim. Siempre estarás conmigo. Los janjaweed pueden lanzar a tus hijos en vasijas de agua hirviendo como lo hicieron con los niños de otra aldea, y la Fuerza Aérea de Sudán puede bombardear tus miserables campos como lo hicieron antes, matando a cinco miembros de tu familia. Pero durante tres días en Darfur, fuiste mi madre.
Kirou Bugaje, Níger
Unos meses después, estaba en Níger. Tomé un autobús con rumbo al este. Las llanuras se volvieron exuberantes.
Los carros tirados por bueyes se sacudían por los caminos rojos arrastrando montañas de maní. Uno podía escuchar la risa de los niños a través de los altos pastos. El toc-toc-toc de las mujeres que aporreaban el mijo telegrafiaba la noticia de que los graneros estaban llenos.
Esto resultó ser una sorpresa. El Sahel de la imaginación es una región asolada por el hambre. Durante los años setenta y los ochenta del siglo xx, unas sequías cataclísmicas abrasaron el norte de África. La hambruna más reciente azotó a Níger apenas en 2005. En algunos lugares, el Sahel sigue pasando hambre para perder terreno ante el Sahara. En las riberas del río Níger yacen casas enterradas en ataúdes de arena.
Sin embargo, en Níger, país que tiene el doble del tamaño de Francia, unos investigadores han quedado fascinados al descubrir que 49 000 kilómetros cuadrados de la sabana cuentan hoy en día con más vegetación que hace 20 o 30 años. Al parecer, está ocurriendo una regeneración similar de árboles, pastos y matorrales en partes de Malí y Burkina Faso. La frontera más preciosa del Sahel siempre ha sido verde. En fechas recientes, crece más denso, más brillante y más lustroso. ¿Por qué?
Los ecólogos no están de acuerdo. Algunos atribuyen el fenómeno al calentamiento global, que podría estar incrementando la precipitación en zonas de África septentrional. Otros afirman que los años de guerra y caos en el Sahel han despoblado el campo africano, permitiendo que millones de hectáreas se queden en barbecho y se recuperen. En la aldea hausa de Kirou Bugaje, el rollizo jefe, Abdurahaman Ademu, tiene su propia explicación: la milagrosa hoja de un árbol.
“El gao mejora nuestras cosechas de mijo y sorgo”, señaló Ademu, caminando pesadamente por sus campos sombreados de árboles, ataviado con una túnica blanca y sandalias. “Por eso ya no cortamos los árboles. Sembramos alrededor de ellos”.
El gao, una acacia autóctona conocida por los biólogos como Faidherbia albida, es un fijador de nitrógeno como la alfalfa. Su hojarasca tiene abundantes nutrientes. Hace 25 años, Ademu y su gente casi habían destruido todos los árboles a una distancia de un día de caminata para alimentarse durante una hambruna. Cuando sus cultivos fracasaron, se comieron las hojas. Cuando se terminaron las hojas, arrasaron bosquecillos enteros para venderlos como leña y comprar alimentos. Pero finalmente, en algún lugar, alguien recordó que las cosechas de grano eran más ricas cuando se sembraban bajo la sombra fértil de los gaos sobrevivientes. La agricultura de árboles silvestres es una añeja práctica en el Sahel. Se redescubrió su importancia. Desde entonces, las polvorientas ramas del gao se extendieron en círculos de follaje cada vez más amplios. En la actualidad, sin fanfarrias ni conciertos caritativos, algunos de los agricultores más pobres del mundo se afanan en remendar y unir de nuevo enormes extensiones del Sahel. Ademu estaba casado con tres mujeres. Se llamaban Zeinahu, Hajara y Hadjia. Tenía 20 hijos a quienes llamaba Oye Tú y Este. Le divertía que yo encontrara hermosa su aldea. Al atardecer, el cielo se volvió anaranjado y comimos espagueti anegado en aceite de palma. La aldea cantaba y chillaba como un patio de recreo. Salió una luna blanca y, en la sabana, un grupo de nómadas fulanis arreaban su ganado con cornamenta en forma de lira hacia el sur, al interior de Nigeria. Iban armados con arcos, algunos llevaban sables atados a la espalda. No había habido una guerra en años. Al quedarme dormido sobre un tapete de oración afuera de la mezquita de la familia Ademu, era posible imaginar que no había nada en el mundo que no pudiera recuperarse.
Darfur—la prisión fantasma
El tercer día de nuestro cautiverio en Darfur, los pistoleros nos intercambiaron, a Idriss, a Daoud y a mí, al ejército sudanés por una caja de uniformes.
Un helicóptero militar nos trasladó a El Fasher, capital del norte de Darfur, pero cuando volábamos sobre Kutum, un sonoro golpe provocó que mis músculos se tensaran. Recibíamos fuego antiaéreo de los rebeldes. Se abrieron hoyos en el fuselaje y un oficial de lentes sentado frente a mí cayó de su asiento. Rodó sobre la cabina intentando agarrarse la espalda. Sólo era un proyectil gastado, así que sobrevivió.
Fuimos llevados a una “casa fantasma”, una de las muchas prisiones secretas de Sudán. Era de noche. Una banda de matones armados nos gritaba a la cara y nos empujaron hasta un muro de barro. Nos llamaron espías y agitaban sus teléfonos celulares frente a mis ojos. Las pequeñas pantallas mostraban torres quemándose y diminutas imágenes de Osama bin Laden. Yo pensé: Este es el fin. Pero, desde luego, era sólo el comienzo.
¿Qué puedo decir acerca de esos días?
Todas las mañanas un agente del istikhbarat manoseaba en la letrina excavada en el piso de mi celda, no sabría decir qué buscaba. Su tarea quedaba sin recompensa porque yo estaba en huelga de hambre. Protestaba porque me mantenían separado, en confinamiento. Volví a comer al octavo día, cuando los guardias me informaron que me obligarían a comer mediante una sonda de goma. “Como en Guantánamo”, mencionaron. Mis sueños alcanzaron una intensidad palúdica.
Kano, Nigeria
Emprendí un rudo viaje hacia el sur a bordo de un taxi rural que compartí con cinco nómadas fulanis y 60 kilogramos de queso de cabra destinados a los mercados de Nigeria. Había moscas.
De no ser por una mosca, toda el África podría ser musulmana. El islam galopaba a través del norte de África a caballo y a camello, mientras la Europa cristiana dormía bajo el mandato de gobernantes como Enrique el Pendenciero o Etelredo el Indeciso. Alrededor del año 1000, los emisarios musulmanes –guerreros, comerciantes de oro, traficantes de esclavos, estudiosos, hombres santos– habían plantado la bandera verde de Mahoma y de Alá en las costas de África Occidental, que no verían las velas blanqueadas de una carabela portuguesa durante cuatro siglos. Pero la picadura de la mosca tsetsé, Glossina, bloqueó el camino hacia el sur. Como vector del parásito sanguíneo que causa la enfermedad del sueño, el insecto mató a innumerables olas de invasores y sus caballos en su letal dominio: los vastos bosques situados al sur del Sahara.
Hoy en día, las tsetsés siguen reinando y la frontera religiosa continúa en pie. Al norte de la zona de la mosca, África permanece austeramente musulmana; al sur se halla el empañado mosaico del cristianismo. Hallé esta frontera en Kano. La segunda ciudad en importancia de Nigeria yacía manchada dentro de su contaminación ambiental. Recibía pocos turistas. Es conocida por provocar trifulcas piadosas. Cientos de habitantes de la mayoría musulmana de Kano y miles de la minoría de migrantes cristianos provenientes del sur de Nigeria habían muerto en los disturbios entre extremistas. Varios imanes conservadores alentaron al gobernador para que impusiera en el estado la ley islámica o sharia –una provocación en la Nigeria secular–, exacerbando aún más las tensiones. Los anuncios de la ciudad estaban escritos en árabe y los almacenes eran surtidos por viajantes libaneses, yemenitas y egipcios. Los mototaxis no recogían mujeres. El contacto con los conductores varones se consideraba indecoroso. Hace unos años, algunos funcionarios locales boicotearon la campaña antipoliomielítica de la ONU, afirmando que las vacunas lo que en verdad hacían era esterilizar a las niñas musulmanas. Desde entonces, la poliomielitis, que casi había sido erradicada en África, regresó a Nigeria y ahora se disemina en los países circunvecinos.
Actualmente, hay un movimiento talibán negro en Kano.
“Pagaría con mi sangre si predicara dentro de la Ciudad Vieja”, menciona Foster Ekeleme, un obispo metodista de las afueras cristianas de Kano. Ekeleme era un igbo del sureste que se movía con el paso rígido de un boxeador jubilado. Había sobrevivido tiempos buenos y malos entre las dos grandes fes prevalecientes en Kano. Cuando visité la ciudad, se quejaba amargamente de que su grey siempre era un blanco cuando Estados Unidos bombardeaba a otro país musulmán, pero terminó con una súplica. “¡Estoy esperanzado! Nosotros los cristianos y los musulmanes debemos aprender a coexistir. ¡Mire, incluso mi velador nocturno es musulmán!”.
Era verdad. Un aburrido joven hausa con una gorra blanca se recargaba en la iglesia de Ekeleme. El propio templo era un fuerte de concreto bruto rodeada por una alta cerca de hierro. La cerca tenía púas. Lo único que hacía falta era un foso. Como sospechaba que los cristianos hablaban desde una posición de debilidad, consulté a un pensador musulmán. Salisu Shehu era un estudioso moderado de párpados caídos. Era profesor de estudios islámicos en la Universidad Bayero, donde los tableros de anuncios pintados a mano exhortaban a los estudiantes a “vestir ‘a la moda’ y con recato”.
El profesor me dijo lo siguiente: Aunque era lamentable que en Kano hubiera habido personas que fueron quemadas, cortadas a tajos y muertas a tiros a causa de los dioses que han elegido, el enemigo real era la pobreza. Los igbo cristianos y los hausas musulmanes necesitaban empleos. Los jóvenes estaban desempleados, inquietos. En cuanto al islam en el Sahel, no era ni extremista ni intolerante, sino un tipo de sufismo muy antiguo expuesto por el moderado imán Malik; la fe de un nómada arraigada en la ética de vivir y dejar vivir de los comerciantes. “El Sahel no es un muro entre los africanos –afirmaba Shehu–. Es una encrucijada, un puente. Hoy en día el puente gime. Tanto la población musulmana como la cristiana de África ha aumentado drásticamente durante los últimos diez años. En el Sahel, donde las tasas de natalidad se ubican entre las mayores del mundo, en ciudades y aldeas han aparecido mezquitas financiadas por estados conservadores de Oriente Medio. Por su parte, muchos de los cristianos de África no son del tipo presbiteriano que pone la otra mejilla. Por los altavoces de la iglesia resuenan los sermones, algunos predicadores bendicen a las milicias y varios de los disturbios ocurridos en Kano fueron encendidos por masacres de musulmanes realizadas por cristianos en otras partes de Nigeria.
Darfur—la cárcel de la comisaría
Los rusos estaban muy borrachos. Eran tres –el pequeño, el mediano y el grande– y la policía sudanesa había destrozado a tiros las ventanas de su camión. Los guardias los lanzaron en nuestra celda a medianoche. Los rusos habían violado el toque de queda.
Eran pilotos de helicóptero contratados por AMIS, la acosada misión de paz de la Unión Africana en Darfur. Uno comenzó a entonar canciones patrióticas que durarían toda la noche y los otros dos me preguntaron por qué estaba yo allí. Les conté. Había cruzado ilegalmente hacia Darfur por la puerta lateral de Chad, como otros muchos periodistas occidentales. Pero había sido descubierto. Enfrentaba una sentencia de 20 años. Tuve que repetir “espiando” tres veces hasta que entendieron.
Mientras tanto, otro prisionero había escapado en el transcurso de la noche –un traficante de armas darfuri– dejando una enorme mancha de su sangre derramada en el muro del patio de la cárcel. Se había mutilado a sí mismo en la alambrada. Como resultado de ello, Idriss, Daoud y yo pasamos los siguientes dos días encerrados con otros 16 prisioneros en una celda de 4.5 por 4.5 metros. Nos agachábamos unos contra otros en posiciones fetales como huevos que se incuban en un cartón. Carteristas, estafadores, ladrones de cabras, dos chicos de la calle y un lunático se turnaban para mear afuera de la puerta atrancada.
Esto sucedió en la comisaría de policía civil, nuestro segundo lugar de reclusión en El Fasher.
Tombuctú, Malí
Una vez que llegué a Malí, tomé un transbordador río arriba por el Níger para ver el pueblo más legendario del Sahel.
Tombuctú comenzó siendo un ojo de agua de pobladores nómadas; hacia el siglo XVI, se había convertido en el Oxford del mundo islámico (alguna vez residieron allí 25 000 estudiosos), y se ha desvanecido hasta caer en un coma geográfico. Sus callejones de arena parecían hornos solares. Me escondí bajo la sombra de la biblioteca Imán Ben Essayouti para echar un vistazo a una edad dorada.
Banzoumana Traore era un maliense albino de ojos color avellana y un traje de algodón holgado en el que resplandecían lunares azules y amarillos. Miré de nuevo y vi que los lunares eran cápsulas contra el paludismo. Traore era el archivista de la biblioteca, que alojaba restos del inapreciable tesoro de manuscritos medievales de Tombuctú. Con dinero de Sudáfrica, Estados Unidos de América, países árabes y Europa, habían empezado a aparecer en Tombuctú pequeñas bibliotecas privadas como esta. Mantenían el legado intelectual más sorprendente del Sahel: decenas de miles de manuscritos, algunos almacenados en cuevas y repisas de casas desde la caída de la ciudad ante los marroquíes en 1591. Había poesía amorosa escrita en la España mora; tratados de jurisprudencia islámica y ensayos de siglos de antigüedad sobre astronomía, óptica, medicina, ética y botánica, entre otras materias. Al observar estos frágiles tesoros, era difícil no lamentar la escasez de conocimiento bibliográfico en el mundo árabe. Un reciente estudio de la ONU descubrió que sólo se han traducido al árabe 10 000 libros en los últimos 1 200 años, una cifra que apenas equivale al número de libros que se traducen cada año en España.
Tombuctú había sido gobernada por los reyes de Malí y de Songhay, por los marroquíes y por los colonizadores franceses. “Las familias locales protegieron los manuscritos durante todo esto”, mencionó orgulloso Traore. Cuando llegué, otro imperio ponía sus ojos en la desolada Tombuctú.
Las Fuerzas Especiales de EUA atravesaban la ciudad en polvorientos vehículos blindados todoterreno. Habiendo aprendido la lección de Afganistán –la ignorancia no es la dicha, y paisajes deteriorados de pobreza, violencia y abandono incuban una furia homicida–, Washington se interesaba de nuevo en el África negra musulmana. El Pentágono gastaba cientos de millones de dólares anualmente para instruir a los empobrecidos ejércitos sahelianos en tácticas antiterroristas. Un flamante centro de comando en África, AFRICOM, comenzaría a funcionar en octubre de 2008, aunque pocos países africanos deseaban ser su sede.
Este turbio frente en la guerra mundial contra el terrorismo era, sin embargo, otra frontera invisible en el Sahel. Zigzagueaba a través de las dunas situadas al norte de Tombuctú donde los boinas verdes enseñaban a los soldados malienses cómo emboscar a yihadistas basados en Argelia. Los malienses estaban desnutridos, eran sumamente corteses y carecían incluso del equipo más básico. Algunos eran sordos. Otros necesitaban gafas. “Disparan contra la arena”, decía con voz lenta un sargento mayor estadounidense. Los soldados de élite del mundo se lanzaban sobre las aldeas periféricas como bien afinados trabajadores de ayuda, vacunando bebés, tapando caries y desparasitando el esquelético ganado nómada. Sin embargo, la campaña propagandística más eficaz que vi era ilícita.
Su nombre era David. Su afeitada cabeza estaba colorada por el intenso sol, sus ojos brillaban decididos y era un veterano del ejército estadounidense con 16 años de experiencia. Había sido apostado en África antes y deseaba convertirse al islam, lo cual demuestra que no hay ocupación sin contraocupación. Salió a hurtadillas del complejo de las Fuerzas Especiales a las 9 p. m. y condujo su auto hasta el palacio de ladrillos de barro del imán de Tombuctú. “Mi arma, olvidé mi arma”, dijo dándose cuenta de que no era prudente llevar su pistola a una ceremonia de conversión. Ocultó el arma debajo del asiento del vehículo todoterreno.
El imán era rubicundo y alegre, y estaba sentado cruzado de piernas bajo el zumbido de un ventilador de techo. Un televisor mascullaba el más reciente marcador de futbol entre Lyon y Real Madrid. El imán le indicó a David que repitiera la shahadah tres veces y lo sermoneó largo y tendido sobre los cinco pilares de la fe, tanto en songhai como en francés.
“No capté parte de eso”, afirmó David.
Media decena de jóvenes malienses tomó fotografías con sus teléfonos celulares. Temblaban de emoción. El que un centurión contemporáneo se entregue a Alá en la exótica Tombuctú era un espectáculo único en la vida. Hacía que casi todo pareciera posible. Más tarde, David sería amonestado por violar procedimientos de seguridad.
“¡Fin du cérémonie!”, declaró el imán dando una palmada con las manos. Y agregó, especialmente para David: “¡Misión cumplida!”. El imán me simpatizó inmensamente. Se moría por ver el final del partido de futbol.
Darfur: prisión judicial
Los jueves eran los días de juicio en El Fasher.
En nuestra tercera cárcel, un bloque de celdas de concreto afuera del juzgado local, los magistrados sudaneses vestidos en trajes con reminiscencias de los setenta de color azul pálido pronunciaban sus veredictos de acuerdo con el hudud, el código punitivo islámico, y la policía imponía las sentencias en el lugar con un látigo de cuero de buey. Nunca antes había visto que azotaran a alguien. Nos obligaron a mirar.
El látigo caía sobre las espaldas, nalgas y piernas de los prisioneros, produciendo un sonido sordo. Era sorprendente. ¿Cómo podían los seres humanos sudar tanto, tan rápidamente? Después de diez latigazos los prisioneros estaban tan mojados como nadadores. Después de veinte, el muro del patio detrás del poste destinado a la tunda estaba salpicado de su sudor. Los músculos de los hombres se contraían espasmódicamente. Sus torsos se retorcían como árboles en un temporal. Pero su entereza era difícil de creer.
El verdugo principal era el cabo Salah, robusto y fuerte como un roble y, a los 30 años de edad, el sol le había decolorado el cabello. Casi al final de nuestra estancia en la prisión, los días en los que me sentía animado, aceptaba sus desafíos a una partida de ajedrez. Casi siempre ganaba él. Era un estudioso de los agresivos movimientos de Bobby Fischer. Cuando hablaba, lo hacía por lo general en las certezas inmaduras de la yihad –“cuando el mundo se convierta al islam”–, pero sus frecuentes suspiros narraban un relato de ambición reprimida. Por la noche estudiaba minuciosamente libros de texto de microbiología. Soñaba con poner sus grandes manos de dedos romos sobre las sienes de pacientes en salas de hospital. Se veía a sí mismo vestido de blanco como un médico, no en un burdo uniforme de policía.
¿Me creerían si les contara que había dulzura en el corazón del cabo Salah? ¿Que les hablaba con ternura a sus víctimas, instándolas a no tener miedo, incluso cuando laceraba la piel de sus espaldas?
Para ese momento nuestro paradero ya era conocido. Un teniente coronel de la fuerza aérea estadounidense y un mayor de los marines nos trajeron Cheez Whiz y varias cosas más, y un diplomático estadounidense me llevó libros de William Faulkner. A la larga, intervino Bill Richardson, gobernador de mi estado natal, Nuevo México. Daoud e Idriss regresaron a Chad, a la cuerda floja del Sahel. Yo me tambaleé durante 20 horas atravesando el planeta en el jet que pidió prestado el gobernador.
Dos meses más tarde, lavaba ropa cuando sonó el teléfono. Tardé un momento en relacionar la nerviosa voz de la persona que llamaba con ciertas manos musculosas, los dedos que sujetaban los hombros de los hombres, guiándolos con firmeza a un muro salpicado de sudor.
“Hola, mi amigo”, bramó el cabo Salah. Gritaba sobre una línea cruzada. Decía estar en Jartum adonde lo habían transferido, lamentablemente, a una prisión más grande. Me preguntó por mi salud. Pero de lo que en realidad quería hablar era del sorteo de visas para Estados Unidos.
Saint-Louis, Senegal
La última frontera del Sahel era el Atlántico.
Dakar, la capital senegalesa, producía la febril sensación de punto de embarque, ciudad marítima de agresivos vendedores, prostitutas al alcance de cualquier bolsillo y pedazos de cartón aplanados en las aceras donde los cazadores de visas acampaban en filas afuera de las embajadas europeas. Un flujo inverso de jóvenes europeos, tatuados, fumando cigarrillos, cohibidos, caminaba por el muelle. Abordaban transbordadores hacia la Isla de Gorée, para ver la famosa “puerta sin retorno” para los esclavos con destino a las Américas y a Europa (en realidad, de los diez a veintiocho millones de africanos vendidos como esclavos en el Nuevo Mundo pasaron por ahí). Los periódicos senegaleses contaban escabrosas historias de un nuevo éxodo. Los migrantes africanos perecían masivamente al tratar de llegar en canoas motorizadas a las Islas Canarias, un puesto de avanzada de Europa.
Para mí, el Sahel terminó a la puerta de Didier, capitán de uno de estos botes. Lo conocí en Saint-Louis.
Vivía en la playa, en una casucha que se hallaba por encima de la línea de pleamar. Accedió a hablar a regañadientes. Lo que hacía era ilegal. Ya había llevado a las Canarias dos cargas de senegaleses, malienses, guineanos, nigerianos y burkineses. Todos habían empeñado sus bicicletas, las máquinas de coser de pedal de sus esposas, las granjas estériles de sus padres, sus casuchas de los tugurios, todo lo que poseían, para reunir el pasaje de 900 dólares para una versión saheliana de El Dorado: lavar loza en Valencia o vender artículos de cuero en las plazas de Roma. Doce pasajeros que habían pagado el viaje se le murieron. Didier explicaba que se habían vuelto locos. Tragaron agua de mar en el viaje de cinco días y 1 480 kilómetros atravesando las marejadas del Atlántico.
“Leímos el Corán sobre sus cuerpos y los tiramos por la borda –afirmó–. De otro modo comienzan a apestar”.
Didier partía esa tarde con otra canoa. Ganaría una pequeña fortuna, 1 000 dólares (el sueldo de un buen año) en una semana. Era hermosamente musculoso. Pero a pesar de su andar viril en flamantes pantalones de mezclilla y camiseta roja, su mirada caía temerosa hacia dentro. Era un hombre que caminaba en la cuerda floja. Las ambulancias gimieron toda esa tarde en Saint-Louis. Una canoa de emigrantes se había ido a pique cerca de la costa. Más de cien personas estaban desaparecidas.
Cada año, decenas de miles intentan esta travesía. Cientos de ellas mueren. Los europeos enviaban buques de la armada para tratar de detenerlos. Lo que sucedía allí bien podría llamarse la evacuación masiva de África tanto como “migración ilegal.” Era una huida desesperada de una forma de vida que jamás será la nuestra. Un maestro de escuela mal pagado de América del Norte o de Europa no gana diez ni veinte, sino cien veces más que millones de sahelianos. Resulta insensato pensar que una disparidad tan voraz jamás nos tocará. En el atestado barrio de pescadores de Saint-Louis, entre las casuchas donde televisores destartalados vomitaban imbéciles reality shows franceses, y en los callejones de arena salpicados de excremento de cabra, se hablaba de canoas más grandes, o de introducir más barriles de combustible diesel en las bodegas, recreando el antiguo cruce de esclavos hacia el Caribe, hacia EUA.
Miré partir a Didier al atardecer. Lo vi de pie, rígido ante el timón de su barco, con un impermeable rojo; se alejaba lentamente del puerto entre una pantalla de barcas pesqueras. No respondió a mi saludo. Una niñita daba vueltas de carro en la playa entre montones de desechos humanos. Unas aves blancas increíblemente limpias picoteaban cosas. La canoa de Didier se perdía en un mar cada vez más oscuro que parecía bosquejado con carboncillo. Yo estaba con ellos en espíritu. Me vi a mí mismo apiñado en ese bote de tablones. Pero incluso si todos sobreviviéramos, no estaba seguro de que en verdad escaparíamos del Sahel.





Hola.
Saludos a NG.
Muy interesante artículo.
Desearía obtener respuesta a un pequeña duda en cuanto a mi suscripción a la revista : Aún no he resivido el ejemplar de Abril 2008, mi contrato anual continúa vigente y normalmente resivo los ejemplares con aprox. 15 días antes de iniciado el mes correspondiente.
Existe algún error en el envío o el correo ?
Muchas gracias por su atención.
este artículo sobre el sahael me parece muy interesante pues nos exlica más sobre los problemas de millones de seres humanos en una guerra incomprendida por los que habitamos en otros continentes y nos muestra asta que punto los problemas económicos son disfrazados por asuntos religiosos. es un escrito muy humano congratulaciones a su escritor y a la revista.
Es increible como en esos tiempos aún exista lo que nos describe éste artículo. Deberíamos aprender a valorar la vida que llevamos nosotros.
UNA MARAVILLA BAJO EL ORO
La revista para abril no ha llegado en mi casa. Favor de enviarla. Me gusta NG mucho.
Joe Bouchard
129 Kitty hawk Rd.
Cherry Hill, NJ 08002
Gracias
JB
UN EXCELENTE REPORTAJE,MUY PROFESIONAL Y SOBRE TODO DE MUCHA VALENTIA TANTO DEL AUTOR COMO D ESUS ACOMPAÑANTES,TODO PARA QUE EL MUNDO SEPA LO QUE PASA EN ESTAS REGI0NES DEL MUNDO.
este texto habla de realidades que me han parecido muy interesante. a mi , mi profesor de sociales me recomendo un libro k se llama evano, k esta muy bien y esta un poco relaccionado con lo que acabo de leer.
Hola, soy un lector de su revista desde que era pequeño.
Muchas felicidades al creador de este articulo, ya que estaba conciente de los peligros que afrontaria y aun asi se incursiono en el “SAHEL”, permitiendo con ello que podamos conocer la situación real que se vive en un continente como el de Africa.
Woolas yo tambien leo esta revista desde ke soy muy chica. Bueno la verdad es ke me encantan este tipo de reportajes ke hablan de la vida en le Medio Oriente y en Africa. Este articulo fue para mi algo especial pues hablo de algo que me interesa muchisimo. Muchas gracias por hacernos conocer la forma de vida de diferentes partes del mundo.Espero que haya mas sobre Africa.
No puedo decir que leo la revista desde siempre, apenas cuento con 22 años, pero la “descubrí” por mi profesora de geografía de tercer año de bachillerato que nos mandaba a leerla, ella nos la prestaba…Me gusto mucho así que la empecé a comprar hoy en día después de 4 años puedo decir que no me pierdo un número, es primera vez que escribo, y la primera vez que un articulo me pega tanto como este, siempre me ha interesado mucho los temas de África, y me pregunsta es como es que los gobiernos del mundo no se interesan por esto que sucede compran armas en guerra en vez de invertir en la vida.
Lo lamentable de esta situación es que es cierta, quisieramos que lo que escribio Paul Salopek fuera ficción, pero no lo es.
Con esto solo quiero hacer hincapié en que no sabemos valorar lo que tenemos (recursos naturales abundantes), los estamos destruyendo, tirando el futuro de nuestras generaciones a un abismo, no sea que esto que se da como una situación aislada en Africa el continente mas olvidado del mundo, sea el pan de cada dia en nuestro futuro proximo, ya que en base a toda la realidad que nos rodea el ser humano esta provocando que todas las regiones del mundo en algun momento sufran de tanta escaces y esto trae concecucnias muy serias.
chingoneria
Me parecio bastante interesante, ya que al parecer hacer un articulo de esta magnitud no es tan facil como creiamos. Felicito al escritor por el articulo me parecio facinante que nos llevara a un mundo que para muchos es desconocido y que valentia q apesar de haber tenido una experiencia como esta haya tenido el valor de regresar y terminar el reportaje. Ya que para muchos esto ubiese sido un momento traumante para su vida.
Que buenas fotografías, muy buena composición y ante todo muy reales, juegan un papel bien importante pues son las que nos acercan aun más a este conflicto desgarrador.
Me gusto mucho este artículo ya que el tema de las fronteras desde hace tiempo me apasiona y más aun cuando se trata de una realidad tan lejana como es la Africana. Algo similar vivimos en muchos países de América Latina en donde el hambre, la lucha por el territorio a manos de grupos armados son un factor predominante.
Queremos paz.
Felicito muy efusivamente a NG por el interesan-tísmo artículo del Sr. Paul Salopek y a éste por su brillante y atrapante prosa.
Affe.
Donato Bernaola
Hola, este artículo me parecio muy interesante, todo lo que vivió el autor en Africa me parecio muy mal, se que los paises deben proteger su territorio pero no deberian privar al mundo entero de conocimientos acerca de su situación económica y social, más aun cuando es una región que necesita mucha ayuda ya que esta devastada por la guerra.
Respecto al artículo, yo no sabía que el Sahel se había desplazado un poco más al sur con respecto a hace treinta años, esto quiza se deba al avance del desierto o al cambio climático.
Las imágenes me parecioron muy bonitas y reflejan exactamente los sentimientos de la gente de esta región africana. Muy buen trabajo de parte del fotógrafo.
Felicitaciones
La verdad es que pensar en que mientras uno esta como yo ahora tranquila tomando agua helada y escuchando musica hay millones de personas que estan muriendo por algo tan estupido como la religion deberian solucionar sus problemas prohibiendo hacer publica sus opiniones religiosas asi como prohiben la vida ,la libertad y otras cosas
Leer esta historia me ha dejado triste porque me gustaria mucho ayudar pero aun asi me da miedo pasar por situaciones tan terribles (aun asi si tuviera la oportunidad iria) y eso que tuvo suerte porq talvez nunca hubiera podido contar su historia sino ser uno mas en una fosa comun total nadie vio nada
GRacias por contar su historia ojal no tenga que pasar por una situacion asi otra vez
mucha suerte y sigue adelante
Paul Salopek, periodista del Chicago Tribune y colaborador de la National Geographic, gana el premio Pulitzer por sus reportajes sobre la guerra en Africa Central. Salopek logra una magistral crónica sobre su comprometida experiencia en la extensa región de El Sagel africano.
Las autoridades sudanesas lo incriminan como espía; estuvo preso en varias reclusorios; fue golpeado, vejado, humillado y sin embargo, el periodista, quien narra la crónica en primera persona, nunca pierde el equilibrio y la ponderación en el manejo de la información.
Su crónica La Frontera Dividida es un texto cautivante de principio a fin, es una radiografía íntima de un extenso territorio del planeta que ésta generando una de las mayores crisis de refugiados por las interminables guerras, hambrunas y deterioro ambiental que infortunadamente tienen al Africa ecuatorial como principal depositaria.
Salopek resuma su respeto por los nativos y trasmite esa sensación de estrecha confidencia con el lector a través de cada linea de su crónica. Esperamos contar con nuesvas entregas.
Es increíble que el lugar donde se presume inició la vida inteligente, aún haya tanto retraso tecnológico, intelectual y social. La violencia en Africa es prehistórica ¿Cuál será la solución para que los seres humanos vivamos como solo una raza y acabar con la discriminación?
ejemplo de profesionalismo al anteponer la vida misma por un reportaje, mas sin duda es evidencia de la lenta evoluciòn de la humanidad en algunos lugares del planeta, tanto que es dificil de creer que exista tanta maldad y apego a cuestiones politicas y religiosas equivocadas, que mutilan a pueblos enteros, creo que las organizaciones mundiales no hacen gran cosas por detener tanta violacion a los derechos humanos.
Resulta increible, Soy de Costa Rica y soy profesional de la salud, asi que se imaginan la sencibilidad que un reportage como este despierta en mi…. Te pone a pensar como disfrutas de los derechos humanos, libertades y beneficios constitucionales todos los dias sin refleccionar cual es el camino que nos llevo hasta aqui….
Es impresionante lo que pasa en Africa, pero en America Latina no estamos tan lejos…
Es impresionante la complejidad de los problemas africanos; al ver los noticieros, uno no se imagina siquiera cuanto. Este tipo de articulos ofrece a quienes nos interesan estos temas, una radiografia mucho mas clara. Me parecio muy bueno el enfoque que le dieron, desde diferentes puntos, a la situacion en el Sahel. Pero hubo una frase: “estabamos condenados a vivir y a morir de acuerdo con desiciones tomadas por otras personas” que me hizo darme cuenta de que en mi país la sircunstancias no son muy distintas.
felicitaciones y agradecimientos al escritor Paul Saolpek por este documento.
es impresionante la complejidad de los promblemas africanos al ver los notcieros, uno no se imagina siquiera cuanto. Este tipo de articulos ofrece a quienes nos interesan estos temas una radiografia mucho mas clara. Me parecio muy bueno el enfoque que ledieron, desde diferentes puntos, a la situaction en el sahel. Pero hublo una frase:” estabamos condenados a vivir y a morir de acuerdo con desiciones tomadas por otras personas” que me hizo darme cuenta de que en mi pais la sircunstancias no son muy distintas.
felicitaciones y agradecimentos al escritor Sergio Domengaz por este documento.
hola que tal una revista de prestigio y sin plabras totalmente
bueno llevo años escribiendo sobre el tema de las sequias,guerras,enfermedades y hambre,etc…
yo puse los articulos en los foros de las televisiones sobre la hambruna,enfermedades y sequia,bueno tambien de todas las guerras.
pero africa sera el continente donde la sequia,enfermedades,hambrunas sera mayor pero cien veces mas,donde moriran 100 millones solo en africa dentro de poco, y dentro de un par de años seran miles de millones moriran.
me adelantado a la fao y otras organizaciones en estas informaciones y tambien al tema de la crisis mundial,pues escribo y busco miles de informacion cientifica de todo, y resultado, que he visto hace mas de un año venir todo esto, yla gente no a creido en mis escritos,ahora a recoger lo sembrado,la estupidez humana e ignorancia nos llevara a la destruccion de este mundo
va atraer un grae crisis mundial,donde ahora se estan dando cuenta,se estan haciendo las cosas muy lentas,esto a hacer una tragedia humana en el mundo de miles de millones de muertes en un par de años, en cuatro esto se va ha hundir,tiene solucion si, pero los especialistas no saben hacerlo.
a reir un poco y haber que solucion les dan los cientificos,econmista y analista,si no tienen ni idea.
esta muy interesante el tema de los chimpaseses
bye