Una aventura por el río Amazonas

Escrito por: Carl Hoffman el 11 de Abril de 2008 | 5:00 am
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Foto de David Alan Harvey

Llévame al río

Preguntamos a nuestro autor a dónde iría si en ese momento se pudiera ir a cualquier lugar del planeta. “¡Al Amazonas!”, contestó. Y todavía continúa hablando de aquel viaje.

Aquí estoy, en cuerpo y alma. En ningún otro lugar. Aquí: sobre el techo de un barco de madera, navegando por el río Amazonas, rodeado de la selva más grande del mundo. Sin camisa, descalzo. El rió es de un color café suave y reluciente, se alarga 2 250 kilómetros por delante de mí y 4 185 por detrás. Es demasiada agua para comprenderla. A mi lado, coqueteando conmigo, está sentada una deslumbrante belleza brasileña de pelo azabache. Se llama Carolina y tiene cuatro años. Estamos concentradísimos jugando a las pulgas, utilizando los anillos de latas de cerveza. El cielo es alto, ancho, épico… con una brisa que es como si alguien hubiera puesto el ventilador a velocidad baja. El ritmo doble de una samba adornada de acordeón llega hasta nosotros desde la cubierta de abajo. Se me hace agua la boca, al oler los pescados que se están asando en una parrilla.

Lo que me trajo hasta aquí es la típica historia del viaje repentino. Retrocedo 26 años, a un viernes de invierno en Massachussets. Estoy en la universidad, matando tiempo con unos compañeros. “¿Han estado en Montreal alguna vez?”, pregunta uno de nosotros. El resto niega con la cabeza. “Entonces, ¡vámonos, ya!”. Y pues sí, allá fuimos. Volándonos las clases de la tarde, apretujados en un viejo Ford Pinto al que le faltaba una ventanilla y sin mapa. Resultó un fin de semana dionisiaco; nos fuimos tres y regresamos cuatro, la cuarta persona era una extraña y pálida estudiante canadiense, apretujada en el asiento de atrás como un ratoncito, en su propio viaje repentino.

Viajar era así en aquellos días. Travesías frescas, espontáneas, repentinas, que en sí mismas eran unas verdaderas aventuras. Sin reservaciones, ni mapas, ni dinero. Viajes sin preparación ni propósito, sólo marchar, salir, rodar por la carretera y absorber un poco del lugar a dónde se llegara.

Y así fue que dos décadas –y media– más tarde, sentados alrededor de una mesa con pasta y vino, con mis hijos adolescentes absortos con sus Ipods gruñendo, los adultos recordamos aquellas peripecias de juventud. Yo conté mi historia de Montreal. Nos reímos, seguimos bebiendo, y de pronto creció el silencio. ¿Qué había pasado con nuestra pasión por viajar sin guión?

Por eso, un mes después estoy en Iquitos, Perú, frente al río Amazonas. “¿Dónde irías si te pudieras ir a cualquier lugar del planeta por una semana?”, un comensal había preguntado esa noche, y añadió, “no lo pienses; di lo primero que se te pase por la cabeza”.

“El Amazonas”, dejé escapar sin pensarlo. Había estado leyendo a Peter Fleming, Tobías Schneebaum y a Joe Kane; me había visto en la película Aguirre: La furia de Dios, de Werner Herzog. El Amazonas se había colado en mi mente por una década, y ahí se había quedado como mi propia Thule tropical.

Soy un romántico. Me fascina la idea de un lugar tan vasto e inexplorado que, como escribió Flemming en 1934, “puedes creer lo que quieras de estas regiones: nadie tiene autoridad para contradecirte. Puedes postular la existencia de monstruos prehistóricos, de indios blancos, de ciudades en ruinas, de lagos enormes”. Montreal, Amazonas… con aviones y pasaporte, ¿Cuál es la diferencia? La inercia nada más. Miré mi atlas. Iquitos y la ciudad brasileña de Manaus estaban a 900 millas de distancia y eran lo suficientemente grandes como para tener vuelos diarios. Puse una nota en el Thorn Three, el foro de Lonely Planet en la Web. Una hora más tarde tenía toda la información necesaria: barcos locales hacen el viaje en cuatro o cinco días.

Hablo algo de español y nada de Portugués. ¡Qué importa! Ya estoy en camino: una escapada rápida, un viaje para mover un poco el viejo esqueleto; algo épico en una sola semana.

Iquitos, el principal puerto amazónico de Perú, está a 3,700 sinuosos kilómetros de la desembocadura del Amazonas en el océano Atlántico, sólo es accesible por barco o por avión. Es una ciudad calurosa, húmeda, huele a humo, pescado y lluvia sobre concreto. Me deprime al instante. Llego justo en el momento de la puesta de sol, parece que todos los pobladores de la ciudad llenan el paseo junto al río. Un circo húmedo. Veo malabaristas y un payaso travestido; parejitas de la mano; vendedores de globos, de chicles, de aretes; indigentes y niños limpiabotas. Pero así es el Amazonas, señales de lo primitivo y romántico están por todas partes. Un mendigo se pasea de la mano de un chango vestido con shorts y playera. Dentro de un apretado círculo de espectadores, una mujer baila al ritmo de los tambores y las flautas andinas, mientras que una boa y otras serpientes se retuercen por su cuerpo. Le brillan los ojos y está llena de vida, tiene 19 años. Se llama Margarita. “Soy de Pebas, río abajo”, dice durante un descanso. “Me gustan las serpientes. Yo misma las atrapo en la selva, en un lugar a dos días arriba del río Napo”. Es así de repentino. Un día avanzo con dificultad por mi vida rutinaria en mi pueblo, en Estados Unidos, y al siguiente me encuentro dentro de una fantasía selvática con changos y serpientes.

En la mañana, me compro el boleto para el “rápido”, un barco que al día siguiente se dirige a la frontera entre Colombia, Perú y Brasil, unos 485 kilómetros río abajo. Necesitaré víveres para el viaje. En otra ocasión, fueron papas y cervezas de un 7-Eleven; hoy será lo indispensable para pasar cinco días navegando sobre el Amazonas. Cae una lluvia fina mientras camino hacia el mercado de Iquito, frente al río, todo está mojado y tibio. El mercado es un laberinto de puestos llenos de mercancías que se extiende por varias cuadras, una sobrecarga sensorial de humanidad y de sus necesidades y deseos. Reconozco “carne de la selva”: monos y venados. Veo caimán y tortuga. Cabezas de cerdo, y los embutidos hechos con los blancos intestinos. Naranjas, limones y papayas; especias y herramientas; hojas de coca y pirañas; y cuadras enteras del mercado dedicadas en exclusiva a medicinas exóticas y productos afrodisíacos.

“Esta cabeza de anaconda ayuda a atraer dinero”, dice Delia Morales, mostrándome un bote con una cabeza de serpiente flotando en líquido. También me enseña una cápsula –con un tapón para agujas de jeringa– llena de cosas extrañas. “Amuleto –dice–. Miel de amor. Muy bueno para la atracción”. Echo una ojeada a los penes de delfín en jarras (Morales endereza un dedo doblado y me guiña el ojo) y espinas de puercoespín. Pero mis necesidades son más prosaicas. Me compro una hamaca por 12 dólares, bolsas de naranjas, mandarinas y aguacates en su punto, un cuchillo, un puñado de puros liados a mano y, por qué no, ya que es totalmente legal, una bolsita de hojas de coca. Me ofrecen un par de pieles de ocelote, pero prefiero no llevármelas.

A las seis y media de la siguiente mañana, mi “rápido” martillea río abajo sobre el legendario caudal. El cielo está bajo y nublado, y el agua completamente en calma, aunque las nubes se mueven rápido por encima de nuestras cabezas, coloreadas con todos los tonos imaginables de gris y plata. El “rápido” es sólo el primer paso para alcanzar la frontera, donde espero tomar un barco más lento, más grande y más relajante. Es largo, estrecho y cerrado, con una cubierta techada de fibra de vidrio con siete filas de asientos; parece un autobús escolar, y tiene un par de motores fuera borda Yamaha de 225 caballos. Mi ventana es grande y está abierta, me encuentro a tan sólo un poco más de medio metro por encima del agua. En 10 minutos ya nos hemos alejado de la ciudad; no veo nada más que agua, selva y cielo. Pero esto no dura mucho. De pronto, nos cubre una nube de humo gris que sale de la trampilla de popa, y los motores se paran. Desembarcamos en una playa de lodo y la tripulación salta al agua. Empiezan a destripar los motores. El hombre que estaba sentado junto a mí se pone nervioso. “Voy a ver a mi novia por una sola noche en Tabatinga, en Brasil –exclama mirando su reloj– ¡Sólo una noche!”

Me subo al techo del barco y me relajo, hundiendo mis talones en las arenas del tic tac del reloj: yo tengo todo el tiempo del mundo. Dos horas más tarde salimos, con un solo motor. Se suponía que llegaríamos a las dos, pero ahora nadie puede predecir exactamente a qué hora arribaremos. En algún momento por la noche. Pero yo ya he encontrado mi lugar: en el techo. Las nubes flotan a la deriva, el barco avanza sin prisa y la brisa es fresca y perfecta. Reclinado sobre las maletas, que están cubiertas con un hule naranja, veo pequeños delfines arqueando la espalda sobre la superficie. Martines pescadores aparecen repentinamente de las copas de los árboles planeando veloces y muy cerca del agua del río.

Ocasionalmente pasamos alguna piragua, una casa o dos, con tejados de palma y niños saludando. Aquí no hay nada. Únicamente cielo, río y selva, hora tras hora. Entonces me percato, por primera vez, de la escala de la cuenca del Amazonas. Inconmensurablemente vasta. En este lugar hay personas que nunca han visto un rascacielos. Loros y guacamayas, jaguares y osos perezosos. ¿A quién le importa que no llegue a verlos? Estoy aquí para olvidarme de mi propia vida por una semana. Lo que me sorprende es lo fácil que todo está sucediendo, lo rápido que este mundo de cielo y río se ha convertido en el único mundo real. Contemplo la selva que absorbe mi alrededor, incluso mi imaginación.

Cerca de las cuatro y media, repostamos en un pueblito bien cuidado y limpio, el motor está en marcha. El río resplandece. El atardecer en el Ecuador es repentino; de pronto ya es de noche. Una diminuta luna creciente se asienta en el horizonte y la Vía Láctea se distingue tan bien que simula una nube blanca, tan cercana que la podría tocar con mis dedos como si fuera crema. En la oscuridad, sin poder ver nada, alcanzo a percibir mejor el olor: rico, fecundo, húmedo. Los ríos son carreteras milenarias. El explorador español, Francisco de Orellana, debió de oler este mismo aroma y ver esta misma luna en 1542. Al igual que el naturalista Alfred Russel Wallace, en 1850, y Tobías Schneebaum, quien en 1955 abandonó su ropa y desapareció durante meses entre los nativos. En los ríos, el tiempo se para y fluye con los siglos; quedan pocos lugares donde es posible ver y experimentar el mundo tal y como era hace mucho tiempo.
Llegamos a Santa Rosa, todavía Perú, alrededor de la medianoche (con 10 horas de retraso). Es un pueblito diminuto, un lugar fronterizo. Al otro lado del río observamos titilar las luces de Leticia, Colombia y las de Tabatinga, allá en Brasil. La oscuridad es total. En el embarcadero flotante del pueblo, un policía recoge nuestros pasaportes a la luz de su linterna, y en la tibia oscuridad le seguimos hacia la ribera, atravesando una tabla de 15 centímetros de ancho. Esperamos a que sellen nuestros pasaportes en la entrada de la comisaría local. Y vaya si esperamos. El amante se agita, su noche de amor está casi consumida y quién sabe si encontrará todavía a su novia –no tiene forma de ponerse en contacto con ella. Al parecer, la persona que sella los pasaportes está borracho. El amante y algunos de nosotros tomamos una decisión: recogemos nuestros pasaportes y nos vamos de todas formas. Alquilamos un barquito para cruzar al otro lado del río.

En la oscuridad, la situación es irreal, nubes de insectos nos rodean atraídos por la luz de unas pocas linternas, pero en poco tiempo estamos en Brasil. Las calles de Tabatinga están desiertas y silenciosas. Unos pocos perros nos observan a través de las puertas. Un borracho duerme en el suelo de la calle. Hace calor, todo está tranquilo y húmedo. Vagamos por las calles en busca de un taxi. Yo sigo al amante, que según él, sabe a dónde va, aunque en realidad lo ignora. Finalmente alza sus manos. Nunca ha estado aquí, lo admite: está perdido. Veo un cartel, arriba de un restaurante, que dice “Hotel”, toco a la puerta. Aparece un hombre somnoliento que me conduce a una habitación muy sencilla de cemento. Me duermo pensando en el amante perdido, buscando en la oscuridad.

A la mañana siguiente me despierto, el lugar es otro. Me encuentro en una de las intersecciones más bulliciosas de Tabatinga. Todo está bien. Tomo un taxi y en cinco minutos estamos en el puerto. Mis sueños se han hecho realidad. Amarrado a la dársena hay un barco amazónico de 30 metros (cien pies), el Almirante Monteiro, hecho de madera, tres cubiertas de alto, elegante arrufadura y combés bajo que termina en una popa curva. “Zarpamos a las tres de la tarde”, me dice el hombre que recolecta el dinero de los pasajes sentado frente a una mesa plegable. “Setenta dólares por hamaca”.

A las 3:40, con tres toques de su sirena, el Monteiro se aparta del embarcadero y se une a la corriente río abajo. La primera cubierta está llena de mercancía: cajas, motocicletas, racimos de plátanos verdes. La segunda es un espacio abierto donde cuelgan las hamacas; yo coloco la mía mirando hacia la popa. La cubierta superior está vacía, salvo por un bar con unas pocas mesas y sillas de plástico. Destapo una cerveza y me apoyo en la baranda; no hay nada mejor que el tamborileo de los motores del barco, que surge suavemente desde abajo. Es el sonido de la escapada; el barco es mi mundo, y no tengo que estar en ningún lugar y nada que hacer por cuatro días.

El río tiene poco menos de un kilómetro de ancho, y en estos momentos me parece que nunca se acaba. De nuevo me asalta la idea de la Tierra dominada y definida por el agua, los continentes, islas en una gran masa de líquido que es más camino que cualquier carretera. Desde aquí podemos navegar hasta el océano Atlántico, y de ahí podemos llegar a todos los lugares. Aunque me encuentro en las profundidades de la selva más enorme, me siento extrañamente conectado con el resto del mundo.

A las 6:30 la oscuridad desciende, pero la cubierta superior se despierta, brillando con las luces blancas y rojas del bar, la samba palpitando a través del equipo de sonido. Me quedo un rato con mis compañeros de viaje, disfrutando del aire fragante: Lawrence, de treinta y tantos años, un contador inglés que al parecer no puede mantener un empleo fijo; Astrid, una mujer austriaca que trabaja para las Naciones Unidas en Nueva York; Kwang Hee, un turista surcoreano de 26 años con el pelo de Einstein. Fernando va a comprar ropa a Manaus con sus sobrinas, Jesse y Deborah, para abastecer las tiendas que son su negocio. Cuando todos hemos tomado demasiadas cervezas, de pronto Fernando abre una botella de aguardiente Cristal –un licor parecido al ouzo, que Fernando insiste en tomar con limón y sal. Una botella, dos botellas. Mañana no hay que ir a ningún lugar, ninguna cita a la que llegar temprano, así que podemos tomar cuanto queramos. Y podemos platicar –“visitar”, como diría mi abuela de las largas conversaciones entre la gente de su nativa Dakota del Norte– porque no hay nada más que hacer. Fernando jura, tal vez con demasiada insistencia, que no es un traficante de droga. Astrid se debate entre su amor y odio por Nueva York. Kwang Hee está perdido entre su pasión por las bambalinas y un trabajo respetable. Jesse y Deborah bailan juntas como si la samba estuviera conectada directamente a sus brazos y piernas.

Estamos dentro de una burbuja, con la extraña y liberadora sensación que sólo pueden dar los viajes largos. No hay jefes con los que reportarse, no hay cuentas que pagar. En los viejos tiempos –medito para mis adentros– los viajes a través del continente en tren o a otro continente en barco eran así. Una suspensión del tiempo y una oportunidad para reflexionar. Me siento feliz y vivo; agradecido de haber podido librarme de la poderosa inercia de la vida rutinaria.

Y así va la cosa. Una campana toca a las seis de la mañana, para anunciar el desayuno… de nuevo a las 11 y a las seis para el almuerzo y la cena. Comemos alrededor de una larga mesa, somos 10 comensales, nos sirven grandes platos con arroz, frijoles, fideos y pollo sazonado con mucha farina y una salsa picante y casera, y para finalizar un café negro, tan dulce y espeso como helado. Luego, dormitamos en nuestras hamacas. Paramos en pueblos donde grupos de gente casi hunden los embarcaderos flotantes cuando se acercan a llevarse sacos de carbón, bolsas de hielo, ollas, sartenes y personas. En un lugar, una traca de fuegos artificiales contesta a la sirena de nuestro barco. Recorremos kilómetros y kilómetros, horas y horas de únicamente marañas de árboles verdes. A veces nos encontramos a pocos metros de la ribera, otras flotamos en medio del ancho río entre remolinos de corrientes lánguidas e islas flotantes de jacintos acuáticos. Jugamos cartas y leemos. Nos tostamos la piel al sol, comemos y bebemos demasiada cerveza. No me aburro ni un segundo.

Me paso una tarde recostado contra el puente de la cabina, acompañando a Calisto Medica Ucer, el piloto del barco. La cabina es pequeña y simple: un timón de cobre, dos aceleradores gemelos y un medidor de profundidad. Medina Ucer tendrá unos 50 años, y ha pasado más de 20 en el río. Es bajo y fuerte, con un rostro amable. “Yo era maestro de guitarra –me cuenta– pero venían demasiados alumnos a mi casa. Mi familia se volvía loca”. Trabaja en el río durante semanas seguidas, desde Tabatinga, pasando por Manaus, hasta Belem, y luego de regreso, con ocho días de descanso entre salida y salida. El río cambia constantemente, pero él no utiliza cartas de navegación. “Yo leo el viento y el agua”, relata, encogiendo los hombros. El Amazonas, dice, “alimenta mi alma. La vibración del barco, los delfines, la luz son buenos para mi espíritu. Después de ocho días en casa, ya me quiero regresar de nuevo al río”.

Sé perfectamente de lo que habla. Rayos tormentosos destellan en el horizonte negro, mientras sobre nosotros el cielo está completamente despejado, la constelación de la Cruz del Sur reconfortante y familiar. A la mañana siguiente, mi cuarta en el Almirante Monteiro y mi quinta en el Amazonas, siento una ligera tristeza; esta noche arribamos a Manaus, nuestro destino final.

Manaus, todavía a unos mil seiscientos kilómetros del océano Atlántico, me sobresalta. Millones de luces; rascacielos; buques trasatlánticos. La samba de nuestro barco se detiene, el bar cierra y descendemos al embarcadero. Rápido, como si despertáramos de un sueño, nos dispersamos. En 10 minutos el barco esta vacío y yo voy en un taxi hacia un hotel con aire acondicionado.

A la mañana siguiente, no puedo evitarlo: una fuerza superior a mí encamina mis pasos hacia el muelle. Unas viejas escaleras de hierro conducen a una plancha provisional de metal que se conecta con un dique flotante de acero. Hay cinco barcos grandes como el Monteiro amarrados. El sol es abrasador, el aire caliente y húmedo. La samba –melodías rápidas, exuberantes, que hacen mover hasta los pies y las caderas más endurecidos– resuena a todo volumen desde el muro de bocinas de un hermoso y viejo barco, con puertas y mamparas de madera barnizada. Huele rico, a cerveza, a pescado, a sudor y a frutas pasadas de maduras, a humo; un olor ya familiar y bienvenido.

Los barcos se dirigen a todos los rumbos de esta vasta región: siete días río arriba hasta Tabatinga; cuatro río abajo hasta Belem. Cada uno de estos lugares, ahora lo sé, es un mundo en sí mismo, un universo dinámico, un escenario teatral que se renueva en cada viaje. La gente empieza a untarse el bronceador sobre la piel, a abrir cervezas, a balancearse al ritmo de la samba, porque su viaje no será de horas, sino de días. El viaje es una larga pausa. Si no hubiera vivido mi propia travesía en barco hasta aquí, este muelle no significaría nada. Pero al haber llegado aquí, tras cinco días sobre uno de los ríos más poderosos del planeta, siento como si hubiera navegado sobre la arteria palpitante de la mismísima Amazonia. Aunque, en realidad, ni siquiera me traje un mapa. ¿Qué más se puede pedir de un viaje repentino?

Información práctica

Iquitos, Perú, se encuentra en el huso horario EST (Eastern Estándar Time), -como Quintana Roo. Manaus, Brasil, está a una hora por delante del EST. Para telefonear a Iquitos, hay que marcar la lada internacional, la lada del país 51, la lada de la ciudad 94, y el número; para Manaus, la lada del país es 55, y la de la ciudad es 92. El aeropuerto internacional más cercano para Iquitos es el Aeropuerto Jorge Chávez en Lima, Perú; de ahí, hay servicio doméstico al aeropuerto de Iquitos. Manaus tiene su propio aeropuerto internacional. Los ciudadanos mexicanos necesitan un visado para visitar Brasil y para Perú. La moneda de Perú es el nuevo sol (PEN); la de Brasil es el real (BRL).

6 comentarios

  1. Escrito por carlos zapata:

    hermosisima fotografia Carl.
    que belleza de movimiento

  2. Escrito por carlos zapata:

    No se si este sea el procedimiento, pero si alguien desea compartir fotografias puede hacerlo.Soy apasionado de la fotografía hace muchos años,tengo en mi computador mas de 15.000 fotos. saludos. Carlos

  3. Escrito por Sofia Moreno:

    Buena foto.. Carlos me gustaria compartir fotos con tigo.

  4. Escrito por Sofia Moreno:

    sofiamoreno16@hotmail.com

  5. Escrito por merce:

    En agosto voy a ir de Iquitos a Manaus en barco. Me han parecido muy interesantes tus observaciones. Algun consejo en particular? Que tal los mosquitos?
    Un abrazo, merce

  6. Escrito por juan david:

    es muy interesante este texto, ya que demuestra grandes propositos con respectos al rio más importantes del mundo, que es el rio amazonas.
    Aunque hay que tener encuenta que deberian mostrar una diagrama del caudal del amazonas, en relacion a los ultimos años.

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