Nací para ser salvaje

Escrito por: Kelly Patrick J. el 18 de Abril de 2008 | 6:00 am
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Foto de Justin Guariglia

Nací para ser salvaje

Un asalariado maduro cambia su silla reclinable Barcalounger por una motocicleta y vuelve a vivir las aventuras de su juventud.

La importancia que tiene un día. Hace 24 horas era un estirado y estresado trabajador que intentaba hallar energías para pedir una pizza antes de quedarme dormido en el sillón. Hoy suena en mi cabeza la canción Born to Be Wild, de Steppenwolf mientras guío a mi corcel de metal por el puente que va de Eagle Pass, Texas, a Piedras Negras, Coahuila.

“Like a true nature’s child, we were born, born to be wild…” Como auténticos hijos de la naturaleza, nacimos para ser salvajes.

Resulta gracioso: estuve a punto de no levantarme del sofá. Las siguientes son algunas del millón de excusas para quedarme en casa: soy maduro y estoy fuera de forma, tengo pocos fondos y debo terminar de pintar la habitación libre.

“Me acabas de explicar por qué necesitas deseperadamente este viaje por carretera”, la voz en el teléfono dijo. Conocí a Tim Bearden hace 30 años en un centro universitario en Texas. Algo que teníamos en común era la práctica del motociclismo. Cuando no estábamos en clases o metiendo en el dormitorio barriles de cerveza a hurtadillas, recorríamos todo Texas hasta las zonas fronterizas con México.

Al terminar la escuela, terminé en el periodismo, mientras que Bearden se convirtió en piloto de avión, y se mantuvo en contacto conmigo, sobre todo para molestarme por haber dejado el motociclismo. Hace poco le puse remedio a la situación al comprar una motocicleta usada que, como yo, ha visto mejores épocas. Y ahora Bearden insistía en que celebráramos la adquisición con un largo viaje por carretera al México colonial.

“Tienes que venir ─dijo Bearden─. Puedes afiliarte a la AARP (Asociación Estadounidense de Jubilados) cuando volvamos”.

Nos pusimos de acuerdo en una ruta de unos cuatro mil kilómetros a través de las tierras altas de la región central, el alma cultural del país. Además, Bearden me tenía una sorpresa: “También viene Murdoch ─A decir de Murdoch, aún cuando James Murdoch III, otro amigo nuestro de la universidad, es ahora un capitán de una importante aerolínea, aún logra montar habitualmente su motocicleta─. De hecho, está cuidando el pie que se le inflamó tras un choque reciente”.

El anochecer nos alcanza en un motel de Piedras Negras, al tiempo que retomamos la madeja donde nos habíamos quedado. Me recuesto en el piso entre las dos camas, rodeado de montones de equipo de motocicleta y latas de cerveza aplastadas, como si estuviera viviendo de nuevo la escena de hace tres decenios en el dormitorio universitario.

Al día siguiente, temprano por la mañana, emprendemos el camino en serio, desplazándonos velozmente hacia el sur bajo un cielo azul sin nubes y en medio del calor del desierto completamente abierto del estado de Coahuila. Bearden, que monta una Triumph Tiger, marca una velocidad escandalosa. En su elegante traje de motociclista (parece Jack La Lanne, padre del fisicoculturismo, después de tomar esteroides) pasa zumbando por todo lo que se halla en la carretera. Lo sigue Murdoch en su moto deportiva Yamaha FJ 1200, sostiene su pierna lastimada en un ángulo extraño. Yo estoy en la retaguardia montando a Liebchen, mi anciana BMW. Espero que la vejiga de aire de alta tecnología que he sujetado al asiento: “garantizada para volver más cómodo el asiento de la silla de ruedas” compense los desgastados amortiguadores de la motocicleta.

Hacia el final de la tarde hemos recorrido unos 560 kilómetros hacia el sur, rumbo al altiplano de la región central de México. Ascendemos por las accidentadas montañas de la Sierra Madre Oriental, donde lo único que nos separa de caer a pique son las señales de advertencia amarillas. Rápidamente aprendo lo que significa curva peligrosa, así como los símbolos universales de curva muy pronunciada y curva muy cerrada. Lo peor son los topes, lomos de burro o badenes, que infestan el sistema carretero mexicano. Los hay en forma de pirámides y de tortugas de hierro en hileras sucesivas. Esto podría explicar por qué los lugareños conducen como si no hubiera un mañana: el mañana sólo traerá más topes.

La luz indicadora de poco combustible se enciende cuando alcanzo a Murdoch y a Bearden en Matehuala, la única ciudad en los alredores con una gasolinera. Después de reabastecernos de combustible, retrocedemos a la carretera de dos carriles que nos llevará a Real de Catorce, a una altitud de 2 800 metros.

Esta otra próspera ciudad donde se extraía plata alcanzó su apogeo en el siglo XIX, luego comenzó una lenta decadencia para sumirse en la oscuridad. Hoy en día atrae a viajeros y cineastas que desean una vista del auténtico México antiguo. Los últimos 25 kilómetros antes de llegar a la ciudad todo es adoquín, que amenaza con hacer vibrar a Liebchen hasta dejar un rastro de piezas. Cuando llegamos al arco que anuncia Bienvenidos a Real de Catorce, siento que he soportado al Padre de todos los topes.

Desde nuestro patio de azotea en el Hotel Corral del Conde, admiramos las distantes colinas y los edificios de piedra derrumbados que dan lugar a un aire de opulencia perdida. La parroquia es una belleza neoclásica que atrae a peregrinos que esperan presenciar un milagro de la imagen de San Francisco de Asís, colocada junto al altar. Hay unas niñas vestidas para su primera comunión formadas frente a él cuando entro para elevar una oración por los pies de Murdoch (dejó caer su motocicleta en un callejón empinado, lastimándose tanto su pie sano como su malo).

Afuera, ataviados con camisas y sombreros multicolores, hay varios indios huicholes, quienes consideran a Real de Catorce el hogar espiritual del maíz, el peyote y el venado sagrados, elementos que aún son parte integral de su cultura. Año con año, los huicholes recorren cientos de kilómetros para recoger botones de peyote que crecen silvestres en las colinas cercanas.

El cactus alucinógeno atrae a otro tipo de peregrino, ejemplificado por una pareja europea que veo despatarrados en una banca del parque. Yo tendría más o menos su edad cuando leí Las enseñanzas de don Juan, de Carlos Castaneda, el éxito editorial al que a menudo se le da crédito por poner a Real de Catorce en el mapa y por presentar a los gringos jóvenes e influenciables la magia y la mezcalina. Ese libro estuvo a punto de enviarme a la academia militar. En la actualidad, me interesa más hallar un plan de seguro dental razonable que alcanzar un estado de conciencia alterado. Compadre, me estoy poniendo viejo.

Hay muchos inversionistas que están convirtiendo los viejos edificios coloniales de Real en hoteles y restaurantes. Una creciente comunidad de artistas y Hollywood ha descubierto el lugar. Hace varios años, Brad Pitt y Julia Roberts rodaron aquí La mexicana.

A Murdoch le han cambiado las vendas de los pies y las apoya en maleteros de motocicleta colocados sobre la cama. Un orfebre local ha reparado el estribo roto de su motocicleta. Mañana será otro día.

Desde Real, nos dirigimos hacia el suroeste, y hacia el final de la tarde nos enfrascamos en un duelo con el tránsito de otra de las ciudades coloniales de México. Zacatecas, situada a una altitud de 2 240 metros en el altiplano árido, fue alguna vez la mayor ciudad productora de plata del mundo, y su riqueza está manifiesta en la arquitectura local. La catedral de Zacatecas, por ejemplo, podría ser la estructura más exuberantemente barroca de todo el país.

La profusión de imágenes religiosas talladas en la cantera rosa sugie una versión católica de los templos de Angkor en Camboya.

Hoy día, esta ciudad universitaria, habitada por 120 mil personas, tiene el atractivo y provoca la sensación de una ciudad europea de moda, con angostas y sinuosas calles, limpias y bien mantenidas. Los estudiantes universitarios elegantemente vestidos deambulan por las aceras y holgazanean en los cafés al aire libre.

La puesta de sol nos pilla en el Cerro de la Bufa, una vista rocosa. Aquí, en 1914 las tropas de Pancho Villa aniquilaron a las fuerzas leales al dictador Victoriano Huerta, batalla de la Revolución Mexicana (1911 a 1921) a la que se rinde homenaje con tres estatuas colosales. En un mausoleo situado a poca distancia se hallan las tumbas de otros héroes zacatecanos. Bearden y Murdoch ordenan las coronas y jarrones de flores del vestíbulo antes de volver a recorrer el sendero que desciende hacia la ciudad.

Yo me quedo a observar la puesta de sol, luego emprendo el camino después de que oscurece, pronto me doy cuenta de mi error.

Después de caer en el polvo salgo por un camino y me topo con una callejoneada. Los juerguistas celebran una boda agitando pañuelos azules y mueven las caderas mientras siguen a una banda de música por las calles serpenteantes. Un mesero me da un vaso de plástico con mezcal y me anima hacia una pequeña plaza donde se están formando hileras para bailar la rumba. En poco tiempo me encuentro rodeado por abuelas que se mueven con el donaire de matadores, y eso que es en una noche entre semana.

A la mañana siguiente hacemos un recorrido guiado por la mina El Edén, otra próspera mina que funcionó durante casi 400 años. Nos ponemos cascos y descendemos cuatro niveles en un elevador, luego seguimos a nuestro guía, que no habla inglés, por una versión de parque temático sobre la historia de la mina. En las enormes cavernas labradas en roca, atravesamos por dioramas de tamaño natural que representan a mineros que utilizan martillos neumáticos y, por último, una escena con esclavos indígenas en taparrabos que suben destartaladas escaleras de 30 metros de altura con enormes cestos sobre las espaldas. Durante el apogeo de la mina, nos informa nuestro guía, los propietarios consideraban que cinco o seis decesos al día no eran una cifra demasiado mala.

De regreso a la superficie nos vestimos para dirigirnos hacia el sur. Repentinamente, en algún lugar entre Zacatecas y Aguascalientes, Bearden se sale de la carretera y se mete en una pradera calcinada. Afirma que ha alcanzado un hito importante. La semana pasada cumplió 50 años. Y en este mismo lugar, apenas hace unos momentos, el odómetro de su Triumph acumuló 50 millas (alrededor de 80 mil kilómetros). Salen los puros y una vela de “50 años” en forma de lápida en la que se lee: “Aquí yacen los restos de mi juventud”.

Bearden agradece “al que está en los cielos” su vida hasta ahora y a su Triumph Tiger por los años de leal servicio. Bajo el calor de más de 40º C, se lanza en una perorata acerca de cómo “los odómetros no sólo cuentan las distancias recorridas, sino aventuras”, cuando un peón de rancho se acerca cabalgando sobre un caballo. Bearden le da un puro y repite su discurso en un español retorcido. El jinete, meditabunod, da unas cuantas fumadas, luego nos dice que debemos buscar a su primo en San Marcos, Texas, como insinuando “él también está viejo y loco”. Comienzo a sospechar que esta ceremonia al borde de la carretera es el motivo principal por el cual Bearden organizó el viaje.

A media tarde nos hallamos de nuevo en el subsuelo, perdidos en un laberinto de túneles debajo de la ciudad de Guanajuato, la siguiente parada en nuestro recorrido. Guanajuato es pintoresco y muy importante desde una perspectiva cultural; además, sería estupendo verla antes de que muramos por envenenamiento con monóxido de carbono. Bearden se da por vencido en su intento por encontrar el camino y toma una salida que conduce hacia la superficie. Nos estacionamos junto a una rotonda donde hay un muy elaborado monumento dedicado a la figura literaria favorita de esta ciudad: Miguel de Cervantes, autor de Don Quijote.

Para orientarnos, nos dirigimos hacia el hito más prominente de Guanajuato, la colosal estatua de El Pípila. Guanajuato se ganó su lugar en la historia mexicana el 28 de septiembre de 1810, cuando un ejército encabezado por el cura Miguel Hidalgo intentó capturar la ciudad. La guarnición española se replegó hacia la Alhóndiga de Granaditas, casa pública para almacenar granos que los rebeldes hallaron impenetrable.

Parecía otra salida en falso para la revolución hasta que un joven minero, El Pípila, se ató a las espaldas una losa, marchó a través de una andanada de disparos de arma de fuego y encendió con una antorcha el portón del granero, permitiendo a las fuerzas rebeldes obtener su primera victoria en su larga lucha por liberarse de España.

El folleto que me informa todo esto menciona asimismo que en un año, los españoles habían tomado de nuevo Guanajuato y que la cabeza del cura Padre Hidalgo, así como la de otros tres dirigentes rebeldes, fueron exhibidas en ganchos colocados en las cuatros esquinas del granero donde permanecieron diez años. Hoy en día, la Alhóndiga de Granaditas es un museo de arte e historia, pero los ganchos permanecen allí.

La ciudad que vigila El Pípila es una fantástica mezcolanza de iglesias, museos, teatros, plazas, hoteles y edificios de oficinas que representan diversos estilos arquitectónicos: barroco, art nouveau, neoclásico y está rodeada de casas pintadas en tonos pastel. Además, puesto que Guanajuato está metido con calzador en un estrecho valle, observamos una ciudad salida de un cuento de hadas, algo que no es del todo real.

Escucho que Bearden enciende su Triumph. El chico que me vendió el folleto monta detrás. Ha accedido a guiarnos a nuestro alojamiento. Muchacho valiente.

Más de una cuarta parte de las más de 80 mil personas que viven en esta ciudad son estudiantes de la Universidad de Guanajuato. Yo diría que por lo menos unas 20 mil han salido esta tarde, lo que tal vez explique el torrente de humanidad que gira a nuestro alrededor en un tránsito completamente paralizado.

A mi derecha está el Jardín de la Unión, el sitio central de reunión donde hay una serie de restaurantes y cafés al aire libre. A mi izquierda está el Teatro Juárez, estructura neoclásica que tiene en el techo estatuas de tamaño real de las musas. Un público está tumbado entre las columnas dóricas y los escalones delanteros observando a un artista callejero.

A medida que avanzamos paso a paso entre el flujo de peatones, vemos (flotando sobre la muchedumbre en majestuosa procesión) a la Santísima Virgen de Guanajuato. Todo el mundo se persigna cuando la estatua dobla a la derecha y sube por los escalones de la Basílica Colegiata de nuestra Señora de Guanajuato. Finalmente, nos estacionamos en una pequeña plaza en la que hay una fuente de piedra, luego cargamos nuestro engranaje y ascendemos unas cuadras hasta la Casa Bertha. Allí, Juan, el gerente, mira sorprendido el equipaje de motocicleta fabricado con material duro que sostengo y pregunta: “¿Trajeron un televisor?”.

A la mañana siguiente, miramos uno de los lugares de interés turístico más extraños de México. El Museo de las Momias exhibe cuerpos desalojados del cercano cementerio municipal. Los cuerpos fueron exhumados cuando las familias de los difuntos dejaron de hacer los pagos al panteón. Los orígenes del museo se remontan a 1894, cuando trabajadores del cementerio advirtieron que las personas desenterradas parecían momificadas, más o menos… (entre las razones destacan la poca humedad y el contenido mineral del suelo). En lugar de desechar los cuerpos, los trabajadores decidieron apoyar los cuerpos contra los muros y cobrar unos cuantos pesos por mirarlos. Otro sitio de interés, al borde de la carretera, había nacido.

Al entrar, trato de no pensar en el relato de Ray Bradbury basado en las momias de Guanajuato que me obsesionó durante mi juventud. Pero comienzo a ponerme fuera de mí incluso antes de llegar a los cuerpos. La primera exposición, Angelitos, tradición y muerte es una colección de solemnes fotografías en blanco y negro de padres que cargan a sus hijos muertos. Los angelitos, vestidos para parecer santos, se ven en paz, evidentemente, pero sus padres parecen realmente obsesionados.

“Vamos, nos esperan las momias”, dice Bearden arrastrándome por un corredor largo y estrecho. Las momias yacen en vitrinas colocadas a lo largo de los muros. Esperan. Paso a toda prisa al lado de damas ataviadas en trajes de noche, caballeros en trajes sucios que les quedan enormes a sus restos, un soldado en cuyo uniforme se ven enormes orificios de proyectiles, bebés en pañales, una niña que abraza una muñeca de trapo y un tipo que no lleva nada puesto más que un calcetín y una sonrisita grotesca.
“Apuesto a que este hombre tiene un relato que contar”, afirma Murdoch.

De repente, tengo 12 años otra vez, y las momias están pensando lo mismo que yo: “¡sáquennos de aquí!”. Culpo a Ray Bradbury.

La mañana siguiente, nos topamos con una escena que provoca otro retorno al pasado de mi juventud. Escolares en formación y vestidos con el mismo uniforme de la escuela católica que yo usaba rodean nuestras motocicletas. Un cambio de bandera y estoy de regreso en la reunión matutina que soporté durante ocho turbulentos años. Cuando los niños marchan a sus clases, siento un absoluto vértigo al escapar en motocicleta, fuera del alcance de cualquier monja tocada.

Desde Guanajuato nos dirigimos hacia el Este a lo largo de una carretera sinuosa de dos carriles por la que ascendemos hasta una altitud aproximada de 2 400 metros y atravesamos un fresco bosque con aroma de pino que me recuerda a la región norte de California. A medida que descendemos la sinuosa montaña, inclino mi motocicleta para tomar una curva cerrada hacia la izquierda en el momento mismo que un contorno borroso color pardo pasa a toda velocidad. Levanto la mirada para ver cómo Murdoch vira bruscamente para esquivar (por poco) a una manada de burros presa de un ataque de pánico. Nos hacemos a un lado para compartir un puro, aún cuando Murdoch no fuma.

“Hermano, la diosa Fortuna está con nosotros en este recorrido”, comenta tosiendo. Esta es la frase de un hombre que tiene las rodillas vendadas y los pies con llagas abiertas.

Convenzo a Murdoch de que intercambiemos motocicletas por un rato. Su Yamaha se siente rígida e implacable en comparación con mi BMW. Pero cuando llego a una recta y giro el acelerador, descubro que lo que se siente como 110 kilómetros por hora en la vieja Liebchen son 170 en la FJ Widowmaker. ¡AJÚA!

Bearden nos espera en la presa Ignacio Allende para conducirnos a la ciudad colonial más famosa de la región. San Miguel de Allende es un centro de las artes e imán que atrae a extranjeros. El homónimo de la presa, hijo de la localidad, desempeñó un papel vital en el primer levantamiento de 1810. Es bien sabido que su cabeza terminó siendo exhibida en el granero de Guanajuato, lo cual dio credibilidad popular a las “semillas de independencia” de San Miguel de Allende.

La reputación de San Miguel como colonia de artistas no despegó sino hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando exsoldados, escritores y personas bohemias provenientes de los Estados Unidos comenzaron a viajar al sur para asistir a las renombradas escuelas de arte e idiomas de la ciudad. Hoy en día, la comunidad de expatriados alcanza un número de más de 11 mil, si se cuentan los estudiantes de idiomas y los visitantes provenientes de países fríos que pasan el invierno allí. Esa es una parte considerable de la población total de apenas 80 mil habitantes.

Cuando entramos en San Miguel desde el noroeste, adelantamos a ciclistas de montaña que llevan puestos cascos y shorts de lycra. Al adentrarnos, comenzamos a ver a angloparlantes de nuestra edad que ataviados con sombreros blandos y shorts militares, pasean a sus perros.

Me detengo para caminar, me siento rodeado por la historia, sin embargo percibo posibilidades infinitas para el futuro. Se necesitan varios días para visitar las galerías de arte, librerías, museos y cantinas. Y a juzgar por los numerosos agentes inmobiliarios y los volantes, casi todos en inglés, por lo que toca a los bienes raíces, imagino que San Miguel debe ser el Beverly Hills de esta zona del país México.

La Parroquia de San Miguel Arcángel, una iglesia de estilo neogótico que parece la creación de un pastelero loco, domina el jardín, plaza principal y punto focal de San Miguel.

Encuentro a mis compadres del otro lado de la plaza reagrupándose en el Café del Jardín. Bearden juguetea con su unidad GPS mientras consulta su mapa carretero. Cuando acerco una silla, nos anuncia que llevamos dos días de retraso en nuestro programa y debemos la recuperar la distancia para esta hora al día siguiente. Empieza a explicarse, pero Murdoch lo interrumpe: “No quiero saber los detalles, dinos, en concreto, el kilometraje”.

Hacia el final de la tarde del día siguiente, nos hallamos a más de 800 kilómetros al norte de San Miguel luchando con el calor de 48º C cuando intentamos alcanzar la frontera antes del anochecer. Un sentimiento de satisfacción eclipsa la miseria que emana de mi trasero. Me dirijo a Texas con mucho más que fugaces atisbos a mi juventud. Vuelvo con un pedazo de mi alma que ni siquiera sabía que faltaba.

Después tendré que comprender exactamente por qué perdí de vista lo que alguna vez me sustentaba: la amistad, la aventura, el motociclismo, el ser un verdadero hijo de la naturaleza, y lo sustituí con la rueda del hámster del trabajo y el tumbarme en el sofá. Quizá justo después de que el sudoroso adolescente con el rifle de asalto termina de revisar a toda prisa la mochila de mi motocicleta.

Hemos llegado al retén militar mexicano, donde los soldados verifican que el tránsito que se dirige a los Estados Unidos no lleve contrabando. Cuando nos preparamos para partir, el joven oficial a cargo espeta: “¡Levántela para arriba!”, Bearden acata la orden, haciendo un enorme caballito, casi yéndose de espaldas con su Triumph. Las tropas lo vitorean y uno de ellos parece dispuesto a lanzar una descarga para celebrar el hecho.

Es durante esos breves segundos, de pie bajo el calcinante sol mexicano y al observar a Bearden coquetear con una calamidad, todo cobra perspectiva. La cuestión no es cómo mi vida dio un vuelco para estancarse en una rutina que me vaciaba el alma. Lo importante es asegurarme de que no suceda de nuevo. Para un tipo de mi edad, la próxima vez podría ser letal.

Cuando alcanzo a Bearden, suena de nuevo en mi cabeza la canción Born to be wild (“Nacido para ser salvaje”), pero esta vez el viejo himno de la década de los años sesenta del siglo XX tiene un animado ritmo latino, y yo trato de inventar una letra que rime con curva peligrosa y, en especial “¡levántela!”.

15 comentarios

  1. Escrito por Claudia Margarita Barenque Flores:

    Esta muy largo lo escrito, no lo leí, la foto es muy buena me recuerda la película mexicana “a toda máquina”, la ímagen es excelente y claro que a todos los que nos pasamos sentados en un sillon de oficina de repente se nos antoja dejar la rutina e ir tras nuevas aventuras sobre una motocicleta ¡que emocionante!

  2. Escrito por Antonio Marin:

    Estoy realmente sorprendido ante el relato que acabo de disfrutar, realmente estoy fascinado con el relato y lo que lo viajes nso pueden despertar, señor, la juventud es permanente “levantela”!!!

  3. Escrito por Karla Davila:

    He disfrutado maravillosamente este relato. Al tiempo de ir leyendo, me transporte a los lugares descritos como si yo hubiera sido compañera de estos viajeros!!! Muy buen el relato, empezando con la imagen.
    La juventud se lleva en el alma y somos nosotros los que decidimos ser jovenes o no.
    Saludos.

  4. Escrito por Ramon:

    Bravo magnifico relato es fotografico lo disfrute.No dejar que nuestra vida de esos vuelcos peligrosos que nos estancan.Felicidades.

  5. Escrito por hector:

    saludos estupenda historia y al parecer sabe mas historia de México que muchos que conozco.

    felicidades

  6. Escrito por Ana Paola:

    Saludos me parece estupenda la historia hasta ganas nos dieron de ir a conocer Guanajuato

  7. Escrito por Arnoldo:

    Saludos a los hermanos bikers, ya que al leer esta vivencia, me hicieron enchinar el cuero, ya que esos
    caminos los he rrecorrido en mi honda magna 1100 con mis hijos hector y fco.arnoldo, nos gusta la libertad y creo que eso lo traemos de nacimiento; no hay persona mas intrépida que el motociclista.

  8. Escrito por De interés:

    Por si es de interés:

    Blog de un colombiano viajando por suramérica en moto:

    http://mobius-viajeporsuramericaenmoto.blogspot.com

  9. Escrito por arturo:

    felicidades !
    exelente redaccion y descripcion de los lugares;
    en septiembre hay una ruta peregrina por los misos lares , partiendo precisamente de piedras negras ,revise amoden.com, continue asi , es lo que nos mantiene vivos!

  10. Escrito por luis arguello h.:

    Que salvaje.

    Como soy cardiopata, y mi medico me recomienda evitar las fuertes emociones, me lo lei al suave, como decimos en NICARAGUA.

    Con 50 años en el motociclismo, habiendo recorrido millones de kilometros, y , sin haber vicitado en moto muchos lugares, me sientomuy emocionado al leer el articulo
    saludes
    luis arguello

  11. Escrito por luis arguello h.:

    Que salvaje.

    Como soy cardiopata, y mi medico me recomienda evitar las fuertes emociones, me lo lei al suave, como decimos en NICARAGUA.

    Con 50 años en el motociclismo, habiendo recorrido millones de kilometros, y , sin haber visitado en moto muchos lugares, me sientomuy emocionado al leer el articulo
    saludes
    luis arguello

  12. Escrito por ARMANDO DOMINGUEZ ROSAS:

    Me pareció fabuloso este sencillo articulo narrado en primera persona,de unos tipos recien entrados en los 50 años de edad , queriendole robar a la vida momentos de total felicidad y libertad,tengo esa edad y me sentí golpeado con la frase, “el ser un verdadero hijo de la naturaleza, y lo sustituí con la rueda del hámster del trabajo y el tumbarme en el sofá.
    Con esto reaccioné a querer robarle también a la vida esa libertad y esa felicidad que se pierde con la rutina.Por otro lado conozco los lugares descritos y me gustan mucho sobre todo San Miguel Allende.

  13. Escrito por JUAN PABLO HERNANDEZ.:

    excelente relato. algo que muchos quisieramos para salir de la rutina y sentirnos mas jovenes.

  14. Escrito por Juan Arocena:

    Que buen relato! comparto 100% con ustedes esta pasión por el motociclismo.Pero además de ser un hermoso relato, cuenta un par de verdades inmensas que no hay que dejar pasar ligeramente. La vida es una sola y hay que tomarla directamente de la botella en envase grande. Las obligaciones diarias y la rutina nos hacen olvidar que de nada sirven todos los esfuerzos que hacemos sino podemos hacer lo que realmente nos gusta y nos permite ser libres de verdad aunque sea por un rato. Quería decirles que al igual que nuestro amigo he cometido el error hace unos años de vender mi Yamaha Virago 750 de 83 la cual me llevó por infinidad de caminos, pero felizmente hay errores como este que se pueden solucionar.
    Les mando un fuerte abrazo y gracias por cmpartir conmigo esta pasión.

    PD. Si todo sale bien en breve estarán leyendo algún relato de algún viaje mío por este rinconcito del mundo.

  15. Escrito por Fernando Hernandez Cortez:

    Excelente relato, que nos ayuda a voltear al pasado de nuestra juventud y nos ayuda a enfrentar el presente y futuro a todas las personas mayores de 50 años para seguir con actividades que nos permita disfrutar diariamente lo que nos gusta y compartirlo con amistades que fueron de trabajo o estudio en la juventud .

    Asimismo al leer el mencionado relato me cimbro en la mente, en el aspecto de dejar el sedentarismo y cambiarlo por actividades sociales y deportivas.

    Gracias por compartir las actividades diarias de nuestra vida y les saludo cordialmente.

    Atentamnete

    Fernando Hernandez Cortez

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