El misterio de la Salida 69

Escrito por: Barbara Lazear Ascher el 25 de Abril de 2008 | 6:51 am
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Foto de David McLain

El misterio de la Salida 69

Presa de un súbito impulso, ella se aparta de la carretera interestatal con el fin de extraviarse, simplemente perderse… Y de pronto, se encuentra en un paisaje más allá del tiempo.

Un neumático pinchado. Figuraciones. Salí a la carretera por mero capricho —sin planes, sin destino alguno—, esperando que las cosas marcharan como lo harían en un dulce recuerdo. ¡Vaya suerte la mía!

Yo de 18 años, el capote abajo, todas las ventanas abiertas. “Come on baby, light my fire…” [“Vamos, nena, enciende mi fuego…”], la radio ruge. Estoy viajando, viajando a donde sea que me conduzca el camino. Tal vez en aquella época también hubo neumáticos pinchados. Quizá justo habíamos destapado una bebida fría y esperamos a que el día refrescara, y luego quitamos las tuercas de la llanta, pusimos la refacción en su lugar, y vayamos ya, vayamos lejos en nuestro VW Sedán o Chevy Impala descapotable.

Ya no tengo 18. La noche está cayendo y mi vista ya no es lo que solía ser. Me encuentro sola, acompañada por un noble perro poodle estándar de color negro, Hugo, que se rehúsa a decir: “Tranquilízate, nena”. De modo que permanezco aquí, en una carretera de dos carriles cuyo pavimento retiene aún el calor abrasador de este día.

Fue una de esas decisiones que se toman espontáneamente. De hecho, menos decisión que impulso. Acababa de visitar a mi madre en la residencia de apoyo y vida asistida donde vive, en Connecticut, y tomé prestada su cómoda camioneta Volvo Cross Country para viajar de regreso a Manhattan. Ella nunca volverá a conducir, pero le mantenemos el coche para no robarle sus sueños. Quizá decidí vivir sus sueños al despedirme de ella. Quién sabe qué fue lo que me hizo virar a la izquierda en vez de a la derecha. Quién sabe qué fue lo que me hizo dirigirme al este en vez de al oeste, o sea en dirección a casa. Pero eso fue lo que hice. De modo que aquí estoy, después de haber tomado la salida 69, donde los árboles crecen más juntos que en otros lados, formando sobre el camino un toldo que invita a seguir adelante. No hay señales de vida, ni de ayuda.

Cambio la llanta, arrojo el neumático pinchado en el compartimiento de atrás y me marcho de ahí, penetrando en el día que desfallece.

Empiezo a cantar. “I’m a rambler, I’m a gambler, and I’m far, far from hooommmme…” [“Soy un vagabundo, me gusta arriesgar, y estoy lejos, lejos de mi hogar…”]

Lo bueno de viajar con un perro es que jamás te dirá: “¡Cómo desafinas!”. Hugo solamente suspira y recarga su cabeza en mi regazo.

Nos encontramos en la Ruta 44, en el este de Connecticut, en dirección noreste. Pasamos por una casa al borde de la carretera, más o menos del siglo XVIII. El aire huele a ensilaje. Las cigarras y las ranas se hacen cargo de la música instrumental. “Don’t fence me in…” [“Déjame ir…”].

La alegría del camino sustituye al disgusto por el percance. Hice lo que tantas veces soñé que haría alguna vez, al volverse largos los días, cuando cierto sesgo de luz atraviesa el piso de la cocina y una sensación de intranquilidad me invade. Esta vez, me evadí.

En la parte de atrás llevo ropa, un poco de alimento para perros, una jarra de agua. No estoy vestida para una aventura oficial. Nada de planes, nada de repasar el periódico, nada de “¿Me llevaré estos zapatos por si hace falta?…”.

Tuve una amiga, madre suburbana de dos niños, que una vez me confió: “A veces, cuando conduzco a casa, tengo la fantasía de que seguiré de largo de mi salida y que tomaré una completamente distinta”. ¿Quién de nosotros no ha sentido tal urgencia al estar al volante? ¿Deseos de darnos un breve receso de las responsabilidades?

No me importa si el perro y yo tenemos que pasar la noche en el auto. El aire es suave, los asientos son reclinables. Al igual que la mayoría de los “adultos”, tengo una hipoteca y un jefe. Lo que no tengo es tiempo. Se me está acabando. Ahora lo he lazado y los próximos días dejaré que me lleve adonde sea su voluntad.

Un letrero: Abingdon. Jamás lo oí mencionar. Conducimos a través de un verde cada vez más profundo en la medida en que se va haciendo más empinada la carretera, con curvas más cerradas. Otro letrero. Putnam. “He oído de ese lugar”, le comento a Hugo, que, sentado en el asiento del copiloto con la espalda recta, frunce la nariz, sacude la cabeza y estornuda. También él ha oído hablar de ese sitio. Un viejo pueblo molinero al noreste de Connecticut que se ha transformado en una Meca para los coleccionistas de antigüedades. Elegimos esa ruta en la encrucijada.

Otra cosa positiva de viajar con un perro: piensas en primera persona del plural. Si eres propenso a la soledad, la primera persona del plural ahuyenta a la melancolía.

Cruzamos un río y entramos a un pueblo de construcciones bajas de ladrillo que alguna vez fueron fábricas y tiendas. Escrito con pintura descolorida se alcanza a leer “Montgomery Ward”, en lo alto de un edificio en la esquina. Montgomery Ward, donde alguna vez las muchachas adquirían vestidos para las fiestas, para sentirse hermosas por una noche en sus vidas. Donde los granjeros compraban sus overoles cuando iban al pueblo.

Me estaciono en un predio de lo que alguna vez fue una estación de tren, bajo a Hugo del coche y camino por una acera donde hay familias disfrutando en mesas al aire libre sorbetes de helados. Un pizarrón más adelante anuncia el “Bar de Mariscos”. Pido la mesa junto a la puerta abierta. Hugo se queda echado afuera, y yo pido un martini de Grey Goose. Derecho. Tres aceitunas. “Muy seco”, le digo a la mesera, ya que he probado demasiado vermouth en demasiados martinis en demasiados pueblos pequeños.

Antes de la gran inundación de 1955, me relata la mesera, refiriéndose al desbordamiento del río provocado por sucesivos huracanes, unos cuantos trabajadores y propietarios de los molinos que se resistieron a emigrar al sur, donde el trabajo es más barato, siguieron viviendo aquí. Cuando las aguas se fueron, se fue también el negocio de los molinos. Imagino que en aquellos días, en este pueblo, el “Bar de Mariscos” debió haber sido un antro de mujeres nudistas.

Pero no esta noche. No en el completamente renovado, entusiasta y activo pueblo de Putnam, Connecticut, donde se me recomienda asegurarme de regresar para el festival “River Lights” (“Luces del Río”). Al río que destruyó gran parte de la economía de la localidad se le celebra ahora por su belleza. “¿Acaso no se arregla todo así?”, puedo escuchar las palabras de mi abuelo.

Al viajar sola, los fantasmas viajan conmigo, es lo que he empezado a notar. El abuelo con su sentido de lo absurdo. Mi padre con sus canciones. Recuerdos de su voz cantando a través de la noche mientras realizábamos uno más de esos viajes familiares a campo traviesa. Ponte a viajar en carretera y el pasado viajará contigo en el asiento de atrás.

Un niño de pantalones cortos rojos se detiene enfrente de Hugo. “¡Mira, papá! ¡Espera! ¡Este es el perro!”. El padre voltea sin dejar de hablar por su teléfono celular.

“¿No estuvo usted en Bloomfield hoy?”, me pregunta el chico, evidentemente entusiasmado.
“Bueno, pues sí.”
“¡Recuerdo a su perro!”, grita triunfal.

Todo el mundo recuerda a Hugo.

“Parece un gorila. ¿Es un perro actor?”

Sí. Supongo que en realidad se ve como un gorila. Y no, no es un perro actor. No que no pudiera serlo, si él quisiera…

Un platón con agua para Hugo y una bebida para mí llegan al mismo tiempo. Ambos damos un trago y nos sumergimos en el lugar. Todo está bien. Todo está muy bien. Estiro las piernas, me recargo y brindo por el escape. Nadie sabe dónde estoy. Nadie sabe mi nombre. Sólo estoy de paso.

Hacia las nueve de la noche los comensales se han marchado, menos yo. En el bar, las personas entre sus veintes y treintas, ríen con la fuerte risa de quien finge no estar borracho, uniendo lentamente las palabras al hablar. Un joven que me ha visto tomar notas se acerca a la mesa para preguntar si todo está bien. Sí, muy bien, digo, pero, ¿acaso él me podría sugerir un lugar donde pasar la noche? Se dirige al bar y regresa con una lista de los albergues con desayuno incluido que hay en la región. Le pido que me indique en orden cuáles son sus cuatro favoritos. Así lo hace. Salgo a la calle para hacer las llamadas.

“¿Tiene una habitación para esta noche?”.
“Sí”.
“Viajo con un perro poodle que se comporta a la perfección…”.
“Oh, no. Me temo que no podemos aceptar perros. Tenemos alpacas”.

El siguiente de la lista está lleno. Decido que ningún plan es el mejor plan, de modo que nos subimos al coche, y sin ser anunciados llegamos a Woodstock, donde las únicas luces son las de las habitaciones en los pisos superiores de simpáticas casas en un exuberante prado. El aire es oscuro y se percibe denso con el aroma de granjas y pinos. El mío es el único coche en la carretera. La silueta de Hugo se ve erguida y oscura en el asiento del copiloto.

Un letrero anuncia una hostería: “The Inn at Woodstock Hill”. Conduzco por una pendiente pronunciada hasta una finca del siglo XIX: una extensa propiedad con una casona rodeada de jardines y prados.

Sí, hay un cuarto. Sí, el perro puede quedarse. Tenemos a disposición la cabaña para huéspedes. No habrá nadie ahí hasta mañana. “Entonces vendrá una pareja de recién casados; rentaron la casa”. Ah sí, a llenar todo el espacio disponible con los dulces sonidos de hacer el amor. Recuerdos.

Los viajes por carretera siempre generan esto, este espacio para la nostalgia que la vida cotidiana mantiene a buen resguardo. La memoria sirve para consolarnos cuando nos movemos hacia lo desconocido.

Hugo lleva a su pulpo azul de peluche tomado de un tentáculo, mientras arrastra los demás sobre la hierba. No importa adónde vayamos, el pulpo viene con nosotros. Por su pulpo habrás de reconocerlo.

Todo lo que yo llevo es una mochila con mi cartera, una navaja del ejército suizo, un silbato con una brújula y un libro de poemas de Wendell Berry.

Si bien quizá con exceso de papel tapiz con patrones de flores demasiado coloridos para nuestro gusto (hablo con toda confianza a nombre del perro, cuyo carácter tiende más bien a lo zen), nuestra habitación al pie de las escaleras, contigua a una placentera estancia, tiene cuatro ventanas que dejan entrar el olor de forraje recién segado. Luciérnagas destellan contra un fondo de silencio. Las estrellas brillan intensamente. Me deslizo entre suaves sábanas y murmuro: “Esto está bien, Hugo. Esto es suficiente”. Y eso es ahora la felicidad, la certeza cabal de que lo que tenemos y donde nos encontramos es suficiente.

Hugo da tres vueltas en círculo, se desploma al piso y suspira.

La mañana relumbra. “Es una mañana de azulejos”, anuncia el fantasma de mi padre. Pago la cuenta, empaco nuestras escasas posesiones y me dirijo hacia donde haya café. Rumbo algún lado.

De día, Woodstock se revela como lo que llamaríamos pintoresco, de no ser porque la gente vive vidas reales aquí. Dirigen una tienda de té, una oficina de correos, una biblioteca, un almacén de antigüedades. Podrías sentirte tentada a decir: “¡Vaya!, es tan lindo como una tarjeta postal”.

Mientras me alejo, contemplo el paisaje, también es tan hermoso como una tarjeta postal. Esta es la Nueva Inglaterra de los litógrafos Currier e Ives. Esta es la Nueva Inglaterra que seduce al visitante para que considere la fantasía de anticiparse a la banca de inversiones para agricultura sustentable.

Dos chicos sin camisa, de siete años de edad aproximadamente, caminan a un costado de la carretera con cañas de pescar. Un letrero nos invita a que nosotros mismos recolectemos arándanos. No lo hacemos. Habremos de seguir errantes. Tomaremos las tranquilas carreteras secundarias a través de un día sin planes que se extiende frente a nosotros.

Campos de cultivo se despliegan a nuestros dos flancos. Hay vacas que sacuden sus rabos ante la inevitabilidad de las moscas. Los dos carriles se sumergen profundamente en la sombra de los árboles, luego emergen otra vez y nos encontramos en las cuatro esquinas donde convergen las rutas 244, 44 y 169, en Pomfret, Connecticut. Otro pueblo pequeño, otro prado verde por toda la aldea, con una blanca iglesia congregacional y casas de contraventanas verdes.

Y debido a que existe algo que podríamos llamar suerte de la carretera, advierto el letrero del Vanilla Bean Café. Al entrar huelo el brebaje amargo. Un hombre atractivo detrás del mostrador me pregunta qué deseo ordenar. No se sirven desayunos completos sino hasta el fin de semana, pero con gusto me prepararía un sándwich de huevo con queso. “Lo recomiendo con pan de rollo”. Tiene el aire amable y seguro como de un pediatra. Sigo su consejo.

Antes de sentarme en una de las mesitas, tomo un periódico local y algunos folletos apilados contra la pared. Me encuentro, de acuerdo con mis lecturas, en el “Rincón Tranquilo” de Connecticut. El rincón nororiental de Connecticut que limita con Massachusetts y Rhode Island. Y para que no vaya yo a pensar que no hay acción en los alrededores, los numerosos caminos secundarios que atraviesan en zig-zag estos campos ofrecen incontables distracciones, incluyendo dos vinaterías y un negocio de importación de cerámica italiana que opera en un granero. De continuar por la Ruta 169 me encontraré en una carretera tan hermosa, que el gobierno la ha nombrado “Panorámica” de manera oficial.

Otro cliente entra. Largo, flaco, salpicado de pintura. “Detrás-del-mostrador” y él se hablan mutuamente por sus nombres.

“Buenos, Randy”.
“Buenos, Craig. ¿Lo de siempre?”.

Asiente. Qué curiosa la manera en que un “lo de siempre” puede hacer que una se sienta en casa. Podría provocar una punzada de nostalgia por mi propia casa, si no estuviera yo celebrando lo inusual.

Craig se sienta en la mesa de junto y comienza a dirigirse a mí del modo simple en el que alguien que pertenece al sitio se explayaría con una inofensiva forastera. ¿De dónde vengo y adónde voy?

“¿Existencialmente?”, sonríe.
“Más geográficamente. Soy de la ciudad de Nueva York, y voy hacia donde me lleven los más hermosos de los caminos”.
“¡Qué afortunada!”.
“Sí, muy afortunada”.
Randy dice: “Mi esposa da terapias de masaje, por si te interesa antes de que te marches”.

Le doy las gracias y le respondo que me parece que Hugo y yo estaremos en algún otro sitio al anochecer.

“Quizá tengas problemas para encontrar un lugar donde quedarte justo ahora, pues hay un evento de antigüedades que se está llevando a cabo en las cercanías. Los sitios se llenan”.

Se queda pensando un minuto. “Si no consigues encontrar nada, siéntete libre de regresar y quedarte con nosotros. Estamos muy cerca, aquí bajando el camino”.

Una de las muchas cosas que me agradan de viajar con el itinerario abierto es que el anonimato que conlleva ofrece una pizarra en blanco para la proyección pura. Una persona generosa, hospitalaria, es capaz de verme como alguien a quien invitaría a pasar a su hogar. Me gusta este súbito golpe de contacto personal. La historia que corre con fluidez. El antídoto contra la intimidad familiar y colegial, con los consiguientes retos. Desde que estoy en el camino he dejado que mi sentido del yo vaya con el viento, tratando inútilmente de guiarlo.

Un tercer hombre entra al lugar. Saluda a los otros dos y se presenta.

“Me llamo Barry Jessurun. Soy el propietario de este establecimiento, junto con mi hermano. ¿Qué le gustaría a usted saber?”.

Me indica quiénes “podrían regañarme”. Me da el número telefónico de alguien que recibe a huéspedes ocasionales. Me recomienda: “Regrese esta noche, pues habrá música. Estamos en el circuito de música bluegrass”.

Le doy las gracias, pero le digo que habré de seguir mi camino.

Y así lo hacemos Hugo y yo. De vuelta en la Ruta 44, para salir en el siguiente camino de tierra que se vea prometedor. Algunas de estas carreteras sin pavimentar conducen hasta otros caminos secundarios. Uno de ellos, luego de casi 10 kilómetros –los iba yo contando– se acaba en una gran piedra lisa.

Es la hora del almuerzo cuando entramos a North Grosvenor Dale, un triste pueblito molinero de fábricas desiertas, con nada que recomendar más que el restaurante Jim’s Pizza, que resulta ser un sitio que merece la pena el viaje, no importa desde dónde. Otro feliz accidente.

El letrero es lo que atrapa mi mirada, lo que me hace dar vuelta en u para regresar. “Magnífica pizza. Magnífica cerveza. Magnífica gente. ¡Acabas de dejarlo atrás!”. Así era, pero de inmediato lo remedié.

Cuatro hombres corpulentos están sentados a una mesa demasiado pequeña para que quepan sus pizzas y sus botellas de pepsi de dos litros, de las cuales beben directamente.

Alcanzo a ver a un hombre y a una joven sudando en la cocina. Ordeno una pizza sencilla de tamaño pequeño, y pago los 4.75 dólares. Cuando me la llevo al coche y empiezo a comer me quedo perpleja a causa de los sabores que tocan mi lengua y permanecen resonando en mi paladar. Esta no es una pizza de servicio-en-tu-coche, esta es una pizza de detente-para-apreciarla. Le doy una mordida a la orilla. Regreso a la pizzería. “¿Dónde obtuvieron esta receta?”, le pregunto a la mujer.

“Por la madre de Jimmy. Mi suegra”.
“Es la mejor que he probado fuera de Italia”.
“El secreto está en la salsa de tomate. Y la masa de la pizza la hacemos nosotros desde el principio”.
“¿Me podría dar la receta?”.
“Es un secreto”.

Y así debe ser. A veces un secreto es lo único que puedes conservar.

No ha habido gran cosa que conservar últimamente en estos pueblos molineros, donde la tristeza se mezcla con el aire, que ahora es aire limpio. Desiertos, a los costados de carreteras poco transitadas, estos son los pueblos fantasma de la Costa Este. Unos cuantos molinos han sido remodelados y albergan galerías de arte y tiendas de antigüedades, y algunas viviendas anexas a molinos han sido restauradas como viviendas para personas de bajos ingresos. Pero muchas de las viejas construcciones de ladrillo que se yerguen a lo largo del cauce de ríos parecen simplemente haber aceptado el fracaso, con sus rotas ventanas parpadeando cual ojos heridos.

Al hacerse más profundo el día comienzo a sentir como si estuviera viajando a través de un museo sobre la vida cotidiana de principios del siglo XIX. Prados verdes de pueblo, uno tras otro, con iglesia antigua y escuela y grandes casas habitación, espaciadas, a la sombra de robles y arces. La Ruta (oficialmente) Panorámica 169. La Ruta no oficialmente panorámica 44. Me dirijo hacia el oeste por otra ruta panorámica no oficial, la 197, y eventualmente me encuentro a las afueras de Union. Aquí tomo un camino secundario hasta el establecimiento Select Seeds, para visitar a una mujer que, junto con su familia, salva semillas de la belleza indígena que se encuentran en granjas abandonadas, belleza plantada por mujeres que anhelaban algo que floreciera en una tierra de rocas. Ella vende plantas de flor que pasan la prueba de nuestros propios jardines traseros. Le prometo regresar cuando tenga un jardín.

Intento seguir sus instrucciones para salir, pero doy vuelta en la dirección contraria, como siempre, y llego a otro camino sin asfaltar. Que sigue y sigue. ¿Treinta minutos, tal vez? Y entonces, de pronto, como Alicia al salir dando tumbos del agujero del conejo, me encuentro en una calle con mucho movimiento donde hay una cafetería Dunkin’ Donuts. La primera que he visto en dos días. Me meto en la gasolinera más cercana.

“¿Dónde me encuentro?”, le pregunto al dependiente.
“Madame”, me dice, haciendo una inclinación y en su voz hay un suave acento del Este de Asia. “Está usted en Dudley, Massachusetts. El lugar más seguro de Estados Unidos”.

Deseo preguntarle cómo salir lo más rápido posible de este el “más seguro” de los lugares, para volver al Estados Unidos de carreteras secundarias. Pero él prosigue.

“No está usted en Bangladesh. No está usted en Pakistán. No está usted ni en Palestina ni en Irak. Es usted una mujer muy afortunada”.

Me quedo de pie en silencio, viéndolo. Junto mis manos frente a mí y me inclino ligeramente.

“Sí”, respondo. “Sí lo soy”.

Barbara Lazear es autora de Landscape without Gravity: A Memoir of Grief.
El fotógrafo David McLain tomó las imágenes para el artículo sobre Maine del ejemplar de Septiembre de 2006 de National Geographic.

Lo esencial
El huso horario de Connecticut es el del Este de Estados Unidos [EST]. Los aeropuertos importantes más cercanos al noreste de Connecticut son el Bradley International Airport, de Hartford, y el T. F. Green Airport, de Providence, R. I. Para marcación telefónica, el código de zona es 860.

4 comentarios

  1. Escrito por Ramon:

    Que interezante descripcion de Barbara Lazear y de aacuerdo es afortunada por la abentura que describe.

  2. Escrito por Norma:

    Me fascinó esta historia, es una descripción tan exacta que me hizo sentir estar ahí o mejor dicho con ganas de estar ahí. Gracias por esa transportación tan exquisita.

  3. Escrito por Antonio Armando:

    Que forma de narrar tiene Barbara Lazear,es verdaderamente fascinante,te transporta y te ves sumergido junto con ella en el relato.

  4. Escrito por Xiomara Betancourt:

    Genial, a eso le llamamos en México “pueblear”, es fantastico y te lleva a conocer el pais de una forma fácil y amena.

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