Edad de oro, jaula de oro

Escrito por: Leslie T. Chang el 30 de Abril de 2008 | 1:07 pm
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Foto de Randy Olson

La nueva clase media china

La repentina prosperidad de China trae consigo libertades nunca antes soñadas. Y nuevas ansiedades.

A los cuatro años de edad, Zhou Jiaying fue inscrita en dos clases de conversación en inglés estadounidense y recibió un nombre occidental: Bella. Sus padres esperaban que pudiera cursar sus estudios universitarios en el extranjero. Al siguiente año la matricularon en clases de actuación. Cuando cumplió ocho años empezó a estudiar piano para adquirir disciplina y ejercitar la mente. Durante los veranos tomaba lecciones de natación porque nadar, decían sus padres, la haría más alta. Bella quería ser abogada, y para eso había que ser alta. A los 10 años tenía una vida plena de opciones pero tan rígida que parecía casi militarizada. Después de las clases hacía la tarea sin supervisión hasta que sus padres llegaban a casa. Entonces venían la comida, el baño y el piano. A veces la dejaban ver televisión, pero sólo los noticiarios. Los sábados asistía a una clase privada de redacción, seguida por las Olimpíadas de Matemáticas; los domingos tenía otra lección de piano y una tutoría para su examen de ingreso a una secundaria de Shanghai. El mejor momento de la semana era el viernes por la tarde, cuando las clases terminaban temprano. Bella podía respirar profundamente y mirar a su alrededor, como el hombre que vislumbra el cielo azul desde los confines del patio de una prisión.

Para la clase media emergente de China, esta es una era tanto de aspiraciones como de ansiedades. Aunque las oportunidades se han multiplicado, cada una conlleva la presión de no ser relegado, y cada adquisición parece venir envuelta en el desengaño de no tener lo más nuevo ni lo mejor. Un departamento que se renovó hace algunos años se ve ya anticuado; un teléfono celular sin videocámara o pantalla a color es una vergüenza. Las clases en inglés coloquial están de moda entre los estudiantes de Shanghai, pero todo cuesta dinero.

La libertad no siempre se traduce en una emancipación para quienes crecieron en un país socialista estable; a veces constituye más bien una lucha interminable por no quedarse rezagado. Un estudio muestra que el estrés es un factor de riesgo para la salud de 45 % de los residentes de las zonas urbanas chinas y los índices más altos se registran entre los estudiantes de secundaria y preparatoria.

El quinto grado ha sido el más duro para Bella. Al terminarlo presentaría los exámenes de admisión para la secundaria. Todos los alumnos eran conscientes de su nivel porque, cuando los maestros entregaban los exámenes, formaban a sus estudiantes en grupos de acuerdo con sus calificaciones. Bella ocupaba un lugar intermedio: decimosegundo o decimotercero en un salón de 25 personas, o inferior si no se concentraba bien. Odiaba Japón, tal como sus libros de texto le habían enseñado: el ejército japonés mató a 300 000 chinos en la masacre de Nankin (Nanjing) en 1937. También odiaba Estados Unidos porque siempre interfería en los asuntos de otros países. Tenía un buen dominio del inglés, su restaurante favorito era Pizza Hut y le gustaban las alitas de pollo de KFC. Su récord en el hula-hula era de 2000 vueltas.

El mejor lugar del mundo era la tienda departamental para niños Baodaxiang, ubicada en Nanjing Road. En su enorme departamento de artículos de papelería, Bella seleccionaba cuidadosamente nuevas adquisiciones para su colección de gomas de borrar. Tenía 30 –guardadas en casa en una lata de galletas– en forma de sandalias, hamburguesas y personajes de caricaturas; todas más pequeñas que la uña del pulgar, envueltas aún en su empaque original de plástico. Cuando sus abuelos la llevaban a esa misma tienda, Bella corría directamente a la sección de juguetes; no así cuando estaba con sus padres: ellos decían que ya estaba muy grande para esas cosas.

Si sacaba buenas calificaciones, sus padres le compraban regalos; pero una mala nota implicaba medidas drásticas en casa. La materia en la que mejor le iba era chino, con el que había logrado dominar el arte de la composición: podía describir un objeto doméstico de una manera moralmente edificante.

El invierno pasado, mi abuela dejó su planta listón fuera de la casa y se olvidó de ella…pero sobrevivió hasta la primavera. Algunas personas dicen que esta planta es menor, pero la listón no escucha órdenes arbitrarias, no teme a las privaciones y sigue luchando ante la adversidad. Este espíritu es digno de elogio.

Le fue mal en matemáticas y las clases de regularización se volvieron una constante; lo serían hasta el examen de admisión a la universidad, para el cual faltaban siete años. Aquí uno es valorado no por lo que hace bien sino por lo que hace mal. El que no es admitido en alguna de las mejores secundarias de Shanghai tiene como condena compañeros de clase mediocres y maestros que sólo repiten lo que está en los libros de texto; las oportunidades de asistir a una buena preparatoria, no se diga universidad, disminuyen.

Hay que mantenerse activo, porque permanecer estático significa quedarse atrás. Así funcionaba el mundo, incluso para alguien que sólo tenía 10 años de edad.

El decenio pasado ha sido testigo del advenimiento de algo que Mao trató de erradicar para siempre: la clase media china, que ahora se estima entre 100 y 150 millones de personas. Aunque las definiciones varían –un estándar es un ingreso per cápita de al menos 10 000 dólares anuales–, las familias de clase media suelen tener un departamento y un automóvil, frecuentan los restaurantes, salen de vacaciones y están familiarizadas con las marcas y las ideas extranjeras. Deben su bienestar a las políticas económicas del gobierno, pero en privado pueden ser muy críticas de la sociedad en la que viven. La reciente falta de injerencia del Estado en la vida privada ha dejado a las personas libres para elegir dónde vivir y trabajar, a dónde viajar, y las oportunidades materiales crecen cada año. Hace un decenio casi todos los automóviles pertenecían a empresas estatales; ahora son muchas las familias que poseen uno.

En 1998, cuando el gobierno aprobó las reformas para comercializar el mercado de la vivienda, era rara la persona que tenía un departamento. Hoy en día es común ser dueño de una casa, y los precios han aumentado tanto que se han vuelto inaccesibles para las parejas jóvenes; es como si todo lo que sucedió en EUA durante los últimos 50 años se condensara en una sola década.

Pero quien tome cualquier periódico notará esa sensación de malestar, resultado de la velocidad del cambio social. Durante varios meses de 2006, estos eran algunos de los temas que cubría el Xinmin Evening News, un popular diario de Shanghai: las jóvenes de preparatoria sufren de trastornos de alimentación; los padres tienen dificultades para elegir el nombre en inglés adecuado para sus hijos; los adolescentes leen novelas sobre homosexuales; las personas en busca de empleo asedian los templos budistas porque la palabra para “Buda recostado”, wofo, se parece a la voz inglesa para “oferta”; los estudiantes universitarios viven juntos sin estar casados.

Los padres se esfuerzan por educar a sus hijos, pero sienten que sus propios conocimientos son obsoletos; los niños, más en sintonía con las tendencias sociales, guían a sus padres a través del laberinto de la vida moderna. “La sociedad ha dado un giro –dice Zhou Xiaohong, sociólogo de la Universidad de Nankin, quien notó por vez primera este fenómeno cuando su propio padre, oficial militar retirado, le preguntó cómo anudarse una corbata de estilo occidental–. Los padres sólo daban órdenes, ahora escuchan a sus hijos”.

Debido a que los padres tienen tantas esperanzas fincadas en ellos, los niños figuran entre los más presionados; habitan un mundo en donde se combina lo antiguo con lo nuevo, el cual presenta los aspectos más duros de ambos. El sistema de exámenes tradicional que selecciona a unos cuantos favorecidos para acceder a la educación superior permanece intacto: el número de estudiantes en edad universitaria que ingresa anualmente a la facultad es de 11 %, mientras que en Estados Unidos esta cifra es de 64 %. Aun así, el deseo de fomentar el desarrollo integral de los estudiantes ha propiciado un exceso de actividades –lecciones de música, inglés, dibujo y artes marciales–, cada una de las cuales se ha convertido en una arena de feroz competencia.

Tales quehaceres son poco placenteros. Las aptitudes en lengua inglesa se clasifican en cinco grados durante el periodo universitario, pero los padres presionan a sus hijos para que aprueben los exámenes con años de antelación. En las ciudades se evalúa el dominio pianístico de los niños con una escala del 1 al 10. En una encuesta se encontró que más de la mitad de los preadolescentes toma clases particulares para “elevar la competitividad del niño en el futuro”.

Los padres están acostumbrados a seguir las tendencias a ciegas y a creer casi todo lo que oyen. El pasado es un país extranjero y el presente también.

“Somos una familia tradicional”. Así se presentó la madre de Bella, Qi Xiayun, cuando la conocí en 2003. Tenía 33 años de edad, el rostro pálido y pequeño de una niña, y hablaba sin parar sobre las dificultades que representaba criar a un hijo. Da clases de computación en una escuela vocacional; su esposo trabaja en el área de control de calidad de la compañía estatal Baosteel. Esos empleos les fueron asignados después de concluida la universidad, como parte de la última generación que se unió a la fuerza laboral socialista antes de que esta comenzara a desintegrarse.

Los padres de Bella se conocieron a la antigua usanza: sus padres los presentaron. Sin embargo, después del nacimiento de Bella en 1993, dieron la espalda a las tradiciones. Decidieron no cenar con sus suegros todas las noches y rechazaron los antiguos métodos de educación infantil que tienden a mimar a los niños.

Bella no cumplía aún dos años cuando su abuela se ofreció a cuidarla, pero a su madre le preocupaba que los abuelos la consintieran. Así que la enviaron a una guardería. Cuando Bella ingresó al tercer grado, su madre dejó de ir por ella a la escuela, obligándola a transbordar autobuses y a cruzar las calles sola. “Tarde o temprano tiene que aprender a ser independiente”, dijo su madre.

Así fue creciendo Bella, una niña parlanchina de largas trenzas y muchas opiniones –demasiadas para las aulas chinas–. Durante el segundo grado, ella y varios compañeros de clase se presentaron en la oficina del director para exigir más tiempo para jugar; la protesta fracasó. Los maestros pusieron en evidencia su temperamento difícil y su tendencia a ser abusiva con otros niños. “Tienes una gran capacidad –dice una boleta de calificaciones de primer grado–, pero una persona debe aprender de los otros para mejorar”. En segundo grado: “Espero que puedas escuchar más las opiniones de los demás”.

La educación de Bella está llena de contradicciones. Sus padres fomentan su sentido de independencia pero les preocupa que en la escuela y en el trabajo la castiguen por su actitud. Les consterna la cantidad de tarea que tiene, pero la llenan de actividades extracurriculares. “No es nuestra intención ser brutales con ella –dice su padre, Zhou Jiliang–, pero el entorno en China no nos deja otra opción”.

Bella les enseña a sus padres el argot moderno y les muestra sitios cool de Internet. Cuando compraron una televisión nueva, ella escogió la marca. Cuando salen a comer, elige Pizza Hut. A ellos les preocupa que, en breve, las tareas escolares rebasarán su capacidad para ayudarla. Cuando Bella era más pequeña, sus padres empezaron a desconectar el teclado y el mouse de la computadora de modo que ella no pudiera conectarse cuando estaba sola en casa. Pero sabían que esta situación no duraría.

Recientemente, el padre de Bella, junto con su hermana y sus primos, internó a su abuelo en un asilo para ancianos. Fue una decisión dolorosa; en China tradicional, cuidar de los viejos cabezas de familia era una responsabilidad irrebatible; por otro lado, los padres de Bella tienen espacio suficiente en su departamento para que sus progenitores puedan mudarse ahí. Sin embargo, Bella anunció que, cuando llegara el momento, internaría a sus padres en el mejor asilo para ancianos.

“En cuanto dijo eso, pensé: cierto, no queremos ser una carga –dice el padre de Bella–. Cuando seamos viejos, venderemos la casa, viajaremos y veremos el mundo, e ingresaremos al asilo y llevaremos una vida tranquila ahí. Esta es la enseñanza que me da mi hija”.

Acompañé a bella a la escuela un viernes cuando estaba en quinto grado. Se levantó de la cama a las 6:25, se puso unos pantalones y una sudadera anaranjada y se amarró al cuello un pañuelo de los Jóvenes Pioneros de China. Sus padres corrían por el estrecho departamento preparándose para el trabajo, y el desayuno quedó olvidado en medio del ajetreo. Su madre la encaminó hasta la esquina, y Bella suspiró y se fue sola hacia la parada del autobús. “Esta es la máxima libertad que tengo en todo el día”.

Hoy habría elecciones para los jefes de grupo de la clase, cargos que son reflejo de los del partido comunista. “Mi madre dice que es muy importante ser jefe de grupo en quinto grado”, dijo Bella. El autobús nos dejó en la selecta Escuela Primaria de Yangpu, que cuesta 1 200 dólares al año y que rechaza a 80 % de sus solicitantes. El aula estaba soleada y llena del bullicio de los niños. Había varias computadoras y un tablero de anuncios con reseñas de películas escritas por los estudiantes: El nacimiento de la nueva China, Buscando a Nemo.

A las 8:30 los alumnos estaban en sus pupitres listos para las elecciones. La joven maestra solicitó candidatos: todos querían el puesto. “Este semestre quiero quitarme el hábito de morderme las uñas, para que no me llamen El rey come uñas”, dijo un niño que era candidato a jefe de propaganda.

“No interrumpiré en la clase –dijo una niña que llevaba puesto un suéter a rayas, postulada para ser jefa de grupo–. Por favor, voten todos por mí”.

Los discursos seguían un modelo establecido: mencionar un defecto personal, prometer enmendarlo y solicitar votos. La estrategia de campaña era la autocrítica.

Los que se salían del esquema eran puestos en evidencia. “Mis calificaciones no son muy buenas porque escribo mal muchas palabras”, dijo una niña que era candidata a jefa académica. “Por favor, todos voten por mí”. “¿Escribes mal las palabras, por favor voten por mí? –la imitó la maestra–. ¿Qué te faltó?”.

La niña intentó de nuevo. “Quiero trabajar para enmendar este mal hábito. Por favor, todos voten por mí”. Bella dio su discurso para jefa de deportes. “Soy muy responsable y mis habilidades administrativas son bastante buenas –dijo sin aliento–. A veces tengo conflictos con otros estudiantes. Si votan por mí, eso me ayudará a cambiar mis malos hábitos. Por favor denme todos su voto”. En una competencia de tres candidatos, Bella alcanzó la victoria por un solo voto. Como todo lo demás en la escuela, el día de la elección terminó con una moraleja. “No se sientan mal si perdieron esta vez –dijo la maestra–. Sólo significa que deben trabajar aún más duro. No deben sentirse relajados simplemente porque perdieron”.

El lenguaje de la enseñanza infantil es severamente darwiniano. “Las elecciones enseñan a los estudiantes a hacerse más fuertes”, dijo durante el almuerzo en la cafetería de maestros la maestra de Bella, Lu Yan. “En el futuro se enfrentarán a la presión y a la competencia. Necesitan saber cómo afrontar la derrota”.

En algunas escuelas, el sueldo de los maestros depende del rendimiento de los estudiantes en los exámenes, por lo que la presión para ellos también es intensa. En la clase de Bella había habido recientemente una caída en las calificaciones, y la maestra les rogó a los padres que la ayudaran a identificar la causa. Lu Yan acababa de obtener su título universitario de una carrera de cuatro años en la escuela nocturna, y planeaba estudiar inglés a continuación. Todos sus colegas tomaban clases privadas; incluso el subdirector estaba inscrito en un curso de tecnología educativa los fines de semana. Una maestra de matemáticas fue despedida a tres semanas de iniciado el año escolar porque los padres de familia se quejaron de que cubría muy poco material en clases.

La vida no siempre se sentirá así. Habiendo crecido en un medio de libertad de elección y competencia, la siguiente generación de padres quizá se sienta menos obligada a cifrar todas las esperanzas en sus hijos. “Esta es la época más difícil –dice Wang Jie, socióloga y a la vez madre de un hijo único–. En mi generación, tenemos ideas tradicionales y nuevas. Dentro de nosotros los dos mundos están en guerra”. Ese mismo día, más tarde, los alumnos de quinto grado revisaron en la clase de matemáticas la división de decimales con métodos de las Olimpíadas de Matemáticas, que adiestran a los niños para usar atajos mentales.

En la clase de gimnasia todos los niños corrían alrededor de una cancha y el más lento de cada grupo era penalizado con una vuelta adicional. Las clases terminaban a la 1:30 los viernes. El autobús dejó a Bella fuera de su edificio, donde entró luego de comprar una paleta helada. Su fin de semana estaba atestado de clases privadas, de modo que el viernes era el mejor momento para terminar la tarea. Le dije que, en Estados Unidos ningún niño de 10 años hacía la tarea el viernes en la tarde. “Deben ser muy felices”, dijo Bella.

Durante los cinco años que han transcurrido desde que conocí a Bella y a su familia, sus vidas se han transformado. Se mudaron a un nuevo departamento de tres recámaras –casi del doble del tamaño del anterior, que ahora alquilan– y lo llenaron de electrodomésticos de marcas extranjeras. Adquirieron su primer automóvil, un Volkswagen Bora, y dejaron de usar el transporte público. Ahora van a restaurantes un par de veces por semana, y tienen aire acondicionado todo el verano. A los 12 años de edad, Bella obtuvo su primer teléfono celular: un Panasonic rosa de 250 dólares. El ingreso anual de sus padres alcanzó los 18 000 dólares, 40 % más que cuando nos conocimos.

A medida que el nivel económico de la familia de Bella mejoraba, el mundo se les tornaba más inseguro. Su empleada doméstica les robó y se esfumó. Varios de sus amigos tuvieron accidentes automovilísticos serios. Un día el padre de Bella la descubrió con una carta en la mano de un hombre que había conocido en internet. Cambiaron las cerraduras y el número telefónico del departamento. Su padre la llevaba a la escuela y la recogía porque consideraba que el vecindario era peligroso.

La madre de Bella asumió más responsabilidades administrativas en el trabajo y se inscribió en una clase los fines de semana para poder estudiar una maestría. El padre pensaba cambiar su automóvil por un modelo más reciente, con más espacio y una mejor aceleración. Frecuentemente se referían a sí mismos como si fueran teléfonos celulares al borde de la obsolescencia. “Si no te sigues actualizando y recargando –dijo el padre de Bella– serás eliminado”.

La movilidad social tiene dos caras. Un amigo de la madre de Bella dejó de frecuentar las reuniones de su generación escolar porque le avergonzaba ser un guardia de seguridad. La compañía de un amigo de la familia se fue a la quiebra, y su hija, de la edad de Bella, empezó a comprar ropa en tiendas de descuento. La sociedad se estaba fragmentando con base en pequeñas diferencias. Ciertos miembros de la familia, tan sólo una década más jóvenes que los padres de Bella, vivían en otro mundo. Una prima cenaba en restaurantes todas las noches y dejaba a su bebé al cuidado de sus abuelos para poder concentrarse en su carrera. La hermana menor del padre de Bella, que no tenía hijos, no reparaba en adquirir un costoso boleto de avión para ir a cualquier lado el fin de semana. Los amigos con empresas privadas tenían un segundo hijo aunque tuvieran que pagar una multa; los padres de Bella, muy probablemente, saldrían despedidos de sus empresas estatales si hicieran tal cosa.

Bella aprobó el examen para ingresar a una de las mejores secundarias de Shanghai, donde los maestros a menudo retienen a los estudiantes más allá de las cinco de la tarde mientras sus padres esperan pacientemente afuera en sus automóviles. Está en el nivel tres de inglés y en el nivel ocho de piano. Aún pertenece a la media de su clase, pero ha perdido la fe en el mundo de los adultos.

Ahora mira con desdén las elecciones de la clase. “Es mucho trabajo –dice– y la maestra siempre te está señalando como un modelo a seguir. Si te metes en problemas y te degradan pasas muchas vergüenzas”. Le encantan las películas de Hollywood –en especial La guerra de las galaxias y las historias de desastres– y pasa horas hablando en internet con sus amigos sobre el detective Conan, el personaje de un cómic japonés. Piensa casarse con un extranjero porque son más ricos y más confiables.

Sus padres ya no la ayudan con su tarea escolar; en inglés hablado los ha superado. La sermonean para que sea menos derrochadora. “Cuando era pequeña, estaba de acuerdo con todo lo que yo decía. Ahora se sienta ahí sin decir nada, pero sé que no concuerda conmigo –dijo su madre una tarde en la sala de su nuevo departamento, mientras Bella, callada, le lanzaba una mirada hostil–. Nuestra crianza ha sido un fracaso”. En China no existe el concepto del adolescente rebelde.

En la sociedad china los padres parecen estar totalmente en la Luna en lo que a la educación de sus hijos respecta. En los diarios se publican columnas de orientación; un típico encabezado es el rudimentario “No planee la vida de su hijo a la fuerza”, el cual engloba muchos de los problemas a los que los padres se enfrentan. En algunas escuelas se han creado talleres para padres donde pueden compartir sus frustraciones y consejos para criar a los hijos.

En ocasiones, los educadores llegan a los extremos: hace poco, en la Escuela Primaria Núm. 2 de Zhongguancun, en Pekín, la subdirectora Lu Suqin se llevó a dos niños de quinto grado a su casa. “Sus padres no lograban hacer que se comportaran, de modo que me pidieron que me los trajera –explica ella–. Cuando aprendan a llevar una vida disciplinada los mandaré de regreso”.

Durante un viaje a Tongli, ciudad de mansiones imperiales a una hora de Shanghai, le pregunté a Bella si tenía novio. Ella arrugó la nariz: “Hay un muchacho al que le gusto; pero todos los de mi salón son de clases muy bajas”. Me dijo después que sus planes eran cursar un posgrado en Australia, trabajar ahí, donde ganaría mejor, y llevarse a sus padres a vivir con ella.

Algunos observadores de la sociedad china ven a los jóvenes como Bella y notan un cambio político: esta generación de individualistas, predicen, un día querrá opinar acerca de la manera en que es gobernada. Pero la realidad es complicada. Crecieron y fueron educados dentro del sistema, por lo que es muy probable que encuentren la manera de adaptarse a él, como lo han hecho hasta ahora.

“El simple hecho de que tengan curiosidad por ver algo no significa que lo deseen para sí mismos –dice Zhang Kai, el maestro de secundaria de Bella–. Quizá probarán algo –pintarse el pelo o perforarse una oreja–, pero en el fondo son muy tradicionalistass. En su corazón, Zhou Jiaying es muy tradicional”, dice, usando el nombre chino de Bella.

Bella tiene ahora 15 años y cursa el noveno grado. Tiene buenos amigos entre sus compañeros de clase y ha aprendido a convivir con los demás. La escuela es un lugar complejo. Un niño tiranizaba a uno de sus compañeros, y los padres de la víctima fueron a la escuela para quejarse. Como tenían influencias políticas, forzaron al maestro a cambiar de salón al agresor.

El incidente dividió a la clase de Bella, y ahora sus amigos de una banda no les hablan a los de la banda contrincante. Un alumno ingresó a la escuela sin presentar el examen de admisión porque un colega de su madre tenía un primo en el Ministerio de Educación.

El maestro de Bella les propuso a algunos estudiantes formar parte de la Liga de Jóvenes Comunistas. Bella no le encontraba sentido a esto, pero accedió y bajó una solicitud de internet. No podía quedar mal con su maestro, me dijo, citando un proverbio: “Quien se encuentra bajo el techo de otra persona debe inclinar la cabeza”.

Falta un mes para el examen de admisión a la preparatoria. Por las tardes, el padre de Bella ve la televisión sin sonido para no perturbarla mientras estudia. Sus ensayos describen la presión a la que está sometida:
Me siento en mi salón de la secundaria y el maestro quiere que le digamos adiós a la infancia. Siento una pérdida. La felicidad es como las estrellas brillantes que cubren el cielo nocturno de la infancia. Sólo quiero más y más estrellas. No quiero ver el amanecer.

3 comentarios

  1. Escrito por Arnoldo Pérez:

    Leí cuidadosamente el artículo; y plantea una gran disyuntiva pues al buscar la excelencia acdémica se sacrifica lo personal y lo familiar. Que es por donde varios países desarrollados han pasado decadas antes, pero que al verlos hoy, difícilmente y a pesar de su desarrollo, se quiera estar en los zapatos de una sociedad fría y casí sin vinculos familiares, pues el trajín obliga a preparse para el mañana y a casi de inmediato olvidar el hoy. Es decir no hay tiempo para meditar o reflexionar sobre la marcha.

    Para terminar mi comentario, quiero recordar un artículo relacionado sobre los suicidios infantiles en JAPON, debidos a lo excesivo de las tareas escolares y a un sindrome en que cayeron cientos de niños que estaban por empezar el kinder, quienes se escondieron el el closet, el día que les tocaba ir al colegio. Ojalá no sucesa lo mismo con los niños chinos.

  2. Escrito por antonio moretti:

    sorprendente artículo que me deja un sabor amargo con respecto a la globalización, que más bien, me hace pensar en el sometimiento de una cultura para convertirse en país emergente. lo que no puedo dejar de preguntarme es si son conscientes del sacrificio que realizan por el desarrollo y si es que no habría otra alternativa

  3. Escrito por Karem Bórquez:

    Realmente sorpendente lo que puede hacer el hombre por estar al paso que marcha la vanguardia, el mundo va cambiando, cada vez nuevas y mas nuevas cosas; costumbres que se olvidan y otras que se adoptan, lo “inn”, como lo mencionan los jóvenes nacidos en estos tiempos de revolución, y lo tradicional ya es pasado. En estos días de presión y de mayor estress, hasta los niño ven perturbados su infancia, con tantas actividades que los padres eligen para los ellos. Olvidando que son sólo niños y no pequeños adultos.
    Estoy de acuerdo con la opinión de estar actualizados, ser lo mas competente posible y buscar la superación, para no caer en la mediocridad, pero así como se vive rapidamente también nos acabamos rapidamente, y así como estan cambiando las cosas seguirán su curso, evolucionando, tal como lo hemos estado viendo desde el inicio de la tierra y sus habitantes.

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