Indochina: Una aventura romántica
Indochina: Una aventura romántica
Enamorarse de Hue, la antigua capital imperial de Vietnam, fue fácil para un joven estadounidense quien cortejó a su esposa en este lugar. Pero, ¿la cambiante ciudad todavía lo hechizaría después de una ausencia de 10 años?
Dos meses después de que empecé a salir con una chica que vivía cerca de un foso dentro de los muros de una ciudad imperial, la dejé. Esto sucedió en 1993 y yo no sabía bien lo que hacía. No podía asegurar que no estuviera influenciado por los vapores que emanan los fosos, así que regresé a Estados Unidos para ver si podía aclarar mis pensamientos, pero no lo logré, por lo que decidí regresar a Vietnam, donde me enamoré de una ciudad al mismo tiempo que de una de sus habitantes. Hue, una de las ciudades con más historia en el sureste asiático, es famosa por lo grandioso de sus monumentos imperiales y sus pagodas budistas.
Nuestro noviazgo transcurrió entre palacios y pabellones. Juntos exploramos las ruinas de los mausoleos de los emperadores de Nguyen. En un restaurante de ensueño, dentro de la Ciudad Púrpura Prohibida, nos sentamos debajo de una higuera de bengala con luces de colores y degustamos unos suculentos trocitos de res envueltos en la hierba la lot. En la noche, nos hospedamos en un hotel colonial francés de un siglo de antigüedad, observé el trajín de los panaderos en bicicleta por las silenciosas calles, quienes vociferaban, mi banh, mi nong, o pan, pan caliente. Hue parecía una ciudad aislada del gran mundo, pensé entonces en el mundo fantástico de Brigadoon, y en algo tan hermoso como el nacimiento de una estrella joven.
Diez años después de que Thuy y yo nos casamos y de que dejamos Hue para mudarnos a mi natal Nueva Inglaterra, regresamos a esta ciudad. Thuy esperaba con gran alegría los reencuentros con familiares y amigos, pero yo estaba preocupado por el viaje. Mis recuerdos sobre Hue estaban bañados de las luces idílicas del romance. Viví en la ciudad durante una etapa que ahora temía se hubiese borrado, como un barco de vapor y en una época antes del dominio de Internet, cuando el correo tardaba dos semanas en llegar a Estados Unidos y mis noticias llegaban a través de una melindrosa onda corta y envejecían como copias de periódico. ¿Sería que el resplandor de Hue había desaparecido?, me pregunté. Una pérdida a causa del ímpetu de Vietnam por alcanzar la prosperidad y a la creciente visión de este país como un pequeño dragón, en alusión a las próximas boyantes economías del sureste asiático.
Cuando aterrizamos en la ciudad de Ho Chi Minh, en nuestra ruta hacia Hue, pude constatar el crecimiento anual de ocho por ciento en Vietnam en forma de edificios de oficinas tipo cajas de cristal, en los restaurantes como Kentucky Fried Chicken, en los parques acuáticos; pero también, de forma contundente, en la desaparición de los bicitaxis de un centro plagado de turistas y en la alta sofisticación de los vendedores de réplicas de relojes Longines en vez de relojes sacados de las antiguas bases militares de Estados Unidos. Añoré el toque del antiguo encanto mágico; Thuy esperaba que en su ciudad natal, nuestro destino final, quedaran rastros de la época dorada.
Cuando llegamos a Hue en taxi, cruzamos el canal An Cuu y pasamos frente a una enorme estructura de metal. “¿Qué es eso?”, preguntó Thuy al conductor.
“Hotel –respondió–, cinco estrellas”, añadió al llegar al siguiente semáforo.
“Ahí hay otro más –exclamó Thuy–, es maravilloso”. Se asomó por la ventana del auto para mirar los 16 pisos de altura. Este nuevo Hotel Imperial duplicaba la altura del edificio más alto de Hue y hacía ver insignificante el antiguo emblema del vecindario, mi antiguo hotel de dos pisos, el Morin, que había experimentado su propio cambio radical. Su simple fachada en tonos ocre ahora era blanca y estaba decorada con filigrana arquitectónica, como una golosina gigante. El chofer del taxi nos contó acerca de un campo de golf que planean construir los coreanos, sobre una fábrica de sake japonesa y un gigantesco acuario construido a la mitad de un lago, debajo de un monasterio católico.
“¿Acuario?”, preguntó Thuy.
“Sí –contestó el taxista–, y tiene forma de dragón. Es enorme”, enfatizando el tamaño con sus manos.
Hue se encuentra a varios kilómetros de la costa, a 960 kilómetros al norte de Ho Chi Minh y a 480 kilómetros al sur de Hanoi. Sus 300 mil residentes viven en las riberas norte y sur del ancho río Perfume. Durante los siglos XIX y XX, los emperadores Nguyen construyeron una ciudad amurallada de 2.4 kilómetros cuadrados en la ribera norte del río, con diseños franceses y comandada por los geománticos imperiales. Fuero ellos quienes cavaron un foso alrededor de la ciudadela, en donde edificaron dos complejos amurallados de dimensiones más pequeñas, la Ciudad Imperial exterior y la Ciudad Púrpura Prohibida a las cuales sólo podían entrar los gobernantes de Vietnam o “Hijos del Cielo” y sus esposas, concubinas y séquitos de eunucos.
La comunidad colonial francesa de Hue, establecida a lo largo de la ribera sur del río Perfume, incluía un gran palacio para el gobernador francés, mansiones y villas para los oficiales de gobierno; hoteles, iglesias, bulevares y una explanada, mucho de lo cual sobrevivió a la Primera Guerra de Indochina (1946-1954) y a la posterior Guerra de Vietnam.
El complejo de monumentos imperiales fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1993 y es un importante atractivo para los turistas. Pero para los vietnamitas, Hue representa la imaginación popular tanto como el distinguido Sur de Savannah y Charleston permanecen en la imaginación americana, como un lugar apacible, cuyos habitantes parecen vivir en otra dimensión del tiempo. La poesía y no el comercio era la actividad destacada aquí. La sofisticada cocina de la ciudad, con sus exquisitas salsas y presentación artística era famosa desde la cuenca del Mekong, en el sur, hasta la cuenca del Río Rojo, en el norte.
Thuy, una gran cocinera que jamás encontró el gusto a la comida estadounidense, empezó a saborearse la comida a las pocas horas de nuestro regreso. En un pequeño restaurante de la calle Dien Bien Phu, envolvió cerdo, lechuga y albahaca tailandesa en un rollo de arroz, que después remojó en una salsa de cacahuate tostado sazonada con caldo de camarón y semillas de ajonjolí. “Esto también lo hacen en Saigon y en Hanoi”, dijo ella, “pero sus banh cuon (rollos de arroz al vapor) no son tan jugosos y su nuoc leo (salsa de cacahuate) no tiene la mezcla adecuada de ingredientes. Tiempo atrás en Hue, teníamos que cocinar para los emperadores, razón por la cual nuestra cocina es más rica. Nosotros pensamos que tenemos estándares más altos”.
La primera vez que probé las especialidades de Hue, en mis veintes, no tuve gran interés en su cocina. Sin embargo, ahora Thuy se ha dedicado a educar mi paladar. La he seguido a todas partes, esperando que su olfato nos conduzca hacia lugares oscuros pero prometedores para degustar com hen, un platillo de arroz plagado de pequeñas almejas y flores de plátano y banh khoai, unas “alegres” crepas crujientes rellenas de cerdo, camarón, cebolla y germen de soya.
En el viejo distrito chino, probamos algo muy empalagoso, una crepas hechas de arroz, banh beo, que salían de platitos de metal tan pequeños como las monedas diez pesos.
“¿Qué tienen encima?”, pregunté.
“Tiritas de camarón –respondió–, y trozos de piel de cerdo fritas en aceite tan caliente, que explotan –chasqueó sus dedos para ilustrarlo– justo del modo correcto”.
La celebración de las especialidades culinarias de Hue me transportaron a través de un umbral que nunca antes había cruzado y empecé a buscar otros portales en una ciudad que yo creía que conocía bien. Durante años, cuando recordaba los vecindarios de Hue, me venían a la mente las villas francesas, con sus columnas acanaladas flanqueando las entradas. En ese entonces yo no sabía nada de nha ruong, las típicas casas de Vietnam construidas por mandarines y príncipes.
Un día, en el distrito de los parques de Kim Long, Thuy y yo encontramos un conjunto de nha ruongs tan evocador como una pintura de algún paisaje de Asia Oriental. Posadas en un patio de ladrillo rojo, las cuatro nha ruongs miraban hacia un estanque de lotos en forma de media luna. Sus techos de tejas de barro, algunos afestonados otros planos, pero todos manchados de negro y verde por los hongos tropicales. Pares de angostas puertas de madera se extendían por el amplio frente de las tres estructuras. En el interior, columnas fabricadas en madera de guanábano, ennegrecidas tanto por el paso del tiempo como por las manchas deliberadas, dividían el espacio en tres compartimentos. El dueño, Pham Mai Vinh, nos condujo a través de una puerta fabricada en quiebrahacha. La casita estaba elevada de tal forma que requería un escalón muy grande y nos forzó a agacharnos para no golpearnos con el marco superior.
“Cuando entras en una nha ruong, tienes que cambiar tu mentalidad –comentó Vinh–. Debes entender que estás en un lugar nuevo y tienes que habitar el espacio completamente mientras estés aquí. La incomodidad de la entrada es un recordatorio para hacerlo”.
En una nha roung dedicada a la memoria de la Princesa Ngoc Son, visitamos una casa decorada con maderas antiguas en forma de altares, pedestales y repisas. Sobre una repisa había un tazón de porcelana del siglo XV de la dinastía Ming; sobre el altar había un documento firmado por el emperador en 1903. En la edición de agosto de 1931 de la revista National Geographic aparece una foto del esposo de la Princesa Ngoc Son, un oficial mandarín de alto rango. En medio de todo esto, el nieto político de Ngoc Son, Phan Thuan An, se paseaba como un lord inglés, plenamente consciente de la buena suerte de su familia y aseguraba que el feng sui, el arte de colocar estructuras para lograr armonía con el ambiente, era la causa de la preservación de su hogar y su amplio jardín durante los tiempos de guerra y privación.
“La combinación de arquitectura y naturaleza crea una atmósfera armoniosa que facilita la vida”, dijo An y se detuvo al entrar mirando hacia un jardín de piedra y agua que protege a su hogar de los malos espíritus. “Pero lo mismo puede decirse de esta ciudad. Hue también goza de los beneficios del feng shui”.
Hue está lleno de estas finas casas antiguas, una expresión pura de la sensibilidad vietnamita por el espacio vital. Una organización francesa ha identificado a más de 800 nha roung en la provincia –al menos un tercio de ellas están en Hue– y ha destacado algunas que vale la pena restaurar. “Podrían convertirlas en Bed & Breakfast (B&B) –señala Antoine Erout, director del programa, dirigido por Nord-Pas de Calais– o en cafés y restaurantes”. La ciudad está repleta de proyectos de restauración. Además de la construcción de flamantes hoteles de cinco estrellas, me dio la impresión de que Hue camina hacia el futuro mientras resucita su pasado.
En la más grande expresión de dicho pasado, la antigua Ciudad Imperial, Thuy y yo escuchamos a un orquesta de músicos cortesanos que tocaban instrumentos originarios de la región, como laúdes con cara de luna, cítaras, flautas de bambú y violines de dos cuerdas que parecían mazos de croquet. Dieciséis ágiles bailarinas, vestidas con pantalones bombachos color verde y túnicas decoradas, sostenían en alto faroles de papel mientras adoptaban formas de capullos y torres. Dos dragones danzantes interpretaron un ritual amoroso que resultó en un dragón más pequeño. En 2003, la UNESCO proclamó de manera oficial esta música cortesana como “una obra maestra del patrimonio oral e intangible de la humanidad”.
Las batallas libradas aquí en 1947, durante la Primera Guerra de Indochina, y en 1968, durante la Guerra de Vietnam, destruyeron gran parte de la Ciudad Imperial; aunque dos de sus magníficas estructuras lograron sobrevivir: el Palacio de la Suprema Armonía y la Puerta del Mediodía (Ngo Mon), donde Bao Dai, el último emperador de Vietnam, abdicó ante el gobierno nacionalista de Ho Chi Minh en 1945.
Más al sur, en los mausoleos de los emperadores lo celestial y lo terrenal se expresaban conjuntamente en los sublimes patios, en los pabellones y en los estanques de lotos. La mayoría de los visitantes de Hue se dirige primero a las hermosas tumbas restauradas de los emperadores Tu Duc y Minh Mang. Yo, en lo particular, prefiero las tumbas dilapidadas de los emperadores Gia Long y Don Khanh, de la época de plena decadencia. Las fachadas de concreto se han desprendido de las paredes de ladrillos. Las voluminosas raíces de un enorme árbol bodhi han roto las baldosas de arcilla del patio. Es aquí donde se puede apreciar la vida media de las cosas.
Durante varias mañanas, Thuy y yo visitamos varias pagodas alrededor de la ciudad, incluyendo la hermosa pagoda de Thien Mu, en los altos del río Perfume, y la pagoda Tu Da, un centro del movimiento de paz budista de los años sesenta. También escuchamos las palabras de un monje vietnamita a quien Martin Luther King, Jr., nominó para el Premio Nobel de la Paz en 1967, el renombrado maestro budista zen Thich Nhat Hanh. A las dos semanas de nuestra llegada, Thich Nhat Hanh había regresado a Hue para una visita después de 40 años en el exilio. Debido a sus esfuerzos por detener la Guerra de Vietnam, el gobierno del sur de Vietnam le negó entrar de nuevo al país después de que se fue como orador a Estados Unidos en 1966. En 2005, se le permitió visitar al país nuevamente.
Thich Nhat Hanh había dedicado su vida a inculcar la plena conciencia en los demás, y yo quería saber si Hue había influenciado a la persona en la que él se convirtió.
–Claro, claro –me dijo cuando nos conocimos–. El lugar.
–¿Cómo?, pregunté.
–¿Cómo?, ¿lo puedes tú saber?, ¿puedes tú decírmelo?, susurró.
Se sentó frente a dos libreros grandes con puertas de vidrio, cada uno lleno de volúmenes con lomos inscritos con caracteres chinos. “El hermoso paisaje de Hue, los cantos, la música cortesana, la poesía. Por varios años, la gente más talentosa en Vietnam se reunió en esta ciudad. En verdad, aquí yace una fusión de muchas cosas bellas.
Más tarde me diría que si queremos vivir profundamente, debemos vivir lentamente. Su frase tan simple me hizo recordar algo que Thuy me dijo poco después de que la conocí y nos dispusimos a dar un paseo en bicicleta: “Normalmente vamos despacio”.
Ella se refería al ritmo del pedaleo, claro, y tal vez de manera subliminal al lento caminar de nuestra relación. La frase me ha perseguido desde entonces y es la razón por la que Hue ha permanecido en mi imaginación como un antídoto al bullicioso ritmo de la vida en Estados Unidos.
A la medianoche del año nuevo lunar de Tet, Thuy y yo nos detuvimos en la ribera norte del río Perfume para ver los fuegos artificiales en el cielo. Un policía uniformado tomó fotos del espectáculo con la cámara de su teléfono celular. En el mercado de flores, los vendedores remataban los restos de su inventario. “Tan baratos como los gatos”, pronunció un joven quien, sin embargo, parecía alegre con el año nuevo.
Mientras pedaleábamos hacia la casa, vimos unas pequeñas llamas que ardían en las coladeras en ambos lados de la calle, como luces fugaces. En realidad eran pedazos de papel que las familias encienden para representar ropas, comida, flores y hasta motocicletas que ofrecen a las almas de sus muertos. El aire de la noche se estremeció con el estruendo de una campana de bronce y por un momento dejé de pedalear para disfrutar de la fragancia que desprende el incienso de jazmín, que flotaba en la atmósfera como una burbuja de agua fría en un estanque templado.
Aunque desde mi regreso a Hue no había escuchado el pregón de algún panadero, me sentía de nuevo conquistado por esta ciudad. Los familiares de mi esposa nos habían recibido con tanto afecto que me empecé a sentir como un villano ante el panorama de separar a la pandilla para volver a mi país. Mi suegra me cuestionó en varias ocasiones sobre cuándo volveríamos y se quedaba francamente insatisfecha cada vez que yo le respondía: en tres años.
Nuestro retorno a Hue duraría seis semanas esta vez, el máximo tiempo que podía ausentarme de mi trabajo de 10 años en la industria de equipo médico. Pero habíamos tomado una decisión sorpresiva algunos días antes. Después de casarme con Thuy esta fue la decisión más exótica que he tomado.
Ese día Thuy y yo salimos de la puerta Noon en forma de U y entramos a la Ciudad Imperial. Ocho columnas laqueadas sostenían dos filas de tejas amarillas en un pedestal de ladrillo. Durante el tiempo que cortejé a Thuy, este fantástico umbral me habló precisamente de la puerta que cruzaría al casarme con una mujer que había crecido del otro lado del mundo. Ahora estábamos al borde de cruzar otro umbral para el cual esta puerta, una vez más, era un potente símbolo.
“Estoy segura de que la amiga de mi mamá nos hará una rebaja en el precio de su nha ruong, si realmente mostramos interés en comprarla”, me aseguró Thuy. “Voy en serio –le dije–. ¿Y tú?”.
Me abrazó de alegría ante la posibilidad de tener nuestra propia casa aquí. Sintiendo su mejilla junto a la mía, supe que el hechizo había vuelto. Hue aún conserva su brillo, con más años y más mundana quizá, pero no por eso menos bella para nosotros.





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