Guizhou: Una aldea al filo del tiempo

Escrito por: Amy Tan el 05 de Mayo de 2008 | 4:07 am
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Foto de Lynn Johnson

Guizhou: Una aldea al filo del tiempo

La vida del pueblo dong ha girado en torno a sus canciones durante mil años. Su singular cultura persiste, pero ¿por cuánto tiempo más?

El sol se ponía y el calor aún impregnaba el aire cuando llegué a la enorme puerta ceremonial que marcaba la entrada de la aldea. Desde lo alto del camino de tierra, mi mirada abarcó el valle a mitad de la estación de cosecha: un mosaico de pálido verdor salpicado de oro, entreverado con las oscuras ondas de los elevados techos y, en las laderas montañosas, arrozales apilados como herbosos panqueques.

De pronto, dos niñas de diez años corrieron hasta mí y enlazaron sus brazos con los míos, entonando una bienvenida con un ritmo entrecortado mientras me conducían por un camino de lajas a través de un laberinto de viviendas de madera de tres pisos. Tocadas con peculiares turbantes, algunas ancianas nos observaban desde sus porches; tres encanecidos hombres con viejas gorras de estilo Mao interrumpieron la contemplación de sus pipas.

Las niñas me guiaron entre graneros sostenidos en zancos sobre chiqueros de rollizos cerdos y estanques de patos. Bajo unos cobertizos reparé en lo que parecían tres o cuatro gabinetes decorativos que yacían sobre sus costados. Eran embarcaciones al inframundo: féretros hechos a la medida con árboles seleccionados el día que nacieron sus futuros ocupantes.

Había llegado a Dimen, hogar de cinco clanes y 528 familias de la minoría dong, un enclave acunado en las exuberantes montañas de Guizhou: provincia pobre y aislada, como podía atestiguar mi columna vertebral luego del incesante traqueteo que debió resistir durante las ocho horas de viaje en autobús por un sinuoso camino, a menudo obstaculizado por aludes.

La fuerte sequía ocurrida dos años atrás había dado paso a una serie de inundaciones repentinas, y este año, los prolongados días de cosecha transcurrían bajo un calor abrumador. Uno de mis nuevos amigos dong citó un adagio de Guizhou: “No hay tres pies de llanuras, ni tres días sin lluvia, ni tres monedas de plata en la familia”. Tal vez fuera eso lo que murmuraron los seguidores de Mao cuando la Larga Marcha de 1935 los condujo hasta las agrestes laderas y los anegados sembradíos de Guizhou.

Sin embargo, mi viaje a Dimen fue inspirado en la música. A falta de escritura en su lengua, el kam, las canciones de los dong guardan el registro de sus tradiciones y una historia mítica de mil años de antigüedad, o al menos eso sugieren las propias melodías. Me habían dicho que cualquier habitante de la aldea entonaría una canción con sólo pedírselo y que escucharía muy diversos temas: una bienvenida que hablaba de mantener a raya a los invasores, canciones sobre la vejez o los enamorados impulsivos, las selecciones predilectas de los dong. O bien, un éxito del Partido Comunista en los años cincuenta, “El Oriente es rojo”, interpretado por una anciana.

En el extremo más apartado del pueblo se alzaba un puente cubierto, imagen de lo más caprichosa y estrafalaria para una aldea de cultivadores de arroz cuyo ingreso es inferior a cien dólares anuales. La estructura me hizo pensar en un imponente dragón, con su techo escamoso a manera de cuerpo y cúpulas en vez de cabeza y espinazo. Lo contemplé con el asombro de una niña que ve un lugar de fantasía saliendo de un libro de cuentos.

Aquel puente era, de hecho, uno de los cinco que comunican las cinco aldeas tribales que componen la población unificada de Dimen. Dada su belleza, se les conoce como puentes flor, y por su utilidad práctica para guarecerse de los elementos, también reciben el nombre de puentes viento-lluvia. En ambos lados del interior, hay bancas que los convierten en sitios de descanso ideal para los viejos camaradas, áreas de recreo para niños y lugar de trabajo para los carpinteros cuando las nubes de tormenta se arremolinan en el cielo.

Durante mis tres visitas a Dimen, dos en otoño y una en primavera, crucé muchas veces por aquellos puentes y admiré los colores y las tonalidades de la vida cotidiana: campesinos de paso hacia los sembradíos, niños caminando a la escuela, ancianas bajando de la montaña con atados de yesca a las espaldas.

En la Torre del Tambor principal, etéreo pabellón de cinco pisos, los Once Ancianos de la Aldea se daban cita para comunicar buenas noticias o ventilar querellas; en el patio mayor tendían a secar el arroz, mataban cerdos para celebraciones y los hombres se reunían a jugar cartas en las noches templadas. Los apisonados caminos plagados de baches rápidamente se volvían suave barro con la lluvia.

Cierta tarde, una familia que empujaba un pesado carretón por aquel paso por poco vuelca su costosa carga de cerveza embotellada. Quinientos invitados, algunos de provincias muy lejanas, habían asistido a una Da San Zhao, fiesta por el nacimiento de un bebé que a menudo cuesta más que una boda y que en esa ocasión celebraba la llegada de una niña de apenas 20 días. “Venga usted también”, dijeron. Muchas veces los habitantes gritaban desde las puertas: Venga a cenar. Venga a Desayunar. ¿Quiere almorzar? Crucé los puentes flor para asistir a muchas comidas y, a veces, me detenía en el centro para admirar el río que se perdía en la distancia y observar la montaña donde nace.

Siempre había gente trabajando en los campos labrados en terrazas, cosechando, sembrando, arando o cuidando verduras cultivadas fuera de temporada. Los agricultores iniciaban la cosecha drenando los arrozales, para lo cual abrían orificios en las paredes de tierra que los separaban. El agua brotaba a borbotones y, en breve, cientos de peces, grandes como una mano, chapoteaban en el fondo cenagoso.

Algún tiempo antes, en la primavera, los labriegos habían introducido crías de carpas en los arrozales durante la siembra. Al crecer junto con el arroz, los peces limpiaban su hogar acuático de yerbajos, algas y pequeños caracoles, alimentándose también con larvas de mosquitos. Observé leños caídos teñidos de amarillo con hueva de carpa. En el verano, los peces engordaban con las polillas enamoradas que, tratando de consumar su éxtasis conyugal con los reflejos, terminaban por ahogarse.

Una noche, luego de que una repentina tormenta causara estragos en el suministro eléctrico, me encontré sentada en un banco de 30 centímetros de altura en la cocina de una mujer. Intentando ayudarla, sostenía yo una diminuta linterna mientras ella preparaba una conserva con cientos de kilogramos de pescado que recubría con una pasta de cinco sabores, entre ellos huajiao, picante baya del fresno espinoso con que mucha de la comida de Guizhou adquiere su característico mala: un adormecimiento de la lengua que aturde de tal manera los sentidos, que hasta hace olvidar el calor.

La mujer permaneció inclinada y absorta en su tarea durante varias horas y, al día siguiente, volví a encontrarla encorvada en su sembradío, de modo que le pregunté si alguna vez le dolía la espalda. “Nunca deja de doler –respondió– porque el trabajo nunca termina”.

Llegado el Año Nuevo, la conserva de carpa se considera anyu, pescado crudo y fermentado que da sabor a cualquier platillo y forma parte de todas las ceremonias: nacimientos, bodas y funerales, el levantamiento del poste central de una nueva vivienda o para honrar a las inmutables vacas. Es imposible sobreestimar el poder del anyu.

Una noche sin luna eché a correr junto a un sendero empedrado siguiendo a un Maestro de Feng Shui hasta un corral de cerdos, donde el hombre hizo una ofrenda de arroz aglutinado, pollo, huevo, vino y anyu antes de recitar un encantamiento dirigido a un ganjin, duendecillo montañés con los pies vueltos hacia atrás. Aquella tarde, el ganjin había poseído el cuerpo de un niño haciéndole sacudirse de fiebre y dolor. Tres minutos después de la ceremonia, la madre del paciente salió apresuradamente de la casa a dar la noticia: “¡Ya empezó a comer!”.

El Maestro de Feng Shui había aprendido las invocaciones de su tío, experto herbolario además de Maestro Principal de Feng Shui: el más experimentado y quien recibía un flujo constante de enfermos en su cocina. En el lapso de una hora, este último había atendido a diez pacientes, en su mayoría ancianas ataviadas con ropa tradicional, desgastadas chaquetas de trabajo y tocados elaborados con telas que ellas mismas habían tejido y teñido. Una de las pacientes informó que su nieto había desarrollado repentinos dolores de cabeza y estómago.

El herbolario quemó papel y depositó las cenizas en agua junto con algunos granos de arroz. Entonó un encantamiento, contó con los dedos los nombres de los dioses que podrían tener la solución (el dios de la cocina, el dios de los puentes, el dios de las lesiones) y luego anunció su diagnóstico: el niño había visto el fantasma de su bisabuela y, como remedio, la mujer tenía que presentar a la difunta una ofrenda de vino de arroz y anyu e invitarla a comer bien antes de emprender el viaje de regreso al Mundo del Yin, el inframundo.

Otra paciente había despertado con un agudo dolor de garganta. El herbolario le dijo que estaba poseída por el fantasma de un hombre que murió ahorcado. Una mujer a la que le dolía el cuerpo estaba poseída por un antepasado infeliz a quien no habían hecho una lápida en 200 años. El herbolario tranquilizaba a sus atemorizados pacientes. “Prepara el anyu y el vino. Iré esta noche y el fantasma se marchará”. En el caso de un bebé con diarrea por haber bebido agua sin hervir, se encaminó hacia una colina para cortar diversas hojas y largos tallos de hierba a fin de preparar una poción.

El Maestro no cobraba por sus servicios, pero sus agradecidos pacientes le hacían pequeños obsequios, como huevos y un poco de arroz. Incluso discutió con una mujer que insistía en darle dos kwai (el equivalente a 20 centavos estadounidenses) por haberle leído el arroz y predecir su futuro. “Es demasiado”, protestó el Maestro apartando el dinero. De pronto, un joven entró corriendo. Su madre había empeorado y también los cerdos habían dejado de comer. El Maestro Principal de Feng Shui empezó a caminar pausadamente hacia la casa de su paciente y yo tuve que correr para seguirle el paso. Parecía volar sin esfuerzo alguno mientras que yo tenía la sensación de arrastrarme de rodillas.

“Es pura superstición –dijo un Maestro de Canto de poco más de 30 años–. Sólo los viejos creen en fantasmas”.

Los ancianos aún tienen influencia considerable en el mundo de Dimen. Las za, o ancianas, cargan a espaldas con sus nietos pequeños y cuidan de ellos todo el día hasta que los progenitores regresan del trabajo. Si estos laboran en otras ciudades, las za crían a los niños desde que nacen y los educan en las tradiciones dong.

Cantan con ellos sus canciones sobre modales para comer y las tareas del campo, sobre el bien moral del desprendimiento y los males de la codicia. Lavan sus cabellos con sopa agria; los llevan a la clínica para que les administren soluciones intravenosas y les traten sus padecimientos, ya sea un dolor de estómago o un resfriado. Y si eso no los cura, la za acude al Maestro de Feng Shui para averiguar si están poseídos por algún fantasma.

Los Once Ancianos de la Aldea, hombres de más de 60 años, utilizan la lógica y el razonamiento para salvaguardar el bienestar social y el orden civil según el código de conducta dong. El mayor de todos ha sido testigo de cambios radicales con el paso de los años: desde la llegada de los comunistas a Guizhou hasta el periodo de la Revolución Cultural, cuando los jóvenes educados fueron reeducados como campesinos.

Hace siete años hizo su aparición el primer televisor con opción de 20 canales y, en otros poblados, las antenas satelitales comenzaron a germinar en los techos como esporas después de un chubasco. En Dimen, los Ancianos de la Aldea encontraron una solución más sofisticada: una gran antena compartida mediante una red.

Sin embargo, los cambios se han vuelto cada vez más acelerados con el paso de los meses. En 2006, comenzaron a operar los teléfonos celulares en áreas muy apartadas, y a principios de 2007, casi todos los habitantes tenían uno. Ahora, cuando van a labrar los campos montañosos a varios kilómetros del pueblo, pueden recibir un telefonema de la esposa pidiendo que recoja algunas verduras silvestres para la cena antes de volver a casa.

Los jóvenes que trabajan en otras provincias envían mensajes de texto a sus novias del pueblo. De la población oficial de Dimen, calculada en 2372 habitantes, cerca de mil 200 trabajan y viven en alguna otra parte. Y abundan las historias de éxito, pues muchos ganan más de 200 dólares al mes. Por supuesto, quienes terminan por laborar en las fábricas suelen recibir menos de la mitad de esa cantidad, mas no deja de ser mucho más de lo que perciben en casa. No obstante, echan de menos la vida de Dimen celebrada en sus canciones, el canto de las cigarras, los frutos de la primavera, la serena belleza de las montañas.

Los habitantes de Dimen cantan casi todos los días. En las aulas, los alumnos ocupan sus escritorios en perfecta postura; repiten con perfecta entonación y sin acompañamiento lo que sus maestros acaban de cantar. Los fines de semana, un grupo de jovencitas ataviadas con pantalones vaqueros y blusas rosadas comparece ante el Maestro de Canto para practicar canciones de cadencia rápida, haciendo cada cual un solo. Dos mujeres de voz grave, a quienes todos respetuosamente llaman za, dirigen a los niños en la recitación de corales más simples.

Una de ellas tiene una tonalidad azul en los ojos. Al principio creí que se trataba de un residuo genético de los extranjeros que habían pasado por la región, quizá mercaderes extranjeros que se desviaron de la Ruta de la Seda. Dimen ha sufrido muchas invasiones, explicó la za de ojos zarcos. “En 1920, un caudillo chino secuestró a la tía de mi madre, quien tenía 16 años, para convertirla en su novena concubina. Nadie volvió a saber de ella”. En aquellos días, dijo la anciana de ojos azules, sólo venían a robar cosas y a matar gente, y en cada incursión, la anciana y su familia metían bolas de arroz aglutinado en sus canastas para luego ir a ocultarse en las montañas.

Cuando la za me pidió las gotas para sus ojos, quejándose de que se había nublado su visión, me di cuenta de que la tonalidad azul era consecuencia de las cataratas. Me habían contado que era la única que conocía los 120 versos que componen la canción épica de la historia de Dimen, varias horas de un lamento melódico repetitivo. Según el himno, los antepasados dong de Dimen no usaban ropa y los invasores habían expulsado a sus descendientes a Dimen. “Esa vieja canción es muy aburrida –se quejaron después dos jovencitas–. Estamos demasiado ocupadas para aprender algo que no nos gusta”.

La za de ojos azules tenía 74 años, pero era capaz de cargar el doble de yesca que yo; incluso podía trepar sobre las rocas irregulares. Subía a grandes zancadas por la montaña mientras yo la seguía, sin aliento. ¿Qué ocurriría con la canción épica cuando se hubiera ido? ¿De qué sirve una canción dong inédita si nadie la recuerda? ¿Cuántas otras tradiciones de la vida dong desaparecerán en breve? Algunas pérdidas ocurren de la noche a la mañana.

En una fría madrugada de abril, un anciano encamado dejó caer su manta sobre el brasero de cobre que le daba calor. Le gente escuchó sus gritos: “¡Me duele!”. El viento soplaba con fuerza aquella noche y las llamas se mecían con las ráfagas.

Los habitantes salieron corriendo de sus hogares “sin siquiera ponerse los zapatos” y observaron arder sus casas desde los puentes lluvia-viento. La brigada de incendios del ayuntamiento vecino respondió a una llamada por teléfono celular, pero luego de conectar la manguera al surtidor contiguo a la Torre del Tambor, no obtuvieron agua de la tubería fracturada. La torre misma se transformó en una hoguera.

Llegado el amanecer, la Torre del Tambor y 60 viviendas no eran más que montones de cenizas humeantes. Otras 44 casas lucían cicatrices, desde costados ahumados hasta tejados desaparecidos, o habían sido derruidas para crear un cortafuego que al final salvó al resto de la aldea. El anciano fue la única víctima; según su vecino, sólo quedaba parte del torso. Durante días, el aire estuvo impregnado del olor a madera quemada, granos tostados y cerdos asados.

“Iba a dar mi plata a mi nieta –me contó una za, sentada en el camino frente a las ruinas de su antigua morada–. Pero todo se ha perdido”. Levantó los brazos hacia el cielo, como si las llamas se alzaran frente a nosotras como una muralla. “Lloré cuatro días sin parar, sin comer. Cuando llegaron los funcionarios del gobierno, vinieron a verme primero porque era la que más lloraba. Me desahogué con ellos; soy viuda de un secretario del partido y lo único que se salvó fue mi féretro”.

Los campesinos hicieron un recuento de sus pérdidas: casas, cerdos, herramientas agrícolas, graneros, telas tejidas y joyas de plata de abuelas y madres. Cada cual tendría que desembolsar entre 20 mil y 40 mil yuanes (dos mil 500 a cinco mil dólares) para reparar o reconstruir sus propiedades, y esa deuda la llevarían a cuestas toda su vida.

Acusaron a los hijos del anciano de haberlo dejado solo mientras salían a beber con unos parientes que habían ido de visita. “Cuando recibimos invitados, hay que ofrecerles vino –explicó el carpintero de una población que se encuentra a seis kilómetros río abajo–. Fue un accidente”. Pero el accidente tuvo una causa y los problemas se desencadenan en secuencia.

La familia del anciano tenía dificultades desde hacía mucho tiempo. Los vecinos escuchaban que el Hijo Mayor y el padre discutían por lo menos cuatro veces por semana y cada encuentro concluía cuando el joven le propinaba una paliza al anciano. Una multitud había presenciado tal abuso frente a la Torre del Tambor durante el Festival de Primavera. “Es terrible que un hijo le haga eso a su padre”, declaró el Maestro de Canto. El temperamento volátil de la familia fue una maldición para la aldea.

No obstante, incendios de esa magnitud no son infrecuentes en las aldeas dong. En promedio, una población experimenta un siniestro semejante cada 30 años. ¿Cuál es la causa más frecuente? Un anciano que deja caer la frazada en un brasero. Eso fue justamente lo que destruyó dos poblados dong en los dos años anteriores y un año después del incendio de Dimen, otra cobija caída dejó aún más desamparada a otra aldea pobre río abajo.

Los Ancianos de la Aldea tomaron en cuenta el sufrimiento de las víctimas y la moral de los responsables, y eligieron un castigo basados en el código de conducta dong: los hijos fueron desterrados durante tres o cuatro años. Tendrían que vivir al otro lado del río, a no menos de tres li (como un kilómetro y medio) del poblado. Además, debían pagar diez mil yuanes para una ceremonia en honor del Dios de la Tierra, así como proporcionar una cena con pollo para todos los habitantes. Para entonces, los dos hijos menores se habían dado a la fuga, de manera que el mayor tuvo que sufrir todas las consecuencias y mudarse a vivir con su familia en un establo de uno de sus campos más elevados.

El código de conducta permitía que los Ancianos aplicaran un destierro más prolongado y a una distancia mayor, pero se mostraron indulgentes con los hijos pequeños del Hijo Mayor. El niño y la niña asistían a la escuela primaria de la aldea y la distancia no resultaba tan gravosa como el estado del camino cuando había mal tiempo. Los últimos 90 metros discurrían por un sendero muy angosto que, de hecho, era la parte superior de un muro semicircular que separaba los arrozales. Si resbalaban, caerían un metro en una dirección o seis metros en la otra.

Extrañamente, la nueva morada del hombre desterrado ofrecía una de las vistas más hermosas que yo jamás haya visto; un panorama de montaña, campos, cielo y nada más. Pero “nada más” era el castigo. Antes del incidente, comentó el desterrado, siempre se había llevado bien con su padre, mas ahora lo odiaba pues habían perdido todo lo que tenían y estaban endeudados.

Abrumado por la vergüenza del exilio, su hijo de 15 años huyó a Guangzhou para trabajar en una fábrica que producía percheros, y la reputación familiar permanecería ensombrecida durante generaciones. Pero no se irían de Dimen. Vivirían en el establo hasta que pudieran volver a la aldea y construir otra casa.

En la aldea, vecinos, familiares, amigos e incluso los habitantes de otros poblados acarreaban leños, montaban vigas entre los postes y colocaban tablones sobre ellas para construir, sin clavos, una vivienda dong tradicional de tres pisos, techada con tejas de arcilla.

En una casa que no era más que un esquelético marco, la anciana viuda del secretario del partido había tendido dos tablones entre dos vigas para dormir allí, bajo el cielo y a tres metros del suelo; llegado el invierno, todas las familias tendrían casas nuevas. Pero el fantasma del anciano, según uno de los vecinos, estaba inconforme.

Después del incendio, el Hijo Mayor metió el torso del padre en un viejo saco de arroz. Varias personas lo habían visto llevar el bulto a las montañas y volver con las manos vacías, pero no ordenó que cortaran el árbol de su padre para construir el féretro; de hecho, lo había talado para venderlo como leña. Por eso el espíritu del anciano merodeaba el poblado: en cuatro ocasiones, una vecina escuchó que alguien la seguía y, al volverse, no vio nada. Incluso la esposa del Maestro de Canto, quien vivía cerca de la Torre del Tambor, afirmó haber escuchado que el anciano gritaba varias veces.

Pero no todos los ancianos creen en fantasmas. La viuda del secretario del partido declaró que el presidente Mao se había deshecho de todos en 1957. Sin embargo, luego me mostró un brazalete de amuletos con viejas monedas: “Cuantas más monedas tenga –informó, más podrá ahuyentar a los espíritus impuros”.

Con todo, los cinco Maestros de Feng Shui y su líder opinaban que la aldea estaba siendo hostigada por fuerzas malignas. Aunque el anciano y sus hijos eran responsables del incendio, sin duda hubo otros factores que influyeron en el siniestro. ¿Por qué, por ejemplo, se había fracturado la tubería de agua de la Torre del Tambor precisamente esa noche? ¿Por qué cantaban los gallos antes de la medianoche? Además, se había desatado una inusitada crisis de enfermedad que afectaba a todos, viejos y jóvenes. Un bebé había muerto y en los últimos dos años, diez jóvenes de entre 20 y 40 años habían perdido la vida. Un hombre pereció a consecuencia de un tifón; otra víctima fue un joven recién casado que había comprado una motocicleta y que, al ir a la tienda a comprar un cazo, encontró que se habían agotado. Al día siguiente, salió disparado de cabeza contra un poste del camino. Su esposa recibió la noticia por el teléfono celular.

Una cadena de incidentes parecidos ocurrió en 1979. Muchas personas desarrollaron una enfermedad de los ojos y el ganado moría. Los habitantes notaron que sus pollos deambulaban como perdidos hacia determinada vivienda, mientras que las gallinas de esa familia ponían huevos de dos yemas y sus cultivos producían mejores cosechas. ¿Qué habían hecho para tener tanta suerte, mientras que los demás pasaban graves penurias?

Con el recurso de sus rituales divinatorios, los Maestros de Feng Shui descubrieron que la familia había enterrado a sus antepasados, secretamente, en algunas partes de la aldea con el mejor feng shui y, por consiguiente, privaban a la aldea de aquel beneficio. Luego que los Maestros de Feng Shui retiraran los entierros ilegales, once miembros de la familia culpable perecieron.

Durante el Festival de Primavera, y por primera vez desde 1979, el poblado volvería a quedar purificado con la misma ceremonia, Guo Yin: “Tránsito al Mundo del Yin”. En la penumbra del salón de asamblea, once hombres con los ojos vendados habían tomado asiento en bancas negras. El Maestro Principal Feng Shui leyó en voz alta los encantamientos del Libro de Sombras. Mientras el aromático junco de Indias ardía bajo las bancas, los asistentes dieron a los hombres los extremos de una cuerda de paja trenzada.

Se escuchó el murmullo de nuevos encantamientos, sonaron dos campanas, revolvieron tazones de vino y los once hombres palmotearon sus rodillas, que movían arriba y abajo, como si fustigaran un caballo. Al poco parecían presas de un galopante frenesí, y el más anciano de todos, un hombre de 73 años, relinchó como un caballo espantado, reparó y brincó hacia atrás, sobre la banca. Había montado un corcel fantasmal y galopaba hacia el Mundo del Yin. Los asistentes impedían que el delirante jinete cayera, y muy pronto otros más habían montado a lomo sus caballos fantasmales.

El Maestro Principal de Feng Shui roció agua con su boca para iluminar el camino. Con nuevos encantamientos, los jinetes de los caballos fantasmas alcanzaron niveles más profundos y en cada cual podían ver un poco más. En 1979, los jinetes llegaron al nivel 19, donde vieron las ánimas de sus padres y madres. Quédense aquí, instaban sus progenitores. Si el Maestro de Feng Shui entonaba el encantamiento equivocado, los jinetes no podrían regresar.

En esta ocasión, el Maestro no quería pasar del nivel 13, donde todavía sería posible encontrar los entierros ilegales. En ese nivel también podrían ver las espaldas de las doncellas, las Siete Hermanas, hermosas como hadas. Persíganlas, dijo el Maestro Principal de Feng Shui, instándolos a adentrarse en el inframundo. Aquel día, los jinetes descubrieron el paradero del entierro ilegal; después de la ceremonia, salieron del salón y subieron por una ladera que parecía el respaldo de un cómodo sofá. En lo alto había un pequeño arrozal, y en las profundidades de su pared encontraron una gran bola con una gruesa corteza. A diferencia del Hijo Mayor del anciano que inició el incendio, alguien había situado la felicidad de los antepasados por encima de la aldea.

Debía ser obra de una familia codiciosa de otro poblado. El Maestro Principal de Feng Shui rompió la bola, sacó las cenizas y las mezcló con vino de arroz, excrementos porcinos y humanos y aceite de palo. A continuación, arrojó el amasijo en la letrina pública y los antepasados que otrora ocuparan el mejor lugar quedaron para siempre atrapados en el peor de todos.

Se había restaurado la armonía del mundo superior y el mundo inferior. ¿O no? A fines de junio, cuatro meses después de la ceremonia Guo Yin, se desató un repentino aguacero ya entrada la noche. Era habitual que hubiera pequeñas inundaciones en el verano. El año anterior, una tormenta que duró dos horas transformó los senderos en arroyos que llegaban a los tobillos y el patio escolar se convirtió en un estanque donde los niños chapotearon con enorme placer. Pero este chubasco no cedió, y los habitantes escucharon el golpeteo de la lluvia en sus tejados durante toda la noche.

El Jefe de los Ancianos de la Aldea, quien vivía en el valle, vio que el río crecía, pero no se preocupó. Incluso fue a la montaña para alimentar a su caballo a las 5 a. m.; sin embargo, al regresar, observó que el río había rebasado la ribera de tres metros de altura y su familia había desaparecido luego de llevar el televisor y otros valores por la empinada escalera hasta el piso superior. Sus vecinos estaban ocupados asegurando féretros y tranquilizando a sus aterrorizados cerdos. El anciano contemplaba la escena desde el puente más cercano.

Al otro lado del puente, el agua irrumpía en la planta baja de las viviendas. Una angustiada joven, quien llevaba a espaldas a su bebé, ayudaba a sus parientes políticos a llevar todo lo posible al piso superior mientras que otras pertenencias flotaban en la corriente: baldes y bancos, cubetas para anyu y soportes de bambú para guadañas. La puerta del vecino se había desprendido convirtiéndose en balsa. El angosto camino se había vuelto parte del río: un oscuro canal de fango, rocas, desechos y troncos. El oleaje golpeaba los flancos del puente más corto y el agua pasaba a raudales por los tablones de la barandilla, anegando las bancas. Parecía un barco a punto de romper sus amarras. Los campos anegados dilataban el río y el raudal arrastraba centenares de carpas. Algunas quedaron atrapadas en los sembradíos; desde los puentes, la gente utilizaba redes para capturar las demás.

El diluvio cesó a las 9 a. m. y hacia las 11 de la mañana, el agua comenzó a retroceder. La esposa del Jefe de los Ancianos de la Aldea finalmente se reunió con su marido. “¿En dónde estabas?”, preguntó con ansiedad. Según él, aquélla fue la peor inundación en 80 o 100 años. Habían perdido sus cosechas, las viviendas quedaron dañadas, los caminos inundados, pero por fortuna, nadie perdió la vida.

¿Acaso la maldición seguía vigente? ¿Tendrían que buscar más entierros ilegales? El Maestro Principal de Feng Shui se mantuvo imperturbable. La lluvia había afectado todas las provincias de Guizhou y Hunan, de modo que se trataba de un desastre natural y no de una catástrofe sobrenatural. Era, simplemente, que había mal clima y tendrían que sobrellevarlo. No había más que hacer que limpiar aquel desastre.

2 comentarios

  1. Escrito por Isaac Pérez:

    Me encanto el reportaje. La vida en los pueblos pequeños de lugares comidos por la naturaleza siemrpe es muy interesante y me encanta saber sobre la simbiosis del la gente y la naturaleza. Me hubiera gustado ver mas fotos.

  2. Escrito por JULIO G...:

    LA CULTURA LA EXPRESION DE UN PUEBLO….

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