
Esta foto fue tomada en una de las innumerables Islas de los Uros, Lago Titicaca, Perú.
Se trata de un lugar que parece sobrevivir a la modernidad, pero que no encaja en lo primitivo. Gente que realmente toma su entorno como un verdadero ser.

Unas cholitas, mujeres indígenas de Bolivia, revisan las mercancías más novedosas en una tienda de electrodomésticos de La Paz. Esta imagen fue adquirida –pero no publicada– para el artículo de National Geographic “Bolivia, el techo de latón de los Andes”, de marzo de 1943.

Érase una vez, en un callejón al oriente de la Ciudad de México, un letrero del gobierno de la capital, cuya leyenda a nadie amedrentaba: “Se consignará a quien se sorprenda arrojando desperdicios”. Cerros de bolsas malolientes yacían allí, manjar nocturno para las ratas, hasta que un par de vecinos amaneció con una peculiar idea. Acuciosos, asearon la rinconada y plantaron un gran altar a la Virgen de Guadalupe.

Villa Tunari es un pequeño poblado tropical del centro de Chapare, una provincia boliviana. Hace tres años, se expresaron aquí las profundas raíces y el poderío de la revolución étnica de esta nación andina. Hombres y mujeres se habían reunido aquí con una misión histórica: tras siglos de humillación y desafiando a la ley de las probabilidades, el siguiente presidente de Bolivia, Evo Morales, estaba a punto de surgir de entre sus filas.

El Altiplano de América del Sur es la tierra de los superlativos: alberga el lago navegable de mayor altitud sobre el planeta, el Titicaca, y el mayor desierto de sal, el Salar de Uyuni. Es la segunda meseta más grande de la Tierra, después de la tibetana, un paisaje de hielo y fuego, viento y sal que se extiende desde la región septentrional de Argentina hasta las adustas llanuras de Perú.