Matterhorn

Escrito por: Bernice Notenboom el 12 de Junio de 2008 | 6:00 am
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Fotografía de Dan Westergren

Triunfo y tragedia en el Matterhorn

Tenía sólo diez años cuando Roni Inderbinen ajustó la correa de mi casco y sujetó su cuerda a mi arnés para escalar. Se arrodilló y ató las cintas de mis botas con nudos dobles para que no resbalara. Después encendió la lamparita de mi casco y calentó mis dedos frotándolos en sus fuertes manos antes de ponerme los guantes de lana. A continuación, mi padre revisó todo lo que Roni acababa de hacer, tiró de la correa del caso y comprobó los nudos.

Emprendimos el camino en la oscuridad, mucho antes de la salida del sol. Seguimos el rayo de nuestras lámparas hasta la base de la ruta suiza del Matterhorn. Roni mantuvo corta y tensa la cuerda que nos unía hasta que llegamos a la cima. Una vez allí, metió la mano en su bolsillo y me entregó un trozo de chocolate oscuro con la forma de la montaña. Lo desenvolví y él me indicó un lado de la figura de chocolate.

‘‘Come esto primero –me indicó–. Es el lado italiano’’.

‘‘Dios debió ser un zermatter, porque puso la cara más famosa del Matterhorn en el lado suizo, en vez del italiano’’, comenta Urs Keller cuando me registro en el hotel Monte Rosa. A treinta años de mi primer ascenso al Matterhorn, he regresado a Zermatt para escalar la montaña y, nuevamente, al lado de Roni Inderbinen.

Mucho ha cambiado en la población desde que Edward Whymper, el primero en escalar el Matterhorn, se hospedara aquí en 1865. Un vistazo a los primeros libros de visitantes del hotel revela descripciones de los intentos iniciales de los montañeros británicos. De hecho, fueron británicos los primeros en escalar la mayor parte de las 38 montañas de casi cuatro mil metros que rodean Zermatt. Con 4 447 metros de altura, el Matterhorn es una de las cumbres más famosas de los Alpes, y su rocoso y prominente perfil ha sido reproducido en incontables fotografías y objetos de recuerdo. Durante nueve meses, la montaña permanece cubierta de nieve, solitaria y silenciosa, pero entre junio y septiembre atrae alpinistas de todo el mundo cual flor a las abejas.

Un tren los lleva de Tasch a Zermatt, donde son recibidos por taxis eléctricos y carruajes de tiro de los elegantes hoteles. Los viajeros suelen enmudecer ante la vista de 180 grados de las montañas donde, como un coloso que domina este vasto e impresionante semicírculo de elevados picos alpinos, el Matterhorn se perfila en el cielo.

Son las 3 p. m. cuando llego a Hornli Hut, punto de partida para escalar el Matterhorn. Monte Rosa, Dent Blanche y Lyskamm –gigantes monolíticos de piedra, hielo y nieve– vuelven sus rostros hacia el sol de verano. Pero el Matterhorn proyecta su sombra; su dentado contorno parece rasgar el éter. La terraza exterior de Hornli Hut está atestada de atléticos y bronceados hombres y mujeres de todo el mundo, cuyo multicolor equipaje de mochilas, cuerdas y equipo cubre el suelo. Emocionados, los recién llegados se sientan a examinar sus libros de guía y estudian con toda gravedad la ruta hasta la cumbre.

Decido aprovechar la caminata hasta Hornli Hut para calentar mis músculos, dos días antes del ascenso de celebración al Matterhorn con Roni.

Un helicóptero se aproxima a toda velocidad y sobrevuela la terraza. Una nerviosa energía se disemina entre la multitud. Las expresiones de los escaladores se tornan rígidas. Al mirar hacia arriba, veo la silueta de una persona que desciende en un cable hasta el borde de una grieta; luego bajan una camilla por el cable. Desaparece la belleza del Matterhorn y su gélido rostro adquiere un aire siniestro.

Apenas la mitad de los grupos que no llevan guía alcanzan la cumbre y algunos se convierten en estadísticas de accidentes. Es apenas la tercera semana de la temporada de alpinismo en el Matterhorn y ya son siete las personas que han perdido la vida.

Camino de vuelta a Zermatt y al llegar, mi padre me recibe con una expresión de inquietud en el rostro. Pone su mano en mi hombro y señala el Matterhorn con un breve movimiento de la cabeza.

‘‘Es Roni –me dice–. No sabemos qué ocurrió’’.

A los 68 años de edad, Roni Inderbinen, guía y amigo de mi padre desde hace muchos años, ha muerto en la montaña que tanto amó.

Hornli Hut está saturado esa noche, con 120 personas hacinadas en habitaciones y dormitorios. La mayoría dormimos mala y a mí me asalta una perturbadora interrogante: ¿Es correcto que prosiga con el ascenso, a pesar de la muerte de Roni?

Concluyo que nada honraría mejor la memoria de Roni que llevar a cabo el ascenso que íbamos a compartir.

Me levanto al escuchar la diana, a las 4:30 a. m. y tardo menos de 15 minutos en salir por la puerta. Llevo prisa ya que otros cincuenta y cinco grupos de alpinistas se esforzarán por alcanzar el mismo objetivo.

Entre el caos de los escaladores, mi guía, Richard Andenmatten, aguarda con impaciencia al pie de la escalera. Andenmatten tiene el récord de la mayor cantidad de ascensos al Matterhorn: dejó de contar después de subir 820 veces. Con 65 años, es guía de cuarta generación y uno de los más veteranos en la montaña. Toma mi arnés y lo sujeta a su cuerda con mi carabinera y, sin haber desayunado, salimos rápidamente por la puerta trasera de la cocina hacia la profunda oscuridad.

No cruzamos palabra durante una hora. Andenmatten quiere mantenerse a la cabeza de la caravana de escaladores, así que nos desplazamos con increíble celeridad rodeando a otros grupos para situarnos al frente. Mientras subimos, me muestra dónde apoyar cada mano y pie.

Tengo un ojo puesto en la roca y otro en la cuerda, ya que podría enredarme si pierdo la concentración. Son ya las 6 a. m. y hemos escalado desde hace 80 minutos. Me falta el aire y tengo la garganta reseca; me duelen los músculos de los muslos. Mi objetivo adicional es no hacer el ridículo. Vuelvo a sentirme aquella niña de 10 años que escuchaba impresionada a Roni. Andenmatten interrumpe el ascenso y me hace una indicación para que lo alcance. ‘‘Mira –dice sonriente–. Es el amanecer alpino’’.

Un paisaje de heladas cumbres reluce bajo los primeros rayos del sol. En cuestión de segundos, 29 de los picos suizos de casi cuatro mil metros se alzan como llamas que horadan las pálidas y delicadas nubes.

Luego de dos horas pasamos el punto de Solvay Hut. Los guías saben que cualquiera que sea capaz de llegar a este refugio de emergencia a más 4 003 metros de altura tiene la suficiente capacidad para seguir adelante. De lo contrario, deben dar marcha atrás –y no hay reembolso.

La ruta se vuelve más técnica y la sección más complicada se encuentra un poco adelante. Unida a Andenmatten por la cuerda, contemplo arriba de nosotros el punto crítico de la escalada, la placa Moseley, y mi mirada se fija en los numerosos apoyos de manos y pies de su empinada ladera. Al llegar al Hombro –el campo de nieve previo a la cumbre– tomamos el primer descanso del día.

‘‘A veces los escaladores cuestionan si el guía puede sostenerlos, si la cuerda es segura y si la roca es suficientemente resistente’’, comenta Andenmatten mientras nos ponemos los crampones para el último tramo hasta la cumbre. Por mi parte, no estoy más nerviosa que cuando subí con Roni siendo una niña.

‘‘Fue por aquí’’, me indica Andenmatten, refiriéndose al lugar de donde Roni cayó. Nos detenemos un instante, absortos en nuestros pensamientos, antes de proseguir.

Llegamos a la cima casi a la misma hora que entro a trabajar normalmente. Un apretón de manos, una foto, un beso y un bocadillo es todo lo que tenemos tiempo de compartir antes de iniciar el descenso. Por un momento observo todas las cumbres que he escalado en los Alpes desde mi primer ascenso en el Matterhorn. Una repentina tristeza me embarga. Echo muchísimo de menos a Roni, pero puedo imaginar que me sonríe en este momento triunfal.

Antes de partir de Zermatt, voy en busca de Ulrich Inderbinen, montañero del Matterhorn de 100 años de edad. Mientras me dedica una copia de su biografía, le pido que me explique cuál es su mensaje principal. ‘‘Vive de la misma forma que subes por las montañas –me dice–, con un ritmo lento y reflexivo, pero decidido y regular’’. Su impresionante historial alpino confirma esta teoría: tenía 90 años cuando hizo su último ascenso al Matterhorn.

Durante mi último día en la población, entro en la iglesia donde hace poco nos despedimos de Roni. Camino lentamente hasta el lugar donde estuvo su ataúd y mis pensamientos retroceden 30 años, cuando mi padre prometió celebrar mi primer ascenso al Matterhorn con una pinta de helado. La noche de mi primer ascenso, papá y Roni brindaron con schnapps, orgullosos de mi logro, y me hicieron sentir invencible. Conquistar el Matterhorn tuvo gran significación entonces. Todavía la tiene.

Zermatt para los menos temerarios

Conozca más de la antigua Zermatt en su evocador Museo Alpino, donde la vida de la aldea suiza, el montañismo y la agricultura están bien representados con fotografías y documentos. El antiguo equipo que forma parte de la exhibición le hará sentir un nuevo respeto por los primeros alpinistas.

Puede caminar del museo al cementerio donde yacen enterrados los escaladores que han perdido la vida en el último siglo. Cerca de allí se levanta un monumento a su memoria.

En las afueras de Zermatt se encuentra el Hotel Schwarzsee, situado junto a un lago alpino tan cristalino que puede fotografiar la silueta de las montañas reflejada en el agua. También puede abordar el teleférico desde las afueras de Zermatt hasta el hotel, que se encuentra a una altura de 2 582 metros y, mientras admira los paisajes alpinos, relájese en la terraza con un trozo de Apfelkuchen (torta de manzana) casero y café con schnapps.

El restaurante Findlerhof se encuentra a una hora a pie al subir por la ladera de una colina al oriente de la población. Desde la terraza podrá dominar el panorama alpino. Heidi y Franz Schwerz, los propietarios, preparan platillos tradicionales como rosti (torta de patata frita acompañada de huevo y tocino o queso) y ravioli caseros rellenos de ajo silvestre. No se pierda el vino local, Dole, del cercano valle del Ródano. Termine al estilo suizo con un digestivo de elaboración artesanal.

Una empinada caminata de dos horas conduce a un auténtico mesón montañés, el Berggasthaus Trift, donde le recibirán Hugo y Fabienne Biner, sus tres hijos y un feroz gatito blanco. Fabienne, representante de la cuarta generación de propietarios, heredó el hotel de sus padres,y Hugo hace malabares con las profesiones de hotelero y guía alpino.

Muchos visitantes de Zermatt prefieren levantarse muy temprano para hacer el recorrido en tren hasta la famosa estación Gornergrat, con su observatorio en una rocosa saliente a más de tres mil metros de altura sobre el glaciar Gorner, y observar el ascenso del sol sobre las montañas para luego caminar cuesta abajo hasta la meseta Riffelalp (2 222 metros de altura) y deleitarse con el almuerzo del Riffelalp Resort, de cinco estrellas.

El teleférico más alto de Europa transporta pasajeros al Klein Matterhorn, cuya cumbre, a 3 883 metros sobre el nivel del mar, brinda una vista de todos los picos circundantes de más de cuatro mil metros de altura. Sin embargo, la principal atracción del lugar es la visita al Palacio Glaciar, donde caminará entre esculturas y formaciones de hielo y se preguntará cómo las mantienen suficientemente frías en el verano.

(Bernice Notenboom es editora colaboradora de National Geographic Traveler. Ella y el editor gráfico, Dan Westergren, esquiaron hace poco hasta el Polo Norte para un artículo de próxima publicación).

12 comentarios

  1. Escrito por GALO MARTINEZ:

    EXELENTE!!!!!!!!!!

  2. Escrito por Marco Morales:

    Escepcional ,increible……

  3. Escrito por Carlos.F.Rosas-Perú:

    BUENAZO!!!!!! FELICITACIONES,POR ESCEPCINALES VIVENCIAS…….

  4. Escrito por Ramon Paz:

    Es un sueno,increible.Gracias por compartir.

  5. Escrito por Ramon Paz:

    Increible.Gracias por compartir.Es maravilloso.

  6. Escrito por martin:

    hola saluditos y gracias por compartir con todos nosotros saludos desde atlanta ga
    martin

  7. Escrito por LAURA MÁRQUEZ:

    de verdad muy interesante.gracias por echar a andar nuestra imaginación

  8. Escrito por Ma. Isabel Romero Flores:

    Excelente artículo, recordé cuando tuve la dicha de ascender el Pico de Orizaba, y es una experiencia fabulosa, es otro maravilloso mundo,Gracias, por estas vivencias.

  9. Escrito por JORGE DIOISIO GARCIA:

    ¡EXTRAORDINARIO LOS QUE SABEMOS DEL TRIUNFO DE LA CUMBRE SABOREAMOS ESOS INSTANTES Y VIVENCIAS GRACIAS BERENICE POR TRANSPORTARNOS EN EL TIEMPO Y AL HERMOSO LUGAR Y NO MENOS HERMOSA ESA MONTAÑA DIOS TE REGALE MUCHAS VIVENCIAS IGUALES O MEJORES!

  10. Escrito por David Orjeda:

    Amazing, muy bueno, quiero compartir contigo unas fotos de Markawasi esto queda en Lima Peru http://amigosaventureros.blogspot.com/2008_04_27_archive.html es una hermosa montaña que esta a 4000 metros del nivel del mar, las vistas que encontrarass son sorprendentes. (Vista alucinante)

  11. Escrito por Sandra Andenmatten:

    Excelente…aùn mas cuando veo a un Grande con mi apellido!!!…un Honor…Amo los Alpes Suizos..Alemania. etc..muy lejos de poder conocerlos!! pero gracias por acercarme con estas Notas!! Saludos desde el Sur Argentino, donde hay buena cordillera..Nieve etc

    Sandra Andenmatten - Neuquen (Patagonia Argentina) andenmatten10@hotmail.com

  12. Escrito por Alejandro Gonzalez:

    muy bueno soy amante de los viajes y las fotos dejo mis datos para cualquier contacto posible con gente que tenga el mosmo interes.
    gracias Alejandro Gonzalez.

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