Italia en bicicleta

Escrito por: Joyce Maynard el 16 de Junio de 2008 | 6:06 am
Etiquetas: Ninguna

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Fotografía de Aaron Huey Foto: National Geographic

Cambio de velocidades

A pesar de todos los años dedicados a la crianza, y sin una abundante cuenta bancaria, mis hijos (dos varones y una niña) y yo hicimos algunos viajes muy interesantes. Navegamos en velero a las Islas Vírgenes; tomamos unas vacaciones para buscar oro en Cascades; hicimos un viaje relámpago de cuatro días a Inglaterra; y una vez rentamos un RV y recorrimos las montañas Blue Ridge.

De las muchas lecciones aprendidas en nuestras aventuras, quizá ninguna fue más valiosa que el efecto de los viajes para estrechar nuestras relaciones. Al alejarnos de casa y la rutina, tuvimos que adaptarnos a otras culturas y formas de vida, lo cual nos ayudó a depender unos de otros como familia. Tal vez sólo hubo una fractura: el padre de mis hijos y yo nos divorciamos cuando eran muy pequeños, así que crecieron entre dos hogares enormemente distintos. Como siempre tuve que ser el adulto en nuestros viajes en familia, me aseguraba de que los chicos entendieran que éramos (teníamos que ser) un equipo.

Y esas experiencias infantiles los ha convertido en temerarios viajeros (aunque no dispongan de demasiados fondos). No obstante, sus viajes más recientes han dado un giro importante: ya no los acompaño yo. Todos tienen empleo y viven en otras partes, así que no los veo tan a menudo. La verdad es que, aunque alguna vez abrigué la fantasía de viajar sin niños, desde que mis hijos abandonaron el nido, mi sueño ha sido encontrar la manera de hacer que me acompañen, pues hace algún tiempo me di cuenta de que si quería pasar buenos momentos con alguno de ellos, la mejor manera era llevarlo (o llevarla) de viaje.

De mis tres pequeños, el candidato al más difícil compañero de viaje era el menor, mi hijo Willy (conocido ahora como Wil). Con 23 años y una vida en Los Ángeles, donde desarrolla su carrera de escritor y actor mientras trabaja como camarero y desarrolla habilidades de gimnasta en los circos de Venice Beach, Wil siempre ha sido el más independiente de los tres y el que más se ha resistido al impulso materno de retenerlo. Wil sólo me acepta en pequeñas dosis, lo sé bien. Más allá de las conocidas tensiones entre padres e hijos, nuestra relación siempre fue bastante beligerante, a veces hasta hiriente. Sin duda se debió en parte al divorcio, a pesar de su desinhibición para decir claramente lo que sentía y mi tozudez para responder cómo veía yo las cosas.

Al contemplar la perspectiva de un viaje madre-hijo, comprendí que tendría que encontrar una oportunidad de viaje realmente fabulosa para seducirlo. Además, tenía que ser un viaje cuyo costo le impidiera hacerlo sin mí, de modo que en vez de nuestros habituales destinos en el Tercer Mundo, volví la mirada hacia Europa. Wil es un apasionado del ciclismo y, aunque el norte de California, donde vivo, está repleto de personas que pasan los fines de semana en bicicleta, Wil pedalea todos los días en el tráfico del centro de Los Ángeles.

Así que lo invité a acompañarme en un viaje ciclista por Italia, país que jamás había visitado. Sólo existía un problema: ni siquiera la más amplia definición de ciclista podría incluirme como miembro de la especie. De hecho, cuando hice la invitación no tenía bicicleta. Por supuesto, hay viajes especiales para gente como yo: cómodas ‘‘vacaciones en bicicleta’’ con estancia en hoteles de cuatro estrellas y comidas en elegantes restaurantes, salpicadas con encantadores paseos por la campiña y una camioneta de auxilio siempre a la zaga. Con otra persona, es posible que hubiera disfrutado de algo así, pero sabía que nada difería más del estilo de mi hijo, y mi prioridad era encontrar algo que se adecuara a los gustos de Wil. Tras una cuidadosa investigación, localicé a un proveedor llamado Blue Marble, con oficinas en París y Filadelfia, y dedicado a la atención de ‘‘adultos individualistas, curiosos, aventurados y jóvenes reales o de corazón’’.

El viaje que elegimos era una combinación de dos aventuras de una semana: pasaríamos siete días en Toscana y siete más en Umbría. El folleto describía el terreno como ‘‘moderado a difícil’’, con un promedio de 50 kilómetros diarios en bicicleta y buena cantidad de colinas. Blue Marble proporcionaría las bicicletas en Italia, pero con apego a la filosofía de ‘‘puedo solo’’, había un elemento que la compañía no proporcionaría: una camioneta de apoyo.

Al aproximarse la fecha del viaje traté de entrenarme un poco, pero la verdad es que tenía miedo del tráfico y las colinas (cuesta arriba o abajo, da igual). Cuando llegó el momento de abordar el avión para las vacaciones que, de manera muy melodramática, había visualizado como ‘‘el periodo más prolongado que compartiré con Willy el resto de mi vida’’, llevaba conmigo una experiencia total de unas tres horas en bicicleta al aire libre.

Me encontré con mi hijo en Roma y abordamos un tren a Pisa para reunirnos con Carlos, el líder del recorrido, y el grupo con el que viajaríamos la primera semana. De Pisa abordamos otro tren al poblado aledaño de Empoli para iniciar el viaje. Con mi escaso entrenamiento, descubrí que algo tan fundamental como cambiar de velocidades me obligaba a pensar. No obstante, luego de media hora en la bicicleta, y al haber dejado atrás el tráfico, empecé a pedalear por caminos vacíos donde el escenario incluía verdes colinas salpicadas de cipreses, viñedos y granjas toscanas. De vez en cuando cruzábamos una pequeña población donde parábamos a comprar espresso, gelato o frutas en el mercado. Por ninguna parte vi el tráfico que tanto aprendí a temer en casa, de modo que mi peor temor se volvió hacia las colinas.

Una de las ventajas para las mujeres de mi edad (53 años) es que la falta de aptitud física está más que compensada por la fortaleza mental y la resistencia. Al enfrentar mi primera colina toscana –más alta que empinada; fue un ascenso de más de 11 kilómetros– recurrí a ejercicios mentales, tales como recordar la suerte que tenía de realizar este viaje y la fortuna de encontrarme en Italia mientras montaba en bicicleta con mi hijo (aunque ni siquiera podía verlo, pues me llevaba una delantera de varios kilómetros). Me habían dicho que estaría dolorida al finalizar el primer día, y así fue, pero al llegar el tercero, me sentía mucho más fuerte. Aunque las colinas todavía representaban un gran reto de resistencia, el recuerdo del exitoso ascenso en ocasiones anteriores me ayudó a continuar.

Cada día, el trayecto cambiaba de manera perceptible, pero pronto establecimos un patrón muy agradable: para mí (que siempre despierto temprano) comenzaba con una taza de espresso a las 7:30 a.m., ejercicios de calentamiento con Wil, un repaso rápido para asegurarnos de que llevaba agua, un bocadillo y guantes, y un vistazo general al itinerario. Todos los días, Carlos nos entregaba algunas páginas con indicaciones detalladas sobre dónde dar vuelta y dónde recoger algún alimento particularmente delicioso –un estupendo antipasto en una población, bazo en pan tostado en otra parte– y un mapa que señalaba las poblaciones donde podíamos renunciar a la aventura abordo del tren (sólo una persona del grupo tomó la opción, y no fui yo). Estas interesantes e informativas hojas más parecían un manual de instrucciones para una competencia de búsqueda de tesoros, cosa que me pareció muy adecuada porque, si recordamos la filosofía de Blue Marble, estábamos prácticamente solos durante el trayecto.

La semana transcurrió principalmente con la exploración de la campiña toscana –extensa, de sinuosas colinas, con granjas de techo de teja, cipreses y olivos, poblaciones donde mujeres con delantales todavía barren las calles con escobas de vara– y algunas escalas en establecimientos para comprar café, pizza y helado y, para mi hijo, una siesta ocasional en un campo de amapolas. Aunque había visto infinidad de fotografías de Toscana durante años, experimentar su belleza natural en bicicleta fue una experiencia única y completamente distinta. A veces tenía que desmontar para contemplar mi entorno. No veía a Wil con mucha frecuencia; a menudo sólo nos encontrábamos en el lugar donde el grupo se detenía a almorzar. No habíamos tenido alguna de las trascendentales charlas de corazón a corazón con que los padres suelen soñar, pero algo aprendí: al aferrarme con menos fuerza y ejercer menos presión para que la relación fuera significativa, mi hijo se mostraba menos resistente a pasar más tiempo conmigo.

Pedaleábamos 50 o 60 kilómetros al día, con algún ascenso ocasional de 5 o 10 kilómetros. Pasamos dos noches en la mágica población de Certaldo, la encarnación de mi soñado poblado italiano en una colina: aldeanos reunidos en pórticos para charlar y tomar vino mientras las campanas tañían en la distancia y la ropa recién lavada ondeaba en tendederos instalados entre los edificios. Mientras subíamos pedaleando, el moderno nivel inferior, con sus ferreterías y cafés Internet, dio paso a la población medieval fortificada, cuna, según cuentan, del famoso poeta del siglo XIV, Giovanni Boccaccio.

No había autos en esa zona, de modo que al llegar, hacia el atardecer, encontramos las calles abarrotadas de gente. Durante nuestra estancia cenamos en el maravilloso restaurante del hotel Il Castello, con un gran ambiente y platillos magníficos como hongos porcini y tagliatelle con trufas. Apreciamos aún más la belleza de Certaldo después de haber pasado por otras poblaciones toscanas infestadas de turistas, como Monteriggioni y San Gimignano, conocida como la Manhattan Toscana debido a su dentado perfil de torres medievales. San Gimignano es ciertamente hermosa, pero muchos otros ya han descubierto esta cualidad. Pasamos otras dos noches en Siena, ciudad que, dada su popularidad turística, parece extrañamente paralizada en el tiempo y cuya esencia reside en el centenario campo (piazza) y las tiendas que ofrecen escudos y banderines de estilo medieval.

La última noche de nuestra semana en los caminos de Toscana transcurrió en la pequeña Villa Rosa di Boscorotondo, establecimiento familiar en la campiña de la Aldea de Lucarelli, donde nos despertó el canto de las aves y la luz del sol que bañaba un prado de flores silvestres. De vez en cuando nos deteníamos en alguna iglesia o sitio importante: el bien preservado Castello di Brolio, parte del imperio vinatero del Barone Ticasoli; la Badia a Coltibuono, abadía transformada en ‘‘resort de vinos’’ que ofrece habitaciones para turistas y donde producen famosos chianti. Pero más que nada, nos deleitamos en contemplar el espléndido paisaje, aspirar los aromas de celindas y jazmines, y sentir el viento mientras gozábamos de las muy merecidas carreras cuesta abajo.

Al iniciar la segunda semana, cuando Wil y yo nos despedimos de nuestro primer grupo de compañeros de viaje y nos preparamos para iniciar la segunda parte, comencé a sentirme realmente inquieta cada vez que desmontaba de la bicicleta. El líder de nuestro viaje de esa semana fue el fundador de Blue Marble, el neoyorquino Nicolas Clifford, hoy establecido en París con su esposa (una cliente de Blue Marble a quien acompañó en un viaje) y sus hijos. Nicolas confesó al grupo que su amor por el ciclismo no se debía al deporte en sí, sino a que le brindaba la oportunidad de disfrutar de su pasión por la buena mesa y los estupendos vinos locales, placer que, enfatizó, podía disfrutar sin culpas debido al estupendo ejercicio del ciclismo. Durante la primera cena resultó evidente que uno de los aspectos más importantes de la semana (además del ciclismo, las iglesias, poblaciones e hitos históricos de Umbría, con su hermosa campiña) sería los restaurantes y vinos que Nicolas ya había identificado para nuestro disfrute.

Aunque no soy enófila ni bebo en grandes cantidades, empecé a disfrutar del vino a la hora del almuerzo y la cena, comidas que a menudo se prolongaban varias horas mientras degustábamos un conejo en salsa de vino, pichones, lasaña de puerros y alcachofa, pasta de trufas, espárragos silvestres y la mejor pizza que jamás haya comido, para después terminar con la dulce panna cotta, un budín de chocolate o tiramisú acompañados de grappa o vino digestivo.

En otras circunstancias, tanto comer y beber habría resultado excesivo para mí, pero el trabajo en la bicicleta compensaba las cosas. Las rutas principales eran esencialmente llanas, pero todos los días surgía la posibilidad de subir por una cuesta mortífera y, para mi asombro, siempre me dejé llevar por esa opción. Más que en Toscana, es posible recorrer Umbría, en gran medida, sobre caminos vecinales llanos y pavimentados que serpentean por trigales y antiguas poblaciones. Pedaleábamos muchos kilómetros sin tropezar con más de uno o dos autos; aunque en cierta ocasión topamos con un rebaño de ovejas y unos ancianos umbros que montaban bicicletas bastante básicas.

Recorrimos los paisajes de Umbría casi en un estado de ensoñación, y aunque las vistas desde un auto habrían sido como postales, el recorrido en bicicleta nos dio la oportunidad de poblar la escena. Muchas veces al día me dejaba cautivar por las imágenes de tal manera –un anciano que atendía sus tortugas, el sol que iluminaba el costado de una iglesia con tal intensidad, que parecía tener luz propia– que muchas veces me escuché lanzar hondos suspiros.

Mientras que Toscana era verde y cuidada (casi como un plató de cine), Umbría poseía una singular fuerza: más exuberancia, más forestación y un poco más de ‘‘realidad’’. Uno de los temas que adopté para esa semana fue la variedad de cultivos que observamos durante el recorrido: campos sembrados de trigo y centeno, tomates, alcachofas, frijol, patatas, calabacitas y numerosas plantas jóvenes que, para agosto, se transformarían en imponentes girasoles de casi dos metros de alto. Mi cuaderno de bolsillo, retacado en los pantalones para montar, enumeraba los paisajes que encontrábamos: ancianos que jugaban a las cartas; jovencitas apoyadas en balcones; un carromato de madera que tiraba un caballo; pacas de heno; un escaparate adornado con la cabeza de un jabalí; perros que nos ladraban al pasar; un altar junto al camino que albergaba una pequeña Madonna iluminada con velas y rodeada de flores recién cortadas.

Un día subimos por una retorcida pendiente de 18 grados que atravesaba plateados olivares hasta la cumbre de la colina donde se encuentra la pintoresca población de Trevi, que data de la era romana y tiene un museo dedicado a las aceitunas; luego bajamos y volvimos a subir por otra cuesta mucho más empinada hasta Montefalco, lugar donde subimos a pie por los últimos 110 escalones de la Torre Comunale (torre del pueblo) para contemplar la espléndida vista de Umbría a nuestros pies. Muchas veces, mientras avanzábamos, la diferencia entre mi capacidad como ciclista y la de Wil hacía que nos separásemos mucho en el camino, pero de vez en cuando, como cuando llegamos a este lugar, lo encontraba justo a mi lado, y compartíamos el paisaje. ‘‘Lindo viaje’’, comentó en esa ocasión, mientras ponía su mano en mi hombro.

Más adelante llegamos a la pequeña población de Bevagna, una de mis escalas favoritas en el viaje, donde viviera el bisabuelo de un compañero de viaje antes de emigrar a Estados Unidos, hacía 90 años. Mientras Francis, nuestro amigo ciclista, buscaba el apellido de su antepasado, Ubaldi, en los archivos de la ciudad, los demás decidimos visitar la encantadora casa de ópera de Bevagna. Diseñado con cuatro niveles de palcos dorados y asientos de terciopelo, el teatro fue construido a fines del siglo XIX por las familias más ricas del lugar. Como muchos otros edificios de Umbría, la casa de ópera todavía funciona a toda su capacidad y ofrece numerosas representaciones teatrales. Aquella tarde, un grupo de jóvenes ensayaba en escena bajo la dirección de una monja armada con una regla. Cuando salimos del recinto, encontramos a Francis y Nicolas con un anciano cuya esposa era prima segunda de Francis. La búsqueda de los descendientes de la familia Ubaldi había demorado escasos 20 minutos.

Pasamos las dos noches siguientes en Assissi (Asís), el único lugar que conozco donde los monjes y las monjas son más numerosos que la policía, y donde los escaparates de las tiendas exhiben atuendos clericales de la misma forma en que los comercios estadunidenses ofrecen pantalones vaqueros. Me encantó Assissi, con sus ondulantes calles empedradas, su vasta plaza bordeada de cafés y vinaterías, y un incongruente templo de la época romana. Cuando subimos hasta la cima de la colina, llegamos a un lugar que brindaba una vista espectacular justo a tiempo para admirar el ocaso.

Pasamos las dos últimas noches en Perugia, antigua ciudad amurallada a la que entramos (después de uno de los ascensos más difíciles de toda la semana) a través de unas catacumbas medievales en las que han instalado escaleras eléctricas, las cuales utilizamos para llevar las bicicletas hasta la piazza.

Faltaba por recorrer el último tramo, que también sería el más largo: 90 kilómetros. Primero pasaríamos por el valle del río Tevere (Tíber) y luego seguiríamos hacia las colinas en un difícil ascenso de 12 kilómetros. Mientras me esforzaba por mantener el ritmo (me dolían los cuadriceps y apenas podía hablar por el esfuerzo para respirar), imaginé un mantra para seguir adelante. En esta ocasión fue una especie de oración en la que manifestaba una profunda gratitud por el joven sin casco que nuevamente pasó como un relámpago a mi lado, y la enorme bendición de pasar estos días con él.

Creo que, hace algunos años, habría tratado de aprovechar estos días al máximo, pero de otra manera: tener a mi hijo tan cerca de mí como fuera posible, interrogarlo sobre su vida mientras trataba de revivir sus experiencias infantiles o desentrañar sus planes para el futuro. Le habría ofrecido consejos sobre la importancia del seguro de gastos médicos y los riesgos de montar en bicicleta sin casco. Pero no lo hice y, por un momento, me pregunté si no habría desperdiciado una oportunidad única. Íbamos a despedirnos en unas cuantas horas, pues yo volvería a Roma y Wil seguiría con rumbo a algún lugar que aún no había decidido. ‘‘Antes de abordar mi tren –dije–, comamos juntos en la piazza’’. Ocupamos una mesa junto a una fuente donde, como sucede en cualquier parte de Italia, podíamos entretenernos mientras observábamos a la gente pasar. Sin embargo, mi hijo sacó entonces su cuaderno de dibujo y me hizo un retrato.

Permanecí casi inmóvil, y dejé que dibujara mi rostro. Las lágrimas asomaban a mis ojos –por primera vez en dos semanas–, pero no eran de las que causan inquietud, sino las que cualquier hijo espera de una madre que se dispone a decir adiós. Le dije a Willy que, para mí, esos días habían sido los mejores que jamás hubiéramos compartido y él respondió que sentía lo mismo. Llevó mis maletas al taxi. Abracé a mi hijo de 1.83 metros, al niño a quien enseñé a montar en bicicleta cuando tenía 3 años porque no soportaba que su hermano mayor y su hermana se le adelantaran siempre, mientras yo corría detrás de él para evitar que cayera. ‘‘Avísame dónde estás cuando llegues adonde vayas’’, dije. Lo mínimo que puede pedir una madre.
‘‘Claro, mamá’’, repuso. Entonces me dio un beso y, luego, desapareció en la distancia.

(Joyce Maynard, autora de nueve libros incluido To Die For y las memorias At Home in the World, afirma que su ‘‘proyecto más anhelado’’ es impartir talleres de redacción en Guatemala. El fotógrafo Aaron Huey es colaborador de National Geographic Traveler).

9 comentarios

  1. Escrito por carlos:

    Hermoso relato, lleno de amor y poesía.
    Es un viaje que quisiera hacer también con el menor de mis hijos (21 años).
    Espero, poder vivir las mismas experiencias.

  2. Escrito por Ramon:

    Bello relato,tan humano y tan familiar con problematica que aveces es comun en la vida,pero que hermosa descripcion y que sentido tan humano de la relacion.maravillosa la vida.Gracias disfrute del ralato.Mexicali B.C.

  3. Escrito por Lilia Sànchez:

    Tengo dos hijos y probablemente una cartera ultra reducida a comparaciòn de la de Joyce, pero coincido con ella en que los viajes familiares estrechan lazos. Yo tambièn espero seguir viajando con mi familia (por lo menos una vez al año) por muchos años màs. Felicidades a todos aquellos que tienen hijos y que los disfrutan al màximo.

  4. Escrito por Margarita Nuñez:

    quisiera hacer un viaje asi con mi madre y mi hermano, me encantaria pasar un tiempo con ellos alejados de la cuidad y dedicarnos tiempo para estar juntos, seria maravilloso sobre todo por el escaso tiempo que nos damos los tres a diario. espero llegar hacerlo algun dia. gracias por tu relato fue esperanzador

  5. Escrito por jose roberto:

    Maravilloso relato lleno de amor y poesia. Siendo un enamorado del ciclismo y la naturaleza, me produce una sana envidia.Felicitaciones y gracias por compartir esa experiencia.

  6. Escrito por javier resendiz:

    sin duda alguna, el tener acceso a este tipo de lecturas es algo de incalculable valor, vivir experiencias a traves de los escritos de otros es fabuloso, la narracion me dejo una mezcla de sentimientos nostalgia, alegria y la curiosidad de experimentar nuevas formas de viajar… la descripcion de italia fue fabulosa … gracias por enrriquecerme ….. saludos

  7. Escrito por Mónica Izurieta:

    Las líneas en las que Will está haciendo el retrato de su madre al final del viaje me estremecieron las dos veces que leí este hermoso relato. Mi hija tiene dos años y siempre he querido que, a pesar de que esté creciendo en una capital, sea una viajera empedernida y cuide del mundo en que vive. La experiencia de Joyce me ha motivado a hacerlo juntas y a no esperar a que crezca más para hacerlo…

  8. Escrito por Fabian:

    Dulce, sensible, hermoso relato cargado de ternura y poesia. Me encanto.

  9. Escrito por noel leyva:

    muy bonito relato, me gusta su vida de aventura
    y su anhelo de acercarse a su hijo
    sòlo que no me agrada que no conviva mucho con sus hijos y que no sepa en donde vivirìa,perdon

    deseo tener un viaje asì con mi familia,tengo 22 años
    saludos