Ladakh
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Fotografía de Steve McCurry Foto: National Geographic
El pequeño Tíbet
En una pequeña tienda del bazar de Leh, como si estuviera en un trono, me siento en medio de cojines, antiguos amuletos y cuentas para oraciones, de lámparas de mantequilla y pipas de opio, de teteras de cobre y botas de fieltro con punta. Estoy con mi amigo Imtiyaz Ahmed, cachemiro, comerciante de antigüedades y filósofo.
“Algunas veces Ladakh era tan sólo un rumor, para los extranjeros –me dice Ahmed–. No un lugar real, sólo un mito. Recuerda las descripciones de Herodoto de esta parte del mundo: describe a las hormigas como si fueran más grandes que los zorros, y escarbaban para buscar oro”. Ahmed se da una palmada en el muslo. “Yo sigo en busca de esas hormigas”. La noche se acerca y en la penumbra de la tienda Ahmed enciende las velas ubicadas entre las alforjas, los collares de ámbar y las dagas con dragones grabados. “Una leyenda; eso es lo que vivimos”, añade.
Tan sólo un pueblo en crecimiento, Leh es la capital de Ladakh, la región más remota y menos poblada de la India, cuyos extremos voy a explorar dentro de las próximas dos semanas. Leh será mi base. La palabra Ladakh proviene del tibetano ‘La-Dags’, que significa ‘Tierra de altos desfiladeros’. No es una provincia grande –más o menos tiene el tamaño de Pensilvania– pero sus caminos y altísimos picos la hacen ver más grande de lo que realmente es. Conocida también como Pequeño Tíbet, Ladakh fue un tradicional reino budista de los Himalayas hasta su incorporación al estado de Jammu y Cachermira en el siglo IX. Tierra de picos nevados y monasterios medievales, de aldeas remotas y caravanas de camellos, es uno de los últimos refugios del leopardo de nieve y del budismo tibetano, el cual florece en este lugar sin el tipo de supresión que sufre actualmente en el Tíbet.
El aislamiento de Ladakh es legendario. Uno de los primeros europeos en llegar a esta tierra fue William Moorcroft, en 1820. Su viaje desde Bareilly, cerca de Delhi, le tomó un año. Hoy, la mayoría de los visitantes llegan en avión a uno de los aeropuertos más altos (3 494 metros), donde los vuelos son vulnerables por las cancelaciones causadas por el clima; la alternativa es un paseo de dos días desde Manali, en Himachal Pradesh. Abierta a los forasteros hasta mitad de los años setenta, gran parte de Ladakh continúa cerrada, alrededor de seis o siete meses al año, a causa de sus duros inviernos.
Los camellos ya no te pisan los pies en el bazar de Leh, pero aún conserva el eco de sus días glamorosos; cuando era el gran centro de comercio de Asia Central. En sus caminos cuelgan fajas de seda de las ventanas, se venden seis tipos de té (verde o negro) y la joyería de oro continúa siendo la mejor forma de inversión sin impuestos. En las casas de comida sirven empanadas al vapor llamadas momo y en las barberías, apenas más grandes que un armario y con tan sólo dos sillas, uno puede cortarse el pelo por una mínima cantidad de dinero. Más allá del bazar se encuentra la cancha de polo, deporte que se ha jugado por siglos en estas montañas.
Como un galeón, el antiguo palacio real se alza sobre el pueblo. Parece que sus paredes salen de los acantilados rocosos. Para alcanzarlo, escalo las calles laberínticas, donde parece que las casas enfiladas se recargan precariamente una sobre otra. Las ovejas y los niños me miran sorprendidos desde los umbrales. Un canalón abierto corre hacia abajo en medio de un empinado sendero. Leh es un pueblo del siglo XVI con olores del siglo XVI. El colosal palacio real es una versión más chica del Palacio Potala de Lhasa, la capital del Tíbet. Los últimos miembros de la familia real de Ladakh fueron persuadidos para abandonar el pueblo en los años cuarenta; habían sido depuestos un siglo antes por el Marajá de Cachemira. Aunque se ha empezado una lenta restauración, el lugar sigue en ruinas.
Atravieso los pasillos misteriosos del palacio a través de viejas escaleras e interminables cuartos. Algunos están vacíos, otros llenos de escombros y otros, sólo habitados por fantasmas. Finalmente, llego a la terraza del techo para apreciar una vista panorámica del pueblo. A lo lejos, del lado del Valle Indo, logro ver los grandes picos nevados de las Montañas Zaskar. Mientras miro, oigo un ruido extraño, un susurro, como la afinación de una orquesta. Me asomo. Distingo templos al lado de los flancos bajos del palacio (en este palacio, la autoridad temporal y religiosa estaba unida de manera inextricable). Me doy cuenta de que el sonido del canto viene de uno de los templos.
En la terraza del techo del monasterio Tikse, al sureste, aproximadamente a media hora en coche desde Leh, dos monjes tocan unos enormes cuernos tibetanos, conocidos como dungchen, para anunciar las oraciones matutinas. Las ásperas y profundas notas resuenan a lo largo del valle, por encima de los álamos y los campos de cebada, a lo alto del río Indo y los techos planos de las casas, donde se amontonan las gavillas de paja para el invierno. El sonido rebota en las montañas formando un largo y resonante eco. Es un ritual cotidiano, un llamado para despertar a los monjes que justo comienzan a emerger de sus cuartos y suben los empinados escalones que llevan hacia el templo principal. Como en todos los monasterios de Ladakh, Tikse preside el paisaje como una alta fortaleza, un viejo palacio de vientos y dioses. Los ojos delineados con rimel y cuidadosamente tallados de los marcos oscuros de las ventanas miran hacia los aldeanos. Fundado en el siglo XV, Tikse es hoy el hogar de decenas de monjes cuyas edades varían de los seis a los 90 años.
Los monjes desfilan hacia el templo, se postran en los altares y toman sus lugares en los tapetes situados detrás de filas de escritorios bajos, sentados con las piernas cruzadas. Los sigo y encuentro un lugar en el piso cerca de la pared de atrás. El interior del templo, un resplandor de color oscuro, es la antítesis de los paisajes vacíos y elementales de afuera. Está atiborrado de imágenes y altares, con pinturas y tankas (pinturas religiosas portátiles), ofrendas y artefactos. En la penumbra, las paredes se cubren con figuras pintadas: feroces deidades guardianas, bodhisattvas y Budas, del pasado, presente y futuro. Entre las pinturas hay vitrinas llenas de escrituras y objetos religiosos. Es como si los monjes fueran acumuladores compulsivos incapaces de deshacerse de nada. Siglos de artículos religiosos llenan el templo. No hay espacio libre, no hay lugar para la duda.
Los cánticos comienzan. Es una extraña cacofonía, como si los monjes no estuvieran cantando los mismos himnos. Un susurro nasal, en ascenso y descenso, se interrumpe cada tanto por un súbito arranque musical: címbalos, campanas, trompetas y notas profundas y roncas del dungchen, instrumentos que bajaron del techo. Una vez que terminan las oraciones matutinas, los monjes salen al sol del patio. Con sus ténicas, doblan y desdoblan los brazos como alas rojizas y recordándome a los pájaros. El erudito de Oxford, Peter Levi, alguna vez dijo que los viejos monjes “se postran en el mundo de forma más ligera que el resto de nosotros”. Observo a tres viejos monjes mientras bajan la larga escalera. Parece que apenas tienen más sustancia que una brisa, que un rayo de sol en la pared. Es la increíble levedad del ser a la que han dedicado sus vidas.
Ladakh es un país de excursiones. Ofrece una gran cantidad de oportunidades de viaje al ritmo más perfecto de todos: el de uno mismo. En los altos desfiladeros, los viajeros pueden observar pastores que lleva a su rebaño a nuevos pastos, o monjes camino a un monasterio vecino. La altura –casi todo Ladakh está a más de 3 048 metros de altura– lo hace más desafiante. Pero después de unos días de aclimatación, tienes el placer de caminar a través de una zona del mundo que en gran medida no tiene límites. La ruta desde Temisgam a Likir es una pequeña excursión de dos o tres días, una caminata para bebés según mi guía, Ram Mast, el cual me dio esta molesta definición mientras yo apenas podía respirar cruzando el desfiladero Meptek, a 3 657 metros.
Mast es una gran compañía. Bajito y sorprendentemente redondo para alguien que pasa tanto tiempo caminando, foco infeccioso de buen humor. Le gustaría visitar Portugal, me comenta. De todos los extranjeros que han ido a Ladakh, los portugueses son los menos aficionados al excursionismo. ‘‘Siempre están pensando en el almuerzo’’, recuerda Mast. ‘‘Es gente admirable’’.
La caminata te lleva a través del clásico terreno Ladakhi: un inhóspito pero hermoso mundo, un paisaje rocoso rodeado de altísimos picos. Entre los desfiladeros de piedra pasamos por valles de oasis, donde sencillas chozas se esparcen entre delicados campos, y complejos canales de irrigación llevan el agua derretida desde los picos nevados que están por encima de nosotros. Este contraste entre la belleza austera de las montañas y la repentina suavidad de los sauces y las vacas pastando, de los huertos de albaricoques y de vegetales y los campos de flores salvajes, es uno de los placeres más grandes del paisaje de Ladakh.
Hay símbolos de budismo tibetano por todos lados. Al abandonar la aldea de Hemis-Shukpachu, pasamos por un alto corten con forma de peón, la versión tibetana de las stupas budistas o santuarios. Más allá del río distingo un monumento aún más impresionante: una pared mani. Estas creaciones de veneración, que se encuentran a través de todo Ladakh, van desde unos cuantos metros hasta un poco más de un kilómetro de largo y están compuestas de cientos de miles de piedras, cada una inscrita con una oración o mantra, por lo general el Om Mani Padme Hum: ‘‘Saludo a la Joya en el Loto’’.
Descansamos sobre unas rocas en la cima del desfiladero Sermanchan. Alguien ha puesto los cuernos de un argali, una especie de borrego salvaje, en el montón de piedras que marcan el desfiladero. Al mirar hacia arriba, distingo un quebrantahuesos (lammergeier) volcado hacia el cielo azul. Su enorme envergadura –debe tener unos tres metros de ancho– encaja con la vasta escala de las montañas. Kalidasa, el antiguo poeta sánscrito, describió al Himalaya como ‘‘la regla que mide al mundo’’. Al fondo del desfiladero, al lado de la aldea de Yangthan, encontramos nuestro campamento que está junto a un río y debajo de los sauces. ‘‘Cuando era niño’’, cuenta Mast, ‘‘mi padre me contó de los dioses que habitaban en las cumbres de las montañas’’. El té de la tarde nos espera y todo está bien en el mundo.
A la mañana siguiente, mientras estiro mis miembros entumidos, un gurpo de alumnas atraviesan el campamento, vestidas en limpios uniformes de delantales azules. Su escuela, me cuentan, está en la aldea que pasamos el día anterior, Hemis-Shukpachu, del otro lado del desfiladero. Caminan todas las mañanas hacia la escuela y suben la empinada cuesta a casi 3,749 metros. Cada día les toma dos horas de ida y dos horas de regreso. Las niñas se ríen ante mi asombro y se van con sus mochilas al hombro.
En la región Dha-Hanu de Ladakh ha comenzado la cosecha de manzanas. Las mujeres emergen de los huertos con sus delantales llenos de pequeñas frutas rosadas. El exceso de manzanas ha producido un ánimo festivo. En el camino todos están sonriendo, muerden una manzana, y llevan flores en el pelo.
He seguido el Río Indus al Noroeste de Leh, por el viejo camino hacia Cachemira y Srinagar. El desfiladero se hace más estrecho mientras más nos movemos hacia el oeste, hasta que queda sólo un camino y el río atrapados entre los empinados acantilados. La ruta es una maravilla que desafía a la muerte y cuelga de los acantilados. El Río Indus está de un bullicioso humor. Como con todos los juegos de feria, parece que estamos a centímetros del olvido.
Recientemente, el pequeño grupo de aldeas conocidas como Dha-Hanu se abrió a los extranjeros. Aún hoy es necesario un permiso para viajar por aquí –y sólo a un par de aldeas– pero es fácil conseguirlo. Las aldeas están habitadas por los Brokpa, un antiguo grupo de gente Aria con rasgos mediterráneos que ofrecen un llamativo contraste con los rasgos asiáticos de la mayoría de los ladakhis. De manera inevitable, las leyendas se han unido a este grupo étnico aislado; una de ellas asegura que son descendientes de los soldados de Alejandro Magno, el cual luchó en la India.
Dejo el coche en el camino principal y sigo el sendero, entre huertos cerrados, que sube hacia la aldea de Dha: un paraíso de altas casas blancas, grandes árboles y pérgolas de uvas maduras. Ubicada en una pendiente arriba del río, Dha es un juego de serpientes y escaleras. Aquí, los escalones de piedra llevan hacia antiguos techos planos cubiertos de albaricoque seco, y desde ahí, los escalones bajan hacia los huertos de col y alubias. Aparentemente la tranquilidad cuelga debajo de los árboles; tan sólo se interrumpe por los rebuznos de los asnos, el gorgoteo del agua en los canales de irrigación y el alegre sonido de las voces de los niños.
En una casa de huéspedes rudimentaria a las afueras de la aldea, conozco a una antropóloga francesa que estudia a la gente de Dha-Hanu. ‘‘Una de las costumbres más curiosas es que aborrecen el lavado’’, me cuenta. ‘‘Tiene algo que ver con ofender a la deidad local. La gente mayor sólo se lava una vez al año, sea necesario o no’’. La rebelión generacional parece socavar la prohibición del baño. Todos los menores a 50 años se ven bastante limpios, y la lavandería es una industria considerable en la aldea. De hecho, tal es la abundancia de vestidos y ropa interior secándose en las paredes de piedra que siempre ando a la espera de encontrarme en la esquina un círculo de ninfas desnudas bañándose en un estanque del bosque.
A pesar de que los Brokpa son budistas, conservan fascinantes vestigios de otra religión animista. En Dha-Hanu se preocupan mucho por la deidad local, un espíritu del lugar que está estrechamente asociado con la naturaleza. Es ella, aparentemente, quien desaprueba del jabón y el agua. También me dicen que las flores que muchas de las mujeres mayores llevan en sus sombreros son parte de sacrificios para la deidad. Cuando no hay flores frescas, utilizan de plástico.
Lo más notable de esta región son los festivales trienales de cosecha: celebraciones bacanales conocidas como Bono-na. Los eventos tienen una reputación salvaje y son organizados por los Brokpa,. ‘‘Esta gente sabe cómo divertirse’’, admite la antropóloga francesa. ‘‘Es parte de su antigua religión’’.
*(Stanley Stewart es colaborador de National Geographic Traveler. El último libro del fotógrafo premiado Steve McCurry es Looking East, Phaidon Press, Ltd., 2006)





que camara usas?
urgente nikon o canon y q modelo es?
urgente o alguien q sepa
mi mail es bayardo_coronado@live.com.mx
tus fotos son magnificas felisisdades
gracias por transportarnos a lugares inimaginables con tus relatos, tu narrativa es excelente. Felicidades.
Magnifico e impresionante.
Como me gustaria que toda la tierra fuera asi de pura. Tan llena de vida.
Gracias Sr. Stanley.