Moscú nunca duerme

Escrito por: Martin Cruz Smith el 29 de Julio de 2008 | 9:39 pm
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El autor de la novela Moscow Never Sleeps, Martin Cruz Smith, y el fotógrafo Gerd Ludwig descubren la siniestra magia de una ciudad que de noche se muestra tal y como es en realidad.

Moscú nunca duerme
1:44 A.M. Sube la temperatura en la pista del Propaganda, uno de los cientos de clubes que palpitan hasta el alba en Moscú. Los clubes de la elite practican un implacable “control de rostros”: sólo entran los hermosos y los influyentes.
Fotografía de Gerd Ludwig

De noche, Moscú es un cuento de hadas amenazador. Una Cenicienta que no sale del Kremlin a la medianoche podría perder más que una zapatilla de cristal.

A medianoche, la ciudad es una brillante retícula que abarca el domo dorado de la Catedral de Cristo Salvador, el horror estalinista del Hotel Ucrania y una oscura curva del río Moscú. Río abajo, las luces de las edificaciones que se construyen sin parar penden del aire mientras desaparecen el acero y el concreto. El ajetreo diurno ha desaparecido. La noche trae claridad y las luces señalan el futuro. Sin embargo, sobre las Colinas de los Gorriones todos los ojos estaban puestos en una carrera no autorizada: motocicletas japonesas relucientes, rudas Vostoks rusas, “monster” Ducatis, Harleys con tubos de escape de cromo pulido. Cientos de motociclistas y seguidores abarrotaban las tribunas para mirar las máquinas que posaban sobre su base cual indiferentes estrellas de cine. Una Harley sólo tenía que aclararse la garganta para estremecer al público.

Algunas motocicletas estaban tan arregladas, que resultaba difícil saber cómo habían sido en un inicio. Una Ural que solía arrastrar sacos de papas en su sidecar se había transformado en una depredadora negra no reflejante atiborrada de cohetes y ametralladoras. Ya que los cañones de estas eran patas de sillas y los manubrios, muletas, el efecto era más teatral que amenazador. Pese al despliegue de cuero y estoperoles, lo mismo podía decirse de los demás motociclistas.

Mi amigo Sasha estaba conmigo. Habla tan suave que parecería tímido, pero en realidad es un detective de homicidios que mide cuidadosamente sus palabras.

Nos conocimos hace años en un bar irlandés de Moscú. Mi inteligentísima colega Lyuba y yo celebrábamos el fin de dos semanas de entrevistas e investigación de campo para una de mis novelas. Sasha acababa de sacar a algunos mafiosos muertos de un pantano y no estaba de humor para héroes ficticios. Ahora que está casado con Lyuba, se ve obligado a soportar mis constantes preguntas, aunque se queja de que mi investigador Renko debería ser un detective normal como él.

La carrera inició del otro lado del bulevar. Los competidores eran una imagen borrosa entre los espectadores, las motocicletas más pequeñas aceleraban con un chirrido, mientras que los pesos pesados rugían y hacían temblar el suelo. La meta era negociable: desde 100 metros hasta un circuito alrededor del Anillo de los Jardines, la calle periférica que rodea el centro de Moscú, donde las motocicletas podían alcanzar los 190 kilómetros por hora, dependiendo del tráfico. También hay carreras de autos; más bien, había hasta que se prohibieron luego de que en YouTube aparecieron imágenes de conductores que serpenteaban por el tránsito del Anillo a velocidades tres veces mayores al límite permitido. Un motociclista vestido con un traje de cuero mullido (más un credo que una protección efectiva) montó en una Kawasaki, tal vez de 750cc. Me preocupé cuando una adolescente que llevaba puesto poco más que un casco se subió atrás. En cuanto se sujetó, se deslizaron hacia los carriles de la carrera. La chica tenía un aspecto tan frágil que tuve que preguntar: ¿Quién está a cargo? ¿Y la policía?

Sasha señaló hacia un grupo de oficiales parados tímidamente a un lado.

“Está fuera de su control”.

¿QUIÉN ESTÁ A CARGO? ¿Vladimir Putin? ¿Acaso su sucesor, Dmitry Medvédev? ¿Los legendarios oligarcas? ¿La KGB disfrazada de un FSB de parvulario? (En efecto, parece que hay algún agente secreto en activo o retirado en el consejo directivo en todas las empresas importantes). Bueno, como dicen en Rusia: “El que sabe sabe”. Lo cierto es que Moscú está nadando en petrodólares; en Moscú hay más multimillonarios que en cualquier otra ciudad del mundo. Los millonarios son tan comunes como las palomas. Juntos, los ricos y los megarricos constituyen una clase social, que fue denominada más o menos “nuevos rusos” cuando aparecieron en los noventa. La mitad son sobrevivientes de las reorganizaciones industriales, como la “guerra del aluminio” de hace 10 años, cuando se asesinaron ejecutivos a diestra y siniestra. La mitad descubrió que fundar un banco es mucho más redituable que robarlo. La mitad son jóvenes artistas del trapecio financiero que se columpian entre un fondo de cobertura y otro (en Rusia puede haber tres mitades).

Pero qué cambio. La primera vez que visité Moscú, en 1973, toda la población de la ciudad parecía retirarse a una cripta en cuanto se ponía el sol. Los pocos automóviles que circulaban por las calles eran los pequeños y dispépticos Zhigulis. El escaparate de un almacén podía tener un solo pescado desecado. La Plaza Roja estaba vacía, excepto por la guardia de honor en el Mausoleo de Lenin, y los anuncios espectaculares presentaban el severo semblante del secretario general Brezhnev. Las pancartas proclamaban: “¡El Partido Comunista es la vanguardia de la clase obrera!”. Ese era el mundo en el que crecieron los nuevos rusos de la actualidad, y no es de extrañar que su energía y su frustración reprimidas hayan estallado apasionadamente.

Los rusos son exagerados. No son “dinero viejo” que se oculta tras muros cubiertos de hiedra. En realidad, suelen rechazar el dinero viejo. Es el dinero nuevo, los billetes relucientes de 100 dólares que llegan todos los días en avión y que se gastan casi a la misma velocidad. Piénsalo. Miles de millones de dólares. ¿Cómo celebrar el éxito a tal escala? ¿Cuánto caviar puedes comer? ¿Cuánto champán puedes beber? Et caetera. Para eso se inventaron los clubes.

Estos centros nocturnos brindan a los ricos la oportunidad de “presúmelo, nena, presúmelo,” seguros de que el “control de rostros” les pondrá el alto a los indeseables en la puerta. Los hombres que realizan el control de rostros pueden determinar, de un vistazo, tanto tu perfil financiero como si eres una celebridad. Y si llevas un arma de fuego. La primera señal de que el Bar GQ estaba de moda era el número de Bentleys y Lamborghinis formados. Yo iba de visita con la escritora Lana Kapriznaya y el periodista Yegor Tolstyakov. Ella es menuda, de cabello oscuro, pesa unos cuarenta y cinco kilos, con todo y el humo del cigarro. Es una mordaz cronista de las locuras de los nuevos rusos. Yegor tiene una voz para cantos fúnebres, pero mírenlo y sonríe.

El Bar GQ es una concesión de la editorial de revistas Condé Nast International, que suministra un flujo constante de modelos que beben agua a 20 dólares la botella y comen displicentemente cangrejo de Kamchatka, un crustáceo gigante servido con seis salsas. ¿No tienes hambre? Nyet problema. El salón VIP del GQ es un abrevadero exclusivo para leones. Allí un hombre puede beber un Johnnie Walker Etiqueta Azul, encender un puro cubano, tomar coñac, relajarse y ganar más dinero.

Según una tradición rusa, no se puede confiar en un hombre ni hacer negocios con él hasta que se hayan emborrachado juntos. Comida, vodka, dinero. Van todos de la mano.

Ver a los hombres bien arreglados no sorprende tanto como la transformación de las mujeres. En los pocos años que han transcurrido desde el colapso de la Unión Soviética, las rusas han dejado de ser fornidas constructoras del socialismo para convertirse en estrellas de tenis más altas que la población en general. Mientras el director adjunto del GQ, de nombre Sergei, nos daba un recorrido, Lana describía la lista de compras de un nuevo ruso: “Un departamento en Moscú, una casa en Belgravia, una villa en Saint-Tropez, un chalet de esquí en Courchevel, escuelas en el extranjero para sus hijos, bancos extranjeros para su dinero y, por último, un jet privado para salir volando”.

En Rusia, este es un asunto sensible. Incluso en los peores días del gobierno de Stalin prevalecía una sensación general de que no había clases sociales. Los nuevos rusos han surgido de entre un chaparrón de dólares y son, a ojos de la mayoría de las personas, unos ladrones. Su estilo de vida es envidiado y aborrecido al mismo tiempo. Salimos del GQ y fuimos a un club que presentaba un BMW nuevo, un vodka nuevo o ambos.

No obstante, yo sentía que algo hacía falta. ¿Cuál era el mejor club de Moscú? ¿Cuál era el más fantástico?

“Bueno –dice Lana–, está el Diaghilev”.
“¿Qué lo hace tan popular?”.
“Nadie puede entrar”.

TRES ESTACIONES. PRIMERA PARTE. Si el Diaghilev es el Monte Olimpo de Moscú, Tres Estaciones representa sus profundidades. Oficialmente, Tres Estaciones es la Plaza Komsomol, pero los lugareños lo conocen por las terminales de ferrocarril que convergen ahí: las estaciones Yaroslavl y Leningrado del lado norte y la estación Kazán por el sur. En una plaza lateral, se yergue una estatua de Lenin. El instigador de la Revolución Rusa sostiene la solapa de su abrigo con la mano izquierda y con la derecha intentaba tocarse el bolsillo trasero. Parece que acaba de darse cuenta de que le falta la billetera. Eso es Tres Estaciones.

A diario, miles de viajeros llegan y se esparcen sobre la amplia calzada en contraflujo de los comerciantes que arrastran valijas repletas de ropa y zapatos para revenderlos en las provincias.

Surge todo tipo de rostros. Ucranianos de ojos azules, hombres parecidos a halcones originarios del Cáucaso, uzbekos con gorras, mongoles y, en especial, tayikos. Una bomba de tiempo demográfica que afronta Rusia es el descenso de la población y la afluencia de tayikos, conocidos por ser sobrios, trabajadores y dispuestos a realizar las labores que los rusos no hacen.

Pero a las 2 a. m., la plaza era enorme y estaba quieta. La difusa luz de los faroles revelaba lo que el tráfico del día, el ir y venir de viajeros y vendedores habían ocultado. Al principio, fue difícil ver a los borrachos en los alrededores de la estación Kazán porque eran tan grises como el pavimento. No se trataba de borrachos ocasionales u hombres de juerga, sino de alcohólicos empedernidos, literalmente conservados en vodka. Había tantos vendados o ensangrentados que podían haber sido el cuadro vivo de un campo de batalla. Uno de ellos sostenía un letrero de cartón que rezaba: “Dennos dinero o moriremos”.

Detrás de la estación había un oscuro callejón de quioscos cerrados y vagabundos envueltos en harapos y periódico. El único quiosco que estaba abierto vendía vodka, desde luego. Las sombras pasaban a toda prisa. Niños de la calle.

“Estas son personas libres”, dijo Sasha.
“Querrás decir personas sin techo”.
“No, hay albergues. Ellos eligen esto. Ser personas libres”.

Vimos prostitutas pavoneándose con sus ajustados pantalones. Tienen la fama de deshacer píldoras de clonidina hasta convertirlas en un polvo soluble. La clonidina es un medicamento potente para la hipertensión. Un vodka aderezado y el cliente pierde el conocimiento, listo para ser desplumado. Cuando la víctima despierta en ropa interior, seguramente no correrá hacia el policía más cercano. Borracho o no, debería saber que en Tres Estaciones los policías son los proxenetas. A medida que nos adentrábamos más en las sombras detrás de la estación, nos topamos con una riña entre dos bandas: rusos contra tayikos, unos ocho por bando, de entre 10 y 20 años de edad. No había navajas a la vista, aunque un tayiko tenía a un ruso en el suelo y machacaba su rostro contra el concreto.

Sasha me dijo que me quedara donde estaba y se metió solo en la refriega. El tayiko hizo una pausa, con el puño cerrado, tratando de averiguar quién era el intruso. El ruso que estaba en el suelo levantó su magullada cabeza tratando de hacer lo mismo. Oí a Sasha decirles el equivalente en ruso de “Sepárense y váyanse a su casa”. Pero las bandas estaban en su casa, y ambos lados reclamaban para sí el mismo territorio; ese era el problema. Se odiaban unos a otros y quizá lo único que detestaban más era a un extraño. No eran inocentes. Traficaban drogas, asaltaban borrachos y caían sobre cualquier persona que encontraran sola y desarmada. El tayiko recogió su vistoso sombrero de fieltro y yo pensé de inmediato en el cuento de El gato en el sombrero. El ruso se puso de pie. Me pareció un malagradecido. De pronto nos hallamos en el territorio de Harry el Sucio. ¿Tenía Sasha una pistola? ¿Se sentía afortunada la pandilla? No esta noche. En cambio, emprendieron una hosca retirada. Yo podría haber sido un blanco fácil pero, en definitiva, a nadie le gustaría meterse con Sasha. “El gato en el sombrero” lo saludó y lo llamó “hermano”, como si fueran a encontrarse de nuevo.

En realidad, Sasha traía en el cinturón una pistola de la cual está orgulloso, porque la recibió como premio por un servicio meritorio. En la culata, la pistola tiene inscrito su nombre como trofeo. Detesta usarla.

AUTOS En el día, en las calles de Moscú dominan los Mercedes negros con vidrios polarizados, tan opacos que son ilegales, pero nadie presta atención. Cuando los Mercedes se apiñan ante el portón de un ministerio, me viene a la mente la imagen de una trampa para cucarachas.

Por la noche, salen a escena los BMW y los Porsches. El tráfico nocturno alrededor del Kremlin posee una fuerza centrífuga que los catapulta a velocidades que ninguna patrulla puede igualar, e incluso, si detienen al conductor, sencillamente soborna a la policía. Rusia tiene un número alarmante de accidentes; pero dado que una licencia para conducir se puede obtener mediante un soborno y no por demostrar que se tiene la capacidad de conducir, las cifras no son tan malas.

Una característica suicida de varias avenidas y autopistas rusas es un carril intermedio que corre en dos direcciones. Este carril está reservado para automóviles con torretas azules sobre el techo, de manera que los altos funcionarios puedan llegar rápido a tratar asuntos de Estado. Esa luz es un artículo deseable para los nuevos rusos que tienen prisa; el precio en el mercado negro por una luz azul y matrículas oficiales es de 50 000 dólares. No es raro ver dos caravanas de vehículos dirigirse a toda velocidad una hacia la otra en una versión rusa del juego de a ver quién es más valiente.

SOBRIEDAD El sol se disolvía en un resplandor crepuscular cuando llegué a almorzar al departamento de Alexei (no es su nombre verdadero). Alexei y Andrew iban a la mitad de la segunda botella de vodka. Alexei era crítico de arte, investigador y coleccionista de porcelana fina, un intelectual que se volvía más animado a cada ronda. Andrew era británico, pero hacía negocios en Rusia y era bueno con el vodka, por así decirlo.

De buenas a primeras, Alexei juró que había visto un video del presidente de Estados Unidos cuando pegaba un pedazo de goma de mascar bajo una mesa incrustada de piedras en el Museo del Hermitage. Alexei estaba seguro de que George W. Bush le había declarado la guerra a la cultura rusa. Resultó que acababa de pasar por la humillante experiencia de que le habían denegado la visa estadounidense. Dijo que el Departamento de Estado prácticamente lo había acusado de intentar escabullirse en Estados Unidos cuando era al revés. Estados Unidos estaba invadiendo a Rusia mediante el aburguesamiento. De cualquier modo, se preguntaba, ¿para qué querría ser estadounidense? Moscú era más seguro de noche que Nueva York. Podía caminar por el centro de Moscú a cualquier hora, borracho o sobrio.

Alexei dio un ejemplo. Una semana antes había visitado el estudio de un artista que se interesaba por el arte nazi, por su narcisismo y banalidad. Se dio un profundo debate y alrededor de las dos de la mañana se les acabó el vodka. Estaban casi borrachos, pero Alexei sabía de una tienda abierta del otro lado de la ciudad. Caminaron muchas cuadras debatiendo sobre la pintura, la escultura y la arquitectura fascistas. En el establecimiento compraron algunas botellas, se disponían a partir cuando se toparon con cuatro tipos con la cabeza rapada, esvásticas tatuadas y retratos de Hitler. El más grande de la banda les exigió que le dijeran por qué hablaban mal del Führer. Alexei esperaba recibir una paliza, cuando el artista, aunque casi borracho, abrió una botella, tiró a un lado la tapa e invitó a los cabezas rapadas a su estudio. En el camino se pasaron la botella mientras el artista daba cátedra sobre el arte contemporáneo, comenzando por Cézanne. Fue tan aburrida, que los cabezas rapadas se emborracharon al grado que no podían caminar sin ayuda. Así que Alexei y el artista los fueron tirando uno por uno en diversos patios y esa fue la diferencia entre estar borracho y estar casi borracho.

No alcancé a entender qué tenía esto que ver con la seguridad en las calles de Moscú; pero yo no estaba en condiciones de seguirles el hilo.

CASINO Andrei Sychev estaba atento a las 220 máquinas tragamonedas, 30 mesas de juego, bar de deportes y salón VIP, y me confió que se sentía como el capitán de un barco que se hunde. Como empleado del Casino Udarnik, no entendía por qué el ayuntamiento quería cerrarlo y “matar una gallina que sólo pone huevos de oro”. Por ejemplo, cada tragamonedas producía una generosa utilidad mensual, sin embargo, el gobierno acusaba a los casinos de causar un “daño moral”, ya había cerrado algunos y prometía reubicar otros a las “zonas de Las Vegas” en los confines de la Federación Rusa a fines del año entrante. Para algunos, una noche en Moscú sin las luces de las marquesinas de los casinos parecería un año sin primavera, pero los funcionarios ya han cerrado cientos de casas de juego, tanto grandes como pequeñas. ¿Cuál sería la siguiente?

¿El Udarnik era una asociación delictiva? Claro que no, según Sychev. Vaya, no más que cualquier otra empresa. Quizá 10 %. Por su propia protección, todo el mundo tenía “cobertura”. No lo pienses como si se tratara de la mafia, sino en una policía alternativa.

Alexei me había dicho que los estadounidenses jamás entenderían a Rusia, porque veían las cosas blancas o negras, no había nada intermedio, mientras que los rusos veían una zona gris de quizá 80 %. Lo que nos lleva a…

EL ALCALDE Desde la época de Stalin, nadie ha dejado su sello en Moscú tanto como el alcalde Yuri Luzhkov. Este diminuto coloso edifica rascacielos con una mano y arrasa barrios históricos con la otra. Él es lo que los rusos llaman un muzhik, hombre de la tierra y, aunque él y Vladimir Putin han sido rivales en el pasado, parecen coincidir en que los casinos de mal gusto no van de acuerdo con la nueva madurez y dignidad de Moscú, aun cuando se dice que Putin se queja de que, al levantarse de la cama por la mañana, nunca sabe qué aspecto tendrá la ciudad.

La sensación en Moscú es que Luzhkov quizá sea corrupto, pero hace las cosas. Cuentan que al terminarse los fondos para la construcción de la gigantesca Catedral de Cristo Salvador, no dudó en presionar tanto a los hombres de negocios como a la mafia para terminar el trabajo. Según un cálculo, en 2005 los rusos desembolsaron 316 000 millones de dólares en sobornos.

¿Por qué no hacer una donación a una causa noble?

Fue una afortunada coincidencia el que una empresa propiedad de la esposa del alcalde, Yelena Baturina, obtuviera tantos contratos de construcción en la ciudad. De hecho, Baturina es la única multimillonaria de Moscú.

TRES ESTACIONES. SEGUNDA PARTE Sasha y yo tomamos el paso subterráneo de la estación Kazán porque estaríamos mejor cuanto mayor fuese la distancia entre nosotros y “El gato en el sombrero”, además de que era tranquilizador hallar dos empleados de seguridad, aunque uno leyera un libro de historietas y durmiera. Los puestos del túnel estaban cerrados, excepto por una ventana en la que se exhibían celulares.

Salimos frente a la estación Yaroslavl. A las 3 a. m. todos los civiles se habían replegado a las salas de espera, cediendo la noche a los zombis del vodka, a las prostitutas y a las pandillas de adolescentes muy intoxicados por inhalar pegamento como para advertir nuestra presencia.

Increíblemente, al dar un paso al interior de la sala de espera, volvimos a entrar en el mundo normal. Había cafés, una librería, juegos infantiles: pruebas de la vida normal. Había personas normales dormidas en sillas. Bebés sanos acurrucados en el regazo de sus madres. En ciertas partes del mundo, algunas personas comparten un río con cocodrilos. Sólo hay que tener cuidado.

Pero había algo más. Al regresar por el pasaje, nos topamos con dos hombres que asaltaban a un borracho. Uno de ellos levantó a la víctima del cuello mientras el segundo hurgaba en sus bolsillos. Tuvimos que rodearlos. Sasha se situó entre la acción y yo. Los guardias de seguridad permanecieron sentados y miraban con leve curiosidad; sólo les pagaban para proteger el aparador de teléfonos celulares y nada más. Todo sucedió en 10 segundos. En esencia, los ladrones tomaron el dinero y huyeron. Arrancaron un fajo de billetes del abrigo del borracho; lo dejaron caer, y se esfumaron por las escaleras que daban a la calle.

El borracho escupió sangre y suspiró. Rodó hasta quedar sentado y rechazó cualquier ayuda con un ademán.

¿De noche?
¿En Tres Estaciones?
Nada pasaba.

DIAGHILEV Entre nubes de humo, estrobos y el compás ensordecedor de la música house, los nuevos amos del petróleo, del níquel y del gas natural arriban al Diaghilev con mujeres tan mudas y hermosas como guepardos con correa.

En esta cacofonía, un millonario podía distenderse y relajarse. En primer lugar, en el Diaghilev no se permiten armas de fuego. El club contaba con 40 elementos de seguridad y se le asignaba un guardaespaldas personal a cualquier cliente que sintiera una imperiosa necesidad de protección. Un perro entrenado para detectar bombas había olfateado las sillas y al personal se le había informado sobre necesidades especiales; por ejemplo, huéspedes de Irán que no deseaban ser fotografiados bebiendo champán con modelos ligeras de ropas. Yo había seguido a Yegor por una puerta trasera. No sé cómo Yegor había dispuesto mi visita, pero el jefe de seguridad no estaba complacido. Era un sistema sencillo. El control de rostros permitía la entrada de más mujeres que de hombres y sólo los clientes suficientes para alcanzar una masa crítica. Cuantas más personas eran rechazadas, más querían entrar. El verdadero Diaghilev fue el empresario revestido de pieles que fundó los Ballets Russes hace 100 años. Antes que nada, era un hombre del espectáculo. A él le habría encantado esto. Los nuevos rusos se sentaban a sus mesas VIP, saludando a otros nuevos rusos y celebridades. Personalidades de la televisión y eurobasura aligeraban la combinación, y pronto la pista estaba tan atestada que la gente sólo podía bailar sin moverse de su sitio, destreza que las modelos de más de 1.80 metros y tacones de 15 centrímetros lograban con gracia. Yegor insistía en hacerme una pregunta que por fin pude entender sobre el estruendo: “¿Estás contento? ¿Encontraste lo que viniste a buscar?”.

No lo sabía. ¿Por esto murieron millones de rusos en guerras y campos de prisioneros? ¿Habían derrotado un golpe de la KGB y desmantelado un imperio para que unos cuantos glotones pudieran parrandear toda la noche? Gogol había comparado a Rusia con una troika de caballos a toda velocidad, no con un Bentley en la cuneta.
Poco después, el Diaghilev fue consumido por un incendio, siguiendo la añeja tradición de los clubes nocturnos. Ahora, más que un lugar de moda, es una leyenda.

LUCES Durante mi última noche en Moscú, Yegor me mostró el futuro.

Fuimos en auto más allá del Anillo de los Jardines y seguimos el río hasta una oscura zona industrial. Si esto era el futuro, yo no estaba muy impresionado.

“Mira hacia arriba”, dijo Yegor.
“No veo nada”.
“¡Mira más arriba!”.

Contra la noche se erguía una escalera de luces que llegaba tan alto, que no estaba seguro dónde terminaba, hasta que un haz rojo se arrastró por el extremo de un piso abierto en algún lugar cercano a Marte.

“Ciudad Moscú –dijo–. Una ciudad dentro de una ciudad”.

Era un complejo de 14 edificios, incluida la Torre Rusia que, con 113 plantas, está proyectada para ser el mayor rascacielos de toda Europa. Un reflector revelaba figuras ataviadas con chalecos amarillos que se encaramaban sobre la carga que la grúa había suministrado. Los edificios se encontraban en todas las etapas de construcción. Los terminados parecían naves espaciales plateadas a punto de partir. La escala era enorme. Tan sólo la excavación podría tragarse las pirámides de Giza. Se tiene planificado que el complejo albergue el ayuntamiento, oficinas y departamentos de lujo con vista hasta la mitad de Finlandia.

Esta es la ventaja de estar en Moscú después del anochecer.

De día sólo se ve la arquitectura. Por la noche se ve la ambición deslumbrante.

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9 comentarios

  1. Escrito por CHINCA SALAS:

    Por sus comentarios sobre el calor de las luces, la musica, el sabor del rico vodka, el indiscutible caviar, se ve a simple vista que la noche fue larga, la disfruto y no perdio la cartera.
    Dudo mucho que el Partido Comunista vuelva hacer la vanguardia de la clase obrera, pasara mucho tiempo para volver a otra revolucion.
    En cuanto a la mujer rusa dejo de ser fornida esto significa que esta ya no realiza el trabajo duro de la fabrica, donde lo mas probable sea que estas gozan de otro tipo de ingresos, donde tambien con la caida de la revolucion se deja ver la miseria humana que antes la ocultaban, estos se cuidaban de que los ciudadanos envueltos en harapos no fueran vistos, como se ve segun su relato la corrupcion de existente en la revolucion dio sus frutos, estos obtuvieron dinero en negocios turbios en otros tiempos y en otro sistema de gobierno exhiben lo ganado.
    No creo en el que un ciudadano por el hecho de haber escogido ser libre llegue al estado de miseria, donde deambule por las calles mostrando su miseria, no podemos olvidar que el sistema capitalista reinante la Rusia o Moscu de hoy en dia es muy reciente; lo muy cierto esta a la vista, la revolucion estuvo implantada durante 70 años, el indigente que usted vio en la calle no es producto del sistema actual, es el producto del anterior y como todos los sistemas nada es perfecto, lo que si se puede apreciar a las claras la decadencia de la revolucion.
    Gracias, fue muy actualizado la nueva sociedad vista y relatada atraves de sus palabras.

  2. Escrito por Mohamed Hernandez:

    Bueno para comensar quisiera agradecerle mucho al detective que ayudo a la reportera que escribio este reportaje, me parece muy bueno ya que este insta en la nueva cultura rusa y sus nuevas tradiciones y cultura social y tbm de sus ambientes politicos y nocturnos, la felicito mucho, al leer este articulo me da ganas de irme a rusia a vivir, pero lastima q no tengo petrodolares para hacerlo t vivir a lo grande a como lo hacen los petrorusos, que pasen un lindo dia en natgiographic y gracias por ayudarnos a saber un poco mas de cada cultura de cada pais de este gran planeta, cuidense…

  3. Escrito por Ramon:

    Que diferente la Rusia de los anos sesenta a la que describe en su articulo.Sera producto de la globalizacion,sera que el mismo sistema ocultaba esa corrupcion reprimida por el mismo sistema.Que magnifico articulo,me ilustra magnificamente el comportamiento de la nueva sociedad.Gracias.Mexicali B.C.

  4. Escrito por Rodolfo Castellón:

    Gracias por ser Natioanl Geografic,sigan cada vez mejorando

  5. Escrito por Alberto:

    Si en esto se ha convertido Rusia ahora, qué será de países dominados hoy en día por el comunismo, una doctrina que se hace pasar por innovadora y salvadora de las desigualdades sociales? En Rusia solo han conseguido, para colmo lo peor del signo contrario: capitalismo salvaje. China, va por el mismo camino. ¡Nunca una ideología pura pudo ni podrá ser más que contraproducente para la humanidad y su avance!

  6. Escrito por Arturo Rivera:

    Moscu se convierte en un lugar unico dentro de Rusia. Los pueblos siguen siendo los pueblos, pero Moscu en un tiempo muy pequeño se transformo en un pais dentro de Rusia…
    Paralelo a los nuevos rusos sigue existiendo la lcase social que proviene del comunismo, que trabaja y sabe que lo snuevos ricos son el producto de la corrupcion y la mafia (el poder del mas fuerte).
    La mujer Rusa cambio.. si ahora es una mujer que piensa que no solo es profecional si no que tiene la fuerza de los “Partizanos” y la fuerza que caracterizo al modelo de mujer rusa del socialismo (esa chica con el remo en la mano fornida y con el pelo corto)
    Todo ha cambiado tan rapido… pero sigue siendo un lugar donde puedes vivir y no solamente sobrevivir.
    Del socialismo hay muchos buenso recuerdo en Rusia, una cortina de hierro si aun se recuerda pero existe un gran legado de todo lo que sucedio…
    Aqui las mafias no son solo chicos malos, aqui las mafias estan llenas de ingenieros en informatica y elelctronica, por eso es un tipo de mafia diferente donde la violencia va en otro nivel…
    “Rusia no se puede mirar con los ojos” no importa todo lo que escuches leas o te cuenten, cuando vives aqui todo es diferente…
    No cambiaria Moscu por otro lugar del mundo….
    Solo un rato por un lugar con playas.. pero siempre regresando a Moscu…

  7. Escrito por Eileen:

    Como estudiante, me resulta un artículo espectacular para conocer más de esta fascinante ciudad.He estado evaluando la posibilidad de estudiar en Moscú durante el próximo verano y creo que este artículo no hace más que convencerme.La pluralidad de culturas,el color y la verdadera magia de esta ciudad hace que valga la pena…como expresa Arturo viera también pienso que no se puede ver Rusia ni ningún país sólo con los ojos, la experiencia es la que verdaderamente enseña,más aún la experiencia de aquellos que residen permanentemente en los lugares que visitamos…Como dice el mismo artículo debes de poder ver matices grises para observar Rusia, o sea, mantener una mente abierta a aquellas cosas a las que no estamos acostumbrados…En definitiva, no se puede juzgar a un libro por su tapa..

  8. Escrito por Adrián Hdez.:

    Es simple: como se lee en el artículo, ahora nadan en petro-dólares, pero ¿cuánto durará?, ¿se podrá hacer una comparación con China o Dubai?, ¿por qué en Arabia no sucede lo mismo cuando tienen mayores reservas petroleras?, entonces…¿de qué depende?. En fin, Rusia quiere recuperar su poderío ante Estados Unidos, como después de las guerras mundiales.

  9. Escrito por german salgado colombia:

    A la manera de la narracion del articulo parece una historia de ficcion, pero es la realidad es lo que esta sucediendo no solo en rusia,sino tambien en el resto del mundo donde podemos citar paises de gran desarrollo economico como:E.E.U.U,LONDRES,CHINA,JAPON,MEDIO ORIENTE en poblaciones apartadas,.y con preocupacion esta ENFERMEDAD DEL DERROCHE ECONOMICO,se esta presentando en paises subdesarrollados como el mio “colombia” donde sin haber petrodolares,hay despilfarro economico por sus propios gobernantes y por ende de su pueblo,donde es mas importante presumir riqueza y derroche,aun cuando observamos pobresa en su pueblo,hambre,enfermedades, y miseria.en cuanto a la rumba nocturna no hay que invidiarle nada a rusia como potencia,porque aqui en ciudades como BOGOTA,MEDELLIN,CALI,ETC ES IGUAL.pero en parte es confortable saber “que si por aqui llueve por alla no escampa” felicitaciones a natgeo por esta redaccion sobre Rusia.

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