Ángeles necesarios: Trabajadores de salud en las aldeas de la India rural [Artículos]
Cuando Sarubai Salve camina por su aldea congrega a una multitud.

Con condiciones financieras precarias, un grupo quirúrgico del único hospital del proyecto Jamkhed no puede contar con equipo de alta tecnología. Sin embargo, sus instalaciones atienden de todo, desde artroplastias de cadera hasta intestinos perforados. Contar con un hospital como parte del programa contribuye a reafirmar la credibilidad de las agentes de salud.
Foto de Lyn Johnson
Salve tiene 56 años de edad, es una mujer menuda, reservada, un tanto adusta. Casi todos los días sale dos veces, a las nueve de la mañana y a las seis de la tarde, por las calles de Jawalke, aldea de unas 240 familias situada en la región central del estado indio de Maharashtra. Lleva consigo un esfigmomanómetro, un estetoscopio, una báscula para bebés y un delgado cuaderno de bitácora. A menudo la acompaña Babai Sathe, una mujer exuberante de 47 años de edad, un tanto rellenita y curvilínea, que sonríe mostrando los dientes.
Ambas tienen la responsabilidad de mantener saludable a Jawalke. Atienden partos y visitan a los bebés. Ven a mujeres embarazadas y ancianos. Toman la presión arterial a los aldeanos que se han curado de la lepra.
Hoy, a la primera paciente que visitan es Rani Kale. La casa donde ella se está quedando está fabricada con lodo, tierra y boñiga; su techado es de paja.
Kale está embarazada. De haber sido residente de Jawalke, Salve la habría visto muchas veces y la habría enviado al hospital para que se hiciera una ecografía, pero es de una aldea situada a una hora de distancia. Ha llegado a la casa de su madre a dar a luz.
Será el segundo bebé de Kale. No había recibido atención prenatal hasta hace 10 días, cuando llegó a esta aldea. Salve la examinó y le aconsejó que se practicara un ultrasonido, pero Kale no lo hizo y ahora el alumbramiento es cuestión de días, quizá de horas. Salve le toma la presión arterial, le examina las uñas y los ojos en busca de signos de anemia; le palpa las piernas para verificar si retiene agua. Lleva a Kale al interior de la choza y la recuesta sobre una estera para realizarle una exploración ginecológica. Pega el oído en su vientre y escucha los latidos.
Pero está tan tenso que resulta difícil detectar algo. Sathe se ve preocupada; cree que el bebé está fuera de posición.
“Pero en ocasiones se mueven –afirma–. Regresaremos en una o dos horas. Si la posición aún no se normaliza, la llevaremos al hospital. Si comienza el trabajo de parto, sólo pida a alguien que nos busque”.
Salve pide a una de las tías de Kale que le dé té.
“Todo estará bien”, dice reconfortantemente.
Sathe se detiene en el kínder donde está programado que un agente gubernamental aplique vacunas. Cuando se difunde la noticia, el jardín se transforma rápidamente en una clínica improvisada. Llegan mujeres embarazadas y madres con recién nacidos, y mujeres mayores para revisarse la presión arterial.
Jawalke es un lugar muy distinto gracias a Salve y Sathe. Salve ha hecho visitas en este lugar desde 1984. Según sus propios cálculos, ha traído al mundo a 551 bebés, y afirma que nunca ha perdido a un solo niño o madre. “Cuando comencé, todos los niños tenían sarna y había suciedad por dondequiera”, afirma. Los niños pequeños solían morir. Las mujeres embarazadas también, durante y después del parto. Las malas condiciones de salubridad causaban malaria lo mismo que enfermedades diarreicas. No se vacunaba a los niños; la lepra y la tuberculosis eran comunes.
Le pregunto a Salve acerca de los problemas de salud actuales en Jawalke. “Hipertensión y diabetes”, responde. Enfermedades de país rico. En casi toda la India rural, sólo los afortunados padecen esos males.
Se lamenta mucho la escasez de médicos en países pobres, en especial en países de habla inglesa, como Ghana, Malawi y la India, donde los doctores suelen emigrar para hallar empleos mejor remunerados en el extranjero. Las pésimas condiciones (es posible que los hospitales principales cuenten con un puñado de doctores y una decena de enfermeras para atender a cientos de pacientes) los orillan a irse. Los pacientes mueren innecesariamente. La paga es malísima y, a menudo, con meses de retraso. Sin embargo, tanto médicos como enfermeras también son atraídos a lugares como Estados Unidos, Canadá, Gran Bretaña y Australia. Estos países no tienen médicos dispuestos a trabajar en las zonas rurales ni las enfermeras suficientes. Llenan el vacío con profesionales de la salud provenientes de países pobres.
El resultado es que actualmente África y, en menor medida, la India subsidian la medicina en Estados Unidos y Gran Bretaña. Ghana, Malawi y Zimbabue se hallan entre las 16 naciones africanas con doctores que ejercen más la medicina fuera de sus países que en ellos. Los últimos años, el número de enfermeras que ha dejado Malawi en busca de empleo ha sido mayor que el de las egresadas de la escuela de enfermería. La fuga de cerebros médicos es un problema que se debate en el foro del G8 de los países más ricos del mundo, la Organización Mundial de la Salud y la Universidad de Harvard, entre otros.
Pero tentar a médicos y enfermeras a permanecer en casa quizá no sea la respuesta a la crisis del sistema de atención de la salud en los países pobres. Le pregunté a Nils Daulaire, director de un grupo con sede en Estados Unidos llamado Global Health Council, qué puede hacerse sobre el hecho de que, por ejemplo, en Malawi solamente hay alrededor de tres doctores por cada 150 000 personas.
“¿Podemos reducir el número a dos? ¿O a uno?”, respondió.
Daulaire bromeaba sólo en parte. Afirma que los médicos no son la solución para las personas más pobres del mundo. Incluso si no emigran, permanecen en las ciudades. En Malawi la mitad de los médicos del país trabaja en uno de cuatro hospitales de las ciudades principales, aunque Malawi es mayoritariamente rural (85 %). Con un puñado de excepciones, los médicos de los países pobres escogen su carrera por la misma razón por la que la mayoría de las personas de todo el mundo lo hace: para tener un buen nivel de vida.
Incluso, los médicos que tratan a los aldeanos rara vez dedican tiempo a enseñarles sobre nutrición, amamantamiento, higiene y aplicación de remedios caseros, por ejemplo, soluciones de rehidratación oral. No ayudan a los aldeanos a adquirir agua potable y sistemas de saneamiento, ni a mejorar sus prácticas agrarias para eliminar las causas fundamentales de las enfermedades. No realizan una labor para disipar los mitos que mantienen enfermas a las personas. No combaten la discriminación contra la mujer y las personas de castas bajas, tóxica para la buena salud. Los médicos representan también un poderoso grupo de presión institucional que puede bloquear la solución real para lugares como Jawalke: capacitar a los pobladores de la aldea, como Sarubai Salve y Babai Sathe, para que realicen todas estas actividades.
“Los médicos promueven la atención médica porque es ahí donde está la plata–afirma Raj Arole–. Nosotros promovemos la salud”.
Esta distinción es crucial para Arole, de 75 años de edad, él mismo médico y fundador, junto con su esposa Mabelle (quien falleció en 1999), del programa, conocido como Jamkhed, que capacitó a Salve y Sathe. Los Arole se graduaron con las mejores notas de una de las escuelas de medicina más prestigiosas de la India, el Christian Medical College, en Vellore, Tamil Nadu. “Intentaban imponerte una formación que te convertiría en buen doctor en Francia o Alemania”, señala Arole. Sin embargo, su objetivo era distinto: promover la salud entre los más pobres entre los pobres. Trabajaron en un hospital misionero, luego cursaron su residencia y estudiaron salud pública en Estados Unidos.
En 1970, volvieron a la India e implementaron el Proyecto Integral de Salud Rural en Jamkhed, una pequeña ciudad a una hora de camino en automóvil, al este de Mumbai. Eligieron el lugar, no lejos de donde se crió Raj Arole, porque se hallaba en una de las zonas más pobres del estado.
Cuando llegaron a Jamkhed, los Arole fundaron un pequeño hospital en una clínica veterinaria abandonada. Se necesitaba un hospital para tratar enfermedades complicadas así como urgencias, y ello dotó al proyecto de apoyo político y credibilidad. También trajo consigo los pagos de pacientes pudientes. Estos, junto con donaciones, constituyen el grueso del presupuesto anual de Jamkhed, de 500 000, dólares para su labor en la aldea, incluso en la actualidad. Sin embargo, los Arole sabían que la medicina curativa podía hacer muy poco por los pobres. Debían hacer hincapié en la medicina preventiva y llevarla a las comunidades. De tal suerte, se decidió incluir a los pobladores mismos. Un agente sanitario de aldea, afirma Arole, puede atender 80 % de los problemas de salud de la aldea, porque casi todos se relacionan con la nutrición y el medio ambiente. La mortalidad infantil tiene su raíz en tres elementos: el hambre crónica, la diarrea y las infecciones respiratorias. Para ninguno de los tres hacen falta médicos. “Los problemas rurales son sencillos –afirma Arole–. Agua potable, educación y reducción de la pobreza contribuyen más a la promoción de la salud que pruebas diagnósticas y fármacos”.
Cuando Salve y Sathe comenzaron su labor en Jawalke, estaban en la más absoluta miseria. Como integrantes de la casta dalit, es decir, de los intocables, eran consideradas no personas, tan vilipendiadas que personas de castas superiores tiraban comida si apenas rozaba el borde de sus saris. Andaban descalzas en la aldea, pues a las mujeres intocables no se les permitía llevar zapatos. Sathe recuerda esperar de pie durante horas frente a la bomba de agua de la localidad (que no podía tocar), aguardando que una mujer de casta superior se apiadara de ella y llenara su cubo. Salve era tan pobre que se lavaba el cabello con lodo y sólo tenía un sari. Cuando lo lavaba, permanecía en el río hasta que la prenda se secaba.
A medida que los Arole ampliaron su programa a un centenar o más aldeas fuera de Jamkhed, alentaron a los habitantes de las aldeas a seleccionar mujeres de castas inferiores. “Es probable que una mujer instruida provenga de una casta superior y quizá no desee trabajar para los más pobres”, dice Arole. Él y su esposa creían que la empatía, el conocimiento de cómo viven las personas y la voluntad de trabajar eran más importantes que las destrezas y el prestigio.
Muchas agentes de salud comunitarias eran completamente analfabetas cuando comenzaron a capacitarse. En la época en la que Sathe inició sus visitas en Jawalke, no había asistido un solo día a la escuela; Salve había terminado el cuarto grado. A Sathe la casaron a los diez años de edad; a Salve, a los dos y medio. Todas las agentes que conocí se habían casado al cumplir los 13 años o antes; muchas habían sido abandonadas por sus esposos.
La primera tarea de las agentes de salud era transformarse a sí mismas, comenzando con una capacitación de dos semanas en el campus de Jamkhed. La hija de los Arole, Shobha, de 47 años, médica y quien ahora es directora adjunta del programa, impartió una parte de la capacitación. “Les preguntaba su nombre y decían el nombre de la aldea de la que provenían y su casta. No tenían identidad propia”, menciona.
La madre de Shobha le preguntaba a las mujeres: “¿Quién es más inteligente, una mujer o una rata?”. “Una rata”, respondían ellas. Shobha les pedía a las mujeres que practicaran diciendo su nombre frente a un espejo. Las interrogaba: “¿Quién es la única persona que jamás las abandonará?”. Luego caminaban tras una cortina para ser confrontadas por el espejo. La capacitación elevó su confianza en sí mismas. “Todo el mundo puede transmitir conocimientos técnicos –afirma Shobhaa–. Lo que permite alcanzar el éxito es el tiempo empleado en desarrollar su confianza”. La capacitación es una campaña en curso: todos los martes muchas de las mujeres regresan dos días para exponer los problemas de sus aldeas, repasar lo que aprendieron la semana anterior y abordar un nuevo tema, por ejemplo, las cardiopatías.
Las agentes de salud no se convirtieron instantáneamente en autoridades en las aldeas. Pasaron meses o años antes de que una comunidad comenzara a escuchar, proceso al que contribuyeron los logros médicos, como el parto del bebé de una mujer de casta superior o haber curado la fiebre de una criatura. Las mujeres también cuentan con el respaldo de un grupo móvil –una enfermera, un paramédico, una trabajadora social y, en ocasiones, un médico– el cual, al comienzo, visita cada aldea semanalmente, luego con menor frecuencia. El grupo móvil atiende los casos más difíciles y refuerza la autoridad de la agente de salud.
Las aldeas donde había agentes de salud capacitadas en Jamkhed se transformaron gradualmente gracias a su presencia.Después de unos tres años, estas poblaciones comenzaron a adquirir un aspecto muy distinto del de sus vecinas. En comparación con la miseria de los años setenta y ochenta en la India rural, se ha alcanzado algún progreso, incluso en las aldeas a las que no llega Jamkhed: más mujeres postergan el matrimonio hasta cumplir los 18 años, el uso de anticonceptivos ha reducido el tamaño de la familia y más niñas asisten a la escuela. Sin embargo, muchas cosas no han cambiado. En la aldea de Kharda, a 15 kilómetros de Jawalke, corren aguas residuales en riachuelos no entubados. Los niños padecen diarreas frecuentes, vómitos y fiebres. Algunos jóvenes instruidos afirman que ya no creen en las viejas supersticiones, pero muchos me dijeron que llevarían a toda prisa a una víctima de picadura de serpiente al templo en lugar del hospital.
En contraste, los éxitos de Jamkhed son espectaculares. Treinta y ocho años después de su fundación, el programa ha capacitado a agentes de salud en 300 aldeas. En aquellas que han estado en el programa durante más de unos cuantos años, las plagas tradicionales –diarrea infantil, pulmonía, muerte neonatal, malaria, lepra, tétanos materno, tuberculosis– se han logrado erradicar casi por completo. Las aldeas de Jam-khed tienen tasas mucho mayores de vacunación y una tasa de mortalidad infantil de 22 por cada 1 000 nacimientos, menos de la mitad que la media de las zonas rurales de Maharashtra. Casi la mitad de los niños indios menores de tres años está malnutrida, mientras que en las aldeas de Jamkhed no se registran muchos casos. En la zona rural de Maharashtra, 56 % de los nacimientos son atendidos por un agente de salud, en comparación con 99 % en las aldeas de Jamkhed.
La transformación va más allá de la salud. En una zona en la que casi no había árboles, los aldeanos participantes han plantado millones y la mayoría de los residentes tiene huertos familiares que producen espinaca, papaya y otros frutos y hortalizas. Todas las aldeas de Jamkhed cuentan con agua potable y muchas tienen tuberías que la transportan, mediante una bomba, a todos los traspatios. En la mayoría de las casas hay fosos de drenaje, un sistema simple que elimina las aguas residuales estancadas.
Sathe y Salve han organizado ocho grupos de mujeres en Jawalke que consiguen estos cambios. Instruyeron a las integrantes en competencias comerciales y comenzaron un fondo común para empréstitos: todo el mundo aporta unas cuantas rupias, que se prestan a una persona a la vez para que pueda comprar pescado deshidratado para vender o cabras para criar. Cuando visitamos Jawalke, la campaña en curso instalaba retretes. Quizá el territorio más difícil de colonizar haya sido la mente de las personas, donde prevalecen el estigma y la superstición.
Las había acerca de la nutrición básica: se suponía que las mujeres embarazadas no debían comer mucho y que las nuevas madres tenían que esperar varios días antes de amamantar a sus bebés. Además, quienes padecían determinadas enfermedades, como tuberculosis y lepra, sabiendo plenamente que serían desdeñados por sus vecinos, no se atrevían a buscar tratamiento abiertamente.
Poco a poco, Salve y Sathe han erradicado esas actitudes, acabando con los mitos acerca de la salud. La lepra, por ejemplo, se trata ahora como cualquier otra enfermedad, que lo es: en realidad, es difícil contagiarse y se cura con medicamentos. El cambio es evidente en las manos de Sakubai Gite. Está en su sexto año como agente de salud de la aldea de Pangulghavan. Era una adolescente cuando la lepra le carcomió partes de los dedos antes de que se curara. Sus manos están retorcidas y deformes.
Pero son una de las razones por las que Jamkhed la quería. “Deseábamos mostrar que una paciente de lepra curada podía ser agente de salud de la aldea –mencionó Gite–. Hoy, incluso se me permite atender partos”.
La discriminación contra los intocables se halla en la base de gran parte de la malnutrición, el descuido y las enfermedades, pero Jamkhed contraataca, a menudo de manera maliciosa. Durante la hambruna de los setenta, Jamkhed obtuvo dinero para cavar pozos. Los intocables, que habían vivido en las afueras de sus aldeas, le rogaron a Arole que construyera dos pozos para cada aldea: una para las mujeres de castas superiores y otro en su vecindario, de manera que los intocables pudieran utilizar la bomba.
Arole se negó. No quería fomentar la discriminación por motivo de casta. Trajo a un geólogo americano que gozaba de una reputación de adivino para que eligiera el mejor lugar donde perforar. “Su labor –le informó Arole– será recorrer la aldea en busca de agua, pero búsquela sólo donde viven los intocables”.
En poco tiempo, los intocables tenían agua a la puerta de sus casas. Las mujeres de castas superiores, que normalmente no acudían a esas zonas, tenían que romper con la tradición: el agua era más importante que la casta.
Una sorpresa desagradable nos espera de vuelta en casa de la madre de Kale. Desde la luz polvosa de la puerta, vemos a Kale tendida sobre una tela en la parte trasera de la choza, con un bebé entre las piernas y el cordón umbilical todavía unido. Una segunda sorpresa: hay un gemelo que aún no nace.
Salve se lava las manos y le practica un reconocimiento ginecológico mientras Sathe sostiene una linterna. “El [segundo] bebé viene de nalgas –anuncia–. Debemos llevarla al hospital”.
“No, debe parir aquí”, suelta de sopetón una vieja. Es otra vecina y antes de que Salve y Sathe comenzaran a trabajar en la aldea, era partera, o dai, pero ha perdido a mucha de su clientela. Ahora ha atendido el nacimiento del primer gemelo y quiere atender el del segundo. Muchos estados de la India intentan capacitar a las dais, pero casi todas carecen de conocimientos básicos sobre atención prenatal y partos.
“Entonces asuma su responsabilidad”, responde bruscamente Salve. Se pone en cuclillas frente a un fuego para cocinar, que está encendido en el patio, sosteniendo una navaja de afeitar en el fuego con unas tenazas.
“No corte el cordón –dice la partera–. ¡Si lo hace, la placenta le subirá al corazón!”.
Es una añeja superstición; Salve mueve la cabeza de un lado a otro. Toma la navaja ahora estéril y corta el cordón. Salve examina de nuevo a Kale. “He atendido antes el parto de gemelos sin ningún problema –le dice con suavidad–. Pero este bebé no está en una posición normal”.
Kale dice que han cesado los dolores de parto. No es un buen signo. Pasando por alto las objeciones de la dai, accede a viajar al hospital.
La fuga de cerebros médicos de los países pobres suscita un nuevo interés en las agentes de salud comunitarias, pero ya se han probado antes. El experimento gigante fue el programa “médico descalzo” de China durante el gobierno de Mao: se capacitó a agentes en salud preventiva y curativa, y se les pagaba con puestos de trabajo en su comuna. El experimento chino inició decenas de programas de agentes de salud de aldea a menor escala durante los setenta y los ochenta. La esperanza era que crecieran, a fin de brindar una forma barata de mejorar la salud de millones de personas, pero muchos fracasaron y en la actualidad sólo pervive un puñado.
Expertos en salud observan con suma atención los fracasos de hace décadas y han diagnosticado dos problemas funestos: muchos programas sencillamente abandonaron a sus agentes de salud sin la capacitación, apoyo o supervisión suficientes. Además, casi todos los programas viejos tenían un carácter demasiado vertical. Los aldeanos no elegían qué problemas atacar, ni aprender las destrezas para asumir el trabajo. Por consiguiente, las mejoras en la salud sólo duraban mientras un grupo externo estaba allí con dinero.
Jamkhed, en contraste, ha hecho bien ambas cosas. Dota al agente de un vínculo semanal permanente con el hospital, un grupo móvil, fuente de medicamentos y suministros, nuevas destrezas y conocimientos. Quizá lo más importante es que se mantiene en contacto con las compañeras agentes de salud de aldea, lo cual supone un aliciente para seguir adelante.
En otras partes, los programas exitosos de agentes de salud de aldea se han vuelto enormes. El gobierno de Nepal aprovecha una vasta red de aldeanas voluntarias, por ejemplo, y el Comité de Fomento Rural de Bangladesh (BRAC, por sus siglas en inglés) administra lo que es, en esencia, el sustituto de un sistema de atención de la salud estatal, que cuenta con 70 000 agentes de salud en la misma cantidad de aldeas. “Lo pequeño es hermoso, pero lo grande, necesario”, manifiesta Mushtaque Chowdhury, uno de los directores ejecutivos de BRAC.
No obstante, Jamkhed todavía es una producción de Arole, administrado ahora por Shobha y su hermano, Ravi, quien tiene una maestría en administración de empresas. Actualmente trabaja en apenas 120 villas, y el grupo móvil visita continuamente sólo 45 de ellas. ¿Por qué no se ha ampliado Jamkhed? Ravi y Shobha sostienen que lo ha hecho, solamente que de otras maneras. Ha añadido servicios, por ejemplo, micropréstamos, y amplía su alcance mediante la capacitación. Jamkhed ha impartido cursos a 18 000 indios y a otras 2 000 personas provenientes de 100 países, y el personal de Jamkhed viaja para capacitar a organizaciones en otras partes. Hay programas pequeños en todo el mundo, desde Nepal hasta Brasil, que están aplicando estos principios, y todo el estado indio de Andhra Pradesh también los está adoptando, luego de enviar a Jamkhed a miles de empleados gubernamentales para recibir capacitación.
Hoy, gracias a la formación en administración y subvenciones para pequeñas empresas, sus agentes de salud ya no son pobres. Salve, por ejemplo, es una de las mujeres más ricas de su aldea. Vende brazaletes y pendientes, es dueña de dos casas, un molino de harina y, lo dice con orgullo, de 15 saris; también posee un Jeep que alquila. Esta es una buena estrategia: cuanto más próspero sea el agente de salud, mayor será su influencia en la aldea. Pero esta no es toda la historia. Quizá el verdadero secreto de Jamkhed es cómo alienta a las mujeres pobres, en ocasiones indigentes, que llevan a cuestas la carga aplastante de pasar horas de su día en una labor que no les ofrece remuneración financiera alguna, más que el obsequio ocasional de una papaya por un paciente agradecido. A todas luces, algo las alienta. La mayoría de las agentes de salud lo son de por vida. Muy pocas se van.
En 2005, Babai Sathe, intocable, fue elegida sarpanch (es decir, líder) de la aldea de Jawalke.
A pocos minutos de que Kale estuviera de acuerdo en acudir al hospital, el conductor trajo la camioneta de Jamkhed a la casa. Sathe la ayudó a subir, junto con un grupo de mujeres y, extrañamente, alguien que necesitaba que lo llevaran. El padre de Kale y el hijo de cuatro años de ella se sentaron en el piso de la parte delantera. El recién nacido en el regazo de alguien.
El camino estaba pavimentado, pero sólo tenía un carril y medio de anchura. Cada vez que un camión o autobús se nos acercaba de frente, nos salíamos del camino. Adelantamos a carretas de bueyes; la bocina de la camioneta sonaba como si estuviera pegada en la posición de “encendido”. Salve limpiaba el rostro de Kale y le daba agua, y 45 minutos más tarde llegamos al hospital de Jamkhed, donde nos recibieron tres mujeres con una camilla y nos llevaron sin dilación a la sala de partos. Salve y Sathe estaban a cada lado de Kale, sosteniendo sus piernas y confortándola. Todavía no tenía contracciones, así que un médico le inyectó oxitocina para que comenzaran.
Una enfermera trajo un monitor cardiaco fetal contenido en un portafolios. Sathe lo sostuvo mientras una enfermera empujaba la sonda por encima del vientre de Kale. El único sonido que había en la sala era el que producía la máquina. Los ojos de Sathe se dispararon alrededor de la sala a medida que la sonda se movía, sin atreverse a mirar a Kale. Pasó una eternidad. No había latido alguno.
La criatura muerta era niña. Aunque en muchas familias indias una niña nacida muerta no es causa de pesar, Kale albergaba un sentimiento distinto. “Ya tenía un varón –mencionó después, al acurrucar a su segundo hijo–. Realmente quería una niña. Pero el varoncito estaba sano, pesó poco menos de tres kilogramos al nacer”.
¿Pudo haberse salvado la niña? Quizá, si Kale se hubiera realizado una ecografía en el hospital en algún momento durante su embarazo. “Habríamos detectado el embarazo de alto riesgo y la habríamos hecho parir aquí –dijo Shobha–, pero en ocasiones las familias no cooperan, pese a los estímulos”. Pocas veces, sin embargo, si son de Jawalke.
A final de cuentas, la mayor mejora en la salud que llevaron Sarubai Salve y Babai Sathe a esta aldea no son los inminentes retretes, los niños vacunados, las bombas de agua en los traspatios, los huertos familiares ni cualesquiera de los demás elementos visibles, sino que las mujeres de Jawalke saben lo que constituye una vida mejor, y ahora la exigen. Cuando Salve estaba en casa de Kale después del nacimiento del primer hijo, tres mujeres se habían reunido al borde del terreno, todas jóvenes, todas embarazadas. Buscaban a Salve para su revisión.
Asintió con la cabeza; tenía las manos llenas, por el momento tendrían que esperar.
Pero tenían la certeza de que ella volvería al día siguiente.
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Tina Rosenberg, ganadora del Premio Pulitzer, es redactora del New York Times Magazine. Lynn Johnson colabora habitualmente con National Geographic.





Así como la libertad es un concepto abstracto y dificil de responder a la pregunta ¿hasta donde el hombre puede llegar a ser libre? Así también lo es la tolerancia ¿hasta donde las organizaciones nacionales y mundiales toleran las conductas, leyes y creencias humanas? No es posible que en pleno siglo XIX sigan existiendo las castas hindues o un gobierno comunista que promete equidad, a un precio muy caro e injusto o conductas obsoletas de las etnias aqui en Mexico o peor aun politica disfazada de religión. Si el mundo quiere paz creo que deben epezar por sus propios paises y luego buscar soluciones con sus vecinos. Pero esto se empieza por uno mismo y el trato a sus semejantes. En el reportaje que hizo Rosenberg, se puede ver que hay gente que sabe y quiere un mundo mas alla del que están, es fabuloso que si una organización no te apoya, entonces que la ayuda sea mutua entre ellos mismos. Felicidades y saludos.
Es agradable ver que con pequeñas acciones podemos resolver en parte los grandes problemas que nos aquejan, ya de por si es admirable que en la India exitan todavía los “intocables” Gandi en su tiempo lucho contra esa clase de esclavitud disfrazada de religión clasista, es encomiable como labores humanitarias como la que desarrollan esas mujeres no solo sirven a sus projimos sino que a la vez enriquecen su autoestima y mejoran economicamente ellas y su entorno, gracias por artículos como este.
Este articulo presenta la realidad de lo que sucede en todo el mundo,en lo que se refiere a Mexico es el mismo problema,las condiciones diferentes segun donde se presenten la imparticion de los servicios medicos,parece que hubiere paciente de segunda y tercera categoria,los avances de la medicina son muy grandes pero no estan a disposicion de toda la poblacion.Este cambio debera ser planteado por la asociacion de Escuelas y Facultades de Medicina.
Hay cosas muy simples que pueden generar grandes cambion en la salud de los paises en vías de desarrollo.Por ello los médicos debemos mejorar la salud de la comunidad acudiendo a resolver sus problemas y no solo esperar a los enfermos para curar enfermedades.
El conocimiento científico de la medicina se vuelve elitista y egosita cuando no se lo comparte con la comunidad. Por lo que la educación comunitaria en cuestiones de salud se convierte en una herramienta de cambio y desarrollo, ya que es la comunidad y fundamentalmente sus habitantes los generadores de la salud pública.
Un abrazo.
Accidente o propuesta? Natinal Geographic ha puesto el dedo en la llaga en torno a los servicios de salud en paices que como Mexico no pueden continuar sosteniendo el modelo de “medico de hospital”, “costoso y limitado” en su acceso a la población en general, existe otro modelo y es el de la formación de medicos de primer contacto 100% resolutivos, sin embargo esto es algo que la propia sociedad deberá de demandar.
Otro excelente artículo de National Geographic. El caso de Salve me recuerda a la madre Teresa de Calcuta. Se observa aqúí el cabal cumplimiento del juramento de Hipócrates. ¡Gracias, National Geographic, por otro humano y reconfortante artículo!
Asi es, he aqui la importancia de la medicina preventiva, el arte de la medicina debe ser 75% preventiva y 25% curativa y de rehabilitacion; en mexico lamentablemente es todo lo contrario…es importante no olvidar de donde proviene todo…hay que fomentar la prevencion en todos lados y esto es educacion para la salud…gracias
Me parece un excelente articulo. Cuando hay personas que realmente tienen vocacion para la profesion que ejercieron, se ven cambios como estos, pues sus interes van mas alla de lo economico.
Gracias.
Soy medico y aunque tal vez Mexico no se encuentre en tal crisis, no estamos lejos de padecer la misma plaga, el desvio de recursos destinados a Salud es y seguira siendo el problema principal.
Increible como la falta de educacion cobra un precio tan alto en muchos pueblos, como menciona el articulo la gran cantidad de creencias, la distincion de clases y la discrminacion a la mujer parten de la poca educacion que impera en los paises pobres. Seria un mundo mejor si al menos la cuarta parte de la humanidad fuera como estas mujeres luchadoras y valientes.
Afortunadamente aun es posible encontrar compromiso y entrega por la gente. Es necesario recuperar el espiritu en la medicina y en las profesiones de la salud en general, trabajar para que la medicina no sea solo hospitalaria y que se preocupe de comprender cual es la causa social detrás de las enfermedades. Es de esperar que algún día los servicio de salud sean capaces de articular a los distintos saberes y actores de un territorio para resolver los desequilibrios personales, familiares y comunitarios. Y junto con esto readecuar los planes y programas de salud de perfil biomédico -tecnocrático a la realidad cultural de cada comunidad.
Es un artículo inspirador, refuerza la observación de logros que hemos tenido en la salud de nuestra región que los atribuimos a los esfuerzos que hacen las auxiliares de salud aquí en méxico. Porque aqí en México aún existen zonas con la misma problemática (demasiadas aún)donde la mortalidad materna e infantil sigue siendo un mal presente y donde la única esperanza son las voluntarias comunitarias, no los médicos desafortunadamente pues ellos si bien no migran al extranjero prefieren los medios urbanos con razones la mayoría de ellas justas y válidas, razón por lo que se require acciones en las tres palabras importantes pilar de este bello artículo; agua potable, educación y combate a la pobreza
Escrito por Jose Carlos Ascanio:
“existe otro modelo y es el de la formación de medicos de primer contacto 100% resolutivos, sin embargo esto es algo que la propia sociedad deberá de demandar.”
De acuerdo con su comentario y agrego la necesidad de un compromiso mayor de parte del Estado para prevenir la fuga de cerebros en el país.
Tengo apenas 15 años,y me encantaria, algun dìa poder ayudar a la gente que mas lo necesitan; Asi como lo hacen estas personas. Me gustaria ver a las autoridades como presidentes, o aquellos que tienen un cargo politico importante, ayudar a quellas personas con alguna de estas enfermedades y que puedan ver como se siente ser “invisible” ante los ojos de las personas que gracias a dios, estan sanas… No quiero ser mal educada ni irrespetuosa, pero me da impotencia. Mi mas humilde saludo, Lucia.
es bueno ver esto me conmueve ver que aun hay gente empatica y humanista porque para hacer esto se necesita un gran corazon