La presidencia tras bambalinas [Artículos]

Escrito por: Elisabeth Bumiller el 01 de Enero de 2009 | 1:31 am
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El presidente se prepara para bajar del Cadillac One en la pista del aeropuerto de Accra, Ghana. El Servicio Secreto divulga pocos detalles sobre la limusina que viaja por el mundo con el primer mandatario, pero se rumora que el vehículo blindado pesa aproximadamente 4 536 kilogramos y tiene suministro de oxígeno propio para protegerse contra ataques de gas tóxico.
Foto de Christopher Morris

La historia siempre da un giro brusco en Washington cuando un nuevo presidente toma juramento, lo cual sucederá de nuevo el 20 de enero de 2009. Habrá nuevos miembros del gabinete, un nuevo Congreso, una nueva política exterior, un nuevo estilo en el Ala Este de la Casa Blanca, nuevos parientes incómodos (si el pasado sirve de guía) y nuevos primeros amigos.

Pero muchas otras cosas del mundo privado del presidente de Estados Unidos permanecerán sorprendentemente iguales. Las recamareras del equipo de la Casa Blanca harán la cama presidencial, como lo han hecho siempre. El personal de la cocina seguirá pelando papas y batiendo huevos. Los jardineros habrán plantado 3 500 bulbos de tulipanes en el Jardín de las Rosas para que florezcan en primavera.

La alimentación y el cuidado permanente del presidente de Estados Unidos es una industria integrada por cientos de empleados, financiada en buena parte por los contribuyentes y poco comprendida más allá de las puertas de la Avenida Pensilvania 1 600. Las familias presidenciales llegan y se van; “obtienen un contrato de arrendamiento por cuatro u ocho años”, comenta Gary Walters, ex gerente de la mansión ejecutiva. Pero el personal, las costumbres y la mecánica que rodean al mandatario más poderoso del mundo perduran, a menudo por generaciones.

Walters lo sabe bien. Como subgerente y luego gerente de la residencia más famosa de Estados Unidos durante 31 años, desde Gerald Ford hasta el segundo presidente Bush, su trabajo abarcó seis presidencias, así como crisis nacionales y mundiales, hasta que se jubiló en 2007. Dirigió un inmueble con una plantilla de 90 empleados, que incluye mayordomos, recamareras, chefs, jefes de comedor, elevadoristas, floristas, curadores, carpinteros, electricistas y plomeros. En cierto modo, era como administrar el hotel más exclusivo del mundo, excepto porque Walters estuvo a cargo de un inmueble con cuatro funciones, a veces opuestas: las de casa, oficina, espléndido museo y máximo salón de eventos. Increíblemente, la Casa Blanca ha recibido hasta a 30 000 visitantes en una sola semana.

Walters, veterano del ejército y ex funcionario del antiguo Servicio de Protección Ejecutiva (ahora conocido como la División de Uniformados del Servicio Secreto) aportó precisión militar y discreción máxima a un trabajo que nunca ha tenido un horario regular. Sus peores momentos, recuerda, ocurrieron cuando una familia presidencial se mudaba, por lo general a las 10 a. m. del 20 de enero, y otra llegaba a las 4 p. m. del mismo día.

El objetivo de Walters era sacar todas las posesiones de la familia que se iba, y tener los calcetines guardados en los cajones de las cómodas, los muebles personales acomodados, los cuadros colgados, las fotografías de la nueva familia a la vista y sus tentempiés favoritos en la cocina; todo en un lapso de seis horas. No es posible adelantarse, pues el nuevo presidente no asume el cargo oficialmente sino hasta el 20 de enero por la tarde, dos horas después de que su camión de mudanzas se estaciona escoltado en la entrada de la Casa Blanca, mientras el mandatario en ejercicio se dirige al Capitolio. Para lograrlo a tiempo, Walters dividía a los 90 empleados en equipos con tareas específicas. Los meses de planeación incluían ensayos verbales (sin embargo, esos ensayos no se hicieron antes de la partida prematura de Richard Nixon. Al personal se le informó que la primera dama había solicitado unas cajas para empacar mediante la oficina del gerente. “Así fue como nos enteramos”, comenta Betty C. Monkman, ex curadora de la Casa Blanca).

Algunos cambios de poder fueron especialmente difíciles. Bill Clinton permaneció en el Despacho Oval hasta las 4 de la mañana del 20 de enero del 2001. “Hasta entonces pudimos retirar sus documentos y objetos personales del escritorio”, recuerda Walters, quien tuvo que esperar a que el presidente se fuera a la cama antes de poder abalanzarse a la oficina y ayudar al personal de Clinton a vaciarla, ordenarla y tenerla lista para George W. Bush.

Pero una vez que las cosas se asientan, “la Casa Blanca es ante todo un hogar familiar –afirma Walters–. Es responsabilidad del personal adaptarse a las necesidades de cada familia,y no obligarla a ajustarse a las costumbres adquiridas en ella”.

Para garantizar que se sintieran en casa, lo primero que hacía Walters era preguntarle a la futura primera dama, después de las elecciones, en cuanto el presidente en ejercicio invitaba al recién elegido a visitarlo, qué habitaciones le gustaría usar como recámaras, a qué hora prefería levantarse por las mañanas, qué tipo de pasta de dientes debería haber en el baño y qué bocadillos le gustaría que hubiera en la despensa.

El segundo Bush pidió pretzels, lo que le causó un problema en 2002, cuando se atragantó con uno mientras veía un juego de futbol americano en su recámara de la Casa Blanca; se desmayó, cayó al suelo y luego recobró el sentido, con sus perros como únicos testigos del incidente. Su padre pidió algo más fácil de tragar: helado Blue Bell de Texas. Curiosamente no ordenó chicharrón de cerdo, a pesar de que en público le gustaba mordisquearlo para verse como cualquier hijo de vecino. “Era totalmente falso –afirma Walters–, no se los comía”.

Entonces, ¿qué hay de cenar? En términos generales, ni los presidentes ni las primeras damas han cocinado en la Casa Blanca, aunque tienen dónde hacerlo: dentro de las habitaciones de la familia, independiente de la cocina principal en la planta baja de la mansión. A los Clinton les gustaba usar su cocina para tomar una copa de champagne después de las fiestas y asaltaban el refrigerador en busca de comida. Pero la mayoría de las familias simplemente elige un menú semanal entre las propuestas que ofrece el chef de la Casa Blanca. Las cenas de Estado, las parrilladas que se ofrecen al Congreso y las fiestas navideñas para los cuerpos diplomáticos las pagan los contribuyentes, pero el presidente asume los costos de todos los alimentos que consumen su familia e invitados personales. En los primeros meses de una nueva administración, la impresión que se llevan al ver la cuenta ya es una rutina.

“No puedo recordar a alguien que no se haya quejado –comenta Walters, recordando especialmente la sorpresa de Rosalynn Carter ante el monto de las cuentas–. La señora Carter venía de Georgia. En esa época, las cosas eran un poco más baratas allá. Pero seamos francos, como presidente se tienen chefs de talla mundial. Las guarniciones que le ponen a los platillos, la forma en que los presentan, es como comer en un restaurante”.

Los alimentos proceden de varios proveedores comerciales autorizados por el Servicio Secreto, pero también se adquieren en mercados de agricultores y sólo ocasionalmente en una tienda de abarrotes. A veces, el chef de la Casa Blanca se detiene en una carnicería local, camino al trabajo, y compra un corte de último momento para la cena del presidente. El vino –siempre norteamericano, porque la Casa Blanca dejó de servir vino francés durante la administración Ford– procede directamente de las bodegas e incluye productos de Virginia, Idaho y California (las costumbres francófilas de la Casa Blanca no desaparecieron de un día para otro: en alguna ocasión, Mamie Eisenhower ordenó que su tarta de manzana favorita apareciera en el menú de una cena de Estado como Betty Brune de Pommes).

La familia presidencial paga sus propias cuentas de tintorería, aunque el personal se encarga de mandar la ropa a un lugar caro y exclusivo en la ciudad. El servicio de la mansión se ocupa de las camisas del presidente, así como de las sábanas y toallas de toda la familia. El mozo del presidente mantiene los zapatos boleados y acude directamente a las amas de llaves de la residencia cuando hace falta pegar botones. Los presidentes eligen cada día sus propios trajes del armario, aunque se ha sabido de miembros del personal que rechazaron alguna corbata por estar muy recargada para salir en televisión. “No recuerdo algún presidente que haya tenido a alguien que le eligiera la ropa”, agrega Walters.

Cuando el presidente sale de la Casa Blanca viaja dentro de una enorme esfera de seguridad, ya sea en la limusina blindada conocida internamente como “La Bestia”, en el avión presidencial –Air Force One– o permanece en alguna de las 600 u 800 habitaciones de hotel requeridas en cada escala durante un viaje al extranjero.

Una gira del presidente incluye una caravana de empleados de la Casa Blanca, funcionarios del Departamento de Estado, agentes del Servicio Secreto, técnicos en comunicaciones, tripulaciones para las aeronaves –el Air Force One y el Marine One (el helicóptero presidencial)–, así como personal del Departamento de Defensa y la prensa. Una gira importante al extranjero generalmente incluye hasta a 800 personas, entre ellos 30 empleados de la Casa Blanca, más de un centenar de miembros del Servicio Secreto y aproximadamente 150 representantes de los medios de comunicación: televisión y corresponsales de radio, equipos de camarógrafos, técnicos de sonido, reporteros de agencias de noticias y periodistas y fotógrafos de medios impresos.

De hecho, el grupo se transporta en dos aviones: el Air Force One para el presidente, su personal, sus agentes del Servicio Secreto y un pequeño grupo de reporteros al fondo de la nave; y otro, habitualmente un 747 de United Airlines, contratado para el resto de los medios de comunicación (se va rotando a los reporteros para que ocupen los 14 asientos destinados a la prensa en el Air Force One, pero en cualquiera de las naves las organizaciones de los medios de comunicación pagan mucho por los asientos; en términos generales, el precio de las tarifas de primera clase o más). El séquito va acompañado por aviones de carga que transportan la limusina del presidente y una de repuesto, a veces también el Marine One, para cada escala.

El núcleo del aparato de seguridad, que dentro de la Casa Blanca se conoce como “el paquete”, está integrado por el presidente, su personal directivo, el grupo del Servicio Secreto asignado específicamente para su protección y un pequeño grupo de reporteros. El paquete fundamentalmente aísla al presidente del resto del aparato de seguridad y del mundo exterior. En el interior, la vida es apacible; afuera, bulle la infraestructura de 24 horas al día y 7 días a la semana, necesaria para mantener esa paz.

El jefe de giras en la administración de Bush hijo fue Joe Hagin, ex subjefe de personal a cargo de las operaciones, quien cree que es posible hallar un equilibrio entre proteger al presidente y permitirle cierto contacto con el público. “No puedes encerrarlo en una caja de acero y trasladarlo –señala Hagin–, es una figura pública que debe ser vista”.

Hagin siempre programaba los viajes de Bush al exterior hasta con un año de anticipación. Cada noviembre o diciembre se sentaba con el jefe de personal de la Casa Blanca y el asesor de Seguridad Nacional, para reservar las fechas respectivas; lo que habitualmente ascendía a cinco o seis viajes presidenciales anuales al extranjero.

“Mi geografía no es lo suficientemente buena sin un mapa”, señala Hagin. Así que con los mapas desplegados sobre la mesa de conferencias en la oficina del asesor de Seguridad Nacional, y con los pilotos del Air Force One presentes para consultarlos, el grupo resolvía qué escalas era geográficamente factible hacer. También había factores políticos importantes que considerar. Bush hijo, que en el transcurso de su mandato se volvió cada vez menos popular en el exterior, a menudo crecía sus giras europeas con escalas en naciones del antiguo bloque soviético, como Albania, donde podía contar con que lo vitorearan las multitudes en favor de la democracia y de Estados Unidos.

La Agencia de Comunicaciones de la Casa Blanca (WHCA, por sus siglas en inglés) crea su propio sistema de comunicación para cada destino; y en las giras al extranjero, el líder del mundo libre puede presionar un botón del teléfono de su suite del hotel y conectarse en el acto con un sistema de marcación directa de Estados Unidos. Por razones de seguridad, Bush no usaba celular personal, pero siempre había uno a su disposición mientras viajaba.

Hay un teléfono celular específicamente para la limusina presidencial, donde el ruido de fondo nunca es un problema. La gente que ha estado en su interior comenta que es inquietantemente apacible, como si al mundo exterior le hubieran apagado el volumen. El presidente puede ver a la muchedumbre, pero no oírla; mucho menos con el estruendo de los ocho cilindros del motor de “La Bestia”.

El Air Force One es el refugio del presidente. Él puede dormir en su cabina, una suite ubicada en la nariz del avión que cuenta con regadera y dos camas pequeñas para descansar durante el día. O puede ejercitarse; antes de que a Bush le fallaran las rodillas y dejara de correr, tenía una caminadora instalada en la oficina del Air Force One para sus viajes al extranjero. La cocina del jet sirve cenas completas preparadas por sobrecargos militares, por lo que es poco probable que ganen premios culinarios o de nutrición. Filete, pollo y chuletas de cerdo son los platos habituales. En junio del 2002, cuando Bush viajó a Florida para promover la salud física y alimentaria, el menú para el almuerzo del Air Force One, impreso en tarjetas con ribetes dorados para todos los pasajeros, era sándwich de carne de res en conserva, papas fritas y tarta de queso con fresas.

Mientras el presidente va de una reunión a la siguiente, a su alrededor se desarrolla una intensa coreografía, resumida en los cientos de páginas de los manuales de referencia.

Como es lógico, al presidente, igual que a cualquier otra persona, le da gusto volver a casa. Aunque Ronald Reagan decía que a menudo se sentía cautivo en la burbuja de la Casa Blanca, muchos otros presidentes y sus familias han disfrutado mucho su estancia.

Y, ¿por qué no? Después de todo, hay una sala de cine que hace poco se remodeló, idónea para ver las principales películas de Hollywood enviadas de noche por los estudios (en los dos últimos años, Bush vio The Kite Runner y The Perfect Game). Hay una alberca, la misma donde Gerald Ford hablara con la prensa en traje de baño. También hay una cancha de tenis y el Jardín de los Niños, un lugar sombreado creado por Lady Bird Johnson, cuyo sendero está flanqueado por impresiones en bronce de las manos y los pies de los nietos de los presidentes.

Sobre todo, hay una sensación de hogar e historia, aunada al conocimiento de que una familia presidencial, sin importar lo bien que se le cuide y alimente, sólo estará de paso. O como uno de los empleados permanentes de la casa le recordara con delicadeza a Barbara Bush durante su época de primera dama: “Los presidentes van y vienen; los mayordomos, se quedan”.

3 comentarios

  1. Escrito por julio:

    realmente es impresionante omo en las naciones desarrolladas invierten millones de dolares en tegnologia para su propio beneficio, no es que sea pesimista pero considero que existen lugares en el mundo donde ese dinero y esa tegnologia podria dar mas beneficios al ser invertida la seguridad y el comfort de el presidente es importante pero mas importante resulta invertir esos recursos en agricultura y educacion para paises extremadamente pobres

  2. Escrito por CHINCA SALAS:

    Mucha suerte para el nuevo administrador de la Casa Blanca, esperando que su desempeño sea mejor que el anterior, es una de las ideas que pasa por la mente de los electores mas que si bajo o no calcetines, o si come un bocadillo especial o costumbres muy propias de su raza.
    Donde el mundo pone sus ojos en el desenvolvimiento de cada palabra escrita y promesas hechas a los electores, se supone que esas son unas de las causas primordiales que hace que un hombre llegue al poder indiferentemente de su rostro o su estatus de vida; donde todos esperan que el hombre nuevo de EEUU, cumpla con sus responsabilidades, donde cabe destacar, alguno se preguntan mas que el secreto de la limusina, el costo en $ de la misma, es cuestion de liquidez, por otra parte, donde es conocimiento de todos que EEUU, vive de los impuestos, esperemos que se vea librado de cualquier atentado, siempre he considerado que es una estupidez matar a un jefe de estado el entierro sale muy costoso para la nacion, este es un comentario muy particular. Deseandole la mejor de las suerte en su cargo, donde los miembros del nuevo gabinete den el rendimiento por el esperado donde el pueblo elector de EEUU, no se vea defraudado ante las promesas incumplidas, este es uno de los puntos que lleva a un hombre o mujer a la cuspide o al fracaso.
    Esperando no se convierta en actor de cine y de pantalla chica, se mantenga como un verdadero hombre comprometido con las promesas y cuide el nombre del cargo el cual ocupa donde es la imagen de una nacion a la cual proyecta cada vez que se presenta en publico, es un pais, el pueblo se llame como se llame espera que los elegidos para ejercer el poder se comporten como jefe de estado, no se conviertan en titeres ni en payasos, deseando que estos desempeñen el mejor papel en el periodo que les toca gobernar, llevando la paz, donde no haya doble discurso a la hora de ejecutar las leyes, de cumplir con el desarmen para llegar a un entendimiento global.

    Nuevamente felicitaciones al nuevo Presidente.

  3. Escrito por Oswaldo Mesias:

    Me parece totalmente inadecuado y hasta infantil decir que el gasto en seguridad del presidente de los Estados Unidos podría servir para el beneficio de países pobres. ¿Qué tal si el país que más consume y más produce se hunda en el caos porque a cada momento matan a su presidente por falta de seguridad? ¿No afectaría eso a todo el mundo? Estados Unidos pasaría a ser Somalia, y el resto del mundo “bien gracias”. No sería mejor que esos países pobres inviertan en si mismos y se cuiden a sí mismos sin esperar que mágicamente otro país los mantengan y se descuiden de su propia seguridad. Realmente el sentido común escasea en ciertas personas

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