El traspatio del Ártico [Artículos]
El terrible clima invernal ha convertido al Monte Washington de Nueva Inglaterra en un asesino.
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Las nubes pasan por los flancos del Monte Monroe hacia la cabaña de Lakes of the Clouds, en la cara sur del Monte Washington. En el verano, la cabaña de 90 literas administrada por el Appalachian Mountain Club ofrece descanso y comida a los excursionistas. [Foto de José Azel]
El Monte Washington se eleva suave y arrugado sobre los bosques de New Hampshire, más allá de los pueblos de ladrillo, los viejos molinos y las ciudades frías, pero en realidad no está muy lejos de nada. Se encuentra al alcance. En verano incluso se puede subir manejando. En un día claro uno casi podría ver su casa desde la cima, y el océano Atlántico luce apacible en el horizonte, como una fina rebanada de mercurio. Prácticamente está en el patio trasero, dice la gente. ¿Qué tan peligroso puede ser?
Muy peligroso. La montaña es una colina comparada con otros picos, pero se halla justo donde confluyen tres rutas de tormenta, con las cuales se precipitan hacia el mar sistemas climáticos y viento. De apenas 1 828.8 metros, el Washington es el obstáculo más grande en el camino de esta convergencia climática, un obstáculo atmosférico.
Durante el verano, millones de personas acuden a las Montañas Blancas cuando el clima es bueno: días cálidos con noches frescas, el pan nuestro de cada día en Nueva Inglaterra. Quizás algo de lluvia. Granizo ocasional. Y entonces las montañas parecen hormigueros con multitudes que suben por sus caminos empinados. Otros llegan a la cima en un pequeño ferrocarril o toman la sinuosa carretera de más de 13 kilómetros. En la punta del Washington hay un estacionamiento que, con frecuencia, está lleno de motocicletas. También hay una cafetería, un museo, un observatorio climático y un enorme mirador.
El invierno ahuyenta a las multitudes, y aparece otro Monte Washington, uno azotado por un clima tan feroz como en casi ninguna otra parte del planeta. La temperatura puede bajar hasta -34°C o menos, y el viento silba sobre la roca. En abril de 1934, se impuso aquí el récord mundial de velocidad del viento: 371.75846 kilómetros por hora. Durante el invierno, sólo un puñado de meteorólogos y otras personas permanecen en la cima, encerrados en el observatorio de concreto.
La combinación de las tristemente célebres tormentas y el fácil acceso lo convierten en uno de los picos más mortíferos del continente, lo que lo ha afianzado en el folclor regional. Es un protagonista habitual en los pronósticos del tiempo, un tema para iniciar conversaciones, un asesino.
Por supuesto, para algunos, todo esto es sólo otro de sus atractivos.
Mi hermano Jon es un montañista profesional en el oeste del país, un guía en picos glaciares en donde el aire es lo suficientemente delgado como para matar. Pero esta mañana de finales de enero estamos camino a la montaña que nos enseñó a escalar.
En mucho tiempo, Jon y yo casi no nos hemos visto. En nuestra última reunión, hace más de un año, una discusión sobre viejos resentimientos se salió de control y casi llegamos a los golpes. Ahora planeamos pasar unos días de excursión a través de la cordillera y escalar el Monte Washington.
Para Jon y para mí, el Washington siempre fue el Everest de la Costa Este: su potencial de violencia es irresistible. Mis tres hermanos y yo aprendimos lo básico del montañismo en el Washington. Ahí competíamos, entre nosotros y contra otros, acumulando ascensos en condiciones ridículas, intentando sobresalir.
Jon tenía 12 cuando subimos juntos la montaña por primera vez, hace 15 años. Era un día perfecto de enero. En la cima, nos paramos en medio del frío y tomamos unas fotos. No me di cuenta de que Jon no había comido suficiente y le estaba costando trabajo mantenerse alerta. Era muy terco o tenía demasiado frío como para decir algo. De regreso, las nubes y la niebla bloquearon la visibilidad, y nos perdimos por casi una hora en una repisa cubierta de hielo. Subimos tropezando hasta la cresta, tuvimos suerte de no resbalarnos, y eventualmente la seguimos para volver al camino. Abajo, Jon casi se desmaya. Recuerdo haber pensado que nos habíamos salvado por un pelo, que había sido algo afortunado que luego contaríamos como un cuento chino más. Jon lo recuerda como el principio de algo, como una aventura que lo ayudó a elegir su camino. Cuando pensamos en eso, los dos reconocemos nuestros errores: debimos haber hablado más e iniciar el descenso antes. Yo tenía más experiencia, la mayoría de los errores fueron míos.
Ahora Jon guía a sus clientes arriba de las montañas en el estado de Washington, en Alaska y en Nepal. Así que cuando me pidieron que escribiera sobre el Monte Washington, quise que me acompañara. Podríamos volver a visitar viejos sitios de batalla, intentar una vez más subir a la cima. “Me parece apropiado –me escribió–. Como regresar a la escena del crimen”.
En el segundo día de nuestra travesía amanecimos con mal tiempo sobre la línea de los árboles, viento ululante y nieve. Con temperatura muy por debajo de los cero grados. El Washington se encuentra a varios kilómetros y para llegar a él hay que atravesar crestas expuestas. Elegimos tomar una ruta que nunca habíamos recorrido juntos. En el decolorido amanecer trotamos como caballos y sopesamos nuestras opciones. Había olvidado el temible poder del frío. En silencio, consideramos la retirada, pero en voz alta decidimos seguir adelante.
El frío hace que los pasamontañas estén tan tiesos como la madera. La visibilidad disminuye y el cielo se oscurece, y sobre nuestras cabezas pasan nubes de hierro. El frío nos obliga a refugiarnos en las salientes y detrás de montículos de nieve. Para el mediodía, deja de nevar y el cielo se ilumina, y llegamos a un sitio en donde el viento baja.
Pero pronto el camino se desvanece. En las zonas alpinas a través de las Blancas, las rutas están marcadas por montones de piedra llamados hitos. El invierno los cubre de nieve; a veces los entierra por completo. Junto a un barranco obstruido, los hitos desaparecen y de nuevo nos encontramos perdidos en el blanco, igual que hace muchos años. Abrimos nuestras mochilas y sacamos el mapa. La aros de neblina dificultan la lectura del terreno, pero vemos que estamos cerca del Monte Jefferson, punto que goza de mala fama entre nosotros y entre muchos nativos de Nueva Inglaterra.
Cada año, en las Montañas Blancas se pierden al menos una docena de escaladores, atrapados en tormentas sin el equipo adecuado. Algunos no saben cómo utilizar su costoso equipo nuevo. Cada vez son más los que llegan armados con teléfonos celulares en vez de experiencia y mapas, pensando que los rescatarán con sólo marcar un número. “Insisten –dice un experto– en actuar de manera incorrecta”. Uno de los peores ejemplos en la memoria reciente se desarrolló no lejos de donde Jon y yo nos detenemos.
En enero de 1994, un joven escalador murió congelado ahí, solo y delirante. Su nombre era Derek Tinkham, y murió durante la misma travesía, rumbo a la misma cima. A pesar de un clima terrible y la noche a punto de caer, Tinkham y su compañero, Jeremy Haas, siguieron avanzando. La temperatura bajó drásticamente y el viento aumentó, mientras Tinkham se debilitaba más a cada paso. Eventualmente ya no pudo avanzar. Haas intentó meter a Tinkham en su bolsa de dormir y se fue en busca de ayuda. El viento alcanzó velocidades de huracán, obligando a Haas a arrastrarse; un frío cercano a los 34° bajo cero comenzó a matar su piel expuesta. Luego de pasar unas horas miserables, llegó al observatorio en la cima del Washington, donde lo encontraron y lo llevaron adentro. Sufría de sabañones y con el tiempo las manos se le hincharon y se le pusieron negras. Pero vivió.
Haas era el escalador más experimentado, y tuvo que cargar con toda la culpa. Primero, por haber proseguido en medio de un clima que exigía la retirada y, después, por haber abandonado a su amigo, que estaba exhausto pero no protestó por necedad o porque estaba hipotérmico y su cerebro se iba apagando. Un equipo de rescate encontró a Tinkham al otro día, con la mitad del cuerpo adentro de la bolsa de dormir y el rostro como una máscara que los hombres recordarían por años.
Sentado sobre mi mochila, revisando el mapa, recordé los días que siguieron a la muerte de Tinkham, cuando los periódicos y todos mis conocidos hablaban sobre el clima, la arrogancia y la muerte. La tragedia no nos alejó ni a Jon ni a mí de las montañas. Apenas hicimos una pausa. Al igual que todos los escaladores jóvenes, ambos pensábamos que nunca nos pasaría a nosotros.
Ante nosotros, se abren muchas rutas posibles en un campo de nieve cubierto con una costra de hielo. Elegimos una, Jon por delante. Da unos cuantos pasos y se hunde hasta la cadera en nieve. Forcejea con sus palos para caminata e intenta salir del hoyo, pero la pesada mochila no le ayuda. Da otro paso, se vuelve a hundir. Pronto estoy haciendo lo mismo, con las ramas de abeto bajo la nieve clavándoseme en las piernas. Todo el proceso –paso, hundimiento, repetición– es extenuante, el precio por una audiencia con Washington.
Intentamos tres rutas diferentes, luchando en la nieve por una hora, perdiendo tiempo y calor, hasta que finalmente alcanzamos una punta de roca donde la nieve es menos profunda pero el viento regresa con violencia. Jon está unos 10 metros adelante cuando de repente se cae con fuerza, empujado por el hielo y el viento. Se queda tirado, como un garabato de color sobre el blanco. Una herida aquí sería muy grave, estamos a kilómetros de ayuda. Lentamente se inclina hacia sus palos y se incorpora.
Mientras avanzamos en silencio, pienso en Tinkham, con el viento acallando la conversación. Más forcejeo con los bastones, una caída o dos. Mi mente se concentra en nuestro ritmo, evaluando y reevaluando el entumecimiento de mis manos. Donde la nieve está suelta y parece polvo, cruje debajo de nuestros crampones, suena como cuando rompes el poliestireno o como el quejido de la arena fina. El hielo es más musical. Se astilla y tintinea, y sus fragmentos salen volando hacia los barrancos, filosos como esferas de Navidad rotas. Sólo una vez escuchamos ruidos humanos: el rasgido de las máquinas de nieve a kilómetros de distancia.
Jon admite más tarde que me estuvo evaluando todo el día. El guía que lleva dentro registró todos mis errores. Hace años que no excursionaba en invierno, y se nota. No dice nada en el momento. “¿Cómo le dices a tu hermano que lo está haciendo mal? –dice finalmente–. No se trataba de competir, sino de dos hermanos de excursión juntos”. Ya no es el muchacho que se hubiera deleitado con los pasos en falso de su hermano. Antes de que partiéramos, a un amigo le preocupaba que estuviéramos demasiado interesados en competir, en esa vieja lucha, como para regresar si las cosas salían mal. Quizás alguna vez fue así. Pero tengo la sensación de que esa rivalidad ya casi no existe.
La ruta se arquea en dirección al Washington, y el cono de la cima está bañado de luz brillante. Rodeamos hasta un punto justo abajo de la cima, soltamos las mochilas y trepamos sobre las rocas y el hielo hasta la punta. Protegido en el observatorio, el equipo rastrea el paso de la tormenta que casi nos hace regresar horas antes. Pero ahora el cielo está claro, el horizonte se abre al infinito. Muy lejos, debajo de nosotros, los abetos permanecen verdes y rígidos como hileras de soldados congelados. Diez minutos en la cima son suficientes.
Más tarde nos acostamos en nuestras bolsas de dormir, temblando mientras la helada noche consolida su dominio e, implacable, nos roba el calor. En las paredes de la casa de campaña se forma escarcha y llueve sobre nosotros cada vez que nos movemos. Mascamos pedazos de masa de galletas de un tubo para obtener calorías y mantenernos calientes. Entre bocados, Jon me cuenta historias sobre su vida que yo nunca había escuchado y nos reímos de recuerdos que no compartíamos en años. Afuera, las constelaciones invernales se mueven despacio sobre el espinazo de las montañas y el Washington resplandece como mármol bajo la luz de la luna, elevándose en los sueños del Este.





pues este articulo junto con la narracion es muy interesante ya que yo y mi padre escalamos con frecuencia y me gusta saber sobre este tipo de cosas