Huida de Corea del Norte [Artículos]
Para los que huyen de su brutal patria, el peligroso viaje de más de 3 000 kilómetros por China es apenas el principio. Luego viene el desafío de empezar una nueva vida.
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COREA DEL NORTE | Escudriñando desde un búnker sobre el río Tumen, los soldados tienen órdenes de disparar a quien intente salir o entrar furtivamente en Corea del Norte. Muchos centinelas aceptan sobornos para permitir a los desertores cruzar hacia China. [Foto de Chien-Chi Chang]
Un glacial día de noviembre helaba las ventanas de un viejo edificio en la ciudad china de Yanji, a 16 kilómetros de la frontera con Corea del Norte. En el tercer piso, unos pasos se detienen frente a una puerta. Al oírlos, dos muchachas corren a una habitación posterior y se agazapan.
Alguien toca a la puerta. Las mujeres, desertoras de Corea del Norte, agachan la cabeza esperando lo peor. Si la policía china las encuentra sin identificaciones, las deportaría esposadas y encadenadas. De vuelta en su país, serían sentenciadas a años de trabajos forzados en un campamento para prisioneros.
Su ex jefe, un chino-coreano propietario de un sitio de pornografía en Internet, también andaba tras ellas. El año pasado retuvo a Roja y a Blanca (les puse esos sobrenombres en mis notas en caso de que la policía me detuviera) en una habitación como verdaderas prisioneras, donde las obligaba a “decir obscenidades” y a desnudarse frente a una cámara para sus clientes en línea en Corea del Sur. La noche anterior, unos misioneros cristianos las habían ayudado a escapar llevándolas a esa casa de seguridad.
Volvieron a tocar la puerta. Una voz masculina exclamó, “¿están allí? ¡Abran!”. Blanca reconoció la voz: era de una de las personas que las habían rescatado. Se abalanzó hacia la puerta y la abrió. Era un hombre delgado, con una sonrisa extraña, que sostenía una vaporera y una bolsa de arroz. “Deben tener hambre”. Saludándolo con una inclinación de cabeza, las mujeres lo llevaron a la cocina. Pronto, en la habitación bullía su conversación. El misionero también les llevaba un mensaje: “Prepárense para partir pronto. Acabamos de recibir la llamada”.
Unos 50 000 coreanos, y quizás muchos más, se esconden en China; la mayoría en las ciudades y en los pueblos a lo largo de la lejana frontera común de 1 450 kilómetros. Otra cantidad innumerable de coreanos llegan por unos meses y luego regresan furtivamente a Corea del Norte con alimentos y dinero. Sin embargo, muchos siguen viviendo como migrantes, imposibilitados o poco dispuestos a volver a su cruel tierra natal. Sólo tienen dos difíciles opciones: seguir escondiéndose, a menudo como prisioneros de patrones explotadores; o aventurarse en la red secreta asiática llamada el tren subterráneo, un peligroso viaje a pie, en vehículos y en tren por territorio chino y el sureste de Asia. En una carrera de obstáculos en la que deben enfrentarse a puestos de control, delatores y un terreno traicionero, numerosos desertores han sido atrapados. Aunque, ayudados por un pequeño grupo de buenos samaritanos y contrabandistas que les cobran mínimo 3 000 dólares, unas 15 000 personas han alcanzado un refugio, la mayoría en Corea del Sur. Una vez allí, traumatizados y mal preparados, enfrentan el desafío más formidable de todos: empezar de nuevo.
El éxodo de Corea del Norte empezó a finales de los noventa, después de que una hambruna mató por lo menos a un millón de personas, obligando a muchos sobrevivientes a subsistir a base de raíces, hierbas y cortezas de árbol. Al principio, los chinos, sobre todo la enorme población chino-coreana de la región, ayudaba abiertamente a quienes cruzaban desesperados la frontera. Pero tras las protestas del gobierno de Corea del Norte, China endureció sus políticas. La policía practicaba redadas, con frecuencia en vecindarios y pueblos, para indagar sobre los fugitivos norcoreanos, que viven con el temor de ser atrapados y deportados. En Corea del Norte, cruzar la frontera sin permiso se castiga con una condena de tres a cinco años de trabajos forzados, y conspirar con misioneros y otros para llegar a Corea del Sur se considera traición, y a los transgresores se les priva de alimentos, se les tortura y, en algunos casos, se les ejecuta públicamente. Las organizaciones de derechos humanos y diversos líderes extranjeros, sobre todo en Estados Unidos y la Unión Europea, instan a China para que honre los convenios internacionales que ha suscrito para tratar a los norcoreanos como refugiados, un estatus al que tienen derecho por las penas que enfrentan si son deportados. Pero China sostiene que los desertores son “migrantes económicos” ilegales.
La mayoría se escabulle por el angosto río Tumen, que abarca más o menos una tercera parte de la frontera de Corea del Norte con China; cruza durante el verano, cuando el río tiene poca agua y puede vadearlo, o en invierno, cuando puede caminar sobre el hielo. El lado chino del río luce extraordinariamente benigno; no está plagado de soldados ni erizado de alambradas electrificadas. En la ribera opuesta, en Corea del Norte, las casamatas apostadas a varios centenares de metros entre sí parecen más bien escondites de caza abandonados que puestos de vigilancia. Al visitar el lado chino, le pregunté al conductor del taxi por qué la frontera no estaba mejor protegida. Esbozó una vaga sonrisa. “Los norcoreanos calculan que capturarán a los alborotadores antes de que lleguen al río, y los chinos están seguros de que pueden hallar norcoreanos en el momento en que lo deseen”.
Aparte de los puestos de vigilancia, la vista al otro lado del río no revela nada de la realidad de Norcorea: las docenas de campos de concentración para los ciudadanos que no se consideran lo suficientemente leales, la desnutrición y el hambre que asolan a no menos de una cuarta parte de la población del país, que asciende a 23 millones de personas; la cantidad de uniformados, por lo menos un millón, que intimidan y espían a la ciudadanía. Las granjas colectivas, cuya mayoría parece carecer de electricidad, salpican la planicie del río. Un puente de un solo carril lleva a Namyang, ciudad con multifamiliares sin pintar y calles vacías salvo por algunas bicicletas y vehículos militares. El único color está en el mural gigante de un sonriente Kim Il Sung, fundador de Corea del Norte y padre de su líder actual, Kim Jong Il, ambos honrados como deidades.
Para Roja, cuya familia vivía en una zona desde la cual se ve la frontera, China parecía un paraíso seductor: “Podía ver muchas luces de las unidades habitacionales y una central eléctrica. Parecía que China era muy rica”. Ella había sido criada en una granja colectiva en la provincia de Hamgyong del Norte, la zona más pobre de Corea del Norte y la cuna de la mayoría de quienes cruzan la frontera. “Crecí viendo cómo la gente se enfermaba y moría por comer hierbas”, recuerda. Todavía en 2003, la proporción entre hombres y mujeres que huían de Corea del Norte era equivalente; en la actualidad, las mujeres constituyen más de tres cuartas partes de ese tráfico. Como la mayoría de los hombres está en el ejército, o trabajando en granjas y fábricas, las mujeres pueden escabullirse de sus hogares y trabajos con más facilidad, y una vez en China tienen más probabilidades de hallar trabajo; aunque cada vez con mayor frecuencia son atrapadas por la industria de la pornografía o vendidas como esposas a agricultores chinos.
Roja escapó en una lluviosa noche de julio. A la adolescente le preocupaba ser una carga para su familia; y le apenaba empezar un trabajo donde le exigían leer noticias sobre el “Amado Líder” –Kim Jong Il–, que se transmitían por un altavoz a la población. Su tía partió con ella, y después de pagar a los centinelas alrededor de 15 dólares para que se hicieran de la vista gorda, llegaron al río Tumen. Con movimientos nerviosos de los brazos, Roja atravesó remando en una balsa improvisada, hecha con cámaras de llanta atadas entre sí. Su tía no lo logró, y se vio obligada a volver porque una de las cámaras hacía agua. Aterrorizada y sola, Roja, que entonces sólo tenía 15 años, emprendió la caminata. Pronto le dio albergue una mujer de Corea del Norte que había sido vendida como esposa a un agricultor chino. Durante los siguientes tres años, Roja trabajó fuera de la vista de los demás como peón de granja y lavando platos. En un momento dado, después de robarle dinero a un patrón y viajar a Yanji, terminó en el negocio de la pornografía en Internet frente a una cámara y junto a Blanca.
Blanca había vadeado el río una noche de octubre. Vivía en una ciudad industrial en el norte de Corea del Norte con una madre enferma y dos hermanos menores. A menudo pasaba hambre, incapaz de ganar lo suficiente en sus trabajos; primero en una fábrica de palillos chinos y luego vendiendo fruta en las calles. Cuando un hombre la abordó, ofreciéndole trabajo en China en la industria de las computadoras, Blanca, que a la sazón tenía 26 años, aceptó ingenuamente pensando que permanecería en China el tiempo necesario para comprarle las medicinas a su madre. El intermediario de Corea del Norte la llevó en un vehículo a un lugar remoto sobre el río Tumen y le dijo que buscara un automóvil que aguardaba en la orilla opuesta. Tiritando después de cruzar, vio el automóvil y se subió sin hacer preguntas. Había sido engañada. Blanca pasaría el siguiente año encerrada en una habitación vendiendo sexo.
Desde su oficina, dos pisos arriba del mercado de alimentos en Seúl, Corea del Sur, el pastor Chun Ki-won había hecho la llamada muchas veces antes; la señal para que los desertores se incorporen a la red secreta. Fundador de la Misión Durihana (Dos se convierten en uno), una de las numerosas organizaciones cristianas que han surgido en Corea del Sur para ayudar a los desertores, Chun ha planeado la huida de centenares de norcoreanos atrapados en China, consiguiéndoles asilo en Corea del Sur, Estados Unidos y otros países. Pertenece a un variopinto grupo de activistas, buenos samaritanos, traficantes y colegas misioneros que operan la red secreta asiática. Algunos de ellos esperan que eso precipite la caída del régimen de Corea del Norte; otros quieren convertir a los norcoreanos al cristianismo. Lo que los une a casi todos es el impulso de ayudar a la gente que se encuentra sometida a una fuerte coacción. “Sus sufrimientos en Corea del Norte y en China son indescriptibles –explica Chun–, no tengo otra opción que ayudarlos”.
El pastor Chun conoce los riesgos. En 2002, la policía china –puesta sobre aviso por delatores– lo arrestó cerca de la frontera con Mongolia, en una ruta de escape que inauguraba. Nueve norcoreanos que guiaba también fueron capturados, devueltos a su país, y nunca más se supo de ellos. El pastor pasó ocho meses en una prisiónchina, tras lo cual fue enviado a Corea del Sur y se le prohibió regresar a China. El arresto y encarcelamiento de Chun causaron conmoción en Corea del Sur, dando a conocer al público en general la difícil situación por la que atraviesan los desertores norcoreanos.
Roja y Blanca llamaron la atención de Chun cuando un cliente flechado por Blanca dedujo que era una norcoreana que trabajaba contra su voluntad y le explicó cómo comunicarse con Durihana por Internet. Los emails encubiertos de Blanca suplicando ayuda conmovieron a Chun, quien movilizó su red en China y puso en marcha su rescate de la pornografía.
Mientras las dos mujeres aguardaban con ansia la señal de partida, a pocos kilómetros otro norcoreano, al que llamaré Negro, oraba para que su turno llegara pronto. Un misionero chino-coreano planeó un encuentro para que me reuniera con él en el salón privado de un restaurante en Yanji. Levaba una chamarra oscura de nailon, demasiado delgada para el cortante viento que soplaba afuera. Su rostro mostraba preocupación. Frente a un humeante tazón de sopa de médula, sonrió con cautela, renuente a hablar hasta que le aseguré que –para proteger a su familia en Corea del Norte– no revelaría su nombre ni detalle alguno de su vida anterior.
Negro me contó que había escapado cruzando el congelado río Tumen dos años antes. Era un egresado universitario, una rareza entre los desertores, y durante sus días como centinela de seguridad en Pyongyang, la capital de Corea del Norte, se había desilusionado por la corrupción y los sobornos que, dijo, impregnaban el “paraíso de los trabajadores”. Durante años planeó su huida, ahorró los cientos de dólares necesarios para contratar a un “pollero” en Corea del Norte y arreglar su cruce y el de su novia a China. Al principio, los llevaron en auto hasta el río Tumen. Pero cuando llegó el momento de partir, Negro temió llamar mucho la atención en un automóvil e insistió en que mejor caminaran por las montañas hasta el punto de cruce, lo cual se convirtió en un calvario de siete horas que le dañó en forma permanente los nervios de los dedos de los pies.
“Cruzar el río Tumen fue fácil comparado con lo que siguió”, recuerda Negro. Al igual que Blanca, Negro fue engañado por su “pollero”, lo vendió a un gánster chino-coreano para que transportara drogas y volviera con dinero de un lado a otro del río. “Me negué a cooperar”, prosigue Negro, quien no precisó cómo había sobrevivido esos primeros días en China. Sus días más aciagos llegaron después de que vendieran a su novia a un avejentado adicto, tras lo cual Negro perdió contacto con ella. A la larga, siguió el consejo que se corría entre los desertores: “Busca una cruz”. Treinta o más iglesias en los alrededores de Yanji ofrecen refugio temporal a los norcoreanos, además de alimento y ropa. Sus pastores no se meten en problemas siempre y cuando no hagan proselitismo abierto ni llamen la atención por su apoyo a los desertores.
En cuanto Negro halló refugio en una iglesia, tomó clases de Biblia y se volvió un converso sobresaliente, lo que suscitó el interés del pastor Chun. Este motiva a los norcoreanos que ayuda para que abracen el cristianismo, pero acepta que la creencia que profesa un desertor quizá sea superficial; un medio para sobrevivir. “Muchos no son verdaderos cristianos –me comentó–. Para ellos no hay mucha diferencia entre creer en Kim Il Sung y creer en Dios. Cambian en la mente, no en el corazón”.
Durante un momento de la comida, Negro extrajo una pequeña cruz de madera que ocultaba su camisa y la sostuvo como si fuera un objeto cálido y palpitante. “Mi sueño –dijo– es asistir a un seminario en Corea del Sur y luego volver a mi pueblo natal para predicar el Evangelio”. Cuando le dije que si lo atrapaban en Corea del Norte con una Biblia podría ser fusilado, contestó: “sigo el llamado de Dios”.
Llegó el momento. El pastor Chun recibió luz verde de parte de sus operativos para la huida, un viaje en tren de 3 220 kilómetros desde Pekín hasta la provincia de Yunnan, seguido de una difícil caminata por las montañas para internarse en Laos, atravesando la selva hasta el río Mekong. Cruzarlo lleva a los refugiados a Tailandia, donde los norcoreanos pueden solicitar asilo. Roja y Blanca partirían primero; Negro lo haría unos días después, con otro grupo.
Acompañadas por un pollero chino, Roja y Blanca fueron llevadas de noche en automóvil hasta Pekín y las dejaron cerca de una estación de ferrocarril frente a un local de Kentucky Fried Chicken. Según el plan, debían abordar un tren hacia Kunming, la capital de Yunnan, donde se reunirían con otros tres norcoreanos. Yo tomaría el mismo tren. Las instrucciones dadas por Chun eran sucintas: permanecer callados, fingir que dormían o esconderse en un baño si subían policías a revisar las identificaciones, y orarle a Dios. De ser arrestados, no debían revelar los nombres de quienes los habían ayudado.
Una vez en el tren, Roja y Blanca se treparon a las literas superiores en un vagón dormitorio y se acurrucaron bajo las cobijas. Durante el recorrido de 40 horas, varias veces la policía y los empleados ferroviarios aparecieron en los pasillos para revisar boletos e identificaciones, pero Blanca y Roja continuaron inertes en sus camas y las ignoraron.
Al llegar a Kunming, se unieron a la muchedumbre que se arremolinaba en la cavernosa sala de espera de la estación. Pronto ubicaron entre el gentío a los demás desertores. El líder era un ex taxista de 30 años que llevaba un teléfono celular, documentos falsos y hablaba un chino aceptable. Una joven de 18 años que portaba una elegante boina, también había trabajado en la pornografía al igual que Roja y Blanca. La tercera desertora era una madre de 57 años, decidida a reunirse con su hija que había logrado llegar a Corea del Sur.
Entre la muchedumbre apiñada en la acera, aguardaban al pollero que Chun había contratado para que los llevara a Tailandia. Himnos marciales salían de los altavoces y a menudo pasaban soldados marchando. Los minutos parecían eternos. El agotado grupo se acurrucó junto a un pilar, asombrados por el bullicio a su alrededor. Intuyendo que si los cinco norcoreanos permanecían mucho tiempo afuera algún funcionario vendría a interrogarlos, los invité a aguardar en la habitación de mi hotel.
Pasaron las siguientes horas sentados en un largo sofá, viendo entusiasmados películas en el televisor. “Ni siquiera puedo imaginar qué sucederá luego –comentó Blanca, mientras cambiaba de canal–. Lo único que quiero es llegar a Corea del Sur, parece tan civilizada y rica”. Ella encajaría, al menos en apariencia. Ahora vestía jeans ajustados (lo que es ilegal en Corea del Norte), botas altas negras y una blusa con volantes rematada con un pendiente en forma de corazón colgado al cuello. Roja también había cambiado a ropas más llamativas; pero parecía perdida, se abrazaba como si quisiera exprimirse pensamientos terribles. Se asustó cuando le preguntaron qué planes tenía. “Quizás aprender inglés y tomar clases de computación”, respondió apresuradamente. Nadie pensaba tan a futuro.
Al fin, el pollero llamó. Los cinco agarraron sus mochilas y salieron de prisa. Unos segundos más tarde tocaron la puerta. Era Blanca. Riendo, me entregó el control remoto del televisor.
Con su holgada camisa de cuadros escoceses y pantalones color caqui, el pastor Chun podría haber sido cualquier turista observando cómo la luz matutina hace brillar la superficie marrón del río Mekong. A sus espaldas, un pueblo tailandés despertó con el zumbido de las motocicletas y los vendedores que ofrecen cocos y pescado. Al otro lado del río, en Laos, algunas figuras se mueven cerca de unas viviendas montadas sobre pilotes que sobresalen entre el denso manto de la selva. Chun había volado a Bangkok desde Seúl la noche anterior y había llegado a la orilla del Mekong para reunirse con Blanca, Roja y los demás desertores; pero esas personas, que eran su responsabilidad, estaban atrapadas en China. Y lo único que ahora podía hacer era mirar de un lado a otro del río y rezar.
Después de que el pollero contratado por Chun recogió al grupo en el hotel en Kunming, los llevó en automóvil por caminos montañosos hasta una casa de seguridad cerca de la frontera con Laos. Y allí se quedaron, aguardando. El pollero se enteró de que Laos había aumentado la vigilancia de la patrulla fronteriza días antes de la fiesta nacional y decidió que era muy arriesgado continuar. Al igual que sus homólogos chinos, el ejército y la policía de Laos tienen órdenes de atrapar a los fugitivos de Corea del Norte y deportarlos. Mientras el grupo aguardaba, Negro los alcanzó, aún nervioso por su viaje clandestino en tren por territorio chino. “Casi me atrapan –les contó–. Cuando la policía llegó a revisar documentos, fingí que estaba muy borracho, a punto de perder el sentido, así que me dejaron solo”.
Las noticias sobre la demora preocupaban a Chun. “Han llegado a la parte más riesgosa del viaje, tras cruzar la frontera china a pie y luego internarse en Laos”, me comentó mientras estábamos en el Mekong.
El llamado de Chun a convertirse en un buen samaritano ocurrió a sus 40 años, cuando siendo ex gerente de un hotel ingresó en un seminario sorprendiendo a amigos y familiares. Su activismo nació en 1995, cuando conoció a sus primeros norcoreanos en la clandestinidad, como misionero en la región de Yanji. “Esa gente había perdido todos sus derechos –recuerda–. Lo más importante que yo podía hacer era ayudarlos a recuperar su humanidad”. Considerando los riesgos, Chun tiene un récord impresionante: ha orquestado la huida de más de 700 norcoreanos, con sólo unos cuantos fracasos. “El gobierno norcoreano quiere verme muerto”, prosigue.
Pero el pastor, que ahora tiene 52 años, no es la santidad andando. Sus contactos misioneros en China a veces se enfadan porque consideran que toma decisiones arbitrarias y temerarias. Su principal pollero es un ex narcotraficante; y Chun a veces se indigna por lo que considera ingratitud. “¿Sabe que de todas las personas que he ayudado a rescatar sólo alrededor de 30 han telefoneado para darme las gracias?”, se lamenta. Pero añade: “No son malas personas. Simplemente no pueden entender que alguien los haya ayudado sin esperar nada a cambio”.
Después de casi tres semanas en la casa de seguridad, los desertores reciben la orden de continuar. Con sus mochilas al hombro, ingresan al país por las partes menos transitadas, guiados por el antiguo narcotraficante. La caminata de noche los lleva al Triángulo de Oro, el territorio sin leyes donde se cultiva opio, y donde se unen las fronteras de China, Myanmar (Birmania), Laos y Tailandia. Durante 16 horas, avanzan trabajosamente en la oscuridad atravesando la enmarañada selva y cruzando arroyos infestados de sanguijuelas, un terreno que el pollero conoce a la perfección. Tras ascender poco menos de 400 metros, salen trastabillando de China y se internan en Laos. “Estábamos sucios y mojados –recuerda Roja–. Subíamos por una pendiente y yo me caía a cada rato. Lloré casi todo el tiempo”.
La tarde siguiente el grupo llegó a una casa, propiedad de un amigo del pollero. Al otro día, muy de noche, los llevaron en automóvil a un lugar cerca del Mekong; y desde ese sitio continuaron a pie hasta el río, flanqueado por torres de vigilancia. Para Roja, la combinación de la oscuridad, la fuerte corriente del río y la presencia de los soldados laosianos hizo que los cinco minutos para cruzar a Tailandia en una pequeña lancha de motor fueran incluso más desconcertantes que el viaje en tren por China. “De pronto tuve miedo de que me atraparan; después de todo lo que habíamos pasado, no había garantía de que lo lograríamos”.
Una camioneta pick up de Durihana los encontró en el lado tailandés. Los llevó a la terminal de autobuses y 10 horas después el grupo llegaba al refugio de Durihana en Bangkok. Allí comieron la que fue su mejor comida en varias semanas y usaron teléfonos celulares para avisarles a sus amigos en China que estaban a salvo. “Nuestras oraciones fueron escuchadas”, exclamó Negro. A la mañana siguiente, un misionero los llevó en automóvil a la misión diplomática de Corea del Sur donde los desertores pidieron asilo.
Y luego entraron en un nuevo limbo. Una vez que anotaron sus nombres en una larga lista de espera, los mandaron en autobús a un centro de detención para inmigrantes, donde estarían resguardados durante meses, hasta que los funcionarios de Corea del Sur hicieran los trámites.
Mientras el trío estuvo allí, los desertores ingresaban al abarrotado centro de detención al mismo ritmo al que eran liberados a Corea del Sur: de 30 a 40 por semana. En la sección femenina del centro, 450 mujeres estaban embutidas en un espacio que tenía capacidad para la mitad. “No había lugar para sentarse ni para dormir. Sólo funcionaban dos retretes, y el aire era irrespirable”, recuerda Blanca.
Después de casi 80 días confinados en Tailandia, les avisaron a Roja, Blanca y Negro que juntaran sus escasas pertenencias para el último tramo de su viaje. Un avión los aguardaba.
Nada prepara a los norcoreanos para la impresión que causa Seúl. Para Roja, el momento de la llegada fue abrumador. “No dejaba de tocarme la cara, pensando, ¿es real, es un sueño?”, afirma, recordando la sensación de mirar los edificios y las calles que aparecían a la vista mientras aterrizaban en el Aeropuerto Internacional de Incheon. Luego viajaron en autobús a lo largo del río Han pasando frente al centro de Seúl, la encarnación de la vida hipercompetitiva, próspera y trepidante del Sur; un mundo más complejo y extraño que cualquier otro con el que los refugiados se hubieran topado. Lo poco que los desertores saben del Sur es distorsionado por la propaganda norcoreana –el Sur es territorio enemigo, la tierra de capitalistas asesinos– o por las imágenes de telenovelas y películas que pasan de contrabando al Norte, o por las fantasías de que el éxito será rápido y fácil en el paraíso sureño. Un norcoreano que ha vivido en Seúl por dos años resume lo que es el choque cultural: “La diferencia entre el norte y el sur es como saltar un siglo hacia adelante”.
Después de ser rigurosamente interrogados para asegurarse de que no son espías, los desertores son enviados a Hanawon, un complejo de alta seguridad al sur de Seúl, donde asisten a clases obligatorias durante dos meses para familiarizarse con la cultura y asuntos prácticos de Corea del Sur, como tomar el metro y abrir una cuenta bancaria. Les otorgan la ciudadanía surcoreana, les dan un bono de 5 000 dólares aproximadamente para instalarse, con pequeños pagos mensuales posteriores; y les otorgan una prestación para vivienda e incentivos laborales.
A mediados de los noventa, los pocos centenares de desertores que llegaban cada año eran recibidos con adulación y premios considerables; la mayoría eran miembros de élite del ejército o del partido comunista de Pyongyang que llevaban consigo información valiosa. Salvo raras excepciones, los desertores de la actualidad, que promedian más de 2 000 al año desde 2006, son jornaleros, obreros y soldados de bajo rango, así como empleados de las regiones más pobres. Lo que llevan principalmente son problemas. Comparados con el surcoreano común y corriente, están menos calificados y su preparación académica también es considerablemente menor. Tras haber sufrido años de desnutrición y el dolor de ver a familiares morir de inanición, muchos padecen graves enfermedades físicas y mentales. A causa de esas desventajas, afirma Andrei Lankov, un experto norcoreano de la Universidad de Kookmin, la población desertora corre el riesgo de “volverse una clase inferior permanente”. Su nivel de vida en el sur es muchísimo más alto y viven en forma más libre, pero anhelan hallar un lugar en la sociedad.
Roja contesta al primer toquido, abriendo de par en par la puerta del departamento ubicado en un décimo segundo piso en Incheon, cerca del aeropuerto. Han pasado ocho meses desde que la viera salir a toda prisa de la habitación de un hotel en China, una adolescente de ojos oscuros asustada y en fuga. Su rostro ya se ha redondeado más, sus brazos están más gordos, gracias a una alimentación más regular. Se había teñido unos mechones rojos y llevaba unos jeans negros y una playera. Orgullosamente, me mostró su casa, en la que apenas tenía siete semanas, un departamento de dos recámaras inmaculado; estaba vacío, salvo por un colchón sobre el piso de la recámara y un escritorio coronado con una computadora personal.
Llenó mi regazo con barras de chocolate y me ordenó que las comiera. Me dio la impresión de que estaba feliz de tener compañía. “¿Tienes muchos amigos? –le pregunté, y ella sacudió la cabeza con vehemencia–. ¿Cómo voy a hacer amigos si no entiendo lo que pasa allá afuera?”. Me confesó que rara vez salía del departamento, cohibida por su acento y por no entender el idioma de los surcoreanos, que usan de manera intermitente vocablos y expresiones en inglés. Tampoco tenía confianza en sus perspectivas laborales. Las clases de idiomas y las de peluquería costaban demasiado para el cheque mensual de 400 dólares que le daba el gobierno, y como sólo había estudiado la secundaria probablemente estaba limitada a empleos mal pagados. Ya había renunciado a un empleo en una gasolinera y ahora pensaba trabajar en una cafetería. “En las entrevistas de trabajo –me confesó–, tengo miedo de decir que soy norcoreana por todas las desventajas que eso implica”.
Blanca compartía un cuarto de hospital con otras cinco mujeres en la ciudad provincial de Cheonan, cerca del complejo de reasentamiento de Hanawon. Los médicos de Hanawon le diagnosticaron cáncer tiroideo y la operaron de inmediato. Si se hubiera quedado en Corea del Norte o incluso en China, casi sin duda hubiera muerto. Ahora tenía la posibilidad de curarse.
Se levantó de la cama para saludarme con paso vacilante y una tímida sonrisa en el rostro. La cicatriz de la cirugía se extendía alrededor de la base de su garganta. La joven vehemente que yo recordaba, de risa grave y ropas llamativas, ahora se tambaleaba en una amplia pijama, su voz era un susurro ronco. “Llamé por teléfono al pastor Chun para darle las gracias –me comentó–. Durihana está ayudando a pagar mi tratamiento. A veces el pastor Chun viene por aquí y rezamos juntos”. Blanca, me había dicho Chun, es una cristiana comprometida, “una verdadera conversa, un espíritu puro y bueno”.
Negro se mudó a un departamento en el centro de Seúl, no lejos del río Han. Los ruidos del tráfico y el zumbido de las cigarras penetraban por las ventanas. Sobre una pared colgaba la cruz de madera a la que se había aferrado en China, y una Biblia yacía abierta sobre el suelo entre otros libros. Todavía no compraba ningún mueble. “Todo es más difícil y complicado de lo que pensé… para lo que estaba preparado”, admitió el hombre de 40 años. Su sueño de ingresar a un seminario se hizo añicos al enterarse de que las becas se limitaban a los menores de 35 años. Por ahora trabajaba como peón en una construcción. “Necesito ganar dinero para sacar a mi hermano y a mi hermana de Corea del Norte”, añadió.
A gritos, llamamos a un taxi para que nos llevara al otro lado de la ciudad, a un barrio estudiantil lleno de restaurantes ruidosos y baratos. Los automóviles tocaban el claxon, y los letreros y los peatones pasaban majestuosamente desdibujándose. Ocho meses antes, en la camioneta de un misionero en China, los hombros de Negro estaban encorvados, sus ojos atentos al peligro y con una mano apretaba su cruz. Ahora, entre el glorioso tumulto de su nuevo hogar, Negro cerraba los ojos y dormitaba. Estaba a salvo y era libre.






es muy triste ke la gente tenga que arrancar para salvar sus vidas.dejando todo atras. ojala nunca nos toke vivir esto en Chilito lindo.no es muy grato comentar esto pero es una realidad de muchos paises.ke lamentable pero al ser humano parece que le gusta pelearce con sigo mismo y los demas.
Es una desgracia que suceda todo esto, no solo vemos esto en la frontera Mexico-Estados Unidos, si no en Asi y con otro tipo de economia, la inmigracion Ilegal se da en todos lados, y por cualquier razon.
corea del norte es una amanaza nuclear tanto como lo son los paises que integran el concejo de seguridad de la ONU, principales causantes de la crisis economica mundial
Tan pocos comentarios para esta nota delatan el problema de fondo, la pérdida de la capacidad de asombro. Es esencial que la humanidad, deje de ver esta realidad como parte de lo cotidiano y actúe con fuerza para que un día existan los mecanismos para evitar que gobiernos inescrupulosos abusen de los que siempre sufren , la gente sencilla. Me reconforta que revistas como esta siempre lo mantenga en el tapete.
Porque E.U que se dice “salvaguardar el mundo” no interviene, supuestamente porque corea del norte tiene Bombas nucleares,o porque no tiene petroleo, yo creo que por la segunda, porque aunque supuestamente ya tienen la bomba, de todos modos no irian, porque no hay petroleo, (ejemplo yugolavia).
Pasaron casi cuarenta años para que cayera el muro de berlin, por lo tanto hay esperanza para que caiga el la division en corea.
Recomentacion si tienen la oportunidad de ver “no le digan a mi mama que estoy en corea” conoceran un poco lo que es ese pais
No olvidar que la mentalidad asiatica es totalmente diferente a la de occidente.
Pero esas tristes historias estan en:
Mexico-USA
España-Africa
CentroAmerica-Costa Rica
Sudamerica-Argentina
Etc. Etc.