El alma de Rusia [Artículos]

Escrito por: Serge Schmemann el 01 de Abril de 2009 | 6:11 am
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Forzada a la clandestinidad por 75 años, la fe de los zares rusos goza hoy de un estatus preferente.


Iconos resplandecientes de santos supervisan la misa en la Catedral de la Asunción, una catedral restaurada del siglo XV, en el Kremlin de Moscú. Sede histórica de la Iglesia Ortodoxa Rusa, donde rendían culto los emperadores, la catedral se convirtió en museo durante el comunismo. La fe revitalizada es aún conservadora: la liturgia todavía se recita en el antiguo eslavo eclesiástico.
Foto de Gerd Ludwig

La Rusia moderna se desvanece paulatinamente al salir de Moscú. Los congestionamientos de tráfico y la contaminación, los enormes centros comerciales y los carteles publicitarios de los recientes años de auge ceden el paso a suburbios grises y fábricas oxidadas de la era soviética. Estos desaparecen a su vez en los altos bosques de pinos y abedules, salpicados de prados y pueblos intemporales de casas de madera. De vez en cuando, un campanario pintado caprichosamente irrumpe en el horizonte, su cúpula dorada reluce en el brillante sol de primavera. Estamos de vuelta en la glubinka, la Rusia “profunda” que adoran los eslavófilos, los exiliados y los pintores. Y nos dirigimos a su centro mismo.

Nuestro destino es Múrom, una de las ciudades más antiguas de Rusia. Localizada sobre siete colinas a lo largo de la orilla izquierda del río Oká, Múrom fue un orgulloso centinela de la periferia oriental de la antigua Rus del Medievo, antes de que el imperio se extendiera, dejando atrás un pueblo provincial pobre, pero rico en monasterios, recuerdos y mitos. Los gobernantes soviéticos trataron de suprimir muchos de ellos, y parte de la historia de Rusia significa hoy el esfuerzo de volver a relacionarse con el pasado. Por estos lugares, parte de ese pasado también es mío.

Hace cuatro siglos llegó aquí una joven mujer piadosa, esposa de un “marido próspero y de buena cuna”. A pesar de llevar una vida de increíbles sufrimientos –un esposo siempre lejos en la guerra, el nacimiento de 13 hijos y la muerte de ocho de ellos, hambrunas, plagas, invasiones y bandidajes de lo que la historia llama el Periodo Tumultuoso–, Juliana Osorin conservó intactas su caridad y su fe. Después de su muerte, en 1604, fue canonizada por la Iglesia Ortodoxa Rusa como santa Juliana de Lazarevo, por el pueblo a las afueras de Múrom donde vivió. Su canonización tenía la intención de convencer a la gente temerosa y desesperada de que la santidad se podía alcanzar en el hogar y en la familia, y no sólo escabulléndose a un monasterio. Mi madre, Juliana Ossorguine, es descendiente directa de ella y lleva su nombre.

Ya había estado antes en Múrom, cuando Rusia estaba saliendo de otro periodo tumultuoso. Era marzo de 1992. Había sido jefe de la oficina del New York Times en Moscú en los ochenta, durante los últimos años del Estado soviético, y había regresado a informar sobre la caída del gobierno comunista y el surgimiento de una nueva Rusia.

Fue un periodo vertiginoso y caótico, una época de confusión y grandes esperanzas –para la democracia, la libertad económica y, quizá sobre todo, para el renacimiento espiritual–. Por todas partes, la Iglesia ortodoxa rusa resurgía de las cenizas de la era soviética, y millones de rusos corrían a bautizarse. La mayoría de ellos sólo tenía una vaga conciencia del significado religioso del sacramento, pero estaba ansiosa por reclamar un pasado y una identidad que el comunismo se había esforzado por borrar durante 75 años.

Miles de iglesias en ruinas –incluidas las que los soviéticos habían utilizado como almacenes, fábricas o graneros– eran restauradas para su función original e incluso con su antiguo esplendor. La monumental Catedral de Cristo Salvador, destruida por órdenes de Stalin en 1931, se volvió a levantar a orillas del río Moscú. Los creyentes que habían pasado a la clandestinidad durante la época soviética reaparecieron y empezaron a establecer enérgicamente parroquias, orfanatos, casas de readaptación social y escuelas. Miles de hombres fueron ordenados sacerdotes y miles más –hombres y mujeres– tomaron los votos monásticos, todos anhelando recuperar una fe que los guiara.

Durante casi mil años, la Iglesia Ortodoxa Rusa, con su magnífica liturgia e iconografía, había sido una parte integral de la identidad y la historia rusas. Y yo era lo bastante ruso para sentirme profundamente conmovido al ver que la fe de mis antepasados revivía. Al mismo tiempo, como reportero occidental, me preguntaba adónde podía llevar esta inmersión en el pasado, frecuentemente idealizado y vagamente comprendido. ¿Se convertiría la Iglesia Ortodoxa en una potente fuerza reformadora que le dijera sus verdades al poder del Kremlin? ¿O asumiría una vez más el papel que representó durante los siglos de gobierno zarista y se convertiría otra vez en ornamento y herramienta de un Estado autoritario?

Estas preguntas no sólo se referían a la Iglesia; la conformación futura de Rusia estaba en juego. Como escribió unos cuantos años después de la caída de la Unión Soviética el estudioso de Rusia James H. Billington, actualmente director de la Biblioteca del Congreso: “El que la Iglesia Ortodoxa pueda separarse tajantemente del Estado y convertirse en la conciencia de la nación será importante para determinar si Rusia puede descubrir una nueva cultura cívica y democrática o si regresará a un autoritarismo oscuro y amenazante”. Desde entonces, aparentemente ha ocurrido el escenario más oscuro, con dirigentes eclesiásticos que se alían con un Kremlin agresivo y antidemocrático. Pero cuando regresé a Múrom, el año pasado, me preguntaba si algo de la caridad y piedad de santa Juliana vive en la Iglesia resucitada.

También había razones para pensar que un espíritu abierto e inquisitivo podría haber echado raíces entre algunos creyentes. Mi padre, el reverendo Alexander Schmemann, un sacerdote y teólogo ortodoxo que, al igual que mi madre, había nacido de emigrantes rusos, era bien conocido entre los disidentes e intelectuales de la Unión Soviética por sus libros y sus transmisiones en Radio Liberty, que el gobierno de Estados Unidos difundía detrás de la Cortina de Hierro. Totalmente ruso y orgullosamente occidental al mismo tiempo, vivió la mayor parte de su vida en Estados Unidos y dedicó gran parte de ella a despojar su fe de su corteza étnica y concentrarla en su mensaje universal. En 2005, se publicaron en Rusia los diarios que llevó desde 1973 hasta su muerte en 1983. Para mi sorpresa, se convirtieron instantáneamente en una sensación entre muchos creyentes y pensadores rusos. ¿Por qué –me gustaría saber– los pensamientos de un sacerdote occidental tuvieron una resonancia tan poderosa?

El Múrom al que regreso ha cambiado poco. Algunos centros nocturnos, cajeros automáticos, estaciones de servicio y carteles publicitarios, sin duda, pero cualquier riqueza que se filtre fuera de Moscú parece detenerse en algún punto cerca de aquí. Aún no hay un puente permanente sobre el río Oká, sólo uno de pontones en verano. Sin embargo, sí hay un cambio dramático: los monasterios e iglesias en el risco alto sobre el río ahora resplandecen con una grandeza restaurada.

El monasterio Spassky, que data de finales del siglo XI, es uno de los más antiguos de toda Rusia. El ejército lo utilizó como cuartel hasta 1995, dejando atrás una ruina triste y hedionda. La Iglesia Ortodoxa Rusa designó a un sacerdote dinámico, el padre Kirill Epifanov, para revivir el histórico centro religioso. Empezó por construir una panadería para mantener a su puñado de monjes. Luego, tras conseguir fondos y mano de obra de donde pudo, reconstruyó las iglesias y restauró sus jardines. Los resultados son sorprendentes: autobuses llenos de peregrinos llegan a admirar el esplendor medieval. Los inmaculados jardines incluyen un aviario con pavos reales y la floreciente panadería llena el aire con el aroma del pan recién horneado.

Spassky es sólo uno de cientos de monasterios revividos en el deshielo que se inició con la perestroika de Mijaíl Gorbachov a finales de los ochenta. En 1987 había sólo tres monasterios en Rusia; hoy existen 478. En aquel entonces había dos seminarios; ahora existen 25. Más impresionante todavía es el aumento vertiginoso de iglesias, de aproximadamente 2 000 en la época de Gorbachov a cerca de 13 000 hoy día. La Iglesia Ortodoxa Rusa se ha convertido en una institución en expansión, con docenas de casas editoriales y cientos de prósperas revistas, periódicos y portales de red.

Cuando lo conocí, el padre Kirill acababa de regresar de una peregrinación a los monasterios ortodoxos orientales del Monte Athos en Grecia. Es un hombre grande con una voz potente y amplia barba negra, que distribuye regalos entre sus monjes como un padre amante pero severo. Parece el líder modelo que necesita la iglesia revivida, un pastor y líder lleno de energía, entusiasmo y fe. Sin embargo, durante el té en su estudio abovedado, el padre Kirill es sumiso.

Recaudar dinero y restaurar edificios es la parte fácil, dice el padre Kirill. ¿Los peregrinos? La mayoría son “turistas religiosos” que vienen a coleccionar tótems. La Iglesia todavía no tiene una vida comunal real ni un verdadero renacimiento espiritual.

“El régimen soviético fue producto de la falta de fe, pero al menos permitió que los verdaderos creyentes vivieran la llama de la fe” –agrega–. Hoy estamos más interesados en combatir las sectas y a los ‘enemigos’ que en el arrepentimiento. Estas fuerzas están desgarrando la Iglesia desde adentro”.

Muchas de las personas que se apresuraron a bautizarse en el primer arrebato de libertad terminaron su participación religiosa ahí mismo, comenta Kirill. Otros sacerdotes y creyentes expresan quejas similares acerca de la disminución de interés en la fe entre los rusos comunes y corrientes, así como la tendencia de la Iglesia oficial hacia la xenofobia y el nacionalismo.

Las cifras de asistencia a las iglesias son vagas, porque la Iglesia Ortodoxa Rusa no conserva listas de feligreses ni registros parroquiales. De acuerdo con el historiador y crítico de la Iglesia Nikolai Mitrokhin, actualmente cerca de 60 % de los rusos se identifican a sí mismos como ortodoxos –tal vez estén bautizados, casados y enterrados en una iglesia–, pero realmente menos de 1 % va a la iglesia al menos una vez al mes. Otras fuentes estiman esta cifra cercana a 10 %. Una de las razones para la escasa asistencia quizá sea que la Iglesia Ortodoxa no es muy acogedora con personas que no se preocupan o desconocen sus santas tradiciones, como descubrí en Múrom.

Las reliquias de santa Juliana reposan ahora en la iglesia amarillo brillante de San Nicolás, precariamente situada en lo alto de un risco escarpado. Cuando entro a presentar mis respetos, están bautizando a dos bebés. El corpulento sacerdote, sudoroso e impaciente con los jóvenes padres y padrinos, muestra menos interés en hacer comprensible el rito que en darlo por terminado.

“Vamos, vamos, desvístanlos –vocifera–. ¿Cómo puedo meterlos al agua así? Déjelo que sostenga la vela. ¡No! ¡En la mano derecha! ¿Qué están haciendo?”. Los bebés chillan, las cámaras disparan sus flashes, los padres se preocupan y el bautismo pronto se acerca a su fin.

La obediencia y el ritual han regido la Iglesia rusa desde el día de su fundación en 988, cuando el príncipe Vladimir, gobernante de la Rus de Kiev, ordenó a su pueblo que se bautizara en el río Dniéper. Según la leyenda conocida por todos los rusos, Vladimir había enviado emisarios al extranjero en busca de una fe para su nación pagana. Los que fueron enviados a Constantinopla regresaron impresionados por el ritual griego oriental que habían presenciado en Hagia Sophia, en aquel entonces la catedral más grande del mundo. “No sabíamos si estábamos en el cielo o en la Tierra”, informaron.

La religión importada por el príncipe Vladimir le dio forma a la nación rusa y esta, a su vez, le dio forma a ella. Los monasterios ortodoxos se convirtieron en el centro espiritual, económico, cultural y, a veces, defensivo de la nación. Las iglesias diseminadas por toda Rusia eran imponentes en su magnificencia e inmutables en su ritual. Los sacerdotes, con sus brillantes vestimentas, están separados de la congregación por un elaborado tablero de iconos y los coros cantan la mayor parte de la liturgia, a menudo con himnos de grandes compositores rusos.

En mi primera visita a Múrom, en 1992, me detuve admirado frente al relicario de santa Juliana, que en ese entonces estaba escondido en una catedral recién reabierta. Al lado estaban los relicarios de dos príncipes del siglo xii, san Constantino de Múrom y su hijo san Miguel. Constantino había venido a lo que entonces era una región remota para implantar su religión y su gobierno. Esta era la antigua narrativa de Rusia: príncipes guerreros justos que difundieron el reino ortodoxo y trabajadores incansables de la Iglesia, que la sostuvieron durante los tiempos de crisis. A lo largo de los siglos, los rusos llegaron a percibirse a sí mismos como un pueblo con una espiritualidad y misión únicas, como la “Santa Rusia”.

La grandeza intimidante de la Santa Rusia era muy evidente en la residencia de Moscú del patriarca Alexis II, el difunto líder de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Los silenciosos clérigos con sotanas negras sólo lo llamaban “Su Santidad”. Enormes lienzos al óleo sobre las oscuras paredes revestidas con paneles describían acontecimientos épicos de la historia religiosa de Rusia. Los acólitos les indicaban a los visitantes dónde pararse cuando Su Santidad entraba a la habitación.

Pero el patriarca entraba con una sonrisa y un afectuoso saludo (nos reunimos varias veces a principios de los noventa). Ordenaba té y solícitamente recomendaba los chocolates. Aunque padecía del corazón y de problemas respiratorios que resultarían fatales en menos de un año, Alexis seguía siendo robusto y activo para un hombre de 79 años. “Desde que me enfermé, oficio un poco menos en los servicios, pero todavía lo hago 150 veces al año”, me comentó.

Alexis presidió la Iglesia Ortodoxa Rusa desde el renacimiento de esta, en 1990, hasta su muerte en diciembre de 2008. Su historia es la historia de la Iglesia y su lucha contra el Estado. Nació en Estonia en 1929, en una familia de nobles rusos emigrantes. Alexis sirvió como sacerdote y obispo durante 58 años bajo el régimen soviético, que redujo a la Iglesia a un “culto” poco tolerado y obligó a los “servidores del culto” a participar en un juego constante y humillante de colusión y engaño. Alexis nunca negó haber cooperado con los “órganos” del Estado, pero insistía en que lo hizo para salvaguardar las funciones esenciales de la Iglesia. “En los días más difíciles de la represión, la Iglesia no huyó a las catacumbas –dijo–. Mantuvo los sacramentos y las oraciones”.

Alexis tomó como misión personal la identificación de los “nuevos mártires y confesores”, las víctimas de la persecución comunista que, a ojos de la Iglesia, murieron por su fe cristiana. Apartó el cuarto sábado después de la Pascua para un servicio especial a fin de conmemorar al menos a 20 000 “enemigos del Estado soviético” que, en el punto culminante de la Gran Purga de 1937 y 1938, fueron asesinados y enterrados en fosas comunes al sur de Moscú.

Ahí me reuní con miles de moscovitas cuando el patriarca, junto con decenas de obispos y centenares de sacerdotes, celebró la Divina Liturgia. Algunas personas clavaron velas encendidas en los túmulos cubiertos de hierba que ahora ocultan las zanjas donde las víctimas fueron asesinadas y enterradas. Un modesto cartel exhibe fotografías de algunos de los que murieron aquí: un monje con barba, un campesino despeinado, una mujer judía, un estudiante, todos con los ojos abiertos por el horror o semicerrados al darse por vencidos. Una tabla registra el número de muertos día con día y mes con mes. 10 de diciembre de 1937: 243 ejecutados. Total del mes: 2 376. 28 de mayo de 1938: 230. Total del mes: 1 346.

Ha habido ciertas quejas de que la Iglesia haya honrado sólo a los suyos cuando tantos otros fueron asesinados. Ciertamente, los miles de obispos, sacerdotes, diáconos y monjas que murieron aquí yacen al lado de bolcheviques, monárquicos, trotskistas, contrarrevolucionarios acusados, judíos, comunistas alemanes refugiados, kulaks, “inadaptados sociales” e incluso lavanderos chinos de Moscú, todos atrapados en la orgía de muerte de Stalin.

Pero el patriarca Alexis era una persona resuelta. “Ahora estamos regresando a nuestra historia. Tenemos que recordarla”. El odio a los clérigos que ardió entre los revolucionarios comunistas fue alimentado por un hecho histórico. Durante siglos, la Iglesia Ortodoxa Rusa había fungido como criada de los zares. El emperador era la cabeza de la Iglesia y todas las condecoraciones, promociones y nombramientos pasaban por la corte imperial.

En 1990, Alexis se convirtió en el primer patriarca desde la revolución rusa en ser elegido sin la interferencia directa del gobierno. “Hemos logrado establecer una relación completamente nueva con el Estado –comenta– que no había existido nunca”. Insistió en que la Iglesia no tenía la intención de convertirse en una Iglesia de Estado, haciendo notar que le prohibió a su clero ocupar cargos de elección popular.

Pero los críticos alegan que Alexis y otros altos prelados habían estado muy felices al aceptar el señuelo de una Iglesia de Estado y que habían hecho poco para resistir la tendencia del Kremlin al autoritarismo. Aunque la constitución rusa proclama la separación de la Iglesia y el Estado, los presidentes postsoviéticos –Boris Yeltsin, Vladimir Putin y Dimitri Medvédev– han hecho apariciones regulares y bien publicitadas en la iglesia, y los obispos y sacerdotes ortodoxos son elementos permanentes en las funciones estatales.

Esta cercanía ha alimentado la impresión en el extranjero de que la Iglesia Ortodoxa ha hecho equipo con el Kremlin para crear una nueva autocracia rusa. Los funcionarios eclesiásticos lo niegan. Citan una infinidad de diferencias y de controversias no resueltas entre la Iglesia y el gobierno, que van desde el control sobre las antigüedades religiosas hasta la educación religiosa. Si la Iglesia y el Estado están entrelazados, dicen, es en una intensa y compleja búsqueda de una nueva identidad postsoviética.

Sin embargo, el estatus preferente de la Iglesia Ortodoxa a menudo funciona en detrimento de otras denominaciones y religiones, en especial las que se perciben, correcta o incorrectamente, como occidentales.

En las afueras de la sureña ciudad de Rostov del Don, Alexander Kirillov abre la puerta de una gran iglesia bautista que su comunidad acaba de construir. Las autoridades, comenta el anciano, aprovecharon una falla burocrática –incumplimiento de la presentación de una forma anual– y cerraron la asociación a la que pertenecía la iglesia. “Estábamos en falta, por supuesto, pero podrían simplemente habernos enviado una notificación recordándonos de presentarla”. La verdadera razón para la clausura, dice, es que su iglesia no pertenece al grupo bautista de la corriente principal aprobada por el gobierno.

“No están acostumbrados al hecho de que haya otras denominaciones distintas a las ‘oficiales’, así que no creen que tengamos derecho a existir –agrega Kirillov–. La Iglesia Ortodoxa es la denominación dominante, así que por supuesto está representada en todas las esferas de la autoridad.

Una de las razones se remonta a los primeros años de la era postsoviética, cuando la euforia por la libertad daba paso a la desilusión con el consumismo, la corrupción y el caos que siguieron. Los reaccionarios del gobierno y de la Iglesia acusaron a Occidente de humillar deliberadamente a Rusia, fomentando las sospechas por las denominaciones y los grupos vinculados a las democracias liberales. En los círculos del ala derecha se lanzó el llamado para que la Santa Rusia volviera a sus raíces.

Algunas ideas sorprendentemente oscuras y retrógradas circulan de manera abierta entre las iglesias reaccionarias y en portales nacionalistas. Una de ellas está dirigida a canonizar a Rasputín y a Iván el Terrible, dos de los personajes más nocivos de la historia rusa que han sido redefinidos por extremistas como “defensores de la Santa Rusia”.

Afuera de San Petersburgo, los decadentes palacios de verano de los zares y grandes duques de la antigua Rusia miran hacia el Golfo de Finlandia. Detrás de las ruinas de uno de esos palacios se encuentra una diminuta capilla semirrestaurada. Adentro, me enfrento con un espectáculo que me deja boquiabierto: un gran icono de José Stalin. No lleva el halo de santo, pero una santa lo bendice.

El icono representa una leyenda en la que Stalin, al comienzo de la segunda guerra mundial, visita secretamente a la Santa Matrona de Moscú, mujer ciega y paralítica a la que mucha gente acudía en busca de guía espiritual hasta su muerte en 1952. De acuerdo con la leyenda, ella le aconsejó al dictador soviético que no abandonara Moscú ante el ejército invasor de Alemania, sino que se mantuviera firme ante la embestida.

El pastor de la capilla, Evstafy Zhakov, es un ferviente nacionalista muy apreciado por su rebaño por sus carismáticos sermones. En una entrevista con el periódico derechista Zavtra, defendió el icono explicando que Rusia tiene una larga tradición de santos que bendicen a los guerreros antes de la batalla.

Mientras que en algunos rincones oscuros de la Iglesia sacerdotes como el padre Evstafy reformulan a los genocidas como defensores de la Santa Rusia, muchos pastores de la corriente principal siguen un programa más afortunado: rehabilitar a los que abusan de las drogas, rescatar a niños abandonados y extender el perdón de Cristo a los criminales.

En una iluminada casa hogar en San Petersburgo, Nikita, de cuatro años, me enseña sus juguetes y orgullosamente me dice que su mamá pronto le dará un regalo. Todavía no comprende que acaba de ser colocado en esta casa hogar porque su madre es adicta a las drogas –una plaga creciente en Rusia– y ya no puede seguir haciéndose cargo de él. El padre Alexander Stepanov ha atendido marginados desde que dejó su trabajo como físico para incorporarse al sacerdocio hace unos 20 años. “Fui ordenado y, de ahí, directo a la prisión”, bromea, al recordar cómo empezó su ministerio discutiendo la Biblia con los reclusos.

Todos los trabajos humanitarios privados habían sido estrictamente prohibidos en la Unión Soviética –no existen problemas sociales en el paraíso del proletariado–, pero después de la caída del comunismo, el padre Alexander encontró a mucha gente ansiosa de participar, y las iglesias occidentales se apresuraron a ofrecer ayuda. Hoy en día, trabajando en dos edificios restaurados en los muelles de San Petersburgo, el padre Alexander dirige una iglesia parroquial, una casa hogar, un orfanato, una casa de readaptación social para adolescentes en problemas y un cuerpo de voluntarios que visitan hospitales y prisiones. También tiene una estación de radio en el ático y las oficinas de un campamento de verano en el sótano.

Ahora muchas iglesias tienen alguna forma de ayuda y hay gran cantidad de voluntarios, comenta el padre Alexander. Pero el gobierno está intentando celosamente reclamar su monopolio en el trabajo social. “El gobierno no quiere apoyar las iniciativas sociales de la Iglesia –agrega tristemente–. Nos obliga a pedir migajas”.

Al ofrecer poca o ninguna resistencia al “autoritarismo oscuro y amenazante”, advirtió James H. Billington hace 15 años, la Iglesia ha reprobado una prueba crucial. Sin embargo, nadie que haya sido testigo del enorme amor y trabajo que se ha invertido en restaurar las iglesias y revivir el trabajo caritativo puede dudar de que también algo bueno y prometedor ha despertado en Rusia.

Al caminar por un orfanato en San Petersburgo o por un monasterio restaurado en Múrom, me siento sorprendido por el simple hecho de que una religión tan brutalmente reprimida durante tanto tiempo haya vuelto a nacer. Y empiezo a comprender por qué los diarios de mi padre han tenido tal resonancia entre muchos rusos. El diario que llevó durante los últimos 10 años de su vida fue un viaje por las ideas, libros, descubrimientos, luchas y alegrías de un creyente y sacerdote ortodoxo. Sufrió muchas de las mismas frustraciones y penas que los rusos han conocido en este último periodo tumultuoso; pero aunque la batalla fue dura –incluso su batalla final contra el cáncer–, él, al igual que santa Juliana, las aceptó como norma de una vida cristiana. Ese era el meollo del asunto: en la vida diaria y en los pensamientos de este sacerdote occidental, los rusos encontraron una afirmación de que sus propias dudas, frustraciones y confusión no estaban equivocadas; que, de hecho, eran normales mientras se mantuvieran firmes en su fe y caridad.

Es domingo por la mañana en Múrom y me despierto temprano al tañido de las campanas. Los peregrinos se están reuniendo en el monasterio, pero la amable ama de llaves del padre Kirill se ofrece a llevarme a Lazarevo, el pueblo de santa Juliana. La antigua iglesia donde ella rendía culto ha sido finalmente reabierta.

Pasamos por fábricas militares soviéticas abandonadas hasta un confuso grupo de casas de madera alrededor de la gran iglesia estropeada, todavía en reparación. Pilas de ladrillos y sacos de cemento están amontonados junto a las paredes y se llega a la puerta por un puente de tablones tambaleantes. En el interior se ha colocado un modesto tablero de iconos a un lado del altar; en el otro lado hay restos de un icono de Juliana.

Dos docenas de personas de la localidad, la mayoría mujeres, se reúne para la liturgia dominical. No hay quejas, ni política, ni examen de conciencia, sólo una súplica callada a una mujer modesta que vivió, oró y sufrió aquí tanto como ellos: “Oh, bendita seas, intercede también por la tierra rusa y por todos los que están dispersos, que puedan encontrar la paz y la prosperidad y, sobre todo, que regresen a tu antigua devoción”.

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Serge Schmemann es el autor de Echoes of a Native Land: Two Centuries of a Russian Village. Gerd Ludwig a menudo cubre Rusia para National Geographic.

Un comentario

  1. Escrito por José Luis Serna Estrada:

    Excelente trabajo del señor Serge Schmemann que refleja ese misterioso espíritu en la vida espiritual del pueblo ruso. Y es que es tan grande la riqueza que guarda la Iglesia Ortodoxa que alcanza para ser difundida en todo el mundo y lo expreso sinceramente porque yo soy un sacerdote ortodoxo que comparto un poco de esta espiritualidad aquí en México. En la Iglesia que yo atiendo celebramos la Liturgia de tradición eslava todos los domingos. Es celebrada en español y tiene gran aceptación en la feligresía. Con este pequeño comentario, mi sincera felicitación a Serge y mi deseo de que la obra de su señor padre pronto sea traducida y difundida en español como un gran acervo teológico para los sacerdotes y un gran aporte cultural para los mexicanos.

    Archipestre Jose Luis Serna Estrada
    Iglesia Ortodoxa en America
    Diócesis de México

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