Svalbard: Esplendor en el hielo [Artículos]

Escrito por: Bruce Barcott el 01 de Abril de 2009 | 6:52 am
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La riqueza biológica de Svalbard, el archipiélago ártico de Noruega, está amenazada por el deshielo.

El ecosistema de Svalbard liga cielo, mar y costa. Los mérgulos atlánticos se sumergen en busca de crustáceos copépodos y anidan en las pendientes rocosas. El guano y los restos de animales que las parvadas depositan en la tierra fertilizan el jardín de musgo, ideal para el zorro ártico.
Foto de Paul Nicklen

Cinco minutos después de la medianoche en Svalbard: el mundo silvestre está despierto y activo. A las orillas de un estuario escondido en Adventdalen, un valle en un grupo de islas entre Noruega y el Polo Norte, una bandada de charranes árticos vuela y se pasea en la perpetua luz de día. Están agitados. Un par de gaviotas hiperbóreas, ladronas de polluelos y huevos, las formidables depredadoras del Ártico, se acerca del este. Los charranes se defienden con ferocidad. Muestran sus picos rojos y se convierten en una nube de objetos cortantes.

El truco funciona. Las gaviotas pasan de largo y se dirigen tierra adentro, pasan sobre un par de eiders con sus nidos en el suelo, una jauría de perros de trineo y un caribú solitario que se alimenta en la tundra.

Es una típica noche de verano en Svalbard, un refugio totalmente atípico en el Ártico con una extraordinaria variedad de vida silvestre. Pocos lugares en la región circumpolar pueden compararse por su biodensidad. Los osos polares prosperan aquí. Aproximadamente la mitad de 3 000 osos de la población del Mar de Barents cría a sus cachorros en las aisladas islas del archipiélago. Las aves marinas migran a Svalbard por millones. Cinco especies de focas y 12 tipos de ballenas se alimentan en estas aguas. Las morsas atlánticas se alimentan hasta saciarse de las almejas que crecen en la plataforma poco profunda del Mar de Barents. En la tundra de las planicies y en los valles de Svalbard, los renos pastan y los zorros del ártico cazan lejos de los depredadores.

Para los humanos es un lugar inhóspito, austero y despiadado. Más de la mitad de la masa de tierra está cubierta por hielo glacial. Menos de 10 % tiene suficiente luz y suelo para que sobreviva la vegetación.

Hace años, cuando el arqueólogo danés Povl Simonsen cuestionaba los límites de la supervivencia humana en el norte, habló del “umbral de lo posible”. Durante la mayor parte de su historia, Svalbard ha existido más allá de esa frontera. Ninguna civilización de la antigüedad llegó hasta aquí. Los vikingos no lo colonizaron. Los inuit no se acercaron. Incluso hoy, que hay viajes aéreos diarios desde Oslo, sólo 2 500 personas viven aquí todo el año; muchos trabajan en las minas de carbón del lugar. El invierno trae oscuridad perpetua.

Pero para un número selecto de especies, Svalbard funciona como una extraordinaria cuna de vida. Y el secreto de este lugar no se encuentra en la tierra. Svalbard está gobernado por el agua, la luz y la temperatura.

En este lugar, la maquinaria biótica se mueve gracias a la Corriente del Golfo, que pasa por la costa este de Estados Unidos. Si se navegara por la vertiente principal de esta corriente, la Corriente del Atlántico Norte, hasta su punto más septentrional, se llega a la Corriente Spitsbergen del Oeste, en la costa de Svalbard. Esta, cálida y salada (aunque “cálida” es un término relativo para su temperatura de 5.5° C), mantiene el agua casi sin hielo y nutre grandes masas de plancton todas las primaveras, que atrae ballenas y cardúmenes de capelán y bacalao polar, el alimento de aves marinas y focas. La abundancia de focas, a su vez, mantiene alimentados a los osos polares de Svalbard. Los osos adultos consumen una gran cantidad de grasa de foca, principalmente de las anilladas y las barbudas.

Las ricas aguas que pasan junto a la costa también traen consigo una gran variedad de aves marinas cada año. En mayo y junio, cuando el hielo se retrae y la tundra se limpia de la nieve, más de tres millones de aves migran a Svalbard. Son muchas en cantidad pero no en variedad. Solamente unas 28 especies son consideradas comunes o abundantes y sólo una, el lagópodo nival de Svalbard, tiene los recursos para sobrevivir en tierra todo el año. Las aves migran a esta zona por la seguridad que ofrece para reproducirse y por la gran cantidad de alimento disponible. Un capricho geológico es lo que hace que todo funcione. En algunos lugares, la línea costera de Svalbard se eleva en riscos casi verticales, pero no son muros lisos como El Capitán de Yosemite. Tienen millones de salientes donde cabe un nido pero no pueden pasar los depredadores, como el zorro ártico.

Es el sitio perfecto para la crianza. Parejas de fulmares boreales, de araos de Brunnich y gaviotas tridáctilas, a veces mezclados en el mismo risco, reclaman un pedazo de pared para criar a sus polluelos con alimentos del mar, que están cerca y disponibles 24 horas al día durante los veranos sin noche. Cuando las aves se adueñan de un risco, la transformación puede ser profunda. En una ocasión, mientras navegaba por el fiordo interno de Spitsbergen en lo que antes había sido un barco pesquero, alcancé a ver un poco de nieve en un risco gris. Al mirar la escena con mis binoculares, me percaté de que no era nieve. Era la mezcla de decenas de miles de gaviotas tridáctilas que hicieron su nido en las salientes del risco, sus cabezas blancas creaban un efecto puntillista a kilómetros de distancia.

A pesar de lo impresionante que resulta la presencia de las aves durante el verano en Svalbard, estos animales son un poco convenencieros: están aquí en los momentos buenos pero se van durante los malos. En septiembre la mayoría regresará al sur. Es difícil no sentir un gran respeto por los habitantes de Svalbard que se quedan todo el año. Cada uno parece utilizar alguna de las dos estrategias comunes para sobrevivir el brutal invierno ártico: seguir cazando o almacenar energía.

El maestro de la primera táctica es el oso polar, por supuesto, que pasa la mayor parte del invierno esperando alrededor de los agujeros en el hielo por donde respiran las focas, aguardando que se asome la cena. El zorro ártico usa una estrategia híbrida. Sigue cazando con su piel blanca como camuflaje pero, si la cosa se pone difícil, recurre a los almacenes de comida que preparó meses antes. En esta zona, las víctimas adicionales pueden representar la diferencia entre vida y muerte.

Para los caribúes y el lagópodo nival, el almacenamiento de energía significa una cosa: engordar. Ver un caribú alimentándose a medianoche en Svalbard es un acontecimiento extraordinario. Los caribúes aquí, como el lagópodo, se olvidan de los ritmos nocturnos que gobiernan la vida de la mayoría de los animales. Comen y comen y comen y comen, descansan un poco y vuelven a comer, independientemente de la hora. Los caribúes adquieren una capa de grasa que llega a medir hasta 10 centímetros que, cuando la comida escasea en invierno, le sirve al caribú como reserva de energía.

Los supervivientes de Svalbard se las han ingeniado para adaptarse a la oscuridad del Ártico, su frío inclemente y su poca vegetación. Pero hay una fuerza que los ha tomado por sorpresa y demasiado rápido para los cambios evolutivos: los humanos.

Entre los siglos XVII y XIX, los balleneros viajaban a Svalbard para cazar a los grandes cetáceos, con cuya grasa hacían aceite que les redituaba mucho dinero. Para fines del siglo XVIII, el apetito insaciable del mercado por el aceite de ballena hizo que casi desaparecieran. Unas 50 000 ballenas boreales, el mamífero de vida más larga del planeta, murieron ante los barcos holandeses. La matanza comercial hizo que la especie casi se extinguiera (hoy en día sobreviven más de 10 000 ballenas boreales, la mayor parte de ellas en los mares de Bering, Chukchi y Beaufort). Tras arrasar con las ballenas, los cazadores concentraron su atención en la morsa, por el marfil, y casi terminan también con esta especie.

A fines de la primera guerra mundial, el Tratado de Svalbard le dio soberanía a Noruega sobre el archipiélago, cuyos recursos también estaban en la mira de Suecia y Rusia. El tratado resultó un punto crítico para la vida natural del lugar. A lo largo del siglo xx, los funcionarios noruegos pusieron alto a la matanza y convirtieron la zona en uno de sus santuarios más protegidos. Actualmente, 65 % de las islas de Svalbard y 75 % de sus áreas marinas están dentro de las reservas naturales o parques nacionales. Algo notable sucede cuando los animales recuperan su hábitat y tranquilidad. Prosperan. La población de morsas de Svalbard, que ya contaba sólo con unos cuantos cientos de animales en los cincuenta, regresó a más de 2 600 en 2006. Sólo 1 000 caribúes quedaban en los valles en los veinte. Hoy algunos expertos consideran que pude haber hasta 10 000.

Los días de carnicería descarada han terminado, pero los humanos continúan presionando de manera indirecta a la vida silvestre de esta zona. Toxinas como los PCB (policlorobifenilos) y los compuestos perfluorados llegan a Svalbard por aire y con las corrientes del mar, y quedan atrapados en el tejido graso de las gaviotas hiperbóreas, págalos grandes, zorros árticos y focas anilladas, lo que pone en peligro sus sistemas inmunológicos. Los osos polares tienen niveles de contaminantes mucho más altos que sus contrapartes de Alaska y Canadá. El cambio climático, mientras tanto, ha causado una retracción del hielo durante el verano, lo que representa un riesgo para los osos polares de la zona. La vida silvestre que aquí florece se ha adaptado a uno de los hábitats más difíciles del mundo. Con el ascenso de las temperaturas, aves, peces y mamíferos tendrán que adaptarse todavía más.

Hay la esperanza de que, de manera inusual, la vida silvestre de Svalbard ya se haya ajustado a los humanos, el depredador convertido en protector. En las minas de carbón de Barentsburg hay docenas de gaviotas tridáctilas que han convertido los edificios abandonados en riscos para anidar, colocando sus nidos en las cornisas de las ventanas. A medianoche o mediodía, es igual para las aves, los padres despegan de los nichos de las ventanas para ir a pescar abajo en la bahía. A su modo, estas aves están expandiendo el umbral de lo posible, alféizar por alféizar. Es ingenioso pero, para Svalbard, no atípico. Aquí, la oportunidad y la abundancia muchas veces surgen en los lugares más improbables.

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La historia de Bruce Barcott sobre el abejaruco europeo apareció en el número de octubre de 2008. Paul Nicklen, nacido en Canadá, es colaborador frecuente.

2 comentarios

  1. Escrito por Jairo Andrés Echeverri:

    Excelente artículo, debemos actuar de inmediato para que estas maravillas no desaparezcan y se un tesoro protegido en épocas posteriores

  2. Escrito por julio cesar g:

    mientras los pueblos y los gobiernos no pongan un alto al calentamiento global, escenas como estas solo quedaran en el recuerdo,nosotros los humanos somos nada mas que una parte de la vida en nuestro planeta no somos los amos y dueños pongamos fin a nuestras malas praxis para que las futuras generaciones las disfruten
    julio guardiola

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