Una interpretación de Angkor [Artículos]

Escrito por: Richard Stone el 01 de Julio de 2009 | 1:00 am
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Luego de alcanzar alturas sublimes, la ciudad sagrada bien pudo haber precipitado su caída.


Lotos y divinidades hindúes talladas en piedra señalan el sitio sagrado de Kbal Spean, en los montes Kulen, cabecera de dos ríos que riegan las llanuras aluviales de Angkor.
Foto de Robert Clark

Desde las alturas, el centenario templo aparece y se desvanece como una alucinación, como una mancha arcillosa en la bóveda arbórea del norte de Camboya. Bajo nosotros se extienden las vastas ruinas de la ciudad perdida de Angkor, habitada ahora por campesinos que cultivan arroz y viven en grupos de viviendas khmer, montadas sobre endebles pilotes para lidiar con las inundaciones de los monzones de verano que salpican el paisaje desde Tonlé Sap, el “gran lago” del sureste asiático a unos 30 kilómetros al Sur, hasta los montes Kulen, cordillera que se eleva al Norte, en la llanura de aluvión, más o menos a la misma distancia. Mientras Donald Cooney maniobra el ultraligero sobre la selva, el magnífico templo se revela repentinamente ante mis ojos.

Construido en el siglo XII en honor a la divinidad hindú Vishnu y restaurado en los cuarenta del siglo XX, Banteay Samre evoca el esplendor que el Imperio Khmer alcanzó en el medievo. El templo se encuentra tras dos muros cuadrangulares concéntricos, quizá rodeados antiguamente por un foso que representaba los mares que circundan el monte Meru, mítica morada de las deidades del hinduismo. Sin embargo, Banteay Samre es sólo uno de los más de 1 000 altares khmer erigidos en la ciudad de Angkor durante una fiebre de construcción que rivalizó en escala y ambición con las pirámides de Egipto. Al pasar, estiro el cuello para dirigirle una última mirada, pero el templo ha vuelto a ocultarse en la selva.

Angkor fue escenario de uno de los actos de desaparición más notables de todos los tiempos. El reino khmer abarcó del siglo IX al XV de nuestra era y en su apogeo controlaba una amplia región del sureste de Asia, desde Myanmar (Birmania), al Occidente, hasta Vietnam, al Oriente. Su capital, Angkor, hogar de alrededor de 750 000 personas, cubría un área equivalente a los cinco distritos que componen la ciudad de Nueva York y fue el complejo urbano más grande del mundo preindustrial. Sin embargo, a fines del siglo XVI, cuando misioneros portugueses alcanzaron las torres con forma de loto de Angkor Wat, el templo más ornamentado de la ciudad y el monumento religioso más grandioso del orbe, agonizaba la otrora espléndida sede imperial.

Expertos han propuesto una larga lista de causas sospechosas que incluyen invasiones devastadoras, cambios en las prácticas religiosas e incluso el impulso al comercio marítimo, que selló el destino de esa ciudad del interior. Sin embargo, son meras especulaciones pues, aunque sobreviven cerca de 1 300 inscripciones en estelas y jambas de las puertas de toda la urbe, el pueblo de Angkor no legó una sola palabra que contribuyera a explicar el colapso de su reino.

Recientes excavaciones, no en los templos sino en la infraestructura que hizo posible la extensa ciudad, empiezan a confluir en una nueva respuesta. Al parecer, Angkor quedó condenada a la ruina por el mismo ingenio que agrupó una colección de pequeños feudos en un imperio. Aunque los khmer aprendieron a contener las inundaciones estacionales del sureste asiático, una vez que perdieron su control sobre el agua, el recurso más vital de todos, su civilización se extinguió poco a poco.

El día a día de Angkor también se percibe en las esculturas que han resistido siglos de deterioro y, más recientemente, la guerra. Los bajorrelieves de las fachadas de los templos retratan escenas cotidianas, como dos hombres encorvados sobre un tablero de juego y una mujer que da a luz bajo un pabellón sombreado, aunque también hay otras que rinden homenaje a un mundo espiritual poblado de seres como las apsaras, seductoras bailarinas celestiales que servían de mensajeras entre humanos y dioses.

Dichas tallas revelan asimismo problemas en el paraíso y, así, entreveradas con visiones de armonía terrenal e iluminación sublime, hallamos escenas bélicas. En un bajorrelieve en particular, soldados con lanzas del vecino reino de Champa viajan apretujados, de proa a popa, en un barco que cruza el Tonlé Sap. Desde luego, la escena fue inmortalizada en piedra porque los khmer obtuvieron la victoria.

Aunque Angkor ganó ese enfrentamiento, la ciudad mantenía varias rivalidades que acentuaban su vulnerabilidad a los ataques de Champa, desde el Este, y el formidable reino de Ayutthaya, en el Oeste. Los monarcas khmer tenían varias esposas, lo que contribuía a confundir la línea de sucesión y provocaba constantes intrigas entre los príncipes que competían por el poder. “Durante siglos vivieron una suerte de Guerra de las Rosas. El Estado khmer era muy inestable”, informa Roland Fletcher, arqueólogo de la Universidad de Sidney y codirector del equipo de investigación denominado Proyecto del Gran Angkor.

Algunos académicos opinan que Angkor murió como había vivido: por las armas. Los anales de Ayutthaya señalan que los guerreros del reino “tomaron” Angkor en 1431. Y así, en su intento por reconciliar su antigua riqueza las derruidas ruinas descubiertas por viajeros occidentales, hace un siglo los historiadores franceses se basaron en esas provocativas alusiones para concluir que Ayutthaya había saqueado Angkor luego de su conquista.

No obstante, Fletcher –quien vive con la obsesión de “averiguar qué ocasiona que los asentamientos prosperen y luego mueran”– no disimula su escepticismo. Según él, algunos de los primeros académicos vieron Angkor a través de los lentes de los sitios y las conquistas de la historia europea. “No dudo que el monarca de Ayutthaya tomara Angkor, y es muy posible que regresara a su reino con algunos de los símbolos formales de la realeza”, comenta. Pero tras la captura de Angkor, el conquistador instaló a su hijo en el trono. “De modo que difícilmente hizo pedazos el lugar antes de entregarlo a su vástago”.

Aunque las intrigas cortesanas tal vez no perturbaran la vida diaria de la mayoría de los súbditos de Angkor, la religión era un elemento central. Angkor era lo que los antropólogos llaman una ciudad real-ritual. Sus monarcas se proclamaban emperadores del mundo según la tradición hindú, y erigían templos a su gloria. Sin embargo, conforme el budismo theravada eclipsaba gradualmente al hinduismo, entre los siglos xiii y xiv, su doctrina de igualdad social debió representar una amenaza para la elite de Angkor.

Es factible que aquel cambio religioso debilitara la autoridad monárquica. La moneda de facto era el arroz, alimento básico de los obreros reclutados para construir los templos y de los miles más que trabajaban en ellos: una inscripción en el complejo Ta Prohm informa que 12 640 personas operaban el templo. Asimismo, revela que más de 66 000 agricultores producían casi 2 500 toneladas anuales de arroz para alimentar a la multitud de sacerdotes, bailarinas y demás empleados. Si añadimos otros tres grandes templos (Preah Khan y los colosales conjuntos de Angkor Wat y Bayon) a esta ecuación, el cálculo de mano de obra agrícola asciende a 300 000 individuos. Lo cual es, casi la mitad de la población calculada para Gran Angkor. Una nueva religión igualitaria, como el budismo theravada, bien pudo haber propiciado una rebelión.

También existe la posibilidad de que la corte real simplemente volviera la espalda a la ciudad. Cada nuevo monarca de Angkor levantaba flamantes complejos religiosos y abandonaba los anteriores, de manera que ese impulso de “empezar de nuevo” pudo ser mortal para la ciudad cuando el comercio marítimo entre el sureste de Asia y China comenzó a florecer. Tal vez fuera simple oportunismo económico lo que, en el siglo XVI, ocasionó que el centro del poder khmer emigrase a un asentamiento más próximo al río Mekong, cerca de la actual capital camboyana de Phnom Penh, para facilitar el acceso al Mar de la China Meridional.

Aun cuando las convulsiones económicas y religiosas hubieran acelerado la caída de Angkor, sus gobernantes pasaron por alto a otro peligroso enemigo. Angkor se convirtió en una potencia medieval gracias a un sofisticado sistema de canales y embalses que permitía almacenar el agua escasa de las épocas de sequía y desaguar el exceso de la temporada de lluvias. Es posible que alguna fuerza ajena al control de Angkor terminara con el delicado equilibrio de esta maquinaria.

Uno de los lugares más sagrados de Angkor se encuentra en las alturas de los montes Kulen, en las vertientes de los ríos Puok y Siem Riep.

Angkor y sus gobernantes prosperaron gracias a las aguas que represaban durante los monzones. Desde los tiempos de Jayavarman II, quien fundó el reino a principios del siglo IX, el crecimiento del Imperio Khmer dependió de sus inmensas cosechas de arroz. De hecho, en todo el sur de Asia sólo las antiguas ciudades cingalesas de Anuradhapura y Polonnaruwa, con sus famosos embalses, podían competir con la capacidad de Angkor para asegurar un suministro continuo de agua.

Semejante confiablidad exigió colosales proezas de ingeniería que incluyeron el tercer embalse más grande de Angkor, llamado Baray Occidental. Con 8 kilómetros de largo, 2.4 de ancho y 1 000 años de antigüedad, la construcción de la represa o baray debió requerir unos 200 000 obreros khmer para apilar casi 12 millones de metros cúbicos de tierra en diques de 90 metros de ancho y tres pisos de altura, creando un reservorio que, aun hoy, nutre las aguas desviadas del río Siem Riep.

Bernard-Philippe Groslier, arqueólogo de la Escuela Francesa de Estudios Orientales (EFEO), fue el primer académico que reconoció la magnitud de las obras hidráulicas de Angkor. En un ensayo publicado en 1979, caracterizó Angkor como una “ciudad hidráulica” cuyos grandes baray cumplían dos propósitos: simbolizar el mar primigenio de la cosmogonía hindú e irrigar los arrozales. Por desgracia, Groslier no pudo seguir investigando estos conceptos, pues ese mismo año, al estallar la guerra civil de Camboya, el brutal gobierno del Khmer Rouge y la expulsión del régimen por parte de las fuerzas vietnamitas convirtieron Angkor en una zona prohibida durante dos décadas. Y luego, tras la retirada del ejército vietnamita, los saqueadores se cebaron en Angkor robando estatuas e incluso cincelando los bajorrelieves.

Más tarde, en 1992, cuando el arquitecto y arqueólogo Christophe Pottier reabrió la estación de investigaciones de la EFEO, su prioridad fue ayudar a Camboya a restaurar los derruidos y saqueados templos. No obstante, a Pottier le atraía la selva más allá de los muros y durante varios meses recorrió la mitad sur de Gran Angkor a pie y en motocicleta, para hacer mapas de los montículos de viviendas y altares, antaño ocultos, situados cerca de estanques artificiales denominados depósitos de agua (la persistente anarquía impidió que Pottier inspeccionara la mitad norte). En 2000, Fletcher y su colega Damian Evans vieron en imágenes de radar de Angkor captadas por la NASA una gran revelación: el equipo de la Universidad de Sidney, en colaboración con EFEO y APSARA, dependencia camboyana que administra Angkor, encontraron vestigios de más asentamientos, canales y depósitos de agua, sobre todo en áreas inaccesibles de la antigua capital khmer. Los vuelos de Donald Cooley en ultraligeros han permitido que Fletcher y Pottier, actual codirector del Proyecto del Gran Angkor, analicen con detalle esos vestigios. Sin embargo, su mayor logro ha sido el descubrimiento de las radas y desembocaduras de los baray, con lo que han puesto fin al debate precipitado por el trabajo de Groslier en cuanto a si el uso de los gigantescos embalses tenía fines exclusivamente rituales o sólo para irrigación. La respuesta es que cumplían esa doble función.

Los investigadores quedaron pasmados frente a la ambición de los ingenieros de Angkor. “Nos dimos cuenta de que todo el paisaje del Gran Angkor es artificial”, revela Fletcher. A lo largo de varios siglos, equipos de obreros construyeron centenares de kilómetros de canales y diques que aprovechaban sutiles diferencias en la inclinación natural del terreno para desviar el agua de los ríos Puok, Roluos y Siem Riep hacia los baray. En verano, al desbordarse los canales se eliminaba el exceso de agua de los meses del monzón, y al menguar las lluvias, en octubre o noviembre, los canales de irrigación distribuían el agua almacenada. Es posible que los baray también devolvieran humedad a la tierra, permitiendo que el agua se filtrara al subsuelo para que la evaporación superficial de los campos circundantes captara el agua subterránea y nutriera los cultivos. “Era un sistema increíblemente ingenioso”, apunta Fletcher.

Aquel ingenioso sistema hidráulico marcó la diferencia entre mediocridad y grandeza. Gran parte del arroz consumido en el reino se cultivaba en terraplenes que, de lo contrario, habrían dependido de las lluvias monzónicas o la fluctuación estacional de las aguas en las llanuras aluviales del Tonlé Sap, de suerte que la irrigación contribuyó a mejorar las cosechas. Fletcher agrega que el sistema también debió proporcionar las raciones de supervivencia imprescindibles en una mala temporada de monzones, en tanto que la capacidad para desviar y captar agua ofrecía protección contra las inundaciones. Así, mientras otros reinos asiáticos luchaban por resolver sus problemas de abundancia o escasez de agua, prosigue, las obras hidráulicas dieron a Angkor “un valor estratégico inestimable”.

Así, Fletcher quedó desconcertado cuando, al excavar una de las obras de ingeniería más extraordinarias de Angkor (una extensa estructura de obras hidráulicas), halló que había sido destruida, aparentemente, por los propios ingenieros de la capital khmer.

Los bloques de piedra, que encajan a la perfección, fueron tallados en laterita, tierra esponjosa y rica en hierro que se endurece al contacto con el aire. Hace algunos años, cuando Fletcher y Pottier descubrieron la primera sección de la estructura, pensaron que se trataba de los restos de la pequeña compuerta de una esclusa.

“Se ha convertido en un monstruo”, afirma. Los bloques son vestigios de un rebosadero que cruzaba una empinada presa, la cual debió tener la longitud de un campo de futbol. Hacia fines del siglo IX, durante el apogeo de Angkor, los ingenieros excavaron un largo canal en el río Siem Riep para modificar su cauce y dirigirlo al sur, hacia el entonces flamante Baray Oriental, embalse casi tan grande como el posterior Baray Occidental. La presa, situada sobre el río, conducía el agua hacia el canal, pero parte de la colosal estructura pudo haber servido como rebosadero para la creciente durante la estación de monzones, cuando el agua rebasaba la baja estructura y fluía por el cauce fluvial original.

Las ruinas del rebosadero son una pista vital que apunta a una épica empresa, la cual requirió generaciones de ingenieros khmer para mantener y desarrollar un sistema hidráulico cada vez más complejo e ingobernable. “Quizá pasaron gran parte de sus vidas realizando composturas”, sugiere Fletcher. Algunos bloques de la presa yacen en desorden y faltan enormes segmentos de mampostería. “La explicación más lógica es que la presa falló”, concluye Fletcher. Es posible que el río erosionara y debilitara gradualmente la represa; tal vez la estructura fue arrastrada por una inundación de violencia inusitada, como las que ocurren cada siglo o incluso cada 500 años, obligando a los khmer a desmantelar gran parte de la construcción restante y a reservar los bloques para otros fines.

Otro indicio de que hubo problemas en el sistema hidráulico lo podemos encontrar en un estanque de Mebon Occidental, un templo insular en el corazón del Baray Occidental. Granos de polen preservados en el cieno sugieren que, hasta principios del siglo XII, hubo lotos y otras plantas acuáticas en aquel baray, pero sedimentos posteriores revelan nuevos tipos de polen provenientes de especies como helechos, las cuales prefieren los pantanos o la tierra fir-
me. Dicho de otro modo, justo en el apogeo de Angkor, uno de los embalses se secó durante algún tiempo. “Algo salió mal mucho antes de lo que esperábamos”, comenta Daniel Penny, experto en polen y codirector del Proyecto del Gran Angkor.

Cualquier deterioro de las obras hidráulicas habría ocasionado que Angkor fuera vulnerable a un fenómeno natural que ningún ingeniero de la época hubiera podido anticipar. A partir del siglo xiv, Europa tuvo algunas épocas de clima imprevisible caracterizadas por inviernos crudos y veranos fríos. Fue hasta hace poco que se obtuvo información sobre las condiciones imperantes en otras regiones del planeta durante ese periodo, llamado Pequeña Edad de Hielo, y ahora es obvio que el trastorno climático afectó también el sureste de Asia.

En los alrededores de Angkor, la estación de monzones de verano se prolonga de mayo a octubre y aporta casi 90 % de la precipitación anual en la región. La fiabilidad de los monzones es crítica para toda forma de vida, incluidos los seres humanos. Para desentrañar los patrones de los monzones de hace siglos, Brendan Buckley, del Observatorio Terrestre Lamont-Doherty, en Palisades, Nueva York, se internó en las selvas del sureste asiático en busca de árboles con anillos de crecimiento anual. Buckley y su equipo sabían que no sería tarea fácil: la mayoría de las especies de la región carece de anillos de crecimiento distinguibles o desarrollan anillos que no crecen anualmente. Las incursiones rindieron fruto en sotos de especies longevas, como teca y una rara especie de ciprés llamada po mu, de la cual hallaron algunos ejemplares de 900 años que habían sobrevivido al apogeo y la decadencia de Angkor.

Los árboles po mu contaron una historia impresionante. Grupos de estrechos anillos de crecimiento revelaron que los árboles habían resistido megasequías consecutivas desde 1362 hasta 1392 y, posteriormente, desde 1415 hasta 1440. Al parecer, los monzones de esos periodos se retrasaron, fueron insuficientes o incluso no llegaron, mientras que en años posteriores la región fue asolada por violentos monzones.

Los extremos climáticos debieron asestar el golpe de gracia a un reino de por sí debilitado. Décadas antes, a juzgar por el abandonado Baray Occidental, las obras hidráulicas de Angkor habían comenzado a fallar. “No sabemos por qué el sistema hidráulico operaba por debajo de su capacidad; es un enigma –reconoce Penny–. Lo importante es que, para entonces, Angkor no tenía reservas y estaba más expuesta a la amenaza de una sequía que en ningún otro momento de su historia”. Temporadas sucesivas de sequía prolongada e intensa, interrumpidas por precipitaciones torrenciales, “habrían arruinado el sistema hidráulico”, sentencia Fletcher.

En todo caso, agrega Penny, “esto no quiere decir que el lugar se convirtiera en un desierto”. Los habitantes de la llanura aluvial del Tonlé Sap, al sur de los templos principales, habrían estado protegidos de los efectos más graves. El Tonlé Sap se nutre del río Mekong, cuyos tributarios se encuentran en los glaciares tibetanos inmunes al impacto de un monzón alterado. Sin embargo, ni toda la destreza de los ingenieros khmer habría servido para aliviar la sequía del norte, pues carecían de medios para desplazar las aguas del Tonlé Sap hacia la región. La gravedad era su única bomba.

Si los pobladores del norte pasaban hambre mientras otras partes de la ciudad hacían acopio de arroz, estarían dadas las condiciones para una rebelión. “Siempre hay graves problemas cuando las poblaciones de países tropicales superan la capacidad de carga del suelo”, informa el antropólogo Michael Coe, de la Universidad de Yale. “Ello conduce, inevitablemente, al colapso cultural”. Un ejército mal alimentado y amenazado por revoluciones intestinas habría dejado la ciudad vulnerable a cualquier ataque. Y, de hecho, la invasión de Ayutthaya con la consiguiente deposición del monarca khmer ocurrió casi al final de la segunda gran sequía que asoló Angkor.

Sumados al caos climático, los transformadores vientos políticos y religiosos que comenzaban a barrer el reino contribuyeron a sellar el destino final de Angkor, sentencia Fletcher. “El mundo estaba cambiando y la sociedad seguía su marcha. Habría sido increíble que Angkor perdurara”.

El Imperio Khmer no fue la primera civilización victimada por una catástrofe climática. Siglos antes, cuando Angkor comenzaba a despuntar, en el otro lado del mundo ocurría una pérdida de equilibrio ambiental muy parecida que devastó las ciudades-Estado mayas de México y América Central. En la actualidad, muchos académicos opinan que los mayas sucumbieron a la sobrepoblación y la degradación ambiental luego de tres terribles sequías ocurridas en el siglo IX. “En esencia, lo mismo sucedió en Angkor”, apunta Coe, quien, en la década de los cincuenta, fue el primero en identificar las semejanzas entre las civilizaciones maya y khmer.

Sería aconsejable que las sociedades modernas se preparasen para hacer frente a cambios climáticos parecidos. Según Buckley, la causa más probable de las intensas sequías de Angkor fue el intenso y persistente calentamiento de las aguas tropicales del Pacífico central y oriental, que da origen al fenómeno conocido como El Niño. La comunidad científica debate si el cambio climático provocado por la actividad humana podría acentuar la incidencia de El Niño, mas los anillos arbóreos vietnamitas sugieren que incluso una oscilación natural en el Pacífico puede precipitar una catástrofe.

El deceso de Angkor es una aleccionadora moraleja sobre las limitaciones del ingenio humano. Los khmer transformaron su entorno mediante una inversión monumental, cuyo abandono debió ser en extremo doloroso para los gobernantes. “El sistema hidráulico de Angkor era una maquinaria asombrosa, un mecanismo maravilloso que regulaba su mundo”, concluye Fletcher. Y aunque sus ingenieros lograron que el insigne logro de aquella civilización funcionara durante seis siglos, fueron avasallados finalmente por una fuerza superior.

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Richard Stone es editor de la revista Science en Asia. Robert Clark ha fotografiado más de una docena de reportajes de portada para National Geographic.

5 comentarios

  1. Escrito por Luis González:

    A lo largo de la historia de la humanidad han existido maravillosas civilizaciones que de pronto simplemente han desaparecido sin dejar un rastro del porque de este hecho, tal es el caso de los anasasi, que la noche a la mañana diera la impresión de que recogieron sus pertenencias y se marcharon. Cuantas otras civilizaciones habrán corrido la misma suerte y lo desconocemos.

  2. Escrito por Vinicio Pineda:

    Siempre en la historia hay civilizacionez que con su gran poder de sabiduria tanto economico como desde el punto de vista de lo militar en una forma dominaron por espacio tiempo nuestro mundo, bien sea en regiones o a nivel mundial. Estas civilizaciones bien sean pequeñas o grandestienen algo en comun, prosperaron de una manera vertiginos y de repente cyeron y vino otra civilización a redescubrir lo que ya estaba hecho o mejorarlo. ¿sera que nuestro mundo actual esta en el tope de donde estuvieron esas civilizaciones?, lo mas impactante a pesar de las teorias planteadas es que no se sabe a ciencia cierta que fue lo que las destruyo, apesar de todo su poder tecnologico y militar, ¿no parece que se repitiera la historia?

  3. Escrito por » Architecture of Cambodia Wikipedia:WikiProject Oregon/Reference desk:

    [...] National Geographic en Español » Una interpretación de Angkor … [...]

  4. Escrito por Oswaldo Ordoñez Moreno:

    La mayoria de las grandes civilizaciones han desaparecido cuando han asumido un papel hegemonico sobre otras y para sostener esta hegemonia han tenido que sostener una maquinaria de guerra que absorve gran proporcion de su produccion interna.

    Ademas, gran parte de sus recursos han sido obtenidos agotando la naturaleza para sostener una poblacion creciente por las riquezas que han extraido de terceros.

  5. Escrito por Adryana:

    Somos la única especie capaz de autodestruirse.

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