Los salmones rojos [Editorial]

Foto de Chris Johns, National Geographic Stock
Los salmones rojos se disparan por los rápidos y dan volteretas en el aire. Veo sus costados, brillantes cual espejos, capturar y difundir el Sol. Impulsados por su instinto, regresan adonde nacieron para desovar. La pesca comercial capturó 90 % de las parejas de salmones incluso antes de que comenzaran su odisea por el río Fraser, de Columbia Británica. Los sobrevivientes han superado los pronósticos. Pero su viaje no termina, como descubrí hace muchos años en uno de mis primeros trabajos para National Geographic. Observo cuando el joven de 13 años Gordon Alec (arriba), de la tribu Lillooet, sumerge su red en los rápidos y la gira hacia su izquierda con un pez capturado. El ritual de enredar salmones es un legado ancestral de Gordon. Rejillas de secado se alinean en la orilla del Fraser. Jóvenes y viejos acampan bajo el cielo de verano y celebran la pesca. Pero también se expresa pesar, pues los mayores cuentan cuánto ha disminuido la cantidad de salmones a lo largo de sus vidas.
Este mes, el escritor David Quammen y el fotógrafo Randy Olson nos llevan a la península de Kamchatka, en Rusia. Ahí el remonte de salmones aún es abundante y saludable. Es un paisaje escarpado, donde por lo menos 20 % de los salmones silvestres del Pacífico llegan a desovar. El “cielo del salmón” lo llama Quammen. Pero este paraíso salmonífero está amenazado. Es la misma historia que enfrentan muchas piscifactorías. La dirección que tome este relato –es decir, si acaso algún día se hablará con pesar de los flujos de salmones de Kamchatka– será determinada por las decisiones administrativas que se tomen en las próximas décadas. “De momento –dice Quammen–, la situación es fluida”.




