Somalia destrozada

Por Staff | 01 de Septiembre de 2009 | Etiquetas: ,

¿Podrá el Estado fallido número uno del mundo revertir su trayectoria?


Una veloz camioneta, con fuerzas del Gobierno Federal de Transición (TFG), casi atropella a las mujeres que limpian una calle de la capital. Con toda la confusión a su alrededor, los residentes apenas se acuerdan de cómo era la vida bajo un gobierno estable. Foto de Pascal Maitre.

Una veloz camioneta, con fuerzas del Gobierno Federal de Transición (TFG), casi atropella a las mujeres que limpian una calle de la capital. Con toda la confusión a su alrededor, los residentes apenas se acuerdan de cómo era la vida bajo un gobierno estable. Foto de Pascal Maitre.

Por Robert Draper

Mogadiscio es el punto cero del fallido Estado de Somalia, lugar donde gobiernan piratas y terroristas. Sin embargo, en el norte, la región autónoma de Somalilandia es estable y está en paz. ¿Qué sucedió?

Mohammed va al faro cada tarde. No es un refugio obvio. Construido hace casi un siglo, el faro italiano ha estado en desuso por años. Sus escaleras en espiral están a punto de desplomarse. Sus cuartos huecos huelen a putrefacción marina y orina. Hombres jóvenes se sientan en los escombros mascando qat –planta cuyas hojas contienen cierto estimulante– y lanzan los dados por horas en un juego llamado ladu. Algunos se juntan en una esquina y fuman hachís. Parecen fantasmas en una ciudad de muertos. Pero el faro está en calma y es seguro, si es que algún lugar en Mogadiscio puede considerase así.

Mohammed, de 18 años, viene por la vista. Desde el último piso ve las ruinas de su barrio en el alguna vez ilustre distrito de Hamarweyne. Puede ver los restos de la embajada de Estados Unidos, el elegante Hotel Uruba, ubicado en el distrito Shangaani, anteriormente lleno de comerciantes de oro y emporios perfumeros –hoy todos están destruidos–. Una cabra solitaria posa a la mitad del camino principal, mientras las casas con siglos de antigüedad se desmoronan lentamente a sus lados, en ocasiones enterrando vivos a los ocupantes ilegales que las habitan. Mohammed también puede ver, justo debajo del faro, la pequeña media luna de arena donde él y otros cuantos a veces improvisan un partido de futbol, y a los niños desnudos aferrándose a los trozos de poliestireno para balancearse en las olas. Puede observar esta paradoja cotidiana de alegría y destrucción si lo desea. Pero prefiere ver más allá, hacia la alfombra de tranquilidad extendida que es el Océano Índico. “Me paso el tiempo viendo el mar –dice– porque sé que mi comida viene de ahí”.

Mohammed es pescador. Cada mañana a las cinco se echa al agua con sus redes en un pequeño bote. Lo que pesque lo lleva arrastrando en una carretilla al mercado. En las mañanas en las que el viento no es muy peligroso, su pesca le deja dos o hasta tres dólares –lo que significa que sus padres y sus dos hermanos menores tendrán suficiente para comer ese día–. Una explosión de mortero incapacitó a su padre hace años, y su familia depende de los ingresos de Mohammed desde que tenía 14 años. No le alcanza para pagar los 10 dólares mensuales que cuesta la escuela. De todas formas todos sus antiguos compañeros de clases han desaparecido. La mayoría se unió a la milicia islámica extremista conocida como al Shabaab, que durante el último capítulo de miseria se ha enganchado en una feroz lucha por el poder con el Gobierno Federal de Transición (TFG, por sus siglas en inglés), débil alianza respaldada por la Organización de las Naciones Unidas. Para los jóvenes como Mohammed, al Shabaab es una tentadora estrategia para salir de la impotencia. Pero, por otro lado, muchos de sus ex compañeros de clase ahora están muertos.

Mohammed creció en un país que se ha colapsado. Acababa de nacer cuando el último presidente de Somalia, dictador de culto de nombre Mohamed Siad Barre, fue derrocado y el país se sumió en décadas de anarquía continua. Pertenece a una generación que no tiene la menor idea de cómo es una república estable. En cambio, son expertos en otras cosas. “M16, morteros, granadas, bazucas…, puedo distinguir cada una en cuanto las oigo”, asegura.

La costa norte de Somalia, con vista hacia las llegadas y salidas del Golfo de Adén al Océano Índico, sirve de base a los piratas que acechan el tráfico marítimo entre Europa y Asia. Cuando visité el país el año pasado, los piratas somalíes atacaban decenas de barcos en la costa. Aun así, resulta que el interior del país es, si acaso fuera posible, más volátil. Desde entonces, los feroces enfrentamientos entre las tropas de insurgentes y las del gobierno se han incrementado, más ahora que las fuerzas etíopes, que invadieron Somalia a fines de 2006 para derrocar un breve gobierno islámico y apoyar al TFG, se retiraron en enero de 2009. El caos ha dado entrada a un nuevo flujo de combatientes extranjeros a Somalia, que se ha convertido en un refugio de terroristas comprometidos con una yihad global. El Fondo para la Paz le ha asignado a Somalia el primer lugar en su índice de Estados fallidos durante los últimos dos años. Tal distinción no alcanza a describir la tragedia de Somalia. Ese fracaso –dar seguridad, sustento, servicios o esperanza– ha sido, por 18 años ya, el lugar que los somalíes llaman hogar.

Y lo están abandonando en hordas. Quienes tienen suerte migran fuera de la zona de conflicto –haciendo terribles viajes hasta los campos de refugiados en Kenia o Yemen, o a Somalilandia, república autónoma que alguna vez formó parte de la franja norte de Somalia–. Los menos afortunados –más de un millón– han terminado en campos internos para personas desplazadas. Pero muchos eligen quedarse en Mogadiscio, una ciudad que, a primera vista, parece como la mayoría de su tipo en África. Una maraña demencial de automóviles abollados, carretas tiradas por mulas y cabras sueltas gobierna las calles desfiguradas. Los mercados están repletos de mangos y plátanos brillantes, y de mercancía basura de Occidente. Se ven pasar mujeres con las cabezas envueltas al estilo musulmán, niños pateando balones de futbol y hombres con los cachetes llenos de qat.

Pero entre los exoesqueletos de bancos, catedrales y hoteles de lujo frente a la resplandeciente costera que alguna vez reverberó con cruceros, yace una horrible verdad. Mogadiscio nunca fue como otras ciudades africanas: era espectacular. Incluso desfigurada, su belleza sigue ahí, sobre todo en el fantasmal Hamarweyne, donde el fotógrafo Pascal Maitre y yo estamos parados en el bulevar vacío, viendo el mar, hasta que un llamado a la oración de una mezquita cercana nos recuerda que son casi las cinco de la tarde, después de lo cual cesan casi todas las actividades al aire libre. Quienquiera que esté en las calles de Mogadiscio durante la noche está invitando a la desgracia.

Justo antes de irnos, vamos al faro, donde encontramos a Mohammed. Él nos ve, dos gaalo o infieles, junto con nuestros guardias. Primero escuchamos sus pisadas cuando corre a esconderse en algún lugar entre las sombras. Más tarde sale y se pone más conversador. “No queremos abandonar nuestro propio país –me dice–. No quiero ser un refugiado. Estamos listos para morir aquí”.

Esta tierra engendra problemas. Sus casi 650 000 kilómetros cuadrados son, en su mayoría, mortalmente secos. Los habitantes de Somalia han estado en constante competencia por sus escasos recursos –agua y pastos– desde la antigüedad. Según el gran etnógrafo de los somalíes, I.M. Lewis, los ocupantes de Somalia “forman uno de los bloques de una sola etnia más grandes en África”. Por tradición, son pastores de cabras, camellos y ganado, comparten la misma fe islámica y la lengua somalí. Hasta la era colonial, a finales del siglo XIX, ocuparon continuamente gran parte del Cuerno de África –incluyendo lo que hoy es Yibuti, el noreste de Kenia y la porción este de Etiopía–. En la psique somalí coexisten un feroz nacionalismo y un individualismo pastoral igualmente intenso. No es su costumbre recurrir al gobierno en busca de soluciones.

Lo que mantuvo unida a Somalia –y a veces la separó– fue su intrincado sistema de clanes. Desde hace mucho, los cinco clanes familiares (principales Darod, Dir, Isaaq –a veces considerado un subclan del Dir–, Hawiye y Rahanweyn) han dominado extensiones particulares de territorio. Dentro de ellos existen varios subclanes y subsubclanes –algunos cohabitan pacíficamente e incluso celebran matrimonios entre ellos; otros son hostiles esporádicamente–. “Siempre ha habido una sociedad nómada propensa a los conflictos en Somalia, desde los tiempos anteriores a la colonia –dice Andre LeSage, de la Universidad de la Defensa Nacional en Washington, D.C.–. Había robo tribal de ganado, pero tenía lugar entre grupos de jóvenes organizados bajo la autoridad de un anciano del clan. Dirían: ‘Ahora es cuando puede hacerse’, y algunos morían en batallas campales. Pero por lo general se respetaban las vidas de mujeres y niños, y los pueblos no eran arrasados. No deberíamos idealizar demasiado ese periodo. Prevalecía la mutilación genital femenina y obviamente la sociedad carecía de los beneficios de la atención médica moderna. Pero no era para nada la anarquía. Todo estaba altamente regulado”.

Los mecanismos internos que regulaban las relaciones entre los clanes comenzaron a derrumbarse con la llegada de los europeos. Los británicos gobernaron en Somalilandia con mano más ligera que los italianos en el sur. Aunque Mogadiscio, bajo el mando italiano, se volvió una ciudad de servicios cosmopolita, los italianos politizaron la jerarquía somalí de los clanes al recompensar a los ancianos que fueran leales, castigando a quienes lo fueran menos y controlando el comercio. Se dañaron gravemente los mecanismos locales para la resolución de conflictos.

En 1960 los poderes coloniales se marcharon y un nacionalismo utópico se apoderó del pueblo somalí. Con la ilusión de un país unificado, Somalilandia y Somalia se confederaron. Pero el nacionalismo no tardó en quedar frustrado por las divisiones entre clanes, agravadas durante el gobierno colonial. Las enredadas hostilidades dejaron un vacío de poder, al que llegó el dictador general Mohamed Siad Barre, en 1969. Barre, miembro del clan Darod, gobernó con brutalidad inteligente y muchos somalíes hoy día hablan con nostalgia de la estabilidad de su reinado. De manera pública prohibió los clanes, promoviendo el socialismo sobre el tribalismo y despojando a los ancianos de autoridad judicial. Pero tras bambalinas practicó una política de divide y vencerás que empeoró las tensiones entre clanes. Mientras tanto, Barre cortejó alternadamente a la Unión Soviética y a Estados Unidos, con enormes reservas de armas como la principal cosecha para Somalia. Una guerra imprudente con Etiopía debilitó su posición. En 1991, milicias del clan Hawiye persiguieron a Barre fuera de Mogadiscio. El pueblo somalí, cansado de invasores y tiranos, esperaba la siguiente versión de gobierno.

Dieciocho años después aún lo hace.

Mohammed era un niño cuando la guerra civil entre milicias rivales se tragó al distrito de Hamarweyne, en 1991. “Cuatro meses de luchas, justo aquí en nuestro barrio –recuerda que le contaron sus padres–. No podíamos conseguir nada de comida. Todos estaban asustados”. Un día un mortero destruyó la casa de sus vecinos y mató a la gente que estaba adentro. Algunas de las metrallas entraron en la casa de la familia de Mohammed, penetrando el cuello y la caja torácica de su padre, policía bajo el mando de Barre. La familia pidió a los vecinos que los llevaran hacia el norte, hasta Hargeisa, en Somalilandia, donde estuvieron tres meses. Cuando regresaron a Mogadiscio hallaron Hamarweyne hecho polvo y enormes hoyos en el techo de su casa.

“Tuvimos que empezar de cero”, recuerda Mohammed. Las heridas del mortero habían dejado a su padre desorientado e incapaz de mantener un empleo. Mohammed se lanzó a las calles a bolear los zapatos de extraños, pero su madre insistió en que dejara de trabajar y empezara a asistir a la escuela. Se las arreglaron gracias al dinero de una tía que vivía en Arabia Saudí. Durante la temporada de lluvias, el agua cayó por el techo e inundó su casa.

Hace unos cuantos años, un mortero mató al mejor amigo de Mohammed cuando caminaba por la calle. Mohammed no podía sentarse en el salón de clases sin pensar en él. Se salió y se convirtió en el pescador que es hoy, a veces llevando su pesca del día al gigantesco mercado de Bakaara, aunque ahí el barrio está en manos de la milicia de al Shabaab. Recuerda que un día llegó al mercado y encontró a 10 personas inmóviles tiradas en la calle. Recuerda que esa noche intentó dormir, pero en cambio veía las caras de los muertos.

Cuando le pregunto por sus recuerdos de cuando la vida era buena, Mohammed mira hacia el mar. Su sonrisa no es juvenil. “No tengo ninguno”, dice.

Dos semanas antes de mi llegada, el padre de Mohammed se despertó en la mañana con su habitual dolor de cabeza; una secuela de su herida. Se había ofrecido como voluntario para unirse a un grupo, en su mayoría mujeres, y limpiar la basura de la avenida Maka al Mukarama –la vía principal desde el aeropuerto de Mogadiscio– a cambio de comida. Llegó una hora tarde, justo a tiempo para escuchar la explosión. Sus compañeros voluntarios estaban tirados en el camino –cortados en pedazos por una bomba al borde del camino, con los rostros irreconocibles por las quemaduras–. Un niño estaba de pie sobre los cuerpos con los ojos llorosos. Cuarenta y cuatro mujeres habían sido llevadas al hospital. La mitad de ellas estaba muerta.

La violencia tiene un dominio psíquico sobre la ciudad; sin embargo, es extrañamente esquiva para los visitantes. El daño está cerca pero no tanto, hasta que, en una ráfaga aterradora, te reclama. Y entonces es posible levantarse a las seis de la mañana por la conmoción de una explosión –como yo en mi cuarta mañana en Mogadiscio–, bajar las escaleras y salir al patio sombreado de nuestro hotel fortificado para descubrir al encargado, meciéndose serenamente en su hamaca mientras sorbe su café yemení, por cuyos granos se queda escondido en su cuarto. Cuando me siento, me pregunta si disfruté el pescado que nos sirvieron la noche anterior. Hablamos de sus hijos que emigraron a Carolina del Norte y Georgia; sobre el poder y la inteligencia de Siad Barre (“No hay otro, ¡y no habrá otro!”); acerca de Barack Obama, de la excelente pasta que recuerda haber comido en la ciudad italiana de Bérgamo, de su otro negocio en Dubai y, sí, un poco de las explosiones de la mañana: morteros lanzados por los insurgentes a las tropas del TFG (y que en cambio mataron a muchos civiles inocentes), seguidos de un intercambio prolongado de disparos en el centro de la ciudad. La violencia surge en la conversación sólo de refilón, como una casualidad aparte y perfectamente surrealista.

Pero es demasiado real. Más tarde esa mañana fuimos al hospital Medina, como hemos hecho a diario desde nuestra llegada, en un ritual macabro. Hace dos días visitamos a las mujeres que se recuperaban de la bomba al lado del camino de Maka al Mukarama –quemadas gravemente, varias sin miembros y muchas visiblemente embarazadas–. La nueva explosión cerca de nuestro hotel añadió otras 18 víctimas y puso al hospital en punto crítico. Los pisos y las paredes están veteados de sangre. Hay pacientes desfigurados sobre camillas en los pasillos y la entrada. Cerca hay grupos de familiares, seguramente todos preocupados pero nadie derrama una lágrima.

Mientras las balas vuelan y los cuerpos caen, los oficiales del gobierno nos aseguran, sin la mínima vergüenza, que todo está bajo control. “Sí, la marea está cambiando. La gente odia a al Shabaab por lo que ha hecho”, dice Abdifitah Ibrahim Shaaweey, vicegobernador de asuntos de seguridad de la región alrededor de Mogadiscio, un tipo con cara de bebé que recorre la ciudad con un convoy masivo y cuyo predecesor, su padre, fue muerto en el conflicto hace dos años. “Por supuesto, hay muchos lugares donde el gobierno tiene oposición”, dice con mucho tacto el comandante del ejército nacional de Somalia, Yusuf Dhumal. Luego añade: “Pero en muchas partes del país se apoya al gobierno”, citando varias, entre ellas la región semiautónoma de Puntlandia, donde florecen los piratas. Pero el control se está saliendo de las manos. Esa tarde conducimos por uno de los distritos “controlados” para encontrarnos con que su camino principal acaba de ser bloqueado, luego de que ahí mataron a balazos a un policía.

El continuo malestar de Somalia puede ser desconcertante para los extranjeros. “Vamos a estos países desgarrados por la guerra intentando no ser pesimistas –dice Ken Menkhaus, especialista en el Cuerno de África del Davidson College en Carolina del Norte–. Pero en Somalia tenemos que reconocer que los cínicos, aquellos que descartan las iniciativas de paz porque las creen condenadas al fracaso, han tenido la razón por casi 20 años”.

El escepticismo sobre las perspectivas de Somalia se atenuó brevemente a principios de 2009, cuando la retirada etíope ofreció la esperanza de que la insurgencia se desvaneciera. Un acuerdo de poder compartido produjo una nueva versión del TFG, actualmente un gobierno de base amplia dirigido por islamistas moderados que tiene fuerte apoyo internacional. Pero el nuevo gobierno ha tenido dificultades para mantener el control, pues tanto al Shabaab como otra insurgencia islamista de línea dura, Hizbul Islam, han tomado el control de gran parte del centro y sur de Somalia. Para junio, las fuerzas fieles al frágil gobierno sólo controlaban 7 de los 18 distritos de Mogadiscio. Las últimas batallas han matado a más de 200 personas y desplazado a decenas de miles más.

¿Por qué es tan inextricable la violencia? Un paradigma esclarecedor puede encontrarse rápidamente en el norte, en Somalilandia. Visualmente, nada distingue al habitante de Somalilandia del somalí. Pero a simple vista el ojo detecta muchas diferencias. Ruinas todopoderosas de calles martilladas, tráfico ingobernable, basura y campos de refugiados, caracterizan a la capital de Somalilandia, la ciudad de Hargeisa, pero hay dos cosas que no encontrarás en Mogadiscio. La primera es un auge en la construcción: hoteles, restaurantes, centros de negocios. La segunda son las casetas de cambio de divisas por todos lados en la calle, donde las mujeres se sientan junto a montones de chelines somalilandeses, sin ninguna clase de seguridad.

Lo que uno casi nunca ve en Hargeisa es violencia. La última vez que se usaron las armas de Somalilandia fue en 1996, unos cuantos años después de la legendaria conferencia de paz en el pueblo de Borama. Barre había sido depuesto y los caudillos opositores se engancharon en una guerra civil al sur, amenazando la estabilidad del norte. En Borama, un grupo de líderes se reunió para resolver los conflictos entre clanes en lo que un participante llama “conferencia de récord Guinness: meses de pláticas para finalmente llegar a un acuerdo para montar un gobierno. Y mientras teníamos esta conferencia, afuera, en el campo, todos vinieron y pusieron sus armas debajo de un árbol”. Debido a que la democracia en ciernes había relegado mucha de la autoridad a ancianos y jeques, la paz ha perdurado en gran parte (en octubre pasado ocurrió una alarmante excepción, cuando una serie de bombas suicidas –aparentemente colocadas por al Shabaab– estallaron en Hargeisa, dejando docenas de muertos). Somalilandia se ha beneficiado de una mayor homogeneidad de clanes y un puerto en Berbera, que no sufre por la piratería que aflige a la costa somalí.

Sin embrago, la verdadera prosperidad no ha llegado; Somalilandia difícilmente está en camino de convertirse en la próxima Dubai. La vía comercial que conecta a la vecina Etiopía con Hargeisa y el puerto de Berbera casi no tiene tránsito, y a lo largo del camino abundan más las cabras y los camellos que los autos. Burco, ciudad de Somalilandia, es un bullicioso conjunto de puestos de mercado sobre el piso, de profundo carácter con influencia del islam. La carretera que une a Hargeisa y Burco con la capital administrativa de la vasta región de Sanaag, Ceerigaabo, simplemente desaparece tímidamente a unos cientos de kilómetros de su destino, por lo que se requieren ocho horas de caminata a través del desierto sin senderos, con la única orientación de la ocasional casucha en un oasis o el pastor de camellos como referencia. Y el antes impresionante techo de acacias más allá de las cimas del norte de la región de Sanaag ha sido seriamente saqueado (como los bosques en toda Somalia). La madera se quema para convertirla en carbón, se mete en costales y luego se transporta en barcaza a los países del Golfo Pérsico. “Sólo es gente pobre haciendo dinero para alimentar a sus familias –reconoce el alcalde de Ceerigaabo–. Pero es un error. Desearía que las organizaciones internacionales pudieran ayudar trayendo otros medios de sustento”.

Este sentimiento se expresa universalmente por toda Somalilandia, que ningún gobierno ha reconocido como nación soberana. En Somalia parecería que el mundo ha abandonado al país; pero desde la perspectiva de Somalilandia, su vecino del sur se ha robado la atención de todos. “Esta es la pregunta que hago cuando voy a Europa y Estados Unidos –dice el presidente de Somalilandia, Daahir Rayaale Kaahin–: ¿Por qué Somalilandia, con todo su éxito, no recibe el apoyo de la comunidad internacional, mientras que Somalia recibe toda la ayuda y aun así nunca logra nada? Nadie me responde”. La petición del presidente Rayaale ha comenzado a recibir la compasión de algunas naciones extranjeras, pero el deseo general parece ser que Somalilandia permanezca unida a Somalia y, por tanto, ayude a rescatarla.

El presidente Rayaale cree que este es un enfoque equivocado. “Dejen a un lado este sueño de una gran Somalia –dice–. Déjennos ser sólo un buen vecino, un Estado funcional cerca de ellos. Déjenlos sentarse como nos sentamos nosotros, debajo de los árboles”. Pero si les pedimos a los somalíes que se sienten bajo los árboles, ¿dejarán ahí sus armas?

El terrorista vende refrescos y hielo en su puesto de mercado en el sur de Mogadiscio. Tiene 22 años, es alto y delgado, con ojos hermosos y una sonrisa dulce. Nos reunimos al día siguiente, después de que había pasado la tarde con sus tenientes, orando juntos y fabricando explosivos.

El joven es un emir de al Shabaab, originalmente la milicia juvenil de la Unión de Cortes Islámicas (UCI), alianza de tribunales de la sharía que se unieron para tomar el control del sur de Somalia durante el verano y otoño de 2006. La progresiva radicalización de la UCI y su deseo expreso de un califato somalí es lo que incitó a Etiopía (con el apoyo de Estados Unidos) a invadir Somalia, vencer a la UCI y poner al TFG en el poder más tarde, ese mismo año. El breve reinado de la UCI fue en gran parte pacífico, pero su descendiente –la milicia al Shabaab– ha mostrado un apetito mucho mayor de violencia y se cree que tiene vínculos con al Qaeda.

En un tiempo, este joven emir tuvo 120 muyahidines bajo su mando. “Ahora tengo alrededor de 60 o 70 –me dijo cuando hablamos el año pasado–. Los otros dejaron el país. O están en el paraíso”. Con voz tranquila, casi efímera, me aclaró que uno de los propósitos de al Shabaab es “recuperar el país y establecer un Estado islámico. Hasta que nuestra última hija ya no viva, continuaremos luchando. No queremos democracia. Si nos dejan con nuestra dignidad, podemos gobernar Somalia”.

Habló de su riguroso entrenamiento y de cómo un alto líder de al Shabaab, Aden Hashi Ayro –muerto después en un ataque aéreo estadounidense por sus vínculos con al Qaeda–, le enseñó personalmente cómo construir minas terrestres. Cuando le pregunté de dónde estaba obteniendo al Shabaab su reserva de municiones, me dijo que gran parte se había comprado del otro lado de la frontera, en Kenia. Pero añadió que “en el pasado hemos recibido apoyo de Eritrea, con sus grandes armas y municiones, y ahora están listos para respaldarnos más. Pero no hay manera de obtener las armas por tierra”. La solución, explica, es tomar Kismaayo, poblado costero del sur, en una zona de fuerte conflicto entre el gobierno y los extremistas. “Si lo tomamos –dijo–, tendremos nuestro propio puerto. Y podemos recibir lo que necesitemos desde ahí”.

Menos de una hora después de que se marchó, nuestro contacto recibió una llamada. Kismaayo acababa de caer en manos de al Shabaab. Los extremistas pronto tendrían su abastecimiento de armas.

Te pagaremos 150 dólares. Miembros de al Shabaab se acercaron a Mohammed y le ofrecieron al joven pescador un pago por adelantado en dólares si se unía a su organización. Cada mes, le decían, se te pagará la misma cantidad por tus servicios. Mohammed no dijo que sí, pero tampoco que no.

Mohammed comentó el asunto con su familia. Por años han estado subsistiendo de pescado y maíz. Un salario como ese podría hacer una gran diferencia. En un lugar que se fue al infierno, al Shabaab es el mejor empleador en la ciudad y ofrece dirección en medio de la incertidumbre cotidiana. Por semanas la familia debatió los pros y contras. El propio Mohammed estaba angustiado. La mayoría de sus amigos que se habían unido a al Shabaab habían sido deportados, arrestados o asesinados. Y en última instancia es este hecho, más que cualquier epifanía moral, el que se impone. Como me dice el padre de Mohammed: “Cuando te unes, no te puedes ir. Sus colegas que se han incorporado nunca regresaron con sus familias. Así que es mejor que trabajemos en el mar y pesquemos”.

Hay matanzas por todos lados a nuestro alrededor. Pero el peligro no viene hacia nosotros hasta nuestro octavo día en Somalia. La mañana del sábado vamos en dos SUV llenas de guardias armados en dirección al sur, hacia la costa italianizada de Marka. El tramo de 100 kilómetros de camino entre las dos ciudades está controlado casi en su totalidad por al Shabaab (en los meses siguientes, al Shabaab ganará control sobre Marka y la mayoría de las ciudades del centro sur de Somalia). Debido a esto, el viaje de un día es fruto de lentas negociaciones entre nuestro contacto y los insurgentes. Se entiende que una vez que dejemos los límites de la ciudad de Mogadiscio, nuestros guardias autorizados por el TFG dejarán nuestro vehículo y serán reemplazados por guardias de la milicia. Semejante precaución cuesta dinero, que afortunadamente tenemos. Dos periodistas en un auto unos cuantos kilómetros detrás de nosotros no tienen tanta suerte.

Son periodistas independientes jóvenes –uno de Australia, otro de Canadá– y acaban de llegar, con mucha determinación pero poca experiencia o dinero. Convencieron a un contacto para que los llevara a un campo de desplazados internos a unos 16 kilómetros fuera de Mogadiscio, por la misma carretera en la que viajamos. Pagaron guardias del TFG, pero no seguridad de la milicia para acompañarlos en los últimos kilómetros hasta el campo de refugiados. Su apuesta resulta fatídica.

La carretera está llena de refugiados vagabundos y convoyes que cargan hacia el sur montañas de carbón de los bosques. A 30 minutos de nuestro viaje, nuestro contacto nos dice: “He estado llamando a los otros. No contestan”. Llama a la seguridad del TFG de los periodistas. Sí, su auto llegó hasta el puesto de control en los límites de la ciudad. Llama al campo de desplazados. No han llegado. Para cuando llegamos a Marka, un miembro de al Shabaab llama para dar la noticia. Los dos periodistas independientes fueron secuestrados. El rescate probablemente será de un millón de dólares por cada uno. La presencia de los otros dos gaalo en el mismo trecho del camino se hizo evidente. Cualquier cosa puede esperarnos.

Pasamos la noche en una casa de huéspedes en Marka. No es seguro conducir de regreso a Mogadiscio por donde vinimos, el único camino a la ciudad. Al final, un hombre poderoso en Marka ofrece prestarnos 12 militares fuertemente armados, hombres jóvenes afiliados a al Shabaab. Nos escoltarán hasta los límites de la ciudad, donde nuestra unidad del TFG nos llevará de regreso al hotel y luego al aeropuerto. El costo es de 500 dólares en efectivo. La ruta será la playa a lo largo del Océano Índico.

A la mañana siguiente, justo antes de las 11, dejamos la casa de huéspedes y rodamos por el pueblo con nuestras dos SUV más un camión de plataforma con una docena de jóvenes con M16, Kalashnikovs, cinturones de municiones y una inmensa ametralladora atornillada a la base del camión: los lugareños nos miran con complicidad porque ya se corrió la voz de los secuestros. Conducimos entre los mercados, pasamos una pequeña montaña de caparazones de tortugas y luego no hay nada frente a nosotros excepto la playa. Las olas se estrellan contra las llantas. Los hombres de la milicia hablan emocionados entre sí, y cada vez que el camión se atasca en la arena –lo que sucede cada tantos kilómetros–, saltan fuera del camión para empujarlo. No puedo evitar pensar que casi nada les impide a estos hombres quedarse con nuestros 500 dólares y llevarnos también como rehenes.

Sin previo aviso, la playa se acaba a un cuarto del trayecto. Aparece un camino de tierra que nos conduce al pueblo de Gendershe, antes favorecido como un sitio vacacional. Ahora estamos en manos de los militantes islámicos. El camino se angosta cuando entramos en la bonita ciudad de piedra y aparecen muchos hombres. Le dan instrucciones a nuestra escolta de apagar la música en nuestro auto. Sus ojos se abren cuando ven dos gaalo. Algunos de los hombres en el camión conocen a los ancianos islámicos y, unos minutos después, nos llevan hacia el otro extremo de Gendershe, donde la barrera de un puesto de control está levantada y nos permiten pasar.

De regreso en el hotel, los empleados nos abrazan. El pescador Mohammed y su padre vienen a verme una última vez . Le doy 20 dólares. Él le da 15 a su padre y se queda con los otros cinco. “Qat y cigarros –dice con una sonrisa–. Esa es mi noche”.

El aeropuerto de Mogadiscio está lleno de pasajeros –muchos de ellos con maletas pesadas, lo que indica que también es su despedida–. Todos ven a los gaalo y me pregunto si nos aguarda una última sorpresa.

Así es. Uno por uno, se acercan a nosotros y nos dan la mano. Y, por medio de nuestro contacto, nos dicen cuánto sienten lo de los otros periodistas; lo agradecidos que están de que hayamos venido; lo triste que es que las cosas sean así; cuántas esperanzas tienen de que podamos decírselo al mundo exterior.

Al mismo tiempo que esta historia se va a la imprenta, a pesar de los esfuerzos diplomáticos, los dos periodistas todavía están secuestrados. Y el pueblo de Somalia todavía espera que llegue la paz.

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Robert Draper es colaborador de National Geographic. Pascal Maitre, quien reside en París, ha fotografiado África durante los últimos 30 años.

2 comentarios

  1. Escrito por DANIEL:

    Es duro reconocer la realidad de quienes habitan otras regiones del mundo.
    Muy llamativo el contenido del artìculo

  2. Escrito por HUTRIO:

    El problema no es que no quieran la paz es buen negocio venderles armas a estos paìses y que se endeuden. Todos sabemos qiuèn les vende armas y no hay pronta soluciòn.

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