En el triángulo de la vaquita marina

Escrito por: Luis Ernesto Nava el 01 de Octubre de 2009 | 6:18 am
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Salvarla no es sólo una decisión ambientalista. Entran en juego factores de diversa índole, tan sutiles que van desde negociaciones al margen de la ley hasta tradiciones ancestrales.

Por Luis Ernesto Nava

Llegué al aeropuerto de Mexicali en la mañana tras de una serie de acuerdos para participar en el operativo del polígono de vaquita marina. Cuatro horas después me encontraba en una panga con provisiones para 10 días, junto con cinco infantes de marina y un número ligeramente superior de inspectores de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) rumbo a los barcos de guardia en un operativo de protección a la corvina golfina. En principio parecía un error logístico pero todo en este ecosistema está relacionado. La Seiscientos, como la habían bautizado por tener tres motores de 200 caballos, duplicaba con facilidad las dimensiones, potencia y robustez de las otras embarcaciones que había visto en los alrededores. Cuando pregunté quién había provisto el equipo, los inspectores se miraron con cierta complicidad y dijeron: “cortesía del narco”. La embarcación había sido decomisada en Quintana Roo y puesta al servicio de la Profepa en Baja California, al otro lado del país, tras una serie de trámites aletargados. El hecho de que la lancha hubiese realizado semejante travesía y la ubicación de la reserva me hizo preguntar irreflexivamente una obviedad: ¿Aquí no hay narco? Los inspectores guardaron silencio, hasta cierto punto incómodos por la estulticia de mi pregunta, evaluando el alcance de sus posibles respuestas. Rosario Agramón, jefe de operaciones y mejor conocido como “Cheché” decidió hacerse cargo de la situación y contestó: “Sólo los oímos cruzar en las noches de temporal, por eso esta lancha desliza tan bien”. La respuesta implicaba muchísimo más de lo que decía.

Hacia las cinco y media estábamos a bordo del Gladiador, el que sería mi hogar durante los próximos días, un antiguo atunero habilitado como base de operaciones destinado a resguardar el paso de la corvina para desove. No bien había sido distinguido con la última litera disponible, sonó la alarma: una embarcación se había detenido en la zona núcleo, el área más protegida de la reserva. Salimos en dos interceptoras sólo para constatar que no se habían tirado redes, requisito indispensable para poder actuar legalmente.

Ubicada en el extremo noroeste de México, la Reserva de la Biosfera del Alto Golfo de California y Delta del Río Colorado se encuentra en la parte más septentrional del Golfo de California. Con temperaturas que rebasan 50 ºC, es una de las regiones más áridas de la Tierra: las lluvias apenas superan los 42 milímetros anuales. Si bien se trata de un desierto en plena forma, desde 1955 se han establecido aquí más de una docena de áreas naturales protegidas.

Sus especies emblemáticas son la vaquita marina (Phocoena sinus), marsopa de talla pequeña cuyo número de ejemplares se encuentra alrededor de los 150 y es el cetáceo más amenazado del mundo; la totoaba, un pez de la familia Sciaenidae cuya veda permanente entró en vigor en 1974, y la corvina golfina, una especie que se reproduce en el núcleo de la reserva y cuya reducción en número y de talla (hubo años en que no llegó a desovar) obligaron a la creación de una norma que establece un control muy estricto sobre su pesca.

A las cinco de la mañana del segundo día recibí un pequeño tirón en mi saco de dormir –“ya es hora”–. El concierto lo dirigía Cheché y en una hora y cuarto todos estábamos en cubierta para abordar la Boston Whaler, comienzo de lo que debería ser un día normal de patrullaje. Me presentaron a la tripulación: Cheché como capitán, “Quique” como segundo, dos infantes de marina, y “Lupe”, como piloto, un hombre entrado en los 40, cuya inteligencia y conocimiento del mar eran sorprendentes: podía descifrar cualquier motor con la facilidad con la que uno entiende el código de luz de un semáforo y arreglarlo in situ; entendía de vinos y “se ayudaba” (es decir, ganaba dinero extra) reparando y conduciendo maquinaria pesada. Era, sin más, la pesadilla de cualquier universitario. Yo iba como “estorbo”.

Hacia las 11:00 no había pescadores furtivos a la vista, pero me empezaba a quedar claro por qué Jacques Cousteau había bautizado este mar como “el acuario del mundo”: la profusión de mamíferos y aves marinos era sorprendente.

Hacia las 14:00 desistimos. Ese no sería el día de acción. Regresamos al Gladiador.

Aun cuando existe una serie de leyes que protegen la región, estas fueron poco más que letra muerta hasta 1993, cuando entró en vigor el decreto que ampara la zona como reserva de la biosfera. Pero si hubiera un concurso de los posibles problemas que enfrenta una reserva natural, la del Alto Golfo de California ocuparía quizá un nada honroso segundo lugar a nivel mundial, quizá sólo después del Parque Nacional de Virunga, en África, y eso porque no tiene fronteras internacionales en su interior y en México no hay guerra civil. Aun así, es una especie de bomba de tiempo armada por la presión de las etnias que reclaman sus derechos sobre los recursos, los desarrolladores turísticos, la degradación del hábitat y otras que suceden lejos de la reserva pero que la afectan del mismo modo. La construcción de las presas Hoover y Glen Canyon en la parte estadounidense del río Colorado, por ejemplo, redujo el flujo de agua a la reserva, lo que se tradujo no sólo en un cambio en la salinidad del delta, sino en la desecación de unas 800 000 hectáreas de humedales y una laguna, lo que acabó con siete especies endémicas de peces.

Luis Fueyo es un hombre de trato amable, de unos 40 años y acento marcadamente sureño, quien ahora funge como asesor de la secretaría ejecutiva de la Comisión Nacional para el Conocimiento y el Uso de la Biodiversidad (Conabio). Es una conocida autoridad mexicana en vaquita marina y otras especies marinas del Alto Golfo de California. Según él, la corvina golfina (Cynoscion othonopterus) fue la tercera víctima consecutiva –totoaba y camarón fueron las anteriores– de lo que los entendidos llaman una explotación monoespecífica, es decir, concentrada en un sólo componente del ecosistema. Así que a mediados de los sesenta y en coincidencia con el impacto de la construcción de la Glen Canyon Dam y la sobreexplotación pesquera, la corvina finalmente cedió y desapareció de la zona hasta 1992, cuando se comenzó a pescar artesanalmente en el río. Ahora la especie se ha vuelto a instaurar como pesquería. De 1994 a 2000 su captura creció de 50 toneladas a 2 000, momento en el que empieza a decrecer en talla y la captura, a caer en volumen.

Le pregunté a Fueyo a rajatabla: ¿la vaquita marina tiene entonces alguna importancia en este ecosistema? “Es un indicador –me contestó armándose de paciencia–. Importa porque deja ver su estado de salud. Es una especie clave o emblemática porque cualquier perturbación del ecosistema se nota en sus poblaciones. Son muy sensibles a la contaminación, es posible que antes de ver el impacto de un contaminante en el agua o en las poblaciones de peces que se aprovechan comercialmente, se refleje en la mortandad de un mamífero marino varado en la playa”.

La vaquita marina fue identificada apenas en 1958 por Norris y McFarland, y no fue sino hasta los años ochenta cuando se describió su morfología completa. Es la única especie endémica de cetáceo, localizada en una zona específica del Alto Golfo de California, y se reproduce una vez cada dos años con una sola cría. La población de la vaquita reduce sus números sobre todo por la captura incidental, es decir, cuando queda atrapada en redes destinadas para otras especies, como tiburón, chano, corvina y sierra. “Lo que no debemos hacer es poner en la balanza la pérdida sólo de especies comerciales: el reto es mantener un ecosistema integralmente, consiguiendo que se proteja o recupere una especie al mismo tiempo que se mantienen niveles de aprovechamiento para otras”, dijo.

Subimos a la Boston Whaler a las seis de la mañana del tercer día para iniciar el patrullaje; a eso de las siete apareció el primer infractor. Pero después reinó una calma que duró hasta las 10:30, cuando por el radio se empezó a oír la voz cada vez más inquieta de los inspectores que patrullaban el otro lado. “Cheché, se están formando, cambio; necesitamos apoyo, cambio”. Con un gesto, Cheché le indicó al capitán que se dirigiera al lugar. Al llegar, las otras Whalers hacían maniobras disuasorias frente a un conglomerado de 300 pangas. Era como ver a seis french pooddles tratando de guardar su presa de 300 perros callejeros hambrientos.

Empezaron las maniobras de provocación para medir la capacidad de respuesta real y, tras dos o tres incursiones en solitario, las 300 pangas cargaron, atravesaron la débil línea y tiraron las redes. Por el radio se oían maldiciones y la frustración del equipo era evidente. En el frenesí por obtener la mayor ganancia en el menor tiempo posible y con el mínimo riesgo, las redes se lanzaban demasiado juntas o se enmarañaban unas con otras. “Estos ‘vatos’ no entienden –dijo Cheché mientras miraba el enjambre de embarcaciones–. ¿Por qué no esperan a que ‘baje’ la corvina?… Pos órale, a darle”. Esa fue la orden formal.

Los primeros amonestados eran originarios de Sinaloa, es decir, trabajan como jornaleros para “levantar corvina”: no es su bote, no saben o no les importa si el permiso está vigente, muchas veces se les engaña con permisos falsos, no se les advierte sobre los límites de la zona núcleo y ganan un porcentaje de lo pescado; en pocas palabras, se les deja a su suerte.

Para cuando llegamos, la captura no rebasaba los 300 kilos. Un pésimo día para los pescadores. Conforme el interrogatorio procedía, el panorama se ensombrecía: se trataba de un padre y dos hijos jóvenes, el padre visiblemente enfermo y los dos hijos muy molestos ante lo que consideraban el colmo de un infortunio.

El segundo “cliente” niveló la situación. Esta vez la embarcación de Cheché abordó la de un presidente de cooperativa. A cada pregunta de los inspectores el hombre cuestionaba cuáles serían las consecuencias de no responderla y, con paciencia digna de mejores propósitos, estos trataban de orientar en sus derechos a quien ya pensaba en solucionar el asunto extrajudicialmente. Evaluando la situación, el hombre interrumpió: “¿Cuántas actas han levantado entre todos?”. “Unas 30”, respondió Cheché. “Entonces no hay problema, somos suficientes como para rentar un par de camiones, ir a protestar a Mexicali y darle una solución política a esto”.

Sin embargo existen otras versiones. Algunas semanas después de mi partida, Raúl Ramírez Baena, de la Comisión Ciudadana de Derechos Humanos del Noroeste declaró a un diario que “el personal de Profepa se resiste a entender el derecho milenario [a pescar en la zona núcleo de la reserva] de los indígenas”.

Regresamos al Gladiador. Sin actas, habíamos llegado al límite, se pidieron más por radio para que estuvieran listas en San Felipe y así poder continuar. Ellos se regresaron a patrullar, yo permanecí en el barco.

Un poco después de la hora de la comida, y mientras los infantes me contaban sus experiencias en los operativos, se escuchó la voz de mando: “¡Marinos, fornituras, estamos rodeados!”. La orden era tan lejana al contexto de una sobremesa que tardamos un par de segundos en reaccionar. El tercer maestre, que estaba frente a mí, levantó sus fornituras y su fusil no sin cierta incredulidad y malestar; salió y regresó con mejor disposición: “¡Arriba todos!”. Ahora, el único que no podía creer lo que pasaba era yo. Salí a cubierta para encontrarme, efectivamente, rodeado por unas 400 pangas que a mi entender sólo hacían patente su descontento en algo muy parecido a lo que hacen los manifestantes: fingir cargas en contra de la embarcación. Los marinos estaban hartos y tomaron posiciones defensivas tanto como lo permite un buque ex atunero y parecían poco dispuestos a transigir, yo no veía motivo de alarma –ellos en pangas pesqueras, nosotros en un atunero, si decidían embestir, se iban a llevar la peor parte– hasta que el capitán del Gladiador me hizo notar que sobre cubierta había más de 1 000 litros de gasolina y que un solo coctel molotov bien dirigido nos acarrearía, lo menos, algunas incomodidades. Sin más que apuntar se fue a seguir la siesta.

Llegó una lancha interceptora de la armada, y con eso pensamos que se acabarían nuestras tribulaciones, pero la presencia de la marina no parecía –ya no digamos intimidarlos– siquiera importarles. Entre la interceptora y las whalers lograron hacer suficiente presión para alejar al contingente de pescadores enfurecidos.

Al atardecer partimos hacia el puerto, para pasar la noche en tierra y por la madrugada recoger al delegado que supervisaría el operativo del día.

A las cuatro de la tarde del cuarto día se repetía el episodio del día anterior, pero con mucho más encono. La disuasión requirió más fuerza, los pescadores estaban en verdad molestos. De hecho los funcionarios de pesca temían que sus instalaciones sufrieran de nuevo. No habían pasado tres años desde que algunas de ellas habían sido quemadas a raíz de un incidente similar.

Por la noche partimos hacia San Felipe en medio de un temporal y amanecimos en puerto con la esperanza de que este también impidiera salir a los pescadores furtivos.

En el noveno día de mi estancia empezó a boyarse el polígono de la vaquita: se trazó dentro (y fuera) de los límites de la reserva en coordinación con la comunidad y conforme a la región donde se habían registrado más avistamientos y ecolocalizaciones: justo en la zona camaronera, donde la tentación es grande. La necesidad e importancia de boyarlo se resumen en su cambio de condición de “vagamente delimitado” o “virtual” a “estrictamente delimitado”. La diferencia puede argumentarse semántica, pero proveerá tanto a pescadores como a autoridades de un criterio estricto.

Por eso ese día el ambiente era festivo. Se trataba de un proyecto que llevaba mucho tiempo sobre papel y que había sido postergado por las administraciones previas. La importancia real del proyecto tiene que ver con el rápido declive en la población de vaquitas marinas. De acuerdo con Fueyo, las vaquitas marinas rondan los 150 ejemplares más allá de cualquier posible discrepancia. En 1997, la cantidad que determinó el Instituto Nacional de Pesca fue de 567. A partir de esa fecha su número declinaba a razón de 39 por año, según la estimación basada en las cifras de captura incidental y los cadáveres encontrados, nada muy certero, pero el desarrollo de nuevas tecnologías y la identificación de registros acústicos permitieron un conteo más fiel. No obstante, en 2007 otro conteo arrojó la cifra de 150. Todo parecía casar. El año pasado se realizó otro estudio para tratar de afinar la cifra anterior y, aun cuando los datos todavía se están procesando, todo parece indicar que de un año a otro la cifra no decayó. Ese dato fue la buena noticia: tras años en que la mortandad había reducido el número a casi una quinta parte, en el lapso de un año casi se había detenido.
Esto se debió en gran parte a una reducción en el esfuerzo pesquero y una delimitación mucho más estricta de las zonas de pesca, así como el cambio de redes agalleras a redes de arrastre.
Lograr el avistamiento de una criatura del tamaño de un perro que sólo sale a respirar en un área de casi un millón de hactáreas, no es tarea fácil. Dejé la reserva sin haber tenido el gusto, excepción quizá de un par de aletas que los inspectores me señalarón casi como premio de consolación; de cualquier manera había motivos para celebrar. Sin embargo, las palabras de Daniel Yáñez, uno de los inspectores veteranos me devolvían al desasosiego de no saber si todo sería en vano: “Avanzamos al ritmo de tiempos políticos, no al que se desea o al que la reserva lo requiere, pero avanzamos”.

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4 comentarios

  1. Escrito por Armando Olea:

    Luis Ernesto,

    Leo con detenimiento tu travesia por nuestro Alto Golfo de California.

    La ironia del asunto es que todo esta confeccionado para proteger a la vaquita - una especie animal - todo excepto el cuidado de la especie humana - es decir los mas de 5 mil pescadores han sido los mas afectados.

    No existe un solo fondo de comepnsacion para aquellos que se decidan pasar a otra actividad.

    Nadie tiene exito cuando pasa de una actividad a otra y no existe ni en las ONGs que reciben recursos para los programas relacionados con la Vaquitam ni en ninguno de los tres niveles de gobierno recursos que mermen ese periodo dificil de escases,

    El programa de reconversion economica y conservacion de la vaquita esta tan mal manejado que los niveles de violencia intrafamiliar, los robos a casa- habitacion han crecio enormemente en San Felipe.

    No existe un manual de como manejar a una vaquita si se le encuenta accidentalmente en una red.

    No existe una oficina que de informacion sobre la especie y lo que implica conservarla y lo que es peor, - nadie recibe asesoria de como pasar de una actividad a otra.

    Eso es reprobable y exhortamos a la autoridad y a las ONGs que hagna su parte y de verdad apoyen a la comunidad desplazada de San Felipe a salir adelante con otra actividad y que en los hechos se manifiesten acciones de desarrollo sustentable.

    El Gobierno Federal insiste en pasar a los pescadores de la pesca comercial al turismo - la ironia es no existe un solo programa para promover Mar de Cortes en ninguno delos 3 niveles de gobierno - sobre todo el estatal que abiertamente le niega a San Felipe y su entorno cualquier oportunidad de promover este entorno tan bondadoso.

    So realmente quiere nutrir su fuente - no tiene mas que avisarnos.

    Saludos,

    Armando Olea
    Director
    San Felipe Living S.A. de C.V.

    Tel. (686) 577-0700

  2. Escrito por oneyda:

    es impresionante como el ser humano se empena en destruir y acabar aquello sumamente bello como es todo lo que integra la naturaleza, espero que en Mexico logren salvar de la extincion a la vaquita marina ya que es un cetaceo muy hermoso y que las leyes para proteger su especie no solo queden en un papel…

  3. Escrito por anonimo:

    Es interesante encontrar como una experiencia de 10 dias puede crear una imagen mas o menos completa de lo que sucede no solo en un sitio como la Reserva del Alto Golfo, sino seguramente en muchos sitios protegidos en varias partes del mundo. Lei con mucho interes tu nota y me doy cuenta que tuviste la oportunidad de captar varios aspectos de la problematica imperante en el area. Es importante aclarar que el area no solo abarca la zona de San Felipe, sino al menos otras dos comunidades pesqueras igual de importantes como son El Golfo de Santa Clara y Puerto Peñasco, donde la situacion tambien es parecida. Coincido con el comentario del Sr. Armando Olea, al denotar que el querer salvar o proteger un ecosistema, se tiene que tomar en cuenta a cada uno de los eslabones de esa cadena, las poblaciones que dependen de esos recursos son un eslabon mas. Las herramientas de conversion del esfuerzo pesquero no han sido aplicadas de buena manera, al contrario, los procesos de reparto de recursos estan llenos de trabas y manejos corruptos. Ademas de todo esto, el querer explotar sitios como destinos turisticos es algo con muchas interrogantes, que contemplan cuestiones como capacidad tecnica y fisica para prestar estos servicios y como estos desarrollos hacia el turismo garantizan un potencial de vida digno para las comunidades. Es interesante tener una “ojeada” de diez dias, pero no es suficiente para poder entender lo que pasa en una zona tan rica y conflictiva.

  4. Escrito por Pedro Ramirez:

    Tenemos ya 12 años publicando notas sobre este cetáceo que ya se ha vuelto como el mounstruo del lago ness, solo hay fotos esporádicas del animal y la protección que se ejerce sobre el obedece mas a presiones internacionales que a una real desición de proteger nuestros recursos. En este país solo se ejercen las leyes cuando se presiona a la autoridad, hay decenas de especies que ya se han extinguido, habiendo recursos destinados para lo contrario y nada se hace. Estamos por entrar a la veda del Ostión y ningun vendedor de mariscos deja de venderlo ¿lo cultivan? no! lo sacan frente a las narizotas de una autoridad, que poco le interesa cumplir una ley que se ve muy bonita en papel.

    Sagarpa maneja una subdireccion de areas naturales protegidas y nunca he visto a nadie que cuide nada, ni un perro amarrado cuida nada, los mismos pescadores del alto golfo hubieran sido perfectos para cuidar el recurso, pero la autoridad solo les impuso un límite que con facilidad burlan, es el juego del ratón, y la pesca en el alto golfo continuará hasta que estas personas sepan que hacer con su futuro y no solo los estemos criticando desde nuestro cómodo y mullido sillón.

    Pedro Ramirez
    Novedades Marinas

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