Secuoyas: los superárboles
Crecen hasta convertirse en los árboles más altos del planeta. Pueden producir madera, conservar la pureza del agua y proporcionar refugio a incontables especies que viven en los bosques. Siempre y cuando los dejemos.

Foto de Michael Nichols
Por Joel K. Bourne, Jr.
Al caminar por las colinas de California, en un paraje que había sido talado y donde crecen secuoyas jóvenes, arbustos de escobón y roble venenoso, Mike Fay dio un traspié, resbaló y sintió un dolor punzante en el pie izquierdo. Llevaba ya cientos de kilómetros recorridos en sandalias, así que tales afrentas a sus pies de 52 años no eran ninguna novedad. Pero esta era la madre de todas las astillas. Rebotó con un hueso, se alojó en un tendón y se negaba a salir. Finalmente, su compañera de recorrido, Lindsey Holm, tomó el trozo de madera con unas pinzas y logró sacarlo tras varios tirones fuertes. “Mis gritos se oían por todas las montañas –dijo Fay–. Fue una de las cosas más dolorosas que me han pasado”. Lo cual es mucho decir viniendo de un hombre que en cierta ocasión fue empitonado 16 veces por un elefante. Se vendó la herida, se echó la mochila al hombro y, como lo había hecho anteriormente, continuó su caminata, que ya llevaba tres meses.
Después de dedicarse a rescatar las selvas africanas durante tres décadas, Mike Fay, biólogo de Wildlife Conservation Society y explorador residente de National Geographic Society, ahora tiene secuoyas rojas en la sangre. Su obsesión con estos árboles nació unos años después de que concluyera el Megatransecto, su exploración al estilo Dr. Livingstone de la zona selvática intacta más grande que queda en África. Un día, mientras viajaba a lo largo de la costa norte de California, se percató de las grandes extensiones taladas y los troncos delgados característicos del crecimiento de vegetación secundaria. Otro día, en un parque estatal, un inmenso disco de madera que tenían en exhibición llamó su atención. Provenía del tronco de una vieja secuoya roja. En el centro había una leyenda que decía: “Cristóbal Colón, 1492”.
“La leyenda que más me afectó se encontraba como a unos ocho centímetros de la orilla –dijo Fay–. ‘Fiebre del Oro, 1849’. Y me di cuenta de que en los últimos centímetros de vida de este árbol habíamos aniquilado casi la totalidad de un bosque de 2 000 años de edad”.
Entonces, tomó la decisión de averiguar cómo se había explotado el bosque con los árboles más altos de la Tierra en el pasado y cómo se manejaba en el presente. Al recorrer esta mítica cordillera de California, desde Big Sur hasta la frontera con el estado de Oregon, esperaba descubrir cómo maximizar la producción de madera sin descuidar los beneficios ecológicos y sociales que proporcionan los bosques vivos. Si esto se pudiera lograr en los bosques de secuoyas rojas, pensó, se podría practicar en cualquier otra parte del planeta donde se talaran los bosques por ganancias a corto plazo. Al igual que en el Megatransecto, junto con Holm, naturalista autodidacta originaria de esta zona del norte de California, tomó fotografías y apuntes detallados de su recorrido, el cual duró 11 meses. Elaboraron un registro exhaustivo de la vida silvestre, la vida vegetal y las condiciones de los bosques y ríos. Hablaron también con la gente relacionada con las secuoyas rojas: leñadores, silvicultores, biólogos, ambientalistas, dueños de cafés y ejecutivos de las madereras: con todos los que dependen de los bosques.
El recorrido se dio en un buen año. Tras más de dos décadas de lucha entre ambientalistas y funcionarios estatales y federales sobre las prácticas agresivas de tala, la muy vilipendiada Pacific Lumber Company quebró y fue puesta en venta. Aunque la mayor parte del bosque primario ya está protegido, y a pese a que la situación económica impuso el cierre de muchos aserraderos, persiste el peligroso declive en las poblaciones de varias especies emblemáticas de este ecosistema, como el búho manchado californiano, unas pequeñas aves marinas llamadas mérgulos morenos y el salmón coho. Los incendios forestales arrasaron miles de hectáreas de bosques tras la peor temporada de que se tiene memoria. El turismo bajó. Pero algo distinto echaba raíces en estos bosques. Entre los grupos ambientalistas, los consultores de silvicultura y algunas compañías y poblados madereros se rumoraba que las secuoyas rojas estaban a punto de presenciar un cambio histórico: el momento en que la sociedad dejaba atrás el debate acerca de “talar o no talar” de las décadas anteriores y llegaba a un nuevo tipo de silvicultura que generara beneficios para las personas, la vida silvestre e incluso, quizá, el mismo planeta. Mientras más avanzaba, más se convencía Fay de esto. “California revolucionó el mundo con el chip de silicio –dijo con voz suave–. Podrían hacer lo mismo con el manejo de los bosques”.
Fay y Holm iniciaron su caminata en el extremo sur de la zona que habitan las secuoyas rojas, recorrieron unos 2 900 kilómetros de bosques que habían sido talados al menos una vez y muchos hasta tres veces desde 1850, lo cual dejaba islas de bosques secundarios mayores en un mar de árboles pequeños.
Pero un glorioso día de mayo, cuando ya habían recorrido casi tres cuartas partes de la zona, llegaron al extremo sur del Parque Estatal Humboldt Redwoods, hogar del bloque contiguo más grande de bosque primario de secuoyas que queda en el planeta, alrededor de 4 000 hectáreas. Las planicies de aluviales de sus arroyos y ríos son un hábitat excelente para estos árboles, con la mezcla perfecta de suelos ricos, agua y niebla proveniente del océano, que produce los árboles más altos del planeta. De los 180 árboles conocidos que llegan a medir más de 106 metros de altura, 130 crecen aquí.
A lo largo de una vena de agua color esmeralda, subieron por la ribera y penetraron las traslúcidas sombras del bosque más maravilloso que jamás hubieran visto. Secuoyas rojas del tamaño de cohetes espaciales brotaban del suelo con enormes troncos ennegrecidos por el fuego y espirales de corteza ascendiendo hacia el cielo cual gigantesco bastón de caramelo. Algunas tenían hoyos enormes conocidos como “corrales de gansos”, por el uso que les daban los pioneros, donde cabían hasta 20 personas. Había copas de árboles del tamaño de autobuses que yacían en el suelo, a medio enterrar entre plantas de acedera y helechos, adonde se habían precipitado desde 30 pisos de altura, víctimas de una guerra titánica con el viento, el cual no deja de soplar entre las copas produciendo crujidos y gemidos musicales. No sorprende que se filmaran escenas de una secuela de Parque jurásico y de El regreso del Jedi entre las secuoyas rojas: parecía que en cualquier momento saldría de entre los árboles un tiranosaurio rex o un ewok.
Para los silvicultores, las secuoyas no son menos mágicas. Son plantas de corteza y madera ricas en polifenoles, sustancias desagradables para los insectos y los hongos que causan la podredumbre. Y como su corteza fibrosa no tiene mucha resina, las secuoyas rojas adultas son muy resistentes al fuego.
Quizá lo más asombroso de estos árboles sea su capacidad de producir brotes cuando el cámbium, el tejido vivo justo bajo la corteza, se expone a la luz. Si la parte superior se rompe, si una rama se rasga o un leñador corta el árbol, una nueva rama puede brotar de la herida y crecer frenéticamente. En todo el bosque se pueden encontrar tocones acompañados por árboles de segunda generación, los llamados “anillos de hadas”, alrededor de sus bases. Estos árboles son clones de sus progenitores y su ADN podría tener miles de años. Las piñas de las secuoyas rojas, extrañamente, son muy pequeñas, del tamaño de una aceituna grande, y pueden producir semillas sólo de manera esporádica. Por tanto, los brotes han sido un factor clave en la supervivencia de esta especie durante el tiempo que ha sido talada.
Los árboles tienen otro truco que los silvicultores adoran. Debido a su alta tolerancia a la sombra y su capacidad de rebrotar, algunas secuoyas pueden permanecer latentes durante décadas bajo la sombra de los árboles mayores. Pero en cuanto uno de estos cae o es talado, permitiendo que entre la luz, el árbol en la semilla despierta y empieza a brotar. A este fenómeno se le conoce como liberación.
Podría decirse que la historia y la doble personalidad del moderno Estados Unidos está labrada en las secuoyas rojas, en los llamados para salvarlas que reverberan casi en cuanto otros intentan talarlas. Durante milenios, las tribus tolowa, yurok y chilula, entre otras, vivieron detrás de estos muros casi impenetrables de secuoyas rojas de más de 100 metros de altura. Se alimentaban de salmón, ciervo y bellotas de roble castaño, y fabricaban canoas con los troncos que caían.
Este modo de vida terminó de manera violenta en 1848, cuando Estados Unidos arrebató California a México y se descubrió oro en ella. En la costa este de EUA, los hombres de negocios rápidamente se dieron cuenta que estas maderas rojizas de veta recta y resistentes a la podredumbre constituían una fuente de riqueza más accesible. La madera tenía mucha demanda en California, estado que cuadriplicaría su población en la siguiente década, donde iniciaría la era de la silvicultura corporativa que continúa hasta hoy (de las 650 000 hectáreas que quedan de estos bosques, 34 % pertenece a tres compañías, 21 al estado de California y al gobierno federal y el resto a pequeños propietarios).
El terremoto e incendio de San Francisco en 1906 aceleraron la tala. A fin de cubrir la demanda de madera para la reconstrucción de la ciudad, surgieron nuevos poblados madereros a lo largo de toda la zona; algunas compañías como Pacific Lumber y Union Lumber ejercieron sus nuevas capacidades industriales. En lugar de emplear bueyes para transportar los troncos, utilizaron cabrestantes de vapor portátiles y locomotoras. Las antiguas fotos de la “edad dorada” de la maderería muestran leñadores sonrientes, de bigotes y tirantes, trepados en troncos del tamaño de un Boeing 747.
La tala de estos grandes árboles también dio origen al movimiento conservacionista moderno. A principios del siglo XX, ciudadanos conscientes fundaron el Sempervirens Club, cuyas gestiones llevaron a la creación del Parque Estatal Big Basin Redwoods, en 1902. En la década de los veinte, Save the Redwoods League empezó a adquirir terrenos que se convertirían más tarde en la médula espinal de los parques de secuoyas de California, que continúan creciendo. La última tala masiva, y la más intensa, se dio al finalizar la Segunda Guerra Mundial, cuando hubo un boom en la industria de los bienes raíces y una superabundancia de saldos de equipo militar barato, desatando un ejército de excavadoras, camiones y los correspondientes leñadores con motosierras en las empinadas pendientes de suelos inestables donde crecen las secuoyas rojas. Para principios de los cincuenta, los aserraderos cortaban más de 1 000 millones de pies-tabla de madera al año (2 millones de metros cúbicos), ritmo que mantuvieron hasta mediados de los setenta (un pie-tabla de madera equivale a una pieza de 30 centímetros de lado y 2.54 de grosor). La tala indiscriminada y el uso de equipo marca Caterpillar, el caballo de batalla de la industria maderera, liberaron un alud de suelos que cubrió los arroyos de la zona. La población de salmón disminuyó, así como muchas otras especies que llevaban milenios viviendo en los bosques de secuoyas. Actualmente queda menos de 5 % de las 800 000 hectáreas de estos bosques vírgenes en parques y reservas en la zona.
“La batalla para salvar las secuoyas ya se dio y, miren, nos quedamos con las sobras –dice Steve Sillett, científico que estudia los bosques en la Universidad Estatal de Humboldt–. El reto es entender cómo mejorar el manejo del otro 95 % de bosque que apenas empieza a crecer”.
Los salmones y búhos manchados no son los únicos que han sufrido con la tala. La extracción se ha desplomado desde principios de los noventa, cuando, de hecho, ya era la mitad de la de los setenta. Aunque Fay y Holm pasaron casi cada noche bajo las estrellas, una vez a la quincena llegaban a pequeños pueblos madereros para recargar las baterías de sus computadoras y cámaras y bajar sus datos a los discos duros portátiles. Lugares como Korbel y Orick, alguna vez con varios aserraderos, ahora apenas tienen uno que medio funciona. Rio Dell, poblado de 3 200 habitantes, ha tenido más suerte que la mayoría. Está al otro lado del río Eel, en Scotia, donde se estableció la que fue la empresa maderera más venerable y sólida de estos bosques: Pacific Lumber Company.
El año pasado, durante la celebración de Wildwood Days en Rio Dell, la fiesta callejera anual llena de concursos de leñadores, torneos de bochas y carreras con baldes entre los voluntarios locales y los bomberos, las nubes que se cernían eran más grises que de costumbre. Apenas unos días antes, tras una extensa batalla en la corte federal, PL (como se conoce a la compañía entre los lugareños), que había empleado a generaciones de trabajadores del pueblo, había sido vendida. El futuro ahora estaba en manos de Mendocino Redwood Company (MRC), propiedad de la familia Fisher de San Francisco, que construyó su fortuna con las tiendas Banana Republic y Gap. Lo único que sabía la mayor parte de la población de Rio Dell era el nuevo nombre de la empresa creada por MRC: Humboldt Redwood Company (HRC). Nadie sabía si tendría empleo cuando las cosas se asentaran.
En los concursos, que tienen un evento donde dos hombres compiten para ver quién corta más rápido un tronco con sierra eléctrica, Len Nielson, de Fortuna, derrotó a Chris Hall, de Rio Dell, hombre alto de cabeza rapada, tatuado y de rojiza y cuidada barba de candado. En total, si se cuenta al abuelo, padre, tíos y primos, la familia de Hall invirtió 142 años de trabajo en PL. Llevaba talando árboles, manejando excavadoras y arrastrando troncos desde que tenía 15 años. Ahora trabaja en la planta de electricidad.
“En definitiva, nos da gusto que se vaya Hurwitz”, dice Hall mientras coloca su sierra en otra parte y su hija de cinco años baila a sus pies.
Es difícil tener una conversación sobre prácticas de tala en estos bosques sin que surja el nombre de Charles Hurwitz, presidente de Maxxam, Inc., empresa con sede en Houston. En 1985, Hurwitz organizó la adquisición hostil de Pacific Lumber, que había sido dirigida conservadoramente por la familia Murphy desde 1905. Al dejar algunas secuoyas en pie, generaciones de esta familia, hombres que adquirieron sus conocimientos del negocio con la práctica, habían pensado en conservar la madera y los empleos hasta bien entrado el siglo XXI. “Cuando los Murphy eran dueños de la compañía les importaban los empleados”, dice Hall.
Además de Pacific Lumber, Hurwitz heredó aproximadamente 70 % de las secuoyas antiguas en propiedad de particulares. En la primera junta con sus empleados, este hombre de negocios de cuello blanco les dijo, con una frase que se ha convertido en cita, que él creía en la regla de oro, es decir: “Quien tiene el oro, manda”. Después, Hurwitz empezó a fragmentar la compañía y a vender sus bienes, vendió el edificio de oficinas del centro de San Francisco y una rentable compañía soldadora subsidiaria.
Pero la decisión que más afectó a las secuoyas fue que Hurwitz adoptó un modelo de tala indiscriminada, el cual duplicaba, y en algunos años llegaba a triplicar, la cantidad anual de madera obtenida de las 85 000 hectáreas de la compañía. Sus intentos por talar el mayor bloque de bosque primario en terreno privado ocasionaron que un ejército de jóvenes manifestantes se lanzara a las calles y trepara a los árboles (Lindsey Holm, entre ellos). Esto provocó un mayor escrutinio de los reguladores estatales y de las agencias federales de vida silvestre. Para los defensores del bosque, como se llaman a sí mismos los manifestantes, eran épocas peligrosas. Los tree sitters, activistas que solían sentarse cerca de las copas de las secuoyas, fueron desalojados por la fuerza de sus plataformas a más de 100 metros de altura. La difunta Judi Bari, una de las organizadoras de una serie de protestas en 1990 conocida como “El verano de la secuoyas”, resultó con la pelvis destrozada víctima de una bomba de tubería colocada en su auto. Nunca se encontró al responsable.
En 1998, otro activista, David “Gypsy” Chain, se dirigió junto con otros a un terreno de PL donde creían que se estaba construyendo una carretera antes de la temporada de anidamiento del mérgulo canelo, cuando la tala era ilegal. Un leñador, grabado en video, los insultó y dijo que le hubiera gustado traer su pistola. Después, derribó un árbol en su dirección. El árbol le pegó a Chain en la cabeza y lo mató instantáneamente. Nunca se presentaron cargos al leñador. En 1999, los gobiernos federal y estatal compraron el Headwaters Forest y lo declararon protegido.
Los días de confrontaciones violentas parecen haber pasado. A una semana de la adquisición de Pacific Lumber por MRC, Mike Jani, el presidente de la compañía y administrador forestal en jefe, le pidió a Fay y Holm que lo acompañaran a él y otros activistas del lugar al pie de una secuoya gigante, justo del otro lado del río Eel desde Rio Dell. Los manifestantes habían ocupado parte de un bosque primario durante años para que PL no lo talara. Jani les dijo que de acuerdo con las políticas de la nueva compañía los árboles no se cortarían.
“Pelear por el bosque primario es fácil –me dijo Holm–. Es un asunto moral, blanco y negro. Salvar los árboles viejos, la especie en peligro. No se tiene que pensar”. Pero convencer a la gente para defender un bosque secundario es un reto mucho mayor, tiene más que ver con mantener el ecosistema intacto minimizando la erosión y conservando la fauna y maximizar la producción forestal. Para la mayoría de los californianos la tala indiscriminada es mala silvicultura porque se ve mal. Ese no es el punto, dice Holm, quien no se opone necesariamente a ese proceso.
La noción de que se puede aprovechar la madera de un bosque sin talarlo por completo no es nueva. En los años treinta del siglo XX, Emmanuel Fritz, profesor de silvicultura de la Universidad de California en Berkeley, sostuvo que si las compañías madereras querían seguir en el negocio en 40 o 50 años –el tiempo que estimaba necesario para talar todos los bosques primarios–, más les valdría ir dejando algunos árboles para el futuro. De acuerdo con esta tesis, Albert Stanwood Murphy declaró que Pacific Lumber nunca cortaría más de 70 % de un sitio ni cortaría más de lo que podría crecer en un año, políticas que la compañía mantuvo hasta que las desechó Charles Hurwitz.
Ahora Jani promete que Humboldt Redwood Company volverá a la tala selectiva en los terrenos de Pacific Lumber. Su compañía progenitora, MRC, ya ha implementado este enfoque en 93 000 hectáreas de bosque de secuoyas severamente taladas en el condado de Mendocino, que adquirió de Louisiana Pacific hace una década. MRC reguló los caminos de las madereras e instituyó la práctica de cortar, cada año, desde una tercera parte hasta la mitad del volumen total de madera que crece en su propiedad por medio de una serie de técnicas de selección. Al hacer esto, la compañía ha sacrificado las ganancias a corto plazo por una inversión a largo plazo en el bosque.
Green Diamond Resource Company es la empresa de tala indiscriminada más grande en los bosques de secuoyas: más de 70 % de sus 175 000 hectáreas están administradas de esta forma.
“A nosotros nos encantan los bosques coetáneos –dice Greg Templeton, veterano de Green Diamond–. Ambos, secuoyas y abetos de Douglas, crecen más rápido a pleno sol”. Estaba en una colina soleada, observando con orgullo cómo su equipo reducía un grupo de secuoyas rojas de 45 a 60 metros a una maraña organizada de escombros, ramas y troncos.
En los noventa, California redujo la extensión máxima permitida para tala indiscriminada de 32 hectáreas a extensiones entre 8 y 16. Las excavadoras pesadas que causaron tanta erosión en su mayoría se han reemplazado por cargadores más pequeños y ligeros, con tracción de oruga, que parecen palas a vapor antiguas con una especie de pinza articulada en el extremo. Al recoger troncos enteros en lugar de arrastrarlos por el suelo, estos equipos eliminan las marcas que quedaban en la tierra con las excavadoras, la perdición de los arroyos donde se crían los salmones. Si los árboles a talar están en una colina muy inclinada, se utiliza una máquina fija con un cable que pasa de una torre alta en la punta de la colina a una polea fija a un árbol alto en la parte más baja. Es parecido a los teleféricos que utilizan los esquiadores. Los troncos cortados se conectan al cable y se llevan hasta la cima, aunque en ocasiones llegan a arrastrarse por el suelo. Según Templeton, el cambio a este tipo de maquinaria junto con mejores caminos y las zonas de amortiguamiento obligatorias a lo largo de los arroyos han reducido de forma importante la cantidad de sedimentos que llegan al agua.
Los bosques de Green Diamond se ven como rompecabezas, con gruesos bloques de árboles jóvenes de hasta 20 años separados por franjas delgadas de árboles en las zonas de amortiguamiento obligatorias a lo largo de los arroyos de cría de peces. Con el tiempo se convertirán en un buen hábitat para la vida silvestre, comenta Neal Ewald, administrador general de la compañía. “En 50 años, 20 % de este paisaje sobresaldrá como las venas en una hoja de arce, con una red de árboles viejos a lo largo de los arroyos –explica–. Estamos en vías de crear el mismo tipo de árboles que se ven en el parque en 100 años”. Los árboles de Ewald no serán ni remotamente tan viejos como las secuoyas rojas del parque, pero los árboles más grandes en las zonas ribereñas obligatorias deberían ayudar a proteger el salmón y proporcionar algo de hábitat para los búhos manchados.
El biólogo en jefe de Green Diamond, Lowell Diller, fue de los primeros en encontrar altas densidades de búhos en los bosques de crecimiento secundario a principios de los años noventa del siglo xx. Su investigación indicaba que los búhos podían sobrevivir en bosques más pequeños siempre y cuando tuvieran suficientes troncos de árboles muertos y árboles grandes con huecos para hacer sus nidos. La mezcla de bloques de árboles jóvenes de varias edades creada por las talas proporciona un buen hábitat para las ratas cambalacheras de patas oscuras, la presa favorita del búho en California.
Los hallazgos de Diller contribuyeron a que Green Diamond obtuviera el primer Plan de Conservación del Hábitat (HCP, por sus siglas en inglés) para los búhos manchados por parte de Fish and Wildlife Service de Estados Unidos, en 1992, que permitía a las compañías privadas continuar la explotación de madera con la condición de que mantuvieran un mínimo de hábitat para los búhos. Sin embargo, la población de estas aves ha disminuido alrededor de 3 % al año en las tierras de Green Diamond desde 2001, dice Diller, al igual que lo ha hecho a lo largo de todo su hábitat. Parte del problema es una misteriosa disminución de la población de ratas cambalacheras, así como una competencia más agresiva del búho listado, que es una lechuza más adaptable que ha ingresado al territorio del búho manchado desde el Este.
Los bosques jóvenes de Green Diamond muestran otras consecuencias imprevistas en la vida silvestre. En la primavera, antes de que las bayas y bellotas abunden, los osos negros dependen de la savia que está justo bajo la corteza de las secuoyas rojas y otras coníferas para sobrevivir. Parecen preferir los árboles jóvenes, que crecen con mayor rapidez y han hecho tanto daño a los cultivos comerciales que algunos silvicultores industriales los han llamado la mayor “plaga” de los bosques de secuoyas. Pero los osos sólo se volvieron un problema cuando las compañías comenzaron a cultivar árboles.
Tras caminar por todo tipo de bosques administrados y hablar con quienes los manejan, Mike Fay está convencido de que hay una mejor forma: cultivar árboles más grandes para maximizar la producción al tiempo que proveen un buen hábitat. “Hay que empezar a pensar en esto como un ecosistema –dijo–. Todas estas plantaciones bien podrían ser de maíz. Pero si se quiere tener agua limpia, salmones, vida silvestre y madera de alta calidad, entonces hay que tener un bosque”.
“Me gustaría cortar menos árboles y ganar más dinero por árbol”, dice Jim Able, silvicultor industrial que trabajaba para Louisiana Pacific y que ahora administra pequeños terrenos maderables privados, la mayoría de menos de 400 hectáreas. Able llevó a Fay por un tramo de Howe Creek, terreno que ha administrado durante casi tres décadas y que se tala por tercera vez. Hay secuoyas rojas grandes de segunda generación, de un metro o más de grosor y 60 metros de altura, y los abetos de Douglas crecen rectos como flechas en la pendiente de la colina. Aquí y allá hay algunos árboles que yacen en el suelo, en espera de ser sacados, creando un mosaico de sol y sombra. Able dice que la clave está en la forma de hacerlo. Junto con sus silvicultores, marca cada árbol que quieren cortar, con la meta de no exceder nunca 30 o 35 % del volumen de la vegetación en pie. A diferencia de las prácticas de explotación selectiva, donde los terratenientes toman lo mejor y dejan el resto, Able corta los árboles débiles y de formas poco redituables y permite que los árboles más fuertes y erguidos vivan en la luz disponible. Y en lugar de talar por completo un área y poder cosechar cada 50 años, Able regresa una vez cada 10 años para evaluar si se puede talar nuevamente. Nunca toma más madera de lo que el bosque ha logrado reponer en ese tiempo, lo que él llama su principio, y esto significa que los árboles restantes continúan creciendo en altura, volumen y calidad.
Algunos llaman a esta práctica silvicultura ecológica, donde el bosque se administra para que proporcione un hábitat a la vida silvestre y se conserven los ríos limpios, sin olvidar los empleos de quienes viven de los recursos del bosque y los productos de madera. El bosque Van Eck de 890 hectáreas, cerca de Arcata y administrado por Pacific Forest Trust, es uno de ellos. Es también el primero en beneficiarse por contrarrestar las emisiones de gases de efecto invernadero. Gracias a su impresionante crecimiento, resistencia a las enfermedades, insectos y podredumbre, además de su increíble longevidad, las secuoyas rojas son los mejores árboles para capturar bióxido de carbono de la atmósfera y atraparlo en su madera. El mercado voluntario de California para los terratenientes de los bosques es uno de los más rigurosos; les permite vender el carbón almacenado en la madera que crece cada año con la condición de que garanticen que se mantenga ese crecimiento durante un siglo.
Si el carbón almacenado en los árboles representa una ganancia económica para los terratenientes, se podría contribuir para que hicieran una transición de talas a corto plazo, a rotaciones de largo plazo donde los árboles más grandes y de mejor calidad nuevamente podrían dominar el paisaje. Hasta hoy, con base en la cantidad de carbono que se calcula puede almacenarse en los árboles de Van Eck, Pacific Forest Trust ha vendido más de dos millones de dólares en bonos de carbono.
Otro grupo que practica la silvicultura ecológica, Evan Smith’s Conservation Fund, compró 16 000 hectáreas de terrenos maderables industriales para evitar que estos terrenos se convirtieran en viñedos y se subdividieran. La organización planea aplicar una silvicultura diferencial y selectiva para restaurar el hábitat acuático al reducir la erosión que afecta los ríos. Para ayudar con el financiamiento, vende millones de dólares de créditos de reducción de carbono a Pacific Gas and Electric Company,así como a varias sociedades de inversión.
California Air Resources Board adoptará nuevos protocolos de carbono para la silvicultura con la esperanza de atraer a los dueños de las madereras comerciales. “Si podemos formular bien los incentivos del carbono, podríamos duplicar o hasta triplicar el inventario en los bosques de secuoyas rojas”, dice Mike Fay.
Un día que el sol empezaba a brillar con luz iridiscente en las copas de los árboles envueltos en niebla en el Parque Estatal Prairie Creek Redwoods, Mike Fay colgó su ascensor a una cuerda y subió por una secuoya realmente gigantesca para hablar con un científico que está convencido del valor de dejar que las secuoyas crezcan hasta alcanzar un gran tamaño. Steve Sillett se ha hecho famoso encontrando, trepando y estudiando los árboles más altos del planeta. Ha medido meticulosamente cientos de árboles desde sus enormes bases hasta las agujas individuales en la copa. A 42 metros de altura, Fay pasa por un hueco provocado por un incendio, tan grande que podría albergar a dos adultos de pie, entre un matorral de troncos y ramas, cicatrices de la batalla librada durante siglos contra viento y fuego. Más arriba, helechos epífitos y arbustos de arándanos crecen en los suelos del dosel, donde una miríada de musgos, hepáticas y líquenes cubren las cortezas. Este árbol, de 91.7 metros de alto, no se acerca al más alto del mundo, que mide 115.6 metros, pero, según Sillett, que está esperando a Fay en una apertura en la cima, es “muy jugoso”, cargado con suelos aéreos y biodiversidad. Desde aquí, los dos hombres se asoman a la masa casi continua de secuoyas enormes, con una zona talada apenas visible hacia el sur.
El mantra de los silvicultores industriales ha sido por mucho tiempo cultivar árboles tan rápido como sea posible, para maximizar la ganancia y proveer un flujo constante de productos al mercado. Para ellos, el momento más rentable para cortar una secuoya es a los 40 o 50 años, aun cuando esos árboles jóvenes contienen en su mayor parte albura, madera suave y de baja calidad con poca de la legendaria resistencia a la pudrición de las secuoyas. Pero tras barrenar y medir de la copa hacia abajo dos docenas de árboles entre 29 y 113 metros de altura en el Parque Estatal Humboldt Redwoods, Sillett encontró que el ritmo anual de producción de madera del árbol aumentaba con la edad durante, al menos, 1 500 años. Es más, mientras más viejos, la madera producida tenía mejor calidad y mayor resistencia. En conclusión: las secuoyas rojas producen más y mejor madera conforme van haciéndose más viejas. Sillett dice que esto también es cierto para los eucaliptos más altos de Australia y cree que podría serlo también para otros árboles en el mundo.
El último día del recorrido, por los bosques de secuoyas rojas, mientras buscaban el árbol que estuviera más al norte, cerca del río Chetco en Oregon, Mike Fay y Lindsey Holm hablaron sobre los personajes que se habían encontrado en el bosque. Estaban Lud y Bud McCrary, hermanos octagenarios pioneros en la silvicultura diferencial en las montañas de Santa Cruz y que construyeron un refugio antibombas con madera de secuoya tras la crisis de los misiles de 1962. Y estaba también la historia de Tim Renner, veterano leñador con una acendrada antipatía por los activistas forestales. Renner les contó sobre la ocasión en que lo habían contratado para talar algunos árboles en el Arcata Community Forest, zona de tala selectiva cerca del pueblo que también era un parque comunitario. Estaba guardando su sierra cuando vio llegar a un joven por el sendero, con cabello y barba largos y ropa sucia. Pensó que lo iban a insultar. El joven se detuvo para ver la zona recién talada y, para sorpresa del leñador, dijo: “Esto se ve muy bien. Entra mucha luz. Me gusta mucho cómo quedó”. Lo cual significa que además de madera de alta calidad, almacenamiento de carbono, agua limpia y hábitat para la vida silvestre, la silvicultura ecológica también puede proporcionar un beneficio adicional por el cual son famosas las secuoyas rojas: absoluta fascinación.
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Joel Bourne informó sobre la situación alimentaria mundial en junio.



Como siempre… Greengolandia luciéndose… Es una pena que sea el primer país del mundo en muchas cosas y más aún el primer país en contaminación. Siendo el que tiene las secuoyas más hermosas, grandes y que albergan una biodiversidad espléndida ¿cómo es que se les sigue permitiendo aniquilar esos árboles que la naturaleza ha preservado durante cientos de años? ¿Auge o recesión?, dice el artículo de los ‘Superárboles’ que recién terminé de leer. Si así como talan en todo el mundo se dedicaran a reforestar, nuestro planeta no estaría en las pésimas condiciones en que se encuentra hoy día. ¡Ya basta!
los arboles son algo tan sublime y hermoso, ojala cada ser humano terminara de comprender lo importante que son para nuestra existencia en esta tierra, el dia que ellos lleguesen a desaparecer nosotros tambien lo hariamos, nuestro respirar depende de ellos. Ojala en Estados Unidos se puedan implementar leyes mas estrictas para proteger a los Secuoyas. y que todo el mundo pudiese seguir su ejemplo.
Interesante el artículo que presente este mes la revista. Complementando la lectura, vi las hermosas fotografías en la versión en inglés de la revista, además de los videos, al verlos recién uno se da cuenta de todo el sacrificio que cuesta tomar una excelente fotografía.
Un maravilloso lugar el que nos presenta en esta ocasión, un lugar con los árboles más altos del mundo. Un lugar al que debemos de preservar. Hagamos una tala pero sostenible, no arrasemos con todo el bosque.
Preservemos este bello lugar de California para las futuras generaciones.
Excelente artículo. Espero que sea un motivo más para hacer conciencia de lo mal que tratamos la naturaleza. Sobre todo aquí en México donde en un artículo anterior resaltaban como es posible ver con precisión la frontera entre Belice, Guatemala y México por la fuerte diferencia de verdor entres los dos paises y México en fotos satelitales. En México la deforestación es critica y con ello el verdor es mucho menor.
Es habitual mi impaciencia para recibir el número de la suscripción de NatGeo, pero esta vez es aún mayor viendo esta imagen que muestra a estos gigantes de la naturaleza. Que belleza! como buen fotógrafo sólo quiero complementar el texto con las fotografías de la versión impresa.
¡Excelente reportaje!
De cara al nefasto panorama de cambio climático y destrucción de la biodiversidad, que amenaza terriblemente a nuestro planeta, alienta saber que la silvicultura ecológica ofrece una alternativa realmente eficaz para la protección de las secuoyas rojas y constituye, además, una técnica altamente rentable para quienes se dedican a la explotación industrial y comercial de esta especie arbórea. En cuanto a las excelentes gráficas y profusas ilustraciones del reportaje, me han hecho pensar mucho, por otra parte, en el llamado “aspecto bioenergético de los árboles” (a propósito de estos milenarios gigantes: guardianes, genios y amos naturales del bosque que conforman), tema este cuyas bases objetivas considero, por lo demás, sumamente interesantes de estudiar y divulgar en una revista como NG.
Felicitaciones a los autores del reportaje. Sin duda lo propondré como material de revisión obligatoria para mis estudiantes de Lecto-escritura en la Escuela de Ingeniería Forestal de la Universidad de Los Andes, en Mérida, Venezuela.
Me encanta la idea de NATGEO!!!
Me gusta la idea de ustedes, de inculcar a las personas de este planeta la idea de conservar los bosques y el habitat de las especies. Los felicito por este reportaje. Es una idea genial que los silvicultores administren la tala de arboles de una manera racional. Si se continua con esta practica en poco tiempo tendremos una recuperacion de los bosques muy satisfactoria.
Genial Nat Geo.
Saludos a todos los lectores!!!
Muy buen artículo, creo que por fin estas compañías madereras están remediando o moderando en algo el grave daño que le han producido por siglos a los recursos naturales renovables. Ojala en mi país - Colombia - algún día, los grandes ganaderos y terratenientes que destruyen enormes masas forestales, con la finalidad de expandir la frontera pecuaria e incrementar la siembra de palma africana, algún día tomen conciencia del daño irreparable que hacen a nuestro planeta.
Excelente artículo !
MDV
Oregon
Que impresionantes son estos árboles,nunca hubiera pensado en que existieran unos así, la naturaleza es increíble y estos lo hace aún más. Es una gran oportunidad el hecho de poder adquirir esta información, que sin reporteros e investigadores de este tipo de revista, como lo es natgeo, quizá no podría haber conocido tanta maravilla. Gracias.
Es impresionante el desarrollo de estos árboles, pareciera que la tierra les diera algo mágico para crecer, hasta convertirse en lo que son; REYES DE LOS BOSQUES, es muy alentador que personas como Mike Fay y Lindsey Holm dediquen sus esfuerzos para el conocimiento evolutivo sobre los bosque y luchar por mantener a estos gigantes que son los pulmones de la Tierra.
Saludos desde Honduras.
Que bella es la naturaleza, por favor preservemos las secuoyas para que nuestros hijos, nietos y demas descenndientes, las disfruten igual que nosotros.
quiero felicitarlos por su articulo me parecio una maravilla, es impresionante ver esas fotografias de arboles tan inmensos que pueden llegar a medir mas de 100 metros es sorprendente y una maravilla es importante poder saber de nuestra flora y lo que la naturaleza es capaz de hacer.
me despido y espero poder tener la oportunidad de que me puedan responder
atentamente: Claudia Andrea Espinosa de la Cruz
gracias
Sr. Director: tuve la posibilidad de adquirir en Canadá, un ejemplar de la edicion del mes de octubre de 2009, de NG. Me interesó mucho el artículo sobre las Sequoyas. Especialmente, me insteresó la excelente fotografía desplegable que permite ver la majestuosidad de estos árboles. Sin embargo, y por tener la versión en español, esperé llegar a Chile para comprarla, no obstante acá no venden la edición con dicha fabulosa fotografía, lo que para mí fue una decepción. ¿cómo poder adquirirla?
Atentos saludos,
Diego Flores Arrate
Ingeniero Forestal
CHILE
Sin duda la majestuosidad de estas coniferas aunque recientes datos indican que ya no poseen el titulo del arbol mas alto del mundo que anteriormente lo tenia Hyperion con 115 m., ahora el poseedor es un Eucalpto ubicado en australia con impresionantes 125 metros pero con el incoveniente de no ser tan majestuosos como estos
hola estoy encantado con este arbol tan inmenso soy de venezuela de una zona montañosa conocida como curimagua del estado falcon coro me gustaria realizar algun tipo de trabajo que tenga que ver con la reproduccion de la secuoyas rojas,en esta montaña con lo poco que e leido creo que en estas montañas que alcansan los 1500 msnm y con una presipitacion mas o menos de 1800mm anual yo creo que se podria lograr reproducir este bello y hermoso arbol por lo menos necesitaria pocas semilla o estacas que estn en latencia de germinacion para yo comensar una prueva de sienbra por lo dificil de encomtrar las semillas espero su gratra colaboracion y ya cuentan con la mia espero su respuestra espero sean positiva