
En el mayor gimnasio municipal de El Alto, Bolivia, la luz del día se desvanece a través de los ventanales, y cientos de personas sentadas en las gradas comienzan a impacientarse. Llevan allí más de dos horas, abucheando y silbando, y alentando a la sucesión de artistas que se han enfrentado en el centro del gimnasio para competir en ingenio y realizar deslumbrantes proezas de fuerza y destreza.

Villa Tunari es un pequeño poblado tropical del centro de Chapare, una provincia boliviana. Hace tres años, se expresaron aquí las profundas raíces y el poderío de la revolución étnica de esta nación andina. Hombres y mujeres se habían reunido aquí con una misión histórica: tras siglos de humillación y desafiando a la ley de las probabilidades, el siguiente presidente de Bolivia, Evo Morales, estaba a punto de surgir de entre sus filas.

El Altiplano de América del Sur es la tierra de los superlativos: alberga el lago navegable de mayor altitud sobre el planeta, el Titicaca, y el mayor desierto de sal, el Salar de Uyuni. Es la segunda meseta más grande de la Tierra, después de la tibetana, un paisaje de hielo y fuego, viento y sal que se extiende desde la región septentrional de Argentina hasta las adustas llanuras de Perú.

La mejor manera de comprender el hechizo que el Presidente de Venezuela ejerce en sus conciudadanos es hacer lo que ellos hacen todos los domingos a las once de la mañana: arrellanarse frente al televisor en su sillón favorito, con una buena dotación de bebidas y bocadillos, para ver la transmisión de “Aló Presidente”, la comunión semanal de Hugo Chávez con su país.