
Encuentro cercano con un cachalote.
El sol brillaba en el cielo azul y los delfines retozaban junto a la proa. Debía estar tomando una bebida con ron y un diminuto paraguas pero, en vez, rezaba en silencio: ‘‘Dios mío, por favor déjame salir de aquí con vida’’.

Desde hace por lo menos una década, he tenido el sueño recurrente de bucear en el Antártico (¡llamada para el doctor Freud!), y aquí me encuentro ahora, sentado en una diminuta balsa inflable frente a las costas de la Península Antártica, mientras contemplo el gélido panorama de icebergs, pingüinos y copos de nieve que revolotean bajo un cielo acerado.