
El mundo secreto del viejo búnker de Shanghái parece existir en un universo paralelo. Arriba, en la calle salpicada de sol, trabajadores migrantes sorben almuerzos de arroz y tofu, mientras grupúsculos de oficinistas en impecables camisas blancas pasan frente al pequeño señalamiento en la acera. En la entrada oscura, una joven baja una escalera hacia un sitio que conoce solamente como “0093”.

En dólares y sufrimiento, jamás ha sido más elevado. Ningún otro elemento ha seducido y atormentado tanto la imaginación humana como el destello del metal identificado con el símbolo químico Au.

Se avecina una crisis en el centro de China septentrional ya que su recurso vital, el Río Amarillo, sucumbe ante la contaminación y la explotación excesiva.

Guiado por una novedosa idea, este diminuto reino intenta integrarse al mundo moderno sin perder el alma.

No hay vuelta atrás. Eso lo sabe muy bien Hombre de Hierro. El autobús empieza a descender por un polvoriento camino con profundos surcos de neumáticos, en la aldea de Dongfa, alejando al joven obrero y a su esposa de ese pueblo fantasma cercano a la frontera con Rusia.