
Varias veces al año, cuando la época y el flujo de mareas se combinan, las mantarrayas de todos los puntos del archipiélago se reúnen en la Bahía de Hanifaru para alimentarse en una espectacular danza acuática sobre la barrera coralina.

Cinco minutos después de la medianoche en Svalbard: el mundo silvestre está despierto y activo. A las orillas de un estuario escondido en Adventdalen, un valle en un grupo de islas entre Noruega y el Polo Norte, una bandada de charranes árticos vuela y se pasea en la perpetua luz de día. Están agitados. Un par de gaviotas hiperbóreas, ladronas de polluelos y huevos, las formidables depredadoras del Ártico, se acerca del este. Los charranes se defienden con ferocidad. Muestran sus picos rojos y se convierten en una nube de objetos cortantes.

Hay aves hechas para la poesía. Keats tenía su ruiseñor; Poe, su cuervo. Pero la vida de los abejarucos comunes parece una novela épica, llena de intrigas familiares, robos, peligro, engaños y belleza exuberante, que transcurre en varios continentes.