Al filo de la navaja [Editorial]

A Stephen Alvarez le sucedió lo mismo que a muchos fotógrafos. Luego de ver unas cuantas imágenes de un paisaje exótico, en este caso Madagascar, pensó: ¿qué tan difícil puede ser fotografiar este sitio?

A Stephen Alvarez le sucedió lo mismo que a muchos fotógrafos. Luego de ver unas cuantas imágenes de un paisaje exótico, en este caso Madagascar, pensó: ¿qué tan difícil puede ser fotografiar este sitio?

Recostado sobre el suave suelo de un bosque húmedo, mirando hacia arriba sin percatarme del tiempo, me encuentro en uno de los sitios más mágicos de la Tierra, Jedediah Smith Redwoods State Park, en el norte de California. Puedo oír el pánico en la voz de mi madre al buscarme –su niño de 10 años con el hábito de desaparecer en el bosque–. Debería gritar para tranquilizarla, pero todavía no. Quiero unos cuantos minutos más a solas con los árboles más altos que haya visto jamás.

Parecería una locura que un fotógrafo arriesgue su vida en varias ocasiones en uno de los lugares más peligrosos de la Tierra, pero eso fue exactamente lo que hizo Pascal Maitre en cinco visitas a Somalia.

Los salmones rojos se disparan por los rápidos y dan volteretas en el aire. Veo sus costados, brillantes cual espejos, capturar y difundir el Sol. Impulsados por su instinto, regresan adonde nacieron para desovar. La pesca comercial capturó 90 % de las parejas de salmones incluso antes de que comenzaran su odisea por el río Fraser, de Columbia Británica. Los sobrevivientes han superado los pronósticos. Pero su viaje no termina, como descubrí hace muchos años en uno de mis primeros trabajos para National Geographic.

Imagina a Galileo esperando nervioso el Telescopio Gigante Magallanes, cuatro siglos después de que el astrónomo italiano magnificó por primera vez el cielo nocturno con ayuda de una lente. ¿Reconocería en este monstruo a un descendiente de su ahora humilde catalejo, con el cual reveló las lunas de Júpiter?