
Los nascas de Perú dejaron una huella extensa: reconocemos su cultura por sus imponentes grabados sobre terrenos arenosos en las alturas de los Andes –el colibrí, el mono y otros geoglifos–, visibles enteramente sólo desde el aire. Pero los nascas, que florecieron entre 200 a. C. hasta cerca de 600 d. C., no dejaron claves deliberadas sobre las funciones de esas imágenes.

La habitación se oscurece y las fotografías de Stephanie Sinclair destellan en la pantalla. Durante meses ha fotografiado a miembros de la Iglesia Fundamentalista
de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (IFSUD). La mayoría de nosotros los
conoce porque creen en la poligamia, pero las fotografías de Stephanie relatan una historia más profunda y más extensa. Y son capaces de hacerlo porque los miembros de la IFSUD confían en ella.

Hace cuatro años, un accidente de automóvil privó a Amanda Kitts de su brazo y de la capacidad de hacer cosas que la mayoría de nosotros damos por sentadas, como preparar un sándwich. “Me sentí perdida”, le cuenta esta maestra de Knoxville, Tennessee, al escritor Josh Fischman en el artículo de portada de este mes sobre biónica.

Algunas tienen una valentía fuera de lo común. En el artículo de este mes “El otro Tíbet”, hay una fotografía tomada con un teléfono celular. La fotógrafa no era profesional. Era una mujer de la etnia uigur que documentó la ejecución de un hombre uigur por fuerzas de seguridad chinas en una calle de Ürümqi, capital de la región de Xinjiang, China. Poco después ella le dio la imagen a Carolyn Drake, fotógrafa de National Geographic.

A Stephen Alvarez le sucedió lo mismo que a muchos fotógrafos. Luego de ver unas cuantas imágenes de un paisaje exótico, en este caso Madagascar, pensó: ¿qué tan difícil puede ser fotografiar este sitio?