
Alfred Russel Wallace trazó una gran línea divisoria en el mundo de los seres vivos, y encontró su propio camino hacia la teoría de la evolución. El primer punto cardinal de su biografía es que, para él, –no así para Darwin–, la necesidad fue la madre de la invención. Era un muchacho curioso de una familia sin dinero. A los 14 años, en 1837, empezó a trabajar.

El biólogo Iain Douglas-Hamilton se aproxima sigilosamente al paquidermo, una corpulenta hembra núbil y tímida a la que llaman Anne. La elefanta permanece semioculta entre los árboles en la parte más alta de una colina en los apartados rincones del norte de Kenia, donde vigila tranquilamente junto con varios miembros de su familia. Lleva al cuello un resistente collar de piel que, a la altura de la cruz, sujeta un transmisor electrónico, el cual ha permitido a Douglas-Hamilton, quien llegó a bordo de su Cessna, localizarla en aquel sitio abriéndose paso entre pastizales y acacias.

La creación de un parque nacional es, más a menudo de lo que se creería, el resultado de intereses contradictorios agrupados en un objetivo colectivo: un acto caprichoso pero a la vez práctico, egoísta pero que implica sacrificios, local pero global por su trascendencia.

La evolución mediante la selección natural, el concepto central de la obra de toda la vida de Charles Darwin, es una teoría; una acerca del origen de la adaptación, la complejidad y la diversidad entre las criaturas vivientes de la Tierra. Si usted es escéptico por naturaleza, desconoce la terminología de la ciencia e ignora las abundantes pruebas, tal vez hasta se sienta tentado a expresar que es “tan sólo” una teoría. En el mismo sentido, la relatividad tal como la describió Albert Einstein es “sólo” una teoría. La idea de que la Tierra gira alrededor del Sol y no al revés, ofrecida por Copérnico en 1543, es una teoría. La deriva de los continentes es una teoría. ¿Y la existencia, estructura y dinámica de los átomos? Teoría atómica.