
Se zambullen a una profundidad de 180 metros, rozan sus cabezas a lo largo del lecho marino con los protuberantes parches seudoverrugosos de piel, a veces nadan en una posición invertida, enormes como galeones a medio hundir. Apasionadas y conteniendo la respiración se desplazan por la fría y absoluta oscuridad mientras las grandes mareas se agitan sobre la Tierra. Luego, abren sus cavernosas fauces para que las corrientes arrastren comida directamente hacia ellas.

Cuando este felino de montaña acecha a sus presas entre muros de roca, se mueve sobre anchas patas con pelaje entre los dedos. Lo hace silenciosamente, con lentitud “como nieve que se derrite y se desliza por un acantilado –dice Raghu–. Casi tienes que dejar de verlo por un instante para asegurarte de que el animal se está moviendo. Si tropieza con una roca suelta, la detiene con la pata para evitar que haga ruido”. En este preciso momento, un leopardo podría estar cerca, avanzando en perfecto silencio y con los músculos tensos. ¿Pero dónde? Esa es la pregunta que todos se hacen, además de ¿cuántos quedan?