
La octogenaria Jean Combes ha anotado los signos del final del invierno desde los 11 años de edad. Desgraciadamente, su escritura infantil la avergonzaba, por lo que tiró el primer decenio de sus anotaciones. Datos de ese tipo son vitales para la fenología, el estudio de la periodicidad de los ciclos naturales.

Estamos atestiguando una extinción masiva. Un hongo microscópico exótico está propinando el golpe mortal a muchos anfibios que ya se veían afectados por pérdida de hábitat, contaminación y cambio climático. Pero una investigación sin precedentes y los esfuerzos de rescate pueden ofrecer una esperanza a las especies en peligro de desaparecer.
Ataques de tigres, escapes de simios, muertes de animales, las noticias han dado argumentos a los críticos de los zoológicos. “Quisiera ver que todos los zoológicos desaparecieran”, dice el biólogo Marc Bekoff, defensor de los animales. De cualquier modo, “necesitan estándares más altos. Y algunos animales no deberían jamás estar en cautiverio”.

Inicia la cacería. A 80 kilómetros al noreste de Isla Mujeres, en el Golfo de México, los peces vela merodean las aguas. Las fragatas cruzan sobre el mar y se zambullen para atrapar comida. Anthony Mendillo, guía de pesca deportiva y experto en seguir al pez vela, las utiliza como guía y conduce el Keen M hacia ellas. Seguramente bajo las aves hay un cardumen de sardinas que se mueve como si fuera un solo pez. Docenas de sombras alargadas orbitan la esfera de peces desesperados: los cazadores.

No se lo digan a las abejas, pero no sirven para volar. Al menos eso concluyó un matemático francés en 1934, según cuenta una historia. C’est faux, por supuesto: las abejas vuelan muy bien; los primeros investigadores simplemente no tenían modo de medir los complejos movimientos de las alas de estos insectos.