
Dunga Nakuwa se acuna el rostro con las manos y recuerda la voz de su madre. Ella murió hace casi dos años, pero para la tribu de Dunga los muertos nunca están muy lejos. En las aldeas se les entierra apenas debajo de las chozas de los vivos, separados de hogares y pieles para dormir por algunos centímetros de suelo seco y empobrecido. También permanecen en la mente de las personas. Por ello, Dunga sigue oyendo a su madre: “¿Cuándo vengarás el asesinato de tu hermano?”.

En los pocos días que habíamos pasado en la reserva y parque nacional de Tsingy de Bemaraha, era la segunda o tercera ocasión que decía eso. En una isla famosa por su biodiversidad (90 % de las especies del lugar son endémicas), la zona protegida de 1 550 kilómetros cuadrados es otra isla en sí misma, especie de fortaleza biológica, de terreno escabroso, inexplorado en gran parte y casi impenetrable por las impresionantes formaciones de piedra caliza –el tsingy– que la atraviesan.

De acuerdo con Donald Kraybill, sociólogo del Elizabethtown College, los amish están desplazándose en parte porque están creciendo. En los últimos 16 años, la población casi se ha duplicado, para llegar a unos 230 000, con aproximadamente cinco hijos por familia.

El Monte Washington se eleva suave y arrugado sobre los bosques de New Hampshire, más allá de los pueblos de ladrillo, los viejos molinos y las ciudades frías, pero en realidad no está muy lejos de nada. Se encuentra al alcance. En verano incluso se puede subir manejando. En un día claro uno casi podría ver su casa desde la cima, y el océano Atlántico luce apacible en el horizonte, como una fina rebanada de mercurio. Prácticamente está en el patio trasero, dice la gente. ¿Qué tan peligroso puede ser?

Cada año, millones de mariposas monarcas emigran de Canadá y Estados Unidos a sus territorios invernales en la región montañosa de México central. La imagen de bosques tapizados con ellas es mundialmente famosa. No obstante, es posible que estas gigantescas congregaciones no duren mucho.