
La próxima vez que visite el Parque Nacional de Oulanka, en el extremo norte de Finlandia, me gustaría tener un metro de estatura. De esa manera, los hongos otoñales me llegarían a las rodillas y me encontraría caminando en medio de un bosque entre brezos, arándanos rojos, arándanos negros y líquenes que llegan hasta mi cintura.

Una encumbrada idea comienza a florecer en ciudades de todo el mundo, donde hectáreas de potenciales espacios verdes se extienden en las alturas.

Los gorriones de la isla Merrit ya no existen. El lugar de reposo eterno del último gorrión costero es una botella de vidrio en la Colección Ornitológica del Museo de Historia Natural
de Florida. El ave tiene los ojos cubiertos y las plumas erizadas por el efecto del alcohol que casi llena la botella. Una etiqueta de papel señala que el pájaro, un macho viejo, murió el 16 de junio de 1987.

Si el hogar del ser humano de verdad estuviera bajo la luz de la luna y las estrellas, nos internaríamos en la oscuridad con gusto; el mundo de la noche nos sería tan visible como para el vasto número de especies nocturnas del planeta. Sin embargo, somos criaturas diurnas, con ojos adaptados a la vida bajo la luz del sol.