Calentamiento global

Los científicos difieren sobre los grados de calentamiento global y los riesgos específicos que presenta, pero no importa de qué forma lo veas, está sucediendo, y la forma en que viajamos podría afectar.
Si el hogar del ser humano de verdad estuviera bajo la luz de la luna y las estrellas, nos internaríamos en la oscuridad con gusto; el mundo de la noche nos sería tan visible como para el vasto número de especies nocturnas del planeta. Sin embargo, somos criaturas diurnas, con ojos adaptados a la vida bajo la luz del sol.
Los tarahumaras de México evitaron a los conquistadores españoles en el siglo XVI, pero, ¿serán capaces de sobrevivir los embates de la modernidad?
Las majestuosas selvas están desapareciendo entre humo y serrín, pero aún hay esperanza para la célebre biodiversidad de la isla, si se logra reducir la demanda de aceite de palma.
Es fácil subestimar al elefante marino del sur. No tiene el porte señorial del cachalote, ni la elegancia aerodinámica del tiburón blanco o el CI sobresaliente de la orca. ¿Y quién explicaría su nariz, una trompa ridícula que puede llegar a medir casi medio metro de longitud y que le ha ganado el nombre de elefante marino?

Los científicos difieren sobre los grados de calentamiento global y los riesgos específicos que presenta, pero no importa de qué forma lo veas, está sucediendo, y la forma en que viajamos podría afectar.

‘‘Ven, me gustaría mostrarte algo’’, me dice Jan Morris, la eminente autora galesa. Estamos en Pen-y-Gwryd, un hotel con 200 años de antigüedad que se sostiene en las faldas del Monte Snowdon, el pico galés donde los alpinistas Edmund Hillary (el primero que logró alcanzar la cima de la montaña más alta del mundo) y John Hunt, entre otros, se entrenaron para la expedición al Monte Everest de 1953.

Los antiguos ibéricos quedaron tan hechizados por Sintra, que se convirtió en un centro de veneración. Lugar de perdurable misterio, palacios mágicos, bosques envueltos por la neblina, y una de las reposterías más adictivas del planeta, Sintra –sitio de Patrimonio Mundial– ha cautivado a más de un visitante, incluso a los escritores Lord Byron y Hans Christian Andersen.

Sin megáfonos y sin karaoke. Sin altavoces escondidos en los elevadores. Sin patinetas, ni motores. Mi coche no suena cuando lo cierro. No habrá ningún tipo de alarmas a menos de que toquen Vivaldi. Los restaurantes estarán provistos de agentes del orden; cinta adhesiva a la mano para cualquier persona que use su teléfono celular. Mientras aún conservo mi cordura, me dedicaré a encontrar el lugar más silencioso de la tierra.

‘‘Bienvenida, señora’’, me dijo un joven soldado con metralleta en mano cuando entré al área de equipaje del Aeropuerto Internacional de Bandaranaike, aproximadamente a 32 kilómetros afuera de la capital de Sri Lanka, Colombo. Su amable bienvenida adelantó lo que sería mi odisea de 1,174 kilómetros en dos semanas a través de Sri Lanka.