Arqueología, diciembre de 2006

Para los aztecas, las imágenes plasmadas en sus libros calendáricos (ya fuesen de piel de venado o de papel amate), representaban las fuerzas sobrenaturales que gobernaban la vida de los hombres.
Si el hogar del ser humano de verdad estuviera bajo la luz de la luna y las estrellas, nos internaríamos en la oscuridad con gusto; el mundo de la noche nos sería tan visible como para el vasto número de especies nocturnas del planeta. Sin embargo, somos criaturas diurnas, con ojos adaptados a la vida bajo la luz del sol.
Los tarahumaras de México evitaron a los conquistadores españoles en el siglo XVI, pero, ¿serán capaces de sobrevivir los embates de la modernidad?
Las majestuosas selvas están desapareciendo entre humo y serrín, pero aún hay esperanza para la célebre biodiversidad de la isla, si se logra reducir la demanda de aceite de palma.
Es fácil subestimar al elefante marino del sur. No tiene el porte señorial del cachalote, ni la elegancia aerodinámica del tiburón blanco o el CI sobresaliente de la orca. ¿Y quién explicaría su nariz, una trompa ridícula que puede llegar a medir casi medio metro de longitud y que le ha ganado el nombre de elefante marino?

Para los aztecas, las imágenes plasmadas en sus libros calendáricos (ya fuesen de piel de venado o de papel amate), representaban las fuerzas sobrenaturales que gobernaban la vida de los hombres.

Al finalizar este año, los fumadores habrán consumido 5 billones 500 mil millones de cigarrillos –más de 15,000 millones diarios–, cifra que representa 96 % de las ventas mundiales de tabaco.

El Parque Nacional de Kahuzi-Biega alguna vez fue morada de 8,000 gorilas de Grauer, cifra que representa la mayor concentración mundial de ejemplares de esta especie.
La economía de Afganistán, devastada por la guerra, aún depende de estas plantas: el país es el mayor productor mundial de opio –la pasta seca que se extrae de las semillas de amapola–, principal ingrediente de la heroína.

Fats Domino, el músico, sobrevivió al huracán Katrina, pero su hogar en el Noveno Distrito Bajo de Nueva Orleans no corrió con la misma suerte. El agua dañó su casa y sus pertenencias, entre las cuales se contaban tres pianos. Domino donó uno de ellos –un Steinway de cola con el cual solía componer– al Museo Estatal de Luisiana.