Detrás de las cámaras, febrero de 2007

Para realizar el artículo ‘‘Se remiendan corazones rotos’’ y capturar el implante de un corazón artificial, el fotógrafo Robert Clark trabajó con el cirujano Ronald Hetzer.
A menudo se dice que los crocodílidos actuales son sobrevivientes de la era de los dinosaurios. Eso es una verdad a medias. Los cocodrilos modernos han estado por aquí alrededor de unos 80 millones de años, pero estos son apenas una pequeña muestra de los parientes crocodílidos que alguna vez vagaron por el planeta al que, de hecho, alguna vez gobernaron.
En una isla famosa por su biodiversidad (90 % de las especies del lugar son endémicas), la zona protegida de 1 550 kilómetros cuadrados es otra isla en sí misma, especie de fortaleza biológica, de terreno escabroso, inexplorado en gran parte y casi impenetrable por las impresionantes formaciones de piedra caliza –el tsingy– que la atraviesan.
Envueltas en lino y sepultadas con respeto, las momias de animales ofrecen indicios fascinantes de la vida y la muerte en el antiguo Egipto.
Siria –respondiendo a los intentos de acercamiento por parte de la nueva administración estadounidense, deseosa de lograr el éxito en Medio Oriente– parece estar lista para retomar un papel crucial en los asuntos de la región.

Para realizar el artículo ‘‘Se remiendan corazones rotos’’ y capturar el implante de un corazón artificial, el fotógrafo Robert Clark trabajó con el cirujano Ronald Hetzer.

En las remotas planicies al norte de Mongolia existen grandes fragmentos de menhires de granito, erigidos entre 1100 y 800 a. C., que poseen imágenes de criaturas misteriosas: estos animales, astados como los venados, tienen un pico similar al de las aves.

La Costa de los Mosquitos, el hogar de los indios misquitos, aún es una aislada maraña de pantanos, sabana, lagunas, pequeñas granjas y poblados palúdicos. Por mar, una zona asediada: los piratas roban las langostas; los buques pesqueros extranjeros se llevan a los peces; los traficantes de droga transportan cocaína a lo largo de la costa, y los cargueros ilegales arrojan desechos tóxicos en las playas desiertas.

Mientras yace recostada sobre su espalda, sedada pero alerta, Gloria Stevens observa fijamente una imagen de su propio corazón latiendo. Aunque, metafóricamente, el corazón es el centro de su yo emocional, de manera literal no es más que una bomba llena de sangre del tamaño de un puño, cuyas rítmicas contracciones la han mantenido viva durante 62 años y que, con unas cuantas reparaciones, servirá por un número indeterminado de años más.

En el sur de Nigeria, el petróleo lo corrompe todo. Se derrama de las tuberías y contamina la tierra y el agua. Mancha las manos de los políticos y militares que desvían las utilidades.