
¿Recuerda usted aquella época en que el animal más grande del mundo estaba en peligro de extinción? Eso fue durante las décadas de 1960 y 1970, cuando la caza comercial había disminuido a tal grado la población de las ballenas que todo apuntaba a que el mundo perdería a uno de sus más notables portentos.

Había una vez un jeque que soñaba en grande. Su reino, en las costas del golfo Pérsico, era una aldea en extremo calurosa y poco activa en el comercio, habitada por buscadores de perlas, pescadores y comerciantes que atracaban sus destartalados sambucos árabes y barcos pesqueros a lo largo de un riachuelo estrecho que, ondulante, atravesaba la ciudad.

Espeluznante. Es la palabra que utiliza la gente cuando describe el Cabo Artichesky, la franja de tierra olvidada de Dios, donde comienza esta aventura ártica.

Al inicio de su existencia, la Tierra se parecía al mismo Infierno: llena de rocas incandescentes y gases tóxicos. Con el paso del tiempo, su superficie se ha enfriado, las montañas se han elevado y erosionado.

El arqueólogo Georgi Kitov trabaja contra reloj; se vale de excavadoras y motoniveladoras que descubren las tumbas de los antiguos reyes tracios para lograr en una semana lo que a un grupo convencional le llevaría meses realizar.