Llegué al aeropuerto de Mexicali en la mañana tras de una serie de acuerdos para participar en el operativo del polígono de vaquita marina. Cuatro horas después me encontraba en una panga con provisiones para 10 días, junto con cinco infantes de marina y un número ligeramente superior de inspectores de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) rumbo a los barcos de guardia en un operativo de protección a la corvina golfina.

Es raro que la historia se desarrolle como una fábula. Sin embargo, consideremos lo siguiente: un barco mercante portugués del siglo XVI, que llevaba una fortuna en oro y marfil y se dirigía a un afamado puerto especiero en la costa de India, es desviado de su curso por una feroz tormenta cuando trataba de rodear el extremo meridional de África. Días después, maltrecho y destrozado, el barco se va a pique en una misteriosa costa rodeada de niebla y salpicada por más de 100 millones de quilates de diamantes, una burla cruel para los sueños de riqueza de los marineros. Ningún náufrago regresó a casa.

Después de dedicarse a rescatar las selvas africanas durante tres décadas, Mike Fay, biólogo de Wildlife Conservation Society y explorador residente de National Geographic Society, ahora tiene secuoyas rojas en la sangre.
Puede suceder después de un hecho aciago –una guerra civil, un desastre natural, una toma de poder cruenta– o insinuarse de manera paulatina. Pero cuando una nación se está malogrando, uno lo ve en los ojos de su gente.

¿Cómo esparces tus genes cuando no te puedes despegar del suelo? Engañando a los animales, incluidos los humanos, para que se enamoren.