
El pueblo masai del este de África no cuenta los años como lo hacen los demás. Para esta etnia, cada lapso de 12 meses contiene dos años: uno de abundancia, olaari, que coincide con la época de lluvias en las inmensas llanuras del Serengueti y en las tierras altas de los cráteres de Tanzania, seguido por un año de escasez, olameyu, que empieza cuando cesan las lluvias, cuando los arroyos se secan y se da la gran migración de los ñúes.

Mi esposo y yo nos casamos a las ocho de la mañana. Era invierno, helaba, los árboles estaban forrados de escarcha y algunos mirlos solitarios se mecían en los cables telefónicos […] Cuando los invitados se fueron, la casa quedó en silencio. Había flores por todas partes: rosas lánguidas y frágiles helechos. ‘‘¿Qué hacemos que sea muy romántico?’’, pregunté a mi flamante esposo.

Parece casi humano; sus ojos están alerta y su cabeza sigue mis movimientos. Este mántido del oeste de África es una amenaza para cualquier presa al alcance de esas enormes patas anteriores, que pueden cerrarse como trampas para osos.

No hay vacuna ni cura. Es imposible desarrollar inmunidad a la dracunculosis, enfermedad causada por este parásito de un metro de largo y con el grosor de un hilo de coser.
Durante milenios —desde que el hombre ha vadeado lagos y estanques en busca de agua, el gusano de Guinea ha sido un azote para la humanidad.

Es el final de la temporada que precede a las lluvias en Panamá, y la selva está muy seca. Sobre el suelo, cubierto por una gruesa capa de hojas, el fotógrafo Christian Ziegler se mantiene completamente quieto, concentrado en escuchar el pitido del dispositivo de rastreo por radio que maneja su ayudante.