
A TODOS NOS GUSTA ESCUCHAR UNA BUENA HISTORIA, y esta, cuando termine, será la más extraordinaria que haya sido contada. Comienza en África con un grupo de cazadores-recolectores, quizá una centena. Termina alrededor de 200 mil años después con sus 6 500 millones de descendientes diseminados alrededor del mundo, viviendo en paz o en guerra, creyendo en un millar de deidades diferentes o en ninguna, con los rostros iluminados por la luz de una fogata o de una pantalla de computadora.

La mayoría de nosotros pensamos que los celtas se extinguieron hace muchísimos siglos. Sin embargo, es posible encontrar un celta en pleno siglo XXI, siempre y cuando uno tenga dinero para viajar a Europa y comprar un boleto de ferry.

El pueblo masai del este de África no cuenta los años como lo hacen los demás. Para esta etnia, cada lapso de 12 meses contiene dos años: uno de abundancia, olaari, que coincide con la época de lluvias en las inmensas llanuras del Serengueti y en las tierras altas de los cráteres de Tanzania, seguido por un año de escasez, olameyu, que empieza cuando cesan las lluvias, cuando los arroyos se secan y se da la gran migración de los ñúes.

Parece casi humano; sus ojos están alerta y su cabeza sigue mis movimientos. Este mántido del oeste de África es una amenaza para cualquier presa al alcance de esas enormes patas anteriores, que pueden cerrarse como trampas para osos.

No hay vacuna ni cura. Es imposible desarrollar inmunidad a la dracunculosis, enfermedad causada por este parásito de un metro de largo y con el grosor de un hilo de coser.
Durante milenios —desde que el hombre ha vadeado lagos y estanques en busca de agua, el gusano de Guinea ha sido un azote para la humanidad.