
En las colinas del norte de Tailandia, dos obstinadas féminas comparten una cabaña construida sobre pilotes en el bosque. Una se llama Jokia, tiene 42 años y pesa tres toneladas; la otra se llama Sangduen, también tiene alrededor de 40 años y pesa 39 kilogramos.

No debería sorprendernos comprobar que la naturaleza nos ayuda a rejuvenecer. Después de todo, la raza humana no surgió en edificios de concreto, sino en bosques y sabanas.

La creación de un parque nacional es, más a menudo de lo que se creería, el resultado de intereses contradictorios agrupados en un objetivo colectivo: un acto caprichoso pero a la vez práctico, egoísta pero que implica sacrificios, local pero global por su trascendencia.

Mi experimento como periodista-conejillo de indias toma un giro perturbador. Platico por teléfono con un químico sueco y me cuenta sobre los inhibidores de llama, o agentes ignífugos, sustancias químicas que se aplican como medida de seguridad a casi cualquier producto inflamable.

Si el Desierto de Sonora es un páramo, ¿por qué la abundante vegetación rebasa la mirada? ¿Por qué es imposible recorrerlo sin abrirse llagas? Si el candente Sol ha mermado la vida en este lugar, ¿por qué los lechos arenosos están repletos de huellas de pecaríes, venados bura, cacomixtles y otros tantos roedores que son presa de las casi cien víboras de cascabel por kilómetro cuadrado que pacientemente acechan?