
‘‘Nunca podrá ver a Nessie con este clima’’, me dice el chofer del taxi, negando con la cabeza mientras vamos por el estrecho camino que bordea el lago Ness, en Escocia. ‘‘Hace demasiado calor para él. Va a quedarse en el fondo del lago, donde hace más frío’’.

Las islas Sandwich del Sur son una obra maestra de la naturaleza. El hielo, el viento y las olas han sido los paisajistas de este remoto e inigualable terreno de origen volcánico, habitado solamente por aves y focas.
El padre de la evolución fue un papá en apuros: pocas cosas afligían más a Charles Darwin que tener que explicar cómo se crearon las estructuras más complejas de la naturaleza, como el ojo. ‘‘El ojo, incluso ahora, me hace estremecer’’, escribió a un amigo en 1860.

Zeresenay Alemseged tiene dos bebés: Alula, un niño que pasa la mayor parte de su tiempo en los brazos de su madre, en un cómodo búngalo en Adis Abeba, Etiopía; la niña, por su parte, tiene tres años, aunque ella es algo diferente, pues pasó 3 millones 300,000 años enterrada en la arenisca hasta que este científico etiope, junto con su equipo, descubrió sus restos y los extrajo meticulosamente de la roca.

En la frontera entre México y Estados Unidos, justo donde el río Bravo separa a Tamaulipas de Texas, existe un mundo desconcertante para los fuereños: en Laredo, los habitantes adinerados y de raíces mexicanas conmemoran el natalicio de George Washington, el padre de la patria estadunidense, con una celebración conocida como el Desfile y Baile Colonial.