
Piense en los arrecifes de coral como si fueran una ciudad iluminada con coloridos peces de variadas formas que recorren bulevares de corales de neón. Luego imagínese un barrio submarino que se parece más bien a un inclemente desierto. Así es el estrecho de Lembeh, en Indonesia.

En un racimo de pueblos en el corazón de una región llamada “La Zona Azul” por los demógrafos, 91 de las 17 865 personas que nacieron entre 1880 y 1900 han llegado hasta su centésimo aniversario, una tasa más del doble de alta que el promedio en Italia.

La evolución mediante la selección natural, el concepto central de la obra de toda la vida de Charles Darwin, es una teoría; una acerca del origen de la adaptación, la complejidad y la diversidad entre las criaturas vivientes de la Tierra. Si usted es escéptico por naturaleza, desconoce la terminología de la ciencia e ignora las abundantes pruebas, tal vez hasta se sienta tentado a expresar que es “tan sólo” una teoría. En el mismo sentido, la relatividad tal como la describió Albert Einstein es “sólo” una teoría. La idea de que la Tierra gira alrededor del Sol y no al revés, ofrecida por Copérnico en 1543, es una teoría. La deriva de los continentes es una teoría. ¿Y la existencia, estructura y dinámica de los átomos? Teoría atómica.

Si quedara abandonado en una isla del Pacífico, ¿dónde construiría su choza? Lo mismo se preguntó el explorador Daisuke Takahashi durante más de una década. Sabía que Alexander Selkirk, corsario escocés que probablemente inspiró el clásico de Daniel Defoe de 1719 Robinson Crusoe, estuvo abandonado en una isla lejos de la costa chilena desde 1704.

El hombre –o lo que quedaba de él– surgió de la turba en un pantano irlandés en el invierno de 2003. Su cabello conservaba el peinado que usó al final de su vida, muy corto atrás y de 20 cm de largo en la parte superior, donde se elevaba en un copete endurecido por resina de pino. Esto era sólo el inicio del misterio.